Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
Cada ser humano es libre de darle a su vida el sentido y el propósito que considere más conveniente, incluyendo la idea de que carece de significado y objetivo. Pero todas las grandes enseñanzas espirituales han coincidido en sostener una verdad revelada, según la cual nada en esta existencia es lo que parece y quien desea acceder a la auténtica realidad debe rasgar el velo del mundo ilusorio.
Le invitamos a sentarse ante la pantalla del gran ordenador del mundo. Como en un videojuego, este programa comienza brindándole una información básica sobre el funcionamiento de esa realidad ilusoria. Pero no revela su carácter virtual y usted nada sabe de su verdadera naturaleza. También ignora que está inmerso en un juego. Ni siquiera sospecha el propósito de esa aventura que empieza cuando usted nace y queda atrapado en este universo virtual del espacio-tiempo, encarnando una figura más entre una enorme variedad de formas en movimiento.
Para participar debe tener en cuenta los principios básicos de este juego:
3 Como todos los juegos se inscribe en un sistema de normas. En este caso son las leyes de la naturaleza. El resto de las reglas es una interpretación o una invención de los jugadores y, por lo tanto, materia opinable.
3 Supone un reto: debe vencer ciertos obstáculos para alcanzar una meta, que sted puede definir, crear o escoger entre los modelos que se le ofrecen.
3 Es interactivo. Cada movimiento realizado modifica el escenario y activa una respuesta del sistema, que le ofrece otro menú con distintas alternativas. De alguna forma, con sus propias elecciones usted va creando su realidad.
3 Continuamente surgen nuevas opciones.
3 El recorrido se realiza a través de una secuencia de habitaciones que representan situaciones. En cada una hay varias puertas que conducen a otras tantas que tienen el mismo diseño.
3 Usted sólo puede escoger una puerta y está prohibido retroceder. Siempre debe avanzar, hasta que el tiempo concedido se agota, o comete un fatídico error y la partida concluye de modo inapelable (la muerte).
3 Ningún jugador sabe de cuánto tiempo dispone, ni en qué habitación se interrumpirá su aventura interactiva para que se haga un balance de la misma.
3 También desconoce si el juego continúa o no en otro lugar. ¿Nos espera una nueva partida en un nivel superior, con un sistema de normas distinto, se regresa a la primera habitación y recomienza otro recorrido análogo al anterior, o bien sólo existe una sola partida?
3 Ignoramos si el juego tiene un diseño inteligente, o si existen instancias superiores que lo supervisan. ¿Jugamos realmente nosotros, o sólo somos piezas que una entidad remota mueve sobre el tablero del mundo? Y, en el caso de existir tal entidad, ¿también es ella una pieza movida por otras inteligencias o por una supermente?
3 No existe acuerdo sobre el significado del juego o sobre su finalidad. Antes de comenzar elegiríamos un rol, pero lo olvidaríamos al iniciarse la partida, porque en el primer tramo de la existencia el sistema nos programaría, induciéndonos a error.
3 Nuestra verdadera identidad quedaría sepultada en el inconsciente y nos identificaríamos con una combinación de falsas personalidades que configuran nuesrtro «yo social», definido por esa realidad ilusoria que es proyectada por el propio juego para impedirnos conocer su verdadera naturaleza.
3 En uno y otro caso, algunos consiguen tomar conciencia de su situación: «despiertan» de la ilusión y descubren cómo funciona verdaderamente la realidad virtual.
3 Quienes no despiertan nacen y mueren como prisioneros de la ilusión o maya, el nombre que la tradición esotérica dio a Matrix mucho antes de que conociésemos la informática. Fuerzas invisibles nos arrastran de una situación a otra. Todo nos sucede, pero no vamos a ninguna parte. G. I. Gurdjieff nos llamaba «hombres-autómatas».
3 El juego siempre ofrece pistas y ayudas, en forma de acertijos, símbolos, sueños, premoniciones e intuiciones, que orientan la búsqueda. A veces, intervienen seres misteriosos de otras dimensiones, invitándonos a seguir un rastro, como le sucede a Harry Potter. Todos esos signos forman parte de la dimensión mágica de la vida y están ante nuestros ojos irradiando su mensaje. Éste está codificado de infinitas formas y enmascarado en el azar de la existencia: coincidencias asombrosas, encuentros «casuales», invitaciones insólitas, etc. Usted puede atender a esos signos o ignorarlos, percibiéndolos como simples fantasías.
3 Para captar dicho mensaje es necesario buscarlo, haber «despertado» de la ilusión y ser consciente de que la auténtica realidad está velada por una apariencia material...
En tal situación, ¿cuál podría ser el objetivo de la partida? Los grandes maestros sugieren que componer el puzzle para contemplar nuestra verdadera identidad: regresar a nuestra verdadera identidad preexistente con la sabiduría adquirida a través de la existencia en este mundo. El físico Paul Dirac lo expresó con el principio antrópico: «el universo siempre ha evolucionado de la única forma en que podía hacerlo para que surgiera un ser inteligente capaz de observarlo». Por lo tanto, el hombre sería esa parte del Cosmos a través de la cual éste se reconoce como tal y toma conciencia de sí mismo. El místico Kalil Gibran definió a Dios de una forma similar: «es la flor de esa planta de la que yo soy la raíz». Este reencuentro de la identidad del macrocosmos con la de su microcosmos conferiría la inmortalidad al jugador.
«Estrecha es la puerta y pocos son los que la hallan», dijo Jesús. Y también añadió: «Al final, todo se salva». Pero, ¿al final de qué?, ¿de otras partidas?, ¿jugamos tantas como sea necesario para configurar el puzzle? Los antiguos egipcios así lo creían. Para ellos, el objetivo de todo lo que vive era divinizarse y no vivimos una sola vez, sino muchas existencias, en éste y en otros mundos.
En este ir y venir, la identidad verdadera es lo único que permanece. Pero el «yo falso» se pierde: pertenece únicamente a la ilusión de una existencia, es tan mortal como el cuerpo y se disuelve con éste. Conseguir la inmortalidad sólo sería posible si, mientras vive, el individuo «despierta» al «Yo superior», a su verdadera identidad, y su conciencia personal transitoria se funde con dicha identidad imperecedera.
El mago luciferino Aleister Crowley representaba esta situación con un modelo muy simple: en lo que llamamos muerte seríamos Conciencia Absoluta y durante la existencia Conciencia Proyectada. En su lenguaje, la primera es el Todo y la segunda el individuo. En el gran juego de la Creación iríamos de un polo a otro, en un proceso evolutivo, hasta convertirnos en deidades. En su visión, un dios es un ser macrocósmico completo: un Hombre Cósmico o Universal. Una vez que los individuos «despiertan» a su verdadera identidad divina, están en condiciones de realizar su Voluntad Real (Thelema) y cumplir el propósito del gran juego. Para Crowley, dicha identidad sería demoníaca: «El verdadero rostro de todo hombre es un diablo y el de toda mujer una diablesa». Pero en su esquema, el bien y el mal no existen más que como inventos humanos. La moral, la salvación o la condenación, sólo son ideologías: forman parte de ese engaño que tomamos erróneamente por la realidad.
Sin embargo, este Hombre Universal –el resultado de la evolución del microcosmos humano proyectado a escala macrocósmica– no es un invento de los luciferinos. Lo vemos en la Cábala hebraica, en las cosmogonía orientales y en el esoterismo de todos los grandes sistemas religiosos.
También Jesús describió este proceso de reintegración del Hombre Universal de forma clara: «Nadie llega al Padre si no es a través del Hijo»... «Para que seáis Uno, como yo y el Padre somos Uno». Sin duda, está hablando de arquetipos e invitando a que los encarnemos. Pero en su enseñanza el bien y el mal no son indiferentes y el amor es la clave del despertar que otorga la victoria en el gran juego.
Para Jesús, el Hombre Universal es el Hijo (el Cristo). Para Crowley es Lucifer, el Ángel Caído. Y curiosamente, para ambos el amor es la clave. También Crowley culmina la revelación luciferina contenida en El Libro de la Ley con palabras reveladoras: «No existe la culpa, no existe la Gracia. Haz lo que quieras, he ahí toda la Ley... Amor es la Ley. Amor bajo la Voluntad».
¿Dónde reside, entonces, la diferencia?
3En Jesús el amor que se encarna debe ser universal, sin exclusiones, liberador y ejercido como negación radical del egoísmo y entrega total al otro. San Clemente de Alejandría lo expresó de forma tan breve como clara: «Si ves a tu hermano, ves a tu Dios».
3En Crowley sólo es amor a uno mismo y, en todo caso, a «sus iguales» –los «espíritus superiores»–, pero con exclusión del resto de la Humanidad, como mantiene la frase que cierra El Libro de la Ley: «Los esclavos deben servir». O como afirma Friederich Nietzsche en El Anticristo: «Es necesario ser superior a la humanidad, en fuerza, en grandeza de alma, en desprecio».
Son dos formas de ver el gran juego... Ahora, le toca a usted mover ficha: escoger la próxima puerta. Pero tenga en cuenta otros principios fundamentales:
3 En cada habitación hay «una puerta mágica» que conduce a la meta. Si usted acierta y la elige, entra en el camino del «despertar» y, antes o después, traspasa el umbral y accede a un nivel superior.
3Para jugar hay que apostar a que esta aventura interactiva tiene un significado y un propósito; viviendo en consecuencia con éste, sea cual fuere aquel que usted decida elegir como opción personal.
3Tenga en cuenta que en el gran juego nada es lo que parece. Ganar posiciones en el mundo ilusorio puede implicar perderlas en el ámbito de la auténtica realidad. Pero la existencia de ésta siempre es una apuesta en el vacío, ya que no es posible tener la certeza de que existe y de que el juego no es una simple fantasía.
3Cada uno es libre de elegir la casilla donde quiere poner sus fichas. Eso sí, la apuesta es siempre a todo o nada y quien pretende «encender una vela a Dios y otra al Diablo» pierde irremisiblemente esa partida concreta y debe empezar otra.
También se puede elegir la opción de la mayoría: ignorar que se trata de un juego y seguir durmiendo plácidamente.