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Hemeroteca :: Edición del 01/02/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
Es un árbol especial como pocos. Desde los tiempos en los que los guanches gobernaban estos pagos, su carácter divino, su longevidad… y su sangre, sirvieron para gestar alrededor de él una leyenda mítica que perdura aún en nuestros días. Y es que su poder continúa tan vivo como hace milenios.
En la localidad tinerfeña de Icod de los Vinos se halla un árbol –o según quién sea el informante, una planta– muy singular. Se trata del “Drago Milenario”, hoy en día reclamo turístico de la villa, y antaño un “ser” venerado por los clanes guanches que siglos atrás habitaron estas agrestes tierras. No es un árbol más; eso salta a la vista. Se trata de un monumento natural con una antigüedad estimada en algo más de mil años, aunque hay quien se atreve a ir más atrás; tanto como cinco milenios. No obstante, si ha despertado miedos ancestrales y ha protagonizado terribles leyendas es gracias a su aspecto. Y es que sus raíces, que se alzan a casi veinte metros de altura confieren al mismo el aspecto de un agresivo dragón, que cuando es herido sangra, pues no en vano su savia es tan roja como el líquido sanguíneo.

Es precisamente la linfa roja que recorre sus venas la que desde la Roma antigua era utilizada para colorear aquello que se preciare, y no solo eso: era un poderoso remedio para combatir todo tipo de males, fueran estos físicos, o espirituales, que contra esos la medicina ortodoxa poco podía hacer. La imagen de abajo corresponde al citado “Drago Milenario”, en el año 1902, y la instantánea que hay sobre estas líneas, al mismo espécimen, en 1940. Y es que como veremos, su supervivencia ha ido ligada al mantenimiento de la tradición y los ritos de las islas volcánicas…
Asegura la leyenda que los dragones, al morir, se transformaban en dragos, perpetuando de este modo su existencia. Pero lejos de mitos, lo que está claro es que nos encontramos ante el rey de la flora española, una especie que desde tiempos remotos se le ha conferido el carácter de sagrada, y cuyas facultades sanadoras han ido más allá de la mera tradición.

En una de mis últimas visitas a la isla, mi buen amigo José Gregorio González me presentó a un personaje muy especial. Era Fernando, un joven tinerfeño que seguía la tradición de sus ancestros guanches, manteniendo vivos sus ritos y creencias. No sé por qué, la verdad, pero lo cierto es que desde el principio surgió una comunicación más que fluida. Días después me llevaba a varios sitios sagrados en los que sus antepasados llevaban a cabo sus ceremonias más importantes, y cómo no, junto a estos la figura del drago brillaba con luz propia. No obstante a lo largo de su corteza aparecían grabados a cuchillo siluetas de niños, pies… “Este es un drago sagrado. Entre nosotros existe la creencia de que si un niño tiene un mal, una hernia o algo por el estilo, viene aquí para pedir ayuda al drago, porque nosotros sabemos que el poder curativo del mismo es resolutivo. Pero hay que tenerlo contento…”, me confiaba el bueno de Fernando. Muchos son los prodigios que se cuentan de este árbol, una especie única, con una historia legendaria como pocas. Y si no, vayan y vean…
Por cierto, no dejen de acudir a la magnífica exposición que sobre el drago hay en el Parque Etnográfico de las Pirámides de Güimar. No se arrependtirán.
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