Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
Caminaba en silencio; estaba rodeado de ruinas, y a mi lado decenas de edificios ametrallados, heridos por las bombas. Se mostraban vencidos, como mudos testigos de una nueva guerra religiosa. Me encontraba en una tierra muy antigua; en el hogar de la diosa prostituta, en la misma tierra de donde salieron los pueblos del mar…
Tardé bastante en convencer al taxista para que aquella mañana me llevara a visitar aquella parte de la ciudad. Estaba en los suburbios de Beirut, un lugar que durante mucho tiempo fue la frontera entre dos mundos irreconciliables. Se llamaba así por la barrera de verdes cedros del Líbano que separaba una parte de la otra. Ahora esos árboles han desaparecido y en su lugar una amplia avenida separa ambos mundos. Aquí, los contendientes de una y otra confesión se aferraron a sus verdades únicas defendiendo unas creencias que les habrían de llevar al paraíso.
Las diferencias eran patentes. El barrio cristiano, más moderno, limpio, desarrollado, rico y cuidado. El otro, el musulmán, aparentemente más pobre y abandonado. Y era justamente allí, alrededor de aquella “línea verde”, donde la guerra se había sentido con mayor crudeza y donde se apreciaban con gran nitidez sus cicatrices. Todo estaba plagado de edificios derruidos, de casas abatidas por las bombas, de ruinas llenas de escombros… Lugares aún habitados por familias enteras que se negaban a abandonar sus cuatro paredes. El espectáculo era desolador. No obstante lo más sorprendente era que junto a los escombros comenzaban a alzarse emporios inmobiliarios más propios de una megápolis como Nueva York. Era todo un misterio; el lujo y la miseria se daban la mano a pocos metros.
Tras captar con mi cámara fotográfica aquel escenario de pesadilla, me encaminé hacia uno de los campos donde se gestó uno de los últimos genocidios de la historia: Sabra y Shatila.
Me advirtieron que el barrio no era muy recomendable, pues las milicias de Hezbola aún patrullaban armados. Aquí los turistas no eran muy bien recibidos. A pesar de las recomendaciones, tomé rumbo al lugar. Ya había convencido a mi conductor para que me acompañara; iba buscando una efigie del Ayatollah Jomeini en el corazón del conflictivo barrio.
“Sabra”, el campo de la muerte
Los campamentos de refugiados de Sabra y Shatila se hicieron mundialmente famosos a principios de los años ochenta del pasado siglo por la matanza de civiles árabes desarmados, protagonizadas por extremistas de las milicias cristianas amparadas por Ariel Sharon.
Tras recorrer varias veces la zona, nada hacía pensar que era un lugar peligroso. Todo parecía tranquilo. Por fin, a los pocos minutos apareció la famosa estatua del Ayatollah, allí pare y realicé unas cuantas instantáneas. Mi acompañante esperaba en la acera. Estaba tan absorto con el lugar que no me di cuenta cuándo llegó. Era un joven robusto, armado, que iba en moto. La aparcó cerca de mí y al instante me tocó el hombro. Me di la vuelta y se identificó como miembro de las milicias de Hezbola… instándome con rudeza a acompañarle a su cuartel. ¡Estaba prohibido hacer fotografías en la zona y no les gustaba nada la presencia de extranjeros, a los que presumían, por lo menos, de espías!
Como pude traté de disuadirle. Incluso me abrace a él confesándole mis simpatías por la causa Palestina. Sorprendido por mi reacción, se relajó un instante. Seguimos hablando y le enseñé parte de las fotos y de la grabación de vídeo que había realizado. Sentí que se calmaba; me dijo que no era un lugar seguro para extranjeros y me conminó a marcharme en paz.
Mi taxista respiró, pues imagino que pensó que ya no tendría que buscarme en los recónditos cuarteles que sembraban aquel barrio. Antes de regresar al hotel, y para rebajar la tensión vivida, pedí a mi chofer que me llevara a la famosa Corniche, una amplia avenida paralela al mar donde las mujeres árabes se bañaban en las cálidas aguas mediterráneas vestidas hasta el cuello, ¡como manda la tradición!
Biblos, una encrucijada mágica
Al día siguiente el destino me llevaría hasta otra ciudad de leyenda. Mi intención: hallar restos de los llamados “pueblos del mar”. Anduve durante un largo rato buscando un taxi que quisiera recorrer los menos de 40 kilómetros que me separaban de mi destino, pero fue imposible. Todos pedían fortunas, y me sugirieron que fuera a la estación de autobuses. De allí partían unas pequeñas furgonetas que me llevarían hasta la ciudad. Eso hice, utilizar el transporte local te hace estar más cerca de la realidad que deseas vivir en el país.
Una hora de trayecto por una moderna autopista paralela a la costa me dejó en las puertas de una de las urbes más antiguas del mundo. Biblos, la Gebal de la Biblia y actual Jebeil, en la costa libanesa, es la localidad más antigua del mundo, habitada desde hace milenios hasta el día de hoy; ¡siete mil años de historia desde la primera comunidad de pescadores a la actual ciudad moderna! Había llegado a una ciudad de leyenda, uno de los centros de la cultura de la antigüedad. Paseando por ella pude sentir ese aroma que rezuman las metrópolis cargadas de historia. Por suerte la guerra no se cebó en exceso, y el pasado emergía en cada esquina. Tuve tiempo de visitar el castillo y, a sus pies, las ruinas de los restos de las civilizaciones que allí se asentaron.
Todo estaba muy ordenado y sentías como en sus viejos zocos de calles estrechas el tiempo se deslizaba con serenidad. Desde aquí salieron hacia Egipto los troncos de cedro del Líbano, que servirían a los faraones para preparar sus cuerpos en el viaje final al más allá.
La historia se iba desempolvando entre las ruinas, dando respuestas del pasado. Así pude saber que la antigua ciudad de Biblos era un enclave dominado por la influencia de extraños dioses. Yam, la vieja divinidad del mar, le regaló un imponente puerto natural que fue el origen de su riqueza. Bel, uno de los dioses más antiguos conocidos, se encargó de fundar la ciudad y dotarla de todas las bendiciones para que prosperase. Y su compañera, la misteriosa Dama de Biblos, adorada incluso por los egipcios, propició un extraño rito: el culto a la diosa Astarte.
Pude ver los restos de sus centros religiosos en la parte antigua de la ciudad, pero lo que más me llamó la atención fue el “Templo de los obeliscos”, de hace más de 4.000 años, un conjunto de betilos, piedras sin labrar colocadas verticalmente que rodeaban el patio del mismo. Eran pequeños obeliscos que simbolizaban la presencia de los fieles en torno al Dios, representado por un obelisco erigido sobre un pedestal. Las ricas ofrendas halladas bajo el templo son una prueba del refinamiento artístico de los artesanos de Biblos; hachas caladas de bronce, oro o plata, puñales con vainas de oro pujado, figurillas de bronce recubiertas de láminas del preciado metal… “¿Qué clase de ritos mágicos se desarrollaron en este lugar?”, me preguntaba mientras caminaba por sus restos. Enseguida alguien me lo contaría: “Biblos se hizo famosa en la antigüedad por ser un lugar santo y por su gran templo dedicado a la diosa Astarte, Asthoret o Astaret, a la que los griegos llamaron Afrodita. En su santuario se celebraban los secretos y mágicos ritos de Tammuz, un extraño Dios adorado como Osiris en Egipto, Tammuz en Mesopotamia, Adonis en Grecia y Chipre, o Attis en Asia occidental. A través de él se rindió culto a la decadencia y despertar anual de la vida, en particular de la vegetal, personificándola como un dios que muere anualmente y vuelve a resucitar. Tammuz fue, pues, el joven esposo o amante de Istar, la Gran Diosa Madre, personificación de las energías reproductivas de la naturaleza. Se creía que éste moría todos los años, y su divina amante lo buscaba y resucitaba, pues durante su ausencia la pasión del amor desaparecía, y la vida estaba amenazada de extinción”.
Era una bonita leyenda; la historia de la renovación de la vida una vez más recogida en esta milenaria ciudad. Pero había otros cultos mágicos y desconocidos que me asombraron…
La diosa de la prostitución
En todas las culturas del mundo era conocido el asombro que sentían los antiguos por los cambios que se operan en la naturaleza en las distintas estaciones del año. De esa observación –y del temor que les producían– surgieron los conjuros mágicos que algunos “elegidos” hacían para que lloviese, brillase el Sol, se multiplicaran los animales o aumentasen los frutos.
De dicha cultura mágica, nació más tarde la religión, atribuyendo todos esos cambios a supuestos dioses y diosas que nacían y morían, se casaban y tenían hijos como si fuesen humanos. Y fue en Biblos, entre las calles que recorría en esos momentos donde se mantuvo vivo durante siglos el culto a la Gran Diosa Madre, personificación de la vegetación y la fertilidad, con la que se asociaba un dios joven, unas veces su amante, y otras su hermano.
Escuchando la historia podía atisbar como los sacerdotes encargados de esta Diosa, aunque fuesen reyes, simulaban matrimonios sagrados con ella, a fin de cumplir, magia mediante, los sagrados deberes que de ellos se esperaban, que eran siempre lograr la prosperidad general, influyendo y mandando en las fuerzas de la naturaleza, especialmente en la lluvia, el buen tiempo y los vientos. Así fue como la diosa de la fertilidad Astarte se convirtió en la prostituta sagrada. De ahí surgió la costumbre, muy seguida en Biblos, de que todas las mujeres casaderas estaban obligadas a prostituirse con extranjeros en los santuarios de la diosa.
Según contaba la tradición, multitud de chicas se situaban a las puertas del templo durante siete días para fornicar. Todo lo recaudado en la santificada prostitución, se dedicaba a los gastos del templo con lo que ya no se necesitarían más rentas, ya que todos estos santuarios estaban siempre repletos de hombres y mujeres para cumplir el sagrado ritual.
Eran tiempos en los que los reyes aseguraban su descendencia con el producto de estas uniones con las prostitutas sagradas del templo. Pero estos hijos “ilegales” tenían otra finalidad. Si el rey sacerdote no conseguía que la magia funcionara –y que la lluvia llegara a tiempo o que los elementos les fueran propicios– ofrecían a los del más allá como tributo a sus propios hijos naturales habidos del matrimonio con las muchachas del templo. La costumbre sobrevivió hasta el s. II d. de C., cuando fue abolida por Constantino, que destruyó los templos de estas divinidades ubicados en sus reinos y los sustituyó por otros dedicados al nuevo Dios cristiano.
Los pueblos del mar
Pero la ciudad de Biblos era algo más que dioses, magia y templos; era también el lugar de unos misteriosos pueblos. Llegados de diferentes partes del mundo, incluso del interior de las ardientes arenas del desierto, se reunieron en estos pagos llegando a conformar lo que se denominó como “pueblos del mar”.
Durante mucho tiempo fueron centros desconocidos, citados únicamente por Homero en La Odisea y en La Ilíada, por Plinio y por algunos pasajes de la Biblia.
Estos se dedicaron a elaborar productos, a intercambiarlos con los pueblos más cercanos y a traficar con esclavos. Posteriormente, y debido a que sus relaciones comerciales fueron aumentando, tuvieron que fundar ciudades portuarias de las cuales pudieran zarpar sus barcos y que, al mismo tiempo, sirvieran como almacenes de mercancías. Así nacieron urbes como Biblos, Sidón y Tiro. La mayor parte de la gente que habitaba en ellas se dedicaba al comercio marítimo.
De esta forma estos pueblos del mar se convirtieron en el enlace estratégico del comercio mediterráneo. Cualquier imperio que desease adquirir productos de regiones lejanas –como telas, papiro, maderas finas, vasijas y alhajas–, acudía a estos comerciantes y los obtenía.
Ellos fueron los inventores de una mercancía muy exclusiva y apreciada en la antigüedad: la púrpura, hecha con tejidos teñidos con el jugo del murex, un molusco de las costas del Líbano.
Fueron ellos también quienes inventaron la escritura. El aumento de las relaciones comerciales que sostuvieron los fenicios con otras comunidades les hizo llevar un registro y control de lo que vendían, compraban o les encargaban. Para ello utilizaron la escritura, y la llegaron a desarrollar de tal forma, que se dice que fueron los fenicios quienes inventaron el alfabeto –el alfabeto griego no es sino una adaptación del fenicio–. Un alfabeto que gracias a su oficio de marineros y comerciantes se dedicaron a difundir por todo el Mediterráneo. Pero no fue esa su única aportación a la historia. Gracias a las buenas relaciones que mantenían con Israel ayudaron en la construcción del mítico Templo de Salomón llevando técnicos y materiales refinados tal y como la Biblia señala… y la arqueología confirma.
Gracias a ciudades como Biblos, el Mediterráneo se convertiría poco tiempo después en una de las cunas más intensas de la civilización humana.
Los pueblos del mar fueron los primeros globalizadores al extender su cultura, amalgama de otras muchas, por el resto del mundo civilizado, llevándoles la moneda, la escritura, la magia, la religión y todas los conocimientos descubiertos hasta entonces…
Frente a mí se hallaban las ruinas del castillo y los antiguos templos cuando de pronto vi salir, del pequeño puerto, un antiguo barco desplegando su vela. El ritual se renovaba una vez más. Era un descendiente de aquellos antiguos pueblos del mar que se adentraba en el Mediterráneo recordando lo que sus antepasados habían hecho 7.000 años atrás.
Los ecos de la historia
Llegaba la hora de abandonar aquel país. Atrás dejaba una de las ciudades más antiguas de la Tierra; los restos de la historia; la guerra que había enmudecido por un tiempo, la esperanza de la reconstrucción.
Las olas del mar arrullaban los monumentos, los templos de los sioses, los castillos de los guerreros. Todos ellos aseguraban que antes que nosotros otros hombres han pisado esta tierra. Y vivimos sin darnos cuenta de ello…
Un viejo me lo recordó: “Yo me voy de aquí, pero mis huellas quedarán entre las calles de esta ciudad sagrada, por los siglos de los siglos, y aunque nadie las escuche… Llegará un día que alguien las volverá a oír y hará que siga viviendo…”.