Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
Empezamos este dossier con su nacimiento… y terminamos con su muerte. “¿Jesús de Nazaret? No es mal argumento para desplazarse miles de kilómetros”. Esa idea rondaba mi cabeza desde hacía tiempo, después de recabar información, después de hablar con… Y me dispuse a recordar; sobre unos papeles sucios empecé a escribir; y así, observando la gracia que impregnaba aquella tierra maldita, dejé que la historia se relatara sola…
La carpeta, que hacía las veces de archivero improvisado, dejó escapar una hoja arrugada por el desgaste de una lectura compulsiva. Era la noticia que publicó el diario ABC el 13 de septiembre de 2000, y que pretendía confirmar a todas luces que Jesús de Nazaret había sido crucificado… y muerto a los 33 años. La información surgía repentinamente, intentando desviar la atención que minutos antes fijara en la investigación del gran Andreas Faber-Kaiser, más aún, estando tan cerca del lugar de autos. Decía así: “La frágil tabla de nogal de 14 por 25 centímetros y 687 gramos de peso es una parte del Titulus damnationis. El análisis del investigador Michael Hesemann ha sido, sobre todo, histórico, arqueológico y paleográfico, con la colaboración de decenas de arqueólogos, epigrafistas y orientalistas. El fragmento del ‘Título de condena’ que hay en Roma no conserva toda la frase que menciona San Juan en el capítulo 19 de su Evangelio, ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’ –INRI en sus iniciales latinas–, sino algo más de la parte correspondiente a ‘Nazareno’. De la línea más alta en hebreo se ve sólo la parte inferior de algunas letras. En cambio, la palabra ‘NAZARENUS’ se lee bien tanto en la línea intermedia en griego como en la inferior en latín.
La línea griega incluye al final una B, la primera letra de ‘basileous’ –rey–, mientras que la línea latina añade dos letras: el inicio de la palabra ‘rex’.
El tipo de letra hebrea permaneció en uso entre los siglos I y IV. En cambio, la letra griega es, claramente, del siglo I, como sucede también con los caracteres latinos”.
La ilusión es una llama que jamás deja de iluminar los caminos, por muy desventurados que estos sean. En esos momentos, a escasos kilómetros de la conflictiva zona por la que desde hacía décadas estaban muriendo miles de personas, en una guerra “maquillada” entre hindús y paskistaníes, no podía dejar de pensar en la posibilidad de que el “mesías”, después de portar sobre su cabeza espinada el maldito título de condena, hubiera deambulado por la tierra que “sangraba” bajo mis pies. Esta hipótesis resultaba más atractiva para un reportero sin ideologías ni creencias. Empero a todos nos llega el “momento”; más tarde o más temprano, pero siempre llega… Y es que todo parecía indicar que en un tiempo pasado hubo quien volcó colosales esfuerzos para tejer una irrompible tela de araña a fin de desviar la atención de la “historia verdadera”. “¿Cómo explicar que Jesús esté sentado en el cielo y que al mismo tiempo yazca muerto en Cachemira?”, se preguntaba el genial Faber-Kaiser. Sí, ¿cómo demonios es posible? ¿Quién orquestó una “táctica” de silencio de tal calibre? Si tal y como defendían algunos estudiosos el Hijo de Dios no sólo arribó a estos abruptos parajes después de crucificado, si no que además falleció décadas después, y allí se veneraba –y se venera– su tumba, ¿qué pasa con la resurrección?
Desde el momento en el que inicié esta investigación, la mente se abrió a otras posibilidades, y entre ellas, claro está, se hallaba la certeza de que Jesús de Nazaret visitó Cachemira siendo niño, a fin de comenzar su aprendizaje, y regresó después de su “muerte”. ¿O acaso los ancianos de la región, fieles a su Tradición, no peregrinaban al mausoleo en el que yacía la figura del humilde hijo de un carpintero enterrado en las cercanías de la gran urbe cachemir, Srinagar?
Un investigador como pocos
¿Ficción? No. Ya a comienzos de los setenta el célebre periodista e investigador Andreas Faber-Kaiser caminó por estos pedregales tras las huellas del “mesías”. Sí, puede parecer descabellado, pero su libro Jesús vivió y murió en Cachemira provocó tal conmoción mundial que fue traducido a lenguas tan insospechadas como el urdu, siendo un éxito de ventas incluso en la India.
Kaiser, metódico y comedido, no pudo resistir la tentación de intentar dilucidar qué ocurrió durante los 18 años de prudente olvido que los evangelistas mantuvieron entorno a la vida de Jesús, cuya última referencia se produce –Evangelio de Lucas– a los 12, retomándola nuevamente a los 30.
En el prólogo del citado libro, el profesor Hassnain, director de los “Departamentos Estatales de la Historia de Cachemira” afirmaba que en el año 1965, aislado por la nieve, se vio obligado a pasar el invierno en Leh, la capital de la fría región de Ladack. Una vez allí descubrió en unos empolvados archivos varios manuscritos, viejos y amarillentos, en los que dos misioneros alemanes, Marx y Francke, habían reflejado las experiencias y descubrimientos que realizaron durante su estancia en la agreste población. En los mismos se hablaba de un súbdito ruso de nombre Nicholas Notovich. La importancia de este personaje radicaba en que, según los autores de los textos, tradujo unos pergaminos desvelando un mensaje de especial trascendencia: en ellos se hacía referencia a las vivencias de Jesús el Cristo en este remoto paraje. De hecho en un pasaje se mencionaba a “San Issa”, destacado a gruesos trazos con respecto al resto del escrito. ¿San Issa?
Notovich, explorador que en la segunda mitad del siglo XIX se dedicaba a abrir caminos en las regiones norteñas de la India, después de oír hablar de la milagrosa figura de Issa en la lamasería de Moulbek, optó por acercarse a la de Hemis para intentar hallar más pistas sobre la vida de este enigmático personaje, hacedor de prodigios increíbles, y dueño de una sabiduría a todas luces divina. En las estanterías de la biblioteca del templo varios rollos hablaban de la existencia del misterioso profeta. Sin embargo, pese a que habían sido objeto de estudio, los budistas no reconocieron la figura de éste como uno de sus santos principales, puesto que los adorados de Issa, los cristianos, no admitían la autoridad del Dalai Lama. ¿La “secta de los cristianos”, los adoradores de Cristo, rendían culto a Issa? Únicamente cabían dos posibilidades: que los valiosos pergaminos estuvieran narrando un cuento fabuloso, o por el contrario, que tras la figura del enigmático santo se encontrara Jesús…
Yuz Asaph o Issa, el Hijo…
Víctima de una fractura, Notovich se vio obligado a permanecer inmóvil en la cama, tiempo que aprovechó para leer el contenido de los extensos manuscritos. Kaiser redactó en su excepcional obra la traducción de los mismos, siendo especialmente interesante su contenido a partir del verso 5º de la sección 4ª: “Poco tiempo después un hermoso niño nació en el país de Israel, el mismo Dios habló por boca de este niño explicando la insignificancia del cuerpo y la grandeza del alma (…). Los padres de este niño eran gente pobre, que pertenecían a una familia distinguida por su piedad, que había olvidado su antigua grandeza sobre la Tierra, celebrando el nombre del Creador y agradeciéndole las desgracias con que los había provisto.
Para premiar a esta familia por el hecho de haber permanecido firme en el camino de la verdad, Dios bendijo a su primogénito y lo eligió para que redimiera a aquellos que habían caído en desgracia y para que curara a los que estaban sufriendo.
El niño divino, al que dieron el nombre de Issa, comenzó a hablar, siendo aún un niño, del Dios uno indivisible, exhortando a la gran masa descarriada a arrepentirse y a purificarse de las faltas en que había incurrido (…). La gente acudió de todas partes para escucharlo y quedó maravillada ante las palabras de sabiduría que surgían de su boca infantil; los israelitas afirmaban que en este niño moraba el espíritu santo”. La traducción del relato sagrado continuaba después de que Issa, es decir, Jesús, cumpliera 13 años: “Fue entonces cuando Issa desapareció secretamente de la casa de sus padres, abandonó Jerusalén, y se encaminó con una caravana de mercaderes hacia Sindh”.
El profesor Hassnain, motivado por el descubrimiento, continuó buscando y dio con un manucristo redactado en el 180 d. de C., en el que se referenciaba la “reunión” que mantuvieron el Nazareno y el rajá cachemir. Decía así: “El santo era de complexión blanca y llevaba vestidos blancos. El rajá le preguntó que quién era, a lo que repuso: ‘Soy conocido como el Hijo de Dios y nacido de una Virgen; soy seguidor y predicador de la verdad; por mí tuvieron que padecer los pecadores y también yo sufrí a manos de ellos”.
Aquel libro era revelador; hablaba de forma clara y concisa, ampliamente documentada, de la existencia de la tumba del profeta en Srinagar, la capital de Cachemira. La rotundidad de sus documentos dejaba poco margen a la duda, concluyendo que Jesús, después de ser crucificado, enfermo y malherido partió en una de las caravanas que cruzaban la Ruta de la Seda en dirección a una tierra que conocía a la perfección, pues no en vano ya de joven pudo haber vivido allí. De esta forma pasó el resto de sus días protegido por el anonimato, o del semianonimato que a su muerte le valió ser enterrado como a un hombre santo, cuya tumba aún hoy es venerada por cientos de fieles convencidos de qu