Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
El crimen organizado vuelve a ocupar las portadas de los diarios más importantes de Italia. La Mafia se encuentra detrás de más de ciento veinte asesinatos cometidos a lo largo de 2004. Tomando como punto de partida su renovada actualidad, analizaremos las claves de un movimiento en la sombra que llevó a hombres como Alphonse Capone o Lucky Luciano a erigirse como auténticos emperadores de su tiempo.
El pasado 7 de diciembre de 2004, 52 personas fueron detenidas en el sur de Nápoles en una operación llevada a cabo por las autoridades locales con el fin de desmantelar dos clanes rivales de la camorra, la mafia local napolitana, cuyo enfrentamiento había provocado nada menos que veinte muertos en poco más de un mes. En el escaso tiempo transcurrido entre enero y noviembre del citado año, el número de asesinados cometido se elevó a casi 120 personas, “ajustes de cuentas” que nos llevan a recordar los momentos más “duros” de la historia del crimen organizado.
La ceremonia de iniciación
Como una auténtica sociedad secreta, la Cosa Nostra, de origen eminentemente siciliano, cuenta con una ceremonia propia de iniciación que el periodista del diario parisino Libération, Fabrizio Calvi, atribuye a la influencia de los ritos iniciáticos de los Beati Paoli, una secta medieval de supuestos justicieros religiosos cuya sede se encuentra en la ciudad de Palermo. La cosa, aún siendo el centro de una verdadera organización delictiva, hace jurar a sus nuevos miembros proteger a los débiles y eliminar las injusticias. A continuación, y cuando el neófito rinde juramento, el oficiante pregunta si acepta ingresar en la sociedad. Tras la respuesta afirmativa, el iniciado pide a los testigos que le hieran en su mano izquierda, con la intención de manchar con su sangre una estampa con una imagen santa. A continuación, éste procederá a quemarla pronunciando a su vez el juramento, que reza así: “Que mi carne arda como esta imagen piadosa si no respeto mi juramento”.
El investigador y periodista Eric Frattini recoge también en su estupendo libro Mafia, S.A. 100 Años de la Cosa Nostra, el texto del discurso para el ingreso en dicha sociedad secreta, que fuera desvelado por Jimmy Fratianno al convertirse en confidente del FBI: “Nos reunimos aquí para aceptar a un nuevo miembro. Ahora estás ingresando en la honorable sociedad de Cosa Nostra, la cual acoge solo a hombres de valor y lealtad. Entras vivo y sales muerto. La pistola y el puñal son los instrumentos mediante los cuales vives y mueres. Cosa Nostra está antes que cualquier otra cosa en la vida. Antes que la familia, antes que el país, antes que Dios. Cuando se te llame debes acudir aunque tu madre, tu esposa o tus hijos estén en su lecho de muerte. Hay dos leyes que debes obedecer sin titubear: nunca traicionarás los secretos de Cosa Nostra y nunca violarás o tocarás a la esposa o a los hijos de otros miembros. La violación de cualquiera de estas leyes significa la muerte sin juicio o advertencia. Levanta tu dedo y haz brotar una gota de sangre, ya que ésta simboliza tu nacimiento en nuestra familia. A partir de ahora somos uno hasta la muerte. Ahora eres un hombre hecho, un amico nostro, un soldado de la familia”.
Capone, el más famoso de todos los tiempos
Aunque el primer gran padrino de la Mafia en Estados Unidos fue Giuseppe Battista Bálsamo, jefe de la organización “La Mano Negra”, el primero en convertirse en leyenda del crimen fue sin duda Alphonse Capone. De origen napolitano, conocido también como “Caracortada” –Scarface– ,por una cicatriz que surcaba su rostro a raíz de un brutal navajazo, jamás fue aceptado como miembro de la Cosa Nostra, algo que le pesó toda su vida.
Al mando del gángster Johnny Torrio en sus comienzos, dirigiendo prostíbulos de mala muerte, en apenas cinco años se convirtió en el emperador del crimen. Durante los años de la Ley Volstead, popularmente conocida como “Ley Seca” –o simplemente “la prohibición”– por los mafiosos, que no permitía la distribución y fabricación de bebidas alcohólicas, Al Capone y sus “soldados” consiguieron dar forma a un imperio de estafas, asesinatos y millones de dólares a base de disparos salidos de las metralletas Thompson –que tuvieron una importancia crucial en la fatídica matanza del Día de San Valentín, ordenada, como no, por Capone-.
Alphonse era un asesino implacable que trás su habitual sonrisa fotográfica escondía un odio labrado a lo largo de su miserable infancia en los barrios bajos de Illinois. A nada temía ni respetó las leyes de honor de la Mafia. Cuando asistía a fiestas o actos conmemorativos lo hacía en su coche blindado –que sirvió en una ocasión de coche oficial de la reina de Inglaterra– seguido de un vehículo plagado de tiradores de élite que vigilaban cualquier rincón y edificio cercano. Al estilo de un auténtico “rey de reyes”, ocupó una planta entera del lujoso hotel Lexington, que utilizó como vivienda y centro de operaciones –su esposa, Mae, ocupaba otra planta–.
Cuentan que el hotel estaba lleno de pasadizos subterráneos que permitían a Capone escapar de cualquier emboscada en cuestión de minutos. En los años ochenta del siglo pasado, unos obreros que demolían un antiguo edificio, en Michigan Avenue, se quedaron atónitos cuando descubrieron una misteriosa caja fuerte de cemento de 38 metros de longitud y casi 2 de altura, que estaba enterrada bajo la acera frente al viejo hotel Lexington. Según cuentan algunas crónicas, aquellos subterráneos fueron excavados por un ejército de inmigrantes italianos contratados para que unieran el cuartel general del capo con los túneles del ferrocarril. A través de ellos Capone tenía acceso a edificios clave de la ciudad de Chicago, como el palacio municipal. Lleno de salidas secretas, Al se jactó en una ocasión de que podía desalojarlo por completo en un cuarto de hora sin que nadie tuviera que pisar la calle.
Nunca se supo qué contenía aquella gran caja de caudales, o al menos nunca lo supimos las gentes de a pie. Si fue o no sometida a rayos X es algo que sólo el gobierno de los EEUU sabe. Corren rumores sobre la existencia de grandes riquezas escondidas en su interior y en los rincones más insólitos del viejo edificio. Según unos empleados de saneamiento, se encontraron monedas de oro y un broche de zafiro y diamantes en las tuberías de desagüe. ¿Quién se quedó con las riquezas ocultas en el bloque de cemento, si es que alguna vez existieron? Lo que se sabe con certeza es que Capone debía al Estado norteamericano más de doscientos un mil dólares, sin tener en cuenta los intereses acumulados a lo largo de más de setenta años. Quizás el fisco saldó su deuda con el contenido de la caja…
Capone no pudo ser juzgado por asesinato, aunque cometió y mandó cometer cientos de ellos. Finalmente fue sentenciado a pasar once años de cárcel por evasión de impuestos, algo que consiguieron Elliot Ness y su grupo de “Intocables”, agentes del Tesoro que se hicieron famosos por no dejarse sobornar –algo a lo que sí sucumbieron políticos y agentes del Chicago de entonces–. Ness fue un personaje que, sin embargo, acabaría sus días muy alejado del papel de héroe en que lo convirtieron, tras provocar un accidente de carretera. El antaño glorioso agente del Departamento del Tesoro, al parecer, iba borracho. Capone no salió mejor parado; sus últimos días, tras haber sido encerrado algunos años en Alcatraz, los pasó enfermo, con el cerebro prácticamente corroído por la sífilis. Sus años de gloria habían llegado a su fin.
Luciano y la conspiración con el poder político
Hablar de todos los grandes personajes de la historia de la Mafia es imposible en tan poco espacio. Vito Genovese, Frank Costello, Albert Anastasia o Jimmy Hoffa en los Estados Unidos; Vito Andolini –natural del pueblo de Corleone, en la región de Palermo– y muchos otros en Italia… Sus crímenes, sus estafas, su historia, llenan cientos de documentos del FBI y de la Interpol, miles de artículos y numerosos libros, en parte gracias a las declaraciones de Joseph Valachi, un gángster que durante cuarenta años estuvo al servicio de la Mafia y acabó convirtiéndose en confidente de los federales. Pero sin menospreciar a ninguna de estas grandes figuras del crimen organizado, debemos hablar de uno de los más grandes dirigentes de la Cosa Nostra, un Capo di tutti Capi: Lucky Luciano.
Charles Lucky Luciano fue el verdadero artífice de Cosa Nostra, realizando un férreo reordenamiento de la misma. Lo primero que hizo fue tomar el control de todas las empresas criminales a lo largo del territorio de Estados Unidos, a través del también mafioso Meyer Lansky. Lucky sabía del necesario apoyo de políticos y hombres de ley para que sus planes prosperasen, por lo que se empeñó en crear negocios abiertos que sepultaran el juego ilegal, los robos en muelles y camiones, y la extorsión. Como señala Eric Frattini, Luciano había creado unas verdaderas “Naciones Unidas del Crimen Organizado”.
El pasaje más apasionante y controvertido de la historia de Luciano es su apoyo al gobierno estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Tras el sabotaje nazi al transatlántico Lafayette en la costa norteamericana, un grupo de hombres relacionados con el gobierno, el Servicio de Inteligencia Naval, el FBI, el Departamento del Tesoro, y detectives del Departamento de Policía de Nueva York, decidieron pedir ayuda a la Mafia, y por ende a Luciano, que aquel mes de febrero de 1942 se encontraba cumpliendo condena en la prisión de Dannemora. De todos era sabido que el crimen organizado controlaba los puertos a lo largo de todo el país. A Luciano le interesaba tener buenas relaciones con la Administración para que ésta se entrometiera lo menos posible en sus negocios. El gran capo finalmente dio la orden expresa a toda la familia –en prisión seguía siendo el padrino más poderoso– para que cooperase en los esfuerzos bélicos en los muelles de Nueva York y Nueva Jersey. Desde ese momento, y aunque parezca contradictorio, patrullas conjuntas compuestas por miembros de la Mafia y de la Marina controlaron todos los puntos estratégicos de la costa. No volvieron a producirse incidentes en ninguno de los barcos de transporte militar. Gran parte de la batalla estaba ganada. Años después se ha demostrado que también el desembarco aliado en Italia contó con el apoyo de la Mafia, que no tenía una buena opinión del dictador Benito Mussolini, encargado durante los años veinte y treinta de perseguir a la organización.
Un año después del final de la segunda gran guerra Mundial, Luciano consiguió la libertad condicional por los servicios prestados al país. Sin embargo, debía ser deportado a Italia. Sólo volvió a los Estados Unidos para ocupar una plaza en el panteón familiar del cementerio neoyorquino de Saint John. Su nombre ya era leyenda…
Jugando a ser Dios
Dejando a un lado a los padrinos del Nuevo Mundo, y volviendo la mirada al país origen del movimiento mafioso, Italia, más de cien años después del surgimiento del crimen organizado, merece la pena señalar uno de los aspectos más oscuros de su historia, en la segunda década del siglo XX: su relación con las finanzas del Vaticano y la extraña muerte de Juan Pablo I. Albino Luciani –éste era su verdadero nombre– fue proclamado Papa el 27 de agosto de 1978, tras el fallecimiento de Pablo VI. Su nombramiento como dirigente de la Santa Sede no gustó a muchos, debido a su interés por controlar las cuentas y perseguir el fraude y el enriquecimiento ilícito que, según él, se alejaban del catolicismo: “Mi principal cometido será cambiar radicalmente la relación del Vaticano con el capitalismo”. Los intereses creados estaban a la orden del día en el corrupto círculo católico, y la relación de algunos obispos con la Mafia comenzaba a ser algo evidente.
La madrugada del día 28 de septiembre, tan solo 33 días después de haber jurado su cargo, Juan Pablo I fue hallado muerto en su dormitorio. Casi con toda probabilidad fue asesinado, aunque su cadáver nunca fue sometido a una autopsia, siendo embalsamado 14 horas después de su fallecimiento, algo demasiado sospechoso si tenemos en cuenta que la ley italiana señala que el embalsamamiento del cadáver no debe ser realizado hasta 24 horas después. En su presunto crimen había seis sospechosos relacionados con la presunta trama del Vaticano. Uno de ellos era Paul Casimir Marcinkus, alias “el Gorila”, sacerdote que fuera guardaespaldas del Papa Pablo VI en 1964. En aquella época fue nombrado secretario del Banco del Vaticano sin experiencia conocida en el mundo de las finanzas ni de la banca. Un día antes de la muerte de Juan Pablo I, Marcinkus descubrió que iba a ser destituido como jefe de dicha institución. Otro de los principales sospechosos fue Michele Sindona, alias “el Tiburón”, un “hombre de fe” relacionado con la Mafia ya en los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando compró alimento apoyado por el Crimen Organizado en el mercado negro de Palermo y lo pasó de contrabando a la región de Messina. A finales de los 50, Sindona mantuvo un estrecho contacto con la familia mafiosa de Carlo Gambino, uno de los capos más poderosos de los Estados Unidos y por extensión de toda Italia. Sindona ayudó a éste y a sus primos sicilianos, los Inzerillos, a lavar el dinero negro que conseguían a través de la venta de heroína. Tras su apoyo, Michele compró su primer banco, punto de partida de una larga lista que servirían para lavar el dinero de la Mafia. Fue escogido por Pablo VI para actuar como consejero financiero del Vaticano, moviendo el dinero de la Santa Sede fuera de Italia, especialmente en Norteamérica.
Otro de los implicados relacionaba el complot del asesinato con la logia secreta de corte francmasón, P2 o Propaganda Due. Licio Gelli, el tercer sospechoso, fue el fundador de esta logia secreta renovada bajo el nombre de Raggruppamento Gelli-P2. A través de ella pretendía reagrupar a la derecha italiana; la P2 sería algo así como un Estado dentro del Estado. A través de su amigo Umberto Ortolani, otro de los sospechosos del complot y alto funcionario del P2, ganó la afiliación a la orden de los Caballeros de Malta y el Santo Sepulcro. Existía una regla canónica por la que aquel católico romano que se hubiera transformado en francmasón sería automáticamente excomulgado. En septiembre de 1978 el periodista Mino Pecorelli –que poco después sería asesinado a tiros por la Mafia– publicó un artículo bajo el título de “El Gran Alojamiento del Vaticano”, en él ofreció los nombres de 121 francmasones. Entre ellos se encontraban importantes miembros de la Iglesia y algunos importantes cargos de las finanzas del Vaticano, como Paul Marcinkus, Michele Sindona y Lucius Gelli. Sus carreras y negocios peligraban. La muerte de Juan Pablo I supuso un alivio para estos corruptos "hombres de Dios" que, bajo el mandato de Juan Pablo II, siguieron manteniendo sus antiguos y beneficiosos cargos. La Mafia había penetrado hasta en los lugares más sagrados. Ya no servía la ley de Dios, sino la ley del Silencio. o