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Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
¿Es capaz de lograr que desaparezca un cáncer una simple inyección de agua salada? ¿Puede una operación en la cual el cirujano no realiza intervención alguna mejorar de forma real el estado cardiovascular de un enfermo? ¿Son más eficaces en un tratamiento los fármacos ingeridos en forma de cápsulas grandes, de colores fuertes y alto precio? Desde 1955, cuando el médico norteamericano Harry Beecher publica en el Journal of the American Medical Association un artículo titulado «El poderoso efecto placebo», los científicos saben que el responsable de tales efectos no es otro que la capacidad sanadora de nuestro cuerpo. Todavía hoy desempeñan el papel de «patitos feos» en el panorama terapeútico. Pero quizá a la medicina le espere una revolución de la mano del placebo.
Existe una historia muy conocida acerca de un paciente norteamericano llamado Wright. En 1957 le diagnosticaron un linfosarcoma que presentaba algunos tumores del tamaño de naranjas. Hallándose internado en un hospital de Long Beach, se enteró de la aparición de un nuevo fármaco anticancerígeno a base de suero de caballo, llamado Krebiozen. Ante la situación del enfermo, que claramente se acercaba a fase terminal, su médico, llamado Bruno Klopfer, accedió a administrarle la medicina. El lunes, Wright se encontraba totalmente fuera de peligro y bromeaba con sus enfermeras. El facultativo escribía: «las masas tumorales habían disminuido como bolas de nieve en una estufa, y en pocos días se redujeron a la mitad de su tamaño original, una recuperación mucho más rápida que la que podrían experimentar los tumores con un intenso tratamiento de radioterapia». A los diez días, había sido dado de alta. Dos meses más tarde cayó en sus manos un documento en el cual se dudaba de que aquella pócima tuviera efecto curativo alguno. Rápidamente comenzó de nuevo a empeorar. Alertado por su rápido deterioro, el médico contraatacó diciéndole que la medicina sí era eficaz. Además le inyectó un líquido –en realidad, agua– que describió como «un nuevo compuesto dos veces más eficaz que el original». La salud de Wright se recuperó de forma prodigiosa, pero dos meses después volvió a aparecer otro informe donde se demostraba sin lugar a dudas la inutilidad del preparado. El enfermo murió a los dos días.
A este fenómeno se le denomina «efecto placebo»(del latín placebo, agradaré). Un placebo es cualquier sustancia farmacológicamente inactiva que produce un alivio en los síntomas de una enfermedad y, eventualmente, su total curación. La clase médica no se siente cómoda con este tipo de situaciones, porque hasta ahora ignoran casi todo en torno a los fenómenos psicosomáticos. El médico americano Herbert Benson cree que «el cerebro almacena en su memoria ciertas rutas de acceso hacia la sanación y transmite señales que estimulan a la farmacia interna a generar elementos químicos naturalmente curativos». Pero no sabemos mucho más.
Agradar y curar
En realidad, el «efecto placebo» es conocido desde la más remota antigüedad. Hipócrates ya hizo notar que algunas personas enfermas parecían recuperarse más y mejor cuando estaban satisfechas con sus médicos. Nada nuevo. «No sabemos realmente la razón por la que mejora un individuo. -dice Andrew Leuchter, profesor de psiquiatría en la Universidad de California- sin embargo, uno de los factores es sin duda el tiempo que pasamos con la gente». Pero salvo honrosas excepciones, el médico actual ha hecho grandes esfuerzos por alejarse de sus ancestrales colegas, ya fueran brujos, curanderos, hechiceros o chamanes, y actualmente sólo creen que el único efecto benéfico de una actitud mentalmente positiva por parte del enfermo es una mayor colaboración de éste con su médico y un mejor seguimiento del tratamiento que le sea prescrito.
Hechiceros y científicos
Siempre han existido personas que dicen poder aliviar los sufrimientos humanos basándose en infinidad de métodos, desde el brujo de la tribu hasta los modernos practicantes de las llamadas «medicinas alternativas», el 90% de las cuales, según algunos expertos, se basan en placebos. Por referirnos a la actualidad citemos el estudio GERAC, el análisis más amplio de la historia en torno a la eficacia de la acupuntura, y cuyos resultados ha hecho públicos recientemente la revista alemana Der Spiegel. De un amplio número de pacientes aquejados de los típicos dolores de espalda localizados en la región lumbar, un grupo fue sometido a terapias médicas ortodoxas como masajes o fisioterapia; a un segundo grupo le fue aplicada acupuntura tradicional, y, finalmente, otros recibieron tratamiento mediante una acupuntura «ficticia». Sólo una cuarta parte de los pacientes del primer grupo mostró un cierto alivio, frente a un 50% de la acupuntura «verdadera». Pero la acupuntura «inventada» brindó alivio en un porcentaje de casos sólo un poco inferior. «Yo habría apostado a que la diferencia entre la acupuntura auténtica y la ficticia sería mucho mayor», dijo el acupuntor y director del estudio, Albrech Molsberger. Para muchos, estos resultados demostrarían que la acupuntura se basa fundamentalmente en el efecto placebo. Pero también que éste puede ser más poderoso que los deficientes protocolos médicos. Sin embargo, algunos expertos han criticado la metodología del experimento calificándola de «sesgada», gracias a lo cual la polémica aún proseguirá durante mucho tiempo.
Sin olvidar, por supuesto, a los creyentes de todas las religiones, que disponen de un sinfín de historias documentadas sobre «curaciones milagrosas». No entraremos aquí a valorar ni la veracidad ni la eficacia real de estas formas de sanar. Pero sí afirmamos que todas ellas presentan un importante componente psicosomático que ejerce un verdadero efecto placebo. ¿Hay acaso quién dude del poderoso impacto emocional que ejercen sobre su pacientes aquellos «curanderos psíquicos» como Zé Arigó o Alex Orbito? El supuesto sanador, tras introducir aparentemente su mano en el cuerpo del enfermo, extrae unos despojos feos y sanguinolentos, que sin duda constituyen el «mal» que provocaba la enfermedad. Por más que en varios de estos casos se haya demostrado que se trataba de simples fraudes, lo cierto es que en multitud de ocasiones el enfermo experimenta un alivio en sus síntomas, aunque raramente se produzca una curación total. Y algo similar sucedería en ambientes de altísima tensión emocional que reina en los santuarios religiosos como Fátima o Lourdes, lugar este último donde tras el paso de miles y miles de enfermos sólo 54 sanaciones milagrosas han sido reconocidas por la jerarquía católica, lo cual no impide que infinidad de personas digan haber sido curadas. Lo mismo cabría decir de grupos religiosos como la Ciencia Cristiana, que desde su fundación en 1879 asegura estar curando todo tipo de enfermedades sin más recurso terapéutico que la fe en Dios, siempre en entornos que propician una gran sugestión colectiva.
Pero no deberíamos tirar al niño junto con el agua sucia de la bañera. No aseguremos despectivamente que «todo se debe al efecto placebo». Bien, ¿y qué? Porque en buena medida lo mismo sucede en la medicina convencional. Y sólo con que los placebos permitieran un alivio de los síntomas, ¿no merecerían ser estudiados más a fondo? No digamos si creyéramos que pueden curar ciertas enfermedades. ¿Pero pueden?
Los estudios clínicos
Claro que el tema es polémico. En un análisis que fue publicado en la revista The New England Journal of Medicine, realizado en la Universidad de Copenhague por los doctores A. Hrobjartsson y P. C. Gotzsche, y en el cual revisaron 114 estudios sobre el tema referidos a más de 8.500 pacientes, se afirmaba que la supuesta mejoría de los enfermos tratados con placebos era «un mito» que se había revelado completamente inútil en el tratamiento de problemas tales como la esquizofrenia, la depresión, o la infertilidad. Sin embargo, en una reunión internacional sobre «Uso y abuso del placebo», celebrada en Madrid en 1999, especialistas de todo el mundo llegaron a la conclusión de que «el placebo tiene un componente terapéutico muy importante y es muy efectivo para el dolor, la depresión y la ansiedad».
Así es. En el Instituto Karolinska de Estocolmo, donde la actividad cerebral de los sujetos era registrada mediante tomografía por emisión de positrones (PET), se observó que tanto los pacientes que recibían analgésicos reales como aquellos a quienes se suministraban placebos, registraban un notable alivio del dolor y un importante aumento de la actividad cerebral en la zona conocida como córtex cingulado anterior.
Y también funciona en enfermedades más graves. En 2001, un artículo de la revista Science recogía las conclusiones de científicos canadienses, que comprobaron cómo los placebos llegaban a elevar la liberación de dopamina tanto como los fármacos químicamente activos en el tratamiento del Parkinson. Hablando de esta patología, recordemos que investigadores de la Universidad de Turín inyectaron una primera vez un producto específico contra la enfermedad a varios pacientes, pero en las siguientes ocasiones el preparado fue sustituido por agua salina. Los enfermos no sólo declararon encontrarse mucho mejor, sino que hasta la rigidez propia del Parkinson disminuyó. Y en otro estudio sobre este mismo mal emprendido en la universidad norteamericana de Denver, los médicos simularon realizar un trasplante de neuronas a los afectados, y la mejoría real de estos se prolongó durante más de un año.
Pero hay palabras mayores. En 1959, The New England Journal of Medicine publica los resultados de un nuevo método –hoy en desuso– para aliviar a quienes hayan sufrido una angina de pecho. La idea era bloquear la arteria mamaria para que la sangre que por ella circula se desvíe hacia el corazón, mejorando así su irrigación. El experimento se hizo con 17 voluntarios cuyo diagnóstico había sido confirmado. De forma aleatoria, en unos casos la arteria fue ligada y en otros no. A estas alturas no debe sorprendernos que, si 5 de las 8 personas a quienes se intervino realmente mejoraron, también 5 de los 9 no operados lo hicieron, hasta el punto que 2 de estos últimos declararon que habían vuelto a realizar ejercicio físico. Nada sorprendente. Bien lo saben muchos cirujanos que abren al paciente, y cuando se encuentran frente a un caso donde nada pueden hacer, se limitan a volverle a coser sin haber tocado nada. Si por las circunstancia que sea, el enfermo lo ignora y cree que le han intervenido real y eficazmente, en muchos casos mejora de modo espectacular.
Ensayando nuevas medicinas
Pero si examináramos muchos de los ensayos que se llevan a cabo para determinar la eficacia de ciertos fármacos, comparando sus efectos a través de pruebas de «doble ciego» con los producidos por un placebo, nos llevaríamos grandes sorpresas.
Por ejemplo: en la última reunión de la Sociedad Europea de Cardiología que recientemente se celebraba en Munich (Alemania), se informaba de un nuevo medicamento que probablemente esté a la venta hacia 2006: el Rimonabant, que es capaz de bloquear un receptor asociado a los cannabinoides, involucrados en la sensación de ansiedad, de tal modo que hace más fácil seguir una dieta o dejar de fumar. Nick Finner, un especialista en dietética del hospital Addeenbrooke, en Cambridge, informó que entre las 1.507 personas obesas que se prestaron voluntariamente al experimento, quienes recibieron el fármaco redujeron su peso en 8,5 Kg., y su diámetro de cintura en casi 9 cm. Pero los que consumieron el placebo lograron bajar 3,8 Kg. y 4,5 cm., respectivamente. No está tan mal, ¿verdad?.
Y no se deprima, o algún día le darán un placebo. Científicos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) comprobaron sobre 51 pacientes aquejados de depresión que el placebo produce resultados tan positivos sobre los enfermos sólo ligeramente inferiores a los antidepresivos clásicos, aunque ambos actúan sobre mecanismos cerebrales distintos. ¿Será posible, como afirman, que del 50 al 75 % de los efectos causados por tantos antidepresivos que se consumen a toneladas sean tan sólo debidos al efecto placebo? Sin duda, sólo son unos cuantos botones de muestra. Pero quien tenga oídos, que oiga...
El futuro ¿es de los placebos?
Deberíamos investigar más. Al fin y al cabo, recordemos que en 1991, Solomon, Kemeny y Temoshok demostraron que cuando se administra un placebo, la producción de endorfinas, inmunopéptidos, numerosas moléculas de la llamada «cascada del stress», y los niveles de nuestras defensas, como los neutrófilos y linfocitos, se alteran significativamente. Una vez más, algo totalmente inmaterial como la sugestión –en suma, un pensamiento– provoca efectos físicos reales y tangibles.
Sin embargo, quizá el futuro de los placebos plantee problemas éticos y legales, sobre todo en países como EE UU donde los abogados están deseando demandar a cualquier médico a quien puedan sacarle una sustanciosa indemnización. Y se podría, porque se mire como se mire, es un engaño para el paciente. Pero ¿qué hacer, si cuando se le dice la verdad, el efecto desaparece? Y tampoco parece que las grandes multinacionales de la farmacia vayan a ir contra sus propios intereses investigando los placebos.
En cualquier caso, se vislumbran posibilidades. El psicólogo australiano Nicholas Voudouris va a poner en marcha una investigación en el Scottish Hospital de Londres. En grupos de estudiantes voluntarios, se redujeron los efectos de unas descargas eléctricas de baja intensidad que les suministraban mediante una crema supuestamente anestésica. Luego se les dijo que en realidad se trataba de un placebo, pero el producto siguió ejerciendo el mismo resultado. ¿Cómo pudieron hacerlo? Pues porque fueron entrenados para que asociaran la crema con la sensación de alivio, provocando así una «respuesta condicionada» similar a la del famoso perro de Pavlov. Así que con técnicas avanzadas como el biofeedback quizá se logren resultados más rápidos y duraderos. En la psicosomática, casi todo está por descubrir.
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Placebos: cuando la mente nos cura
Últimos comentarios de los lectores (1)
3874 | Mateo - 10/06/2009 @ 14:57:58 (GMT+1)
MUY BUENO este artículo, con una amplia gama de evidencias: en lo fundamental se trata de crear un reflejo condicionado en el sistema inmunológico y neuro-hormonal, o, como se dice, "aumentar las defensas". Para esto se asocia un Ee neutral como agua destilada con un fármaco efectivo en un número de ensayos, luego el Placebo Condicionado es MAS efectivo que el fármaco real solo, porque: "la respuesta condicionada supera la capacidad potencial de la respuesta incondicionada" (Behaviorismo Clásico).
Por supuesto, se debe distinguir el "efecto placebo" de otros dos fenómenos asociados pero no iguales: la transferencia con el médico, que ya fuera estudiada por Freud, una mala relación médico-paciente perjudica la terapia, en tanto que una buena la facilita. Y dos: los efectos de tipo sugestivo o hipnótico, también distintos del factor "comunicación persuasiva", a veces subliminal, pero
que puede definirse "objetivamente" según ciertas variables: como estatus, imitación de la cura observada, tono de voz, efectividad percibida del tratamiento, uso de imaginería emotiva, apoyo emocional, efecto novedad, etc.
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