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Hemeroteca :: Edición del 01/03/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
Hasta sus orillas peregrinan cada año miles de ancianos con el propósito de morir junto a la corriente sagrada, donde se erigen los ghats y se incineran los cuerpos de los difuntos. Al poder de sus aguas se entregan los enfermos que desean sanar y los creyentes en busca de una purificación ritual. Incluso los cadáveres de las vacas sagradas se confían a su poder regenerador de la vida.
Nos habíamos levantado a las 3:30 de la madrugada para llegar al borde del río antes del amanecer. Nos trasladamos en el rikshaw que habíamos contratado la noche anterior. Es importante llegar a los ghats antes de la salida del Sol. A esa hora miles de hindúes surgen de las sombras para alcanzar las sagradas aguas del Ganges. Pero en esta nueva incursión a las orillas de este río sagrado nuestro objetivo suponía una operación más delicada. Queríamos acceder a un lugar vedado a las cámaras, antes de que los vigilantes estuviesen allí y nos impidieran tomar unas instantáneas exclusivas. A esas horas no hay turistas indiscretos que intenten hacerse con el ansiado souvenir fotográfico. Sin embargo, aunque distante de ese fetichismo turístico, nuestra intención era documentar gráficamente una de las prácticas religiosas más duras y antiguas del mundo, pero sin molestar a nadie.

Alquilamos una barca para bordear los ghats hasta llegar a nuestro objetivo. En seguida el olor a carne humana quemada se hizo muy evidente. El barquero atracó en la orilla, le pagamos y nos reunimos con nuestro guía, quien nos escoltó hasta una terraza cercana a los crematorios de cadáveres, que habíamos localizado la noche anterior como el punto más apropiado.

Una vez en la azotea del edificio, y con la ayuda de un teleobjetivo de 300 mm, pudimos ejercer nuestra labor de paparazzi espirituales. Puesto que en los crematorios estaban prohibidas las cámaras, la única manera de inmortalizar aquel ritual milenario fue hacerlo furtivamente, instalándonos a una prudente distancia, después de reptar sobre el tejado hasta conseguir un buen tiro de cámara desde el borde del edificio.

Así, como voyeurs acechantes, desde una más que prudente lejanía que nos volviese invisibles para los oficiantes de aquel ritual, pudimos obtener las imágenes. Ante nuestros ojos, y tras una compleja sucesión de cánticos y letanías, los sacerdotes prendían fuego a las pilas de leña sobre las que reposaban los cadáveres y, poco a poco, el fuego purificador iba consumiendo la carne y los huesos, hasta convertir en ceniza lo que hasta poco antes había sido un cuerpo humano.

La fotos y las filmaciones están ahí. Pero no pueden reflejar los olores, el calor, y el profundo sobrecogimiento que sentíamos, agazapados en aquel tejado, mientras «robábamos» instantáneas de un ritual funerario ancestral para intentar comprender mejor una forma de espiritualidad tan profunda como antigua. El lugar era importante: estábamos en la ciudad santa de Varanasi, bañada por el sagrado Ganges.

El agua de los mil iluminados

Según la tradición hindú, el legendario rey Bhagiratha trajo el Ganges a la tierra desde los cielos. Pero su corriente era demasiado fuerte para que la tierra pudiera soportarla. Por miedo a una catástrofe, Bhagiratha oró al dios Shiva, quien ofreció su cabello para sujetar al río a medida que descendía y así hizo posible el traslado. De ahí que el Ganges se consagrara a Shiva y que existan tantas estatuas, templos y monasterios dedicados a este dios en sus márgenes.

Esta leyenda que conecta el río con el Cielo explica que los hindúes consideren al Ganges como Amrita, una bebida sagrada que posibilita la inmortalidad. Popularmente se cree que el agua de este río es como un medicamento que purifica al ser humano y salva a los muertos.

Desde los albores de la historia fue considerado sagrado. Hace ya más de 5.000 años, y según relatan los sutras del Srimad bhagavatam purana, el gran sabio Sukadeva instruía al rey santo Maharaja Pariksit sobre temas relacionados con la creación del universo fenoménico en sus orillas. Swami Advaitananda, en su vida pre-monástica conocido como Gopal Chandra Ghosh y el mayor entre los discípulos directos de Sri Ramakrishna, vivió, predico y murió en la orilla del Ganges, y hasta Sidartta Gauttama, el Buda, estuvo muy vinculado al río sagrado durante toda su existencia.

El célebre escritor galo Henri Michaux describía así la furiosa espiritualidad que inspira este río: «El Ganges aparece en la neblina de la mañana... Vamos ¿qué espera usted? ¿Acaso no es evidente que debe adorarlo? ¿Cómo se queda usted parado y estúpido como un hombre sin Dios, o como un hombre con un solo Dios al que se prende toda su vida, incapaz de adorar al Sol ni a nada? El Sol asciende en el horizonte. Asciende y se enfrenta con usted. ¿Cómo no adorarlo? ¿A qué hacerse violencia siempre? Entre en el agua y bautícese, bautícese por la mañana y la tarde y deshaga la costra de las contaminaciones. ¡Ganges, ser que nos bañas y nos bendices! Ganges, no te describo, no te dibujo. Me postro ante ti, me hago humilde bajo tus ondas. Fortalece en mí el silencio y el abandono. Oremos, oremos... En India, si no se reza se pierde el viaje. Es un tiempo entregado a los mosquitos». Esta furia espiritual se percibe a lo largo de todo el recorrido del río del cielo. Un caudal que inicia su viaje en el mismo cielo, literalmente. O al menos en el lugar del planeta más cercano a las nubes.

Desde sus fuentes, en las altas cumbres de la cordillera del Himalaya hasta su desembocadura en el océano, el Ganges riega miles de kilómetros, dejando a su paso una interminable estela de templos y santuarios budistas e hinduistas. Entre los lugares más significativos que recorren estas aguas destacan:
• Bindu-Sar, que se encuentra cerca de Gangotri, antes de que el río sagrado entre en los estados de Uttar Pradesh y Bihar. Según la tradición, aquí era donde Bhagiratha hacía penitencia.
• Rishikesh, entrada a los Himayalas y donde el peregrino comienza su viaje.
• Haridwar, donde los turistas que lo deseen pueden participar en el Aarti, una ceremonia religiosa en la cual se reza y se ofrecen regalos al dios ante una llama, en las orillas del Ganges.
• Prayag: aquí el Yamuna se reúne con el Ganges en Allahabad, estado de Uttar Pradesh. Es un lugar antiguo de peregrinaje y también es el sitio del festival de Kumbh Mela, una feria que se celebra cuando los planetas se encuentran en una configuración astral que tiene lugar una vez cada 12 años.
• Tryambakeshwar, en Maharashtra. Aquí se le venera al río Godavari igual que al Ganges.
• Sagar: se encuentra en la confluencia del Ganges con el océano y se le asocia con la leyenda de un santo llamado Kapilmuni.

Pero por encima de cualquier otro lugar, existe un punto, en el recorrido del Ganges, que acapara la devoción de los creyentes. Un sitio considerado por más de mil millones de hinduistas, como el centro de su fe. El pilar de sus creencias. El cenit de su mística. El eje fundamental de su espiritualidad. Nos referimos a «la ciudad de la luz»: Varanasi.

La ciudad de la luz

También llamada Benarés o Kashi, esta urbe está considerada por los hindús como la ciudad más antigua del mundo. Claro que en mis viajes por todo el planeta he conocido media docena de poblaciones que pujan por el mismo honor.

Sin embargo, lo cierto es que un millón de personas vive aquí y otro millón por año llega en peregrinación para adentrarse en las aguas del Ganges, justo en Benarés. Y nosotros nos unimos a esos peregrinos, viviendo episodios insólitos y escalofriantes.

En las reconditas callejuelas de Benarés nos perdimos, infiltrados en la maraña humana que no cesa de moverse, rezar, mendigar y vivir al filo de la calle. Y nos dejamos conducir por la providencia. Ella puso en nuestro camino a Alí, un joven hindú de ascendencia islámica que se convirtió en nuestro guía hasta la casa de Awy.

En ese lugar siniestro, a orillas del Ganges, descubrimos una de las facetas más duras y despiadadas de la espiritualidad india. Awy acoge en su casa a ancianos llegados en peregrinación desde todos los rincones de la India. Viajan hasta Benarés porque creen, como manda la tradición, que muriendo en la ciudad santa romperán su ciclo de reencarnaciones para integrarse inmediatamente en el Nirvana. Y allí nos los encontramos. Tirados por los suelos, semidesnudos, silenciosos. Al entrar en aquella casa de acogida nos vimos rodeados por un grupo de ancianos escuálidos, que esperaban la muerte en silencio. Para un occidental es sencillamente imposible comprender esa resignación suicida. Aquellos ancianos y ancianas semidesnudos que nos rodeaban habían recorrido miles de kilómetros, simplemente para dejarse morir en el suelo sagrado de Benarés, a orillas del Ganges.

Muy cerca de allí, y ya al amanecer, pudimos asistir fascinados al reverso de la moneda. Lejos del silencio de aquella casa de acogida, presenciamos el espectáculo de la vida, que se repite cada amanecer en los ghats de Benarés.

Los ghats son lugares sagrados erigidos junto a los ríos, donde se toman baños rituales y se reza. Las mayoría de los más de cien ghats que existen en esta ciudad, como el Munshi, Prayag, Man Mandir, Ayanabai, etc, fueron construidos entre los siglos XVIII y XIX. Y ningún viajero debería perderse el espectáculo que ofrece cualquiera de ellos cuando los primeros rayos del sol surgen tras el horizonte.

Como fantasmas salidos de sus tumbas, o espectros aparecidos de las sombras, poco a poco docenas, después cientos y finalmente miles de hombres, mujeres y niños, acuden a los ghats para tomar su baño ritual diario. Mi dedo casi se entumece en el botón de la cámara, disparando fotos en todas direcciones, porque en los ghats el espectáculo de la vida se transforma en colores, risas y músicas que rodean al viajero y lo impregnan con una alegría desconocida.

Por supuesto no es recomendable para ningún turista participar activamente de ese ritual de ablución. El grado de contaminación del Ganges supera en cientos de veces el tolerable por el cuerpo humano. Durante miles de años, los desperdicios y cadáveres arrojados a sus aguas lo han convertido en el río más contaminado del mundo. Nosotros mismos presenciamos cómo, sin ningún pudor, un grupo de hombres arrojaba el cadáver de una enorme vaca a sus aguas, y podemos imaginar la putrefacción de cadáveres que reina bajo la superficie del rio… un verdadero problema ecológico y sanitario.

Sin embargo, y saltándose a la torera todas los razonamientos científicos, los hindúes no sólo se bañan, sino que incluso beben el agua bendita del Ganges, sin sufrir ningún tipo de intoxicación. Evidentemente han desarrollado unos anticuerpos naturales de los que carecemos los occidentales. Pero es mejor no intentar imitarlos.

En cualquier caso, en todo nuestro viaje el espectáculo más escalofriante y reiterado fueron los crematorios de cadáveres. Tanto en Benarés como en muchas otras ciudades del Ganges, e incluso de sus afluentes naturales, constituyen un escenario constante. Todos estas corrientes de agua también tienen consideración de sagradas.

Awy fue nuestro salvoconducto para visitar alguno de aquellos incineradores al aire libre. La única condición, nada de fotos y respeto a las familias de los fallecidos. Y puedo atestiguar que resulta impresionante pasearse entre los cadáveres que esperan turno para ser incinerados. Afortunadamente los cuerpos están cubiertos de flores y vistosas telas de colores, pero a veces los perros, intentando llegar al botín de la carne, consigen arrancar un trozo o simplemente rasgar las telas que cubren los cuerpos, dejando a la vista un brazo o una pierna, antes de que las llamas realicen su cometido purificador…
Me impresionaron especialmente los pequeños cuerpos de unas niñas muertas en sabe dios qué traumáticas circunstancias y esperaban turno para ser colocadas en las piras funerarias.

Es una costumbre religiosa anterior en milenios al cristianismo. Una tradición tan incomprensible para el occidental como fascinante. Sin embargo, como en tantas otras ocasiones, los dioses demostraron sentido común porque, en un país que en pocos años se convertirá en el más poblado del planeta, no existe suelo para enterrar a tantos muertos. Si no fuese por las incineraciones los cadáveres se apilarían en limpias fosas comunes, focos de enfermedades y dolor. Como siempre, hasta las creencias y practicas religiosas más insólitas, tienen un por qué.
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