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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2005@00:00:00 GMT+1
Muchas culturas la asocian con el alma. Según recientes estudios neurológicos esta antigua creencia puede tener una base fisiológica: el cerebro no la percibe como una imagen, sino como parte del propio cuerpo. ¿Estamos ante la clave de la fascinación que produce en el ser humano?
Entonces Wendy vio la sombra y le pareció tan sucia de haber sido arrastrada por el suelo, que sintió una gran pena por Peter Pan (...) Y, primorosamente, sacó su neceser de costura y cosió la sombra a los pies de Peter». Este fragmento de las primeras páginas de la novela de J.M. Barrie relata las dificultades que tiene el famoso niño duende con su propia sombra, a la que incluso se ha pegado al cuerpo con jabón para no perderla.

A diferencia de los duendes, los humanos no han tenido nunca tal problema, pero eso no ha impedido que, desde tiempo inmemorial, temieran que su sombra pudiera ser dañada, pisoteada o incluso robada. Tanto la han valorado que han llegado a considerarla algo más que una mera extensión de sí mismos. Según la folklorista Christina Hole, «en muchas partes del mundo se ha creído, y en algunas aún se cree, que la sombra de una persona es su propia alma o, al menos, una parte integrante de su ser, tan conectada con su vida que cualquier cosa que aconteciera al cuerpo es sentida por ella».

Las investigaciones llevadas a cabo por los psicólogos italianos Francesco Pavani y Humberto Castiello, de las universidades de Trento y Padua respectivamente, nos ayudan a comprender mejor por qué estas creencias aparecen en todas las culturas, presentando un carácter universal.

Experimentos reveladores

En el 2003, Pavani y Castiello realizaron una investigación con diez testigos voluntarios. El experimento medía el tiempo que éstos tardaban en reaccionar a un estímulo eléctrico administrado en el dedo índice o en el pulgar. Cuando los voluntarios sentían un pinchazo en sus índices, tenían que soltar un pedal bajo el dedo gordo de su pie. En cambio, cuando lo sentían en sus pulgares debían soltar un pedal situado bajo el talón.

Los científicos intentaron interferir con los procesos de pensamiento implicados, proyectando luces rojas cerca de las manos de los voluntarios. Pero éstas afectaban al tiempo que tardaban los sujetos en reaccionar sólo cuando eran proyectadas cerca de sus sombras. Al hacerlo, se confundía a los voluntarios y se interfería con su habilidad para tomar una decisión rápida. Los resultados indicaron que el acto de tocar la sombra de una persona afecta a su sentido espacial y puede distraerla de una tarea específica, restándole eficacia a sus movimientos. Estas investigaciones sugerían que el «esquema corporal» –la imagen interna que las personas tienen de su cuerpo–, puede extenderse más allá de la piel y, por lo tanto, que la sombra del cuerpo tiene un efecto profundo sobre la percepción visual de los sujetos.
«Los resultados obtenidos indican que las sombras proyectadas por distintas partes del cuerpo de una persona pueden suplir el hueco entre el espacio personal y el extra-personal», explica Pavani.

Según los citados psicólogos, la sombra actúa como una extensión del cuerpo al convertirse en un punto de referencia distante que ayuda a las personas a realizar sus tareas. El cerebro desarrolla un mapa interno que le permite definir exactamente donde está el cuerpo. La imagen proyectada por éste podría formar parte de ese mapa. Humberto Castiello afirma que «cuando vemos algo a punto de contactar con el borde de nuestra sombra, la actividad cerebral sugiere todo lo contrario, como si el contacto no fuéramos a producirlo nosotros, sino que viniera del exterior».

En breve, estos investigadores publicarán sus resultados más recientes en la revista Experimental Brain Research. «Hemos descubierto que las sombras del cuerpo actúan como un impulso o clave para nuestra atención selectiva; por ejemplo, nuestra habilidad para seleccionar información pertinente en el entorno», asegura Pavani. Específicamente han comprobado que el simple hecho de mirar la sombra de una mano, por ejemplo, alerta a la persona para los episodios táctiles que pueden afectar a esa parte concreta de su anatomía.
«Resulta notorio que esto sucede incluso aunque los participantes no tengan ninguna razón estratégica para dirigir su atención hacia una parte del cuerpo en vez de a otra. Así hemos podido llegar a la conclusión de que la sombra podría ser una clase especial de clave para nuestra atención selectiva. Otras claves especiales para el mismo fin son, por ejemplo, los ojos y ciertos movimientos biológicos», concluye Pavani.

Simon Unger, psicólogo de la universidad de Guildford (Surrey, Inglaterra) ha señalado que un fenómeno similar también se produce en otras situaciones: «Cuando los ciegos tienen que utilizar un bastón blanco, dicen que lo sienten como una extensión de sus dedos». Esto explicaría que nuestros ancestros creyeran que su sombra se extendía más allá de ellos mismos y que era parte intrínseca de su ser, cuando no su propia alma o su cuerpo astral.

En muchos grupos primitivos existe la idea de que el espíritu de un hombre podría abandonarle temporalmente sin causarle la muerte. Los viajes que efectuaba en estos casos –por ejemplo, durante el sueño– podían ser peligrosos. Si todo iba bien, el alma errabunda, por lejos que viajara, acababa regresando al cuerpo. Siempre que permaneciera intacta, el hombre normalmente estaba a salvo. Pero si resultaba herida durante ese viaje, el cuerpo también resultaba herido y, si por algún motivo, no podía regresar a éste, el hombre moría. El folklore recoge innumerables ejemplos de esta creencia.

La guardiana del umbral

Sin embargo, resulta más reveladora la visión que nos ofrece la psicología moderna. Ésta se refiere a la sombra como aquella parte del psiquismo inconsciente contiguo a la conciencia, aunque no aceptado necesariamente por ella. Las bases las había sentado Carl G. Jung en 1945, al definir la sombra como lo que una persona no quiere ser: «Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad». Esto sugiere que la fascinación que ejerce la sombra física sobre los seres humanos también podría surgir de que evoca inconcientemente a su homóloga psíquica. Esta última se proyecta en los sueños bajo la figura de ciertos personajes que expresan aspectos no necesariamente maléficos, pero que pueden llegar a serlo. Según Jung, «sólo deviene peligrosa cuando no le prestamos la debida atención».

También el analista Erick Neumann comparte esta misma opinión y propone un reencuentro con el yo que descansa oculto en la sombra: «Ella es quien custodia la puerta, la guardiana del umbral. Sólo podremos llegar a recuperar totalmente nuestro yo profundo reconciliándonos con ella».

Ese peligroso camino lo recorrieron Fausto y Dorian Gray de la mano de Mefistófeles, y el doctor Jekyll de la mano de míster Hyde, creyendo ingenuamente que podrían vencer a su sombra. Pero cometieron una imprudencia fatal: no se limitaron a hacerla consciente, sino que le permitieron asumir el control absoluto de sus actos.

Más allá de la literatura, estamos ante la clave de lo que se denomina proceso iniciático, que consiste en hacer consciente nuestro inconsciente. Su finalidad última es superar la falsa identidad de nuestro yo social –una combinación de personalidades falsas, modelos y roles inducidos por el entorno social– para acceder al yo verdadero o superior. Jung advirtió sobre el riesgo indudable que implica este trabajo, pero también afirmó categóricamente que, sin llevarlo a cabo, no es posible la auténtica experiencia mística. El secreto reside en lograr que nuestra sombra psíquica sea iluminada por la conciencia, pero bajo el control de una voluntad que sabe bien lo que quiere y adónde se dirige.
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