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India: secretos del sexo mágico

Última actualización 01/04/2005@00:00:00 GMT+1
En los últimos años, los arqueólogos han descubierto en las selvas asiáticas infinidad de templos, monumentos y esculturas donde se reproducen sin ningún pudor las posturas y técnicas sexuales descritas en el Kamasutra, el Ananga Ranga y en otros tratados sobre sexualidad mágica. AÑO/CERO se ha desplazado hasta algunos de tales lugares, enclavados en las entrañas mismas del continente asiático.
Habíamos llegado hasta Agra en el destartalado ferrocarril local, y allí tomamos un autobús con destino a Khajuraho… pero pinchamos por el camino y el viaje se alargó indefinidamente hasta que llegaron dos ruedas nuevas y conseguimos alcanzar nuestro objetivo. Así es India.

En la entrada al complejo religioso nos esperaba nuestro guía, Vipul, un hombre fibroso y musculado, de cabello canoso y edad indefinible. Cuando nos dijo que tenía más de sesenta años, nos mostramos incrédulos.
– Pero, con tu aspecto… ¿cómo puedes conservarte tan joven a esa edad?.
– Mi secreto es tener muchas amantes jóvenes y practicar todas las posturas del Kamasutra que aparecen representadas en las paredes de estos templos…
En India existen diferentes «tratados» sobre el sexo y la sexualidad mística como el Rati Rahsya o el Ananga Ranga. Pero, sin duda, de entre todos ellos el que se ha hecho más famoso en el mundo es el Kamasutra, que no es sino un compendio del arte del erotismo, escrito por el sabio Mallanaga Vatsyayana en el siglo III d. C. para la nobleza hindú.

El libro sagrado del sexo

Este término se ha convertido en sinónimo de una sensualidad matemática y casi acrobática, que no deja nada a la improvisación y que resulta excesiva y extravagante hasta lo inverosímil. La fama que acompaña a este Tratado sobre el Amor ha nacido de la larga enumeración, contenida en su segunda parte, de las posturas amorosas, besos, abrazos, arañazos, mordiscos y cosas parecidas, tan sorprendentes para un lector occidental.

En el Kamasutra se describen, por ejemplo: «cuatro clases de amor, siete formas de cópula, tres maneras de besar a una doncella inocente y nueve maneras de mover el pene dentro de la vagina». Pero también se dan consejos sobre las habilidades que deben adquirir las jóvenes damas, como costura, danza, juego y hechicería.

Toda la concepción india del amor deviene del deseo sensual, de la atracción física, que no se degrada nunca a un segundo plano. Por lo tanto, es un tratado con intenciones educativas, creado para enseñar a los hombres y a las mujeres el comportamiento que deben tener ante el deseo para conseguir una placentera vida amorosa.

Este manual se ha hecho famoso por las posturas sexuales físicamente rigurosas que describe, si bien también intenta ser una guía sensual que enseñaba a apreciar el perfume, la danza, la música y la poesía. Pero, pese a todo, según su creador, la búsqueda del Kama (placer y amor), está íntimamente ligado al destino de la persona.

El Kamasutra no fue publicado en Occidente hasta 1883. Eso sí, sólo en inglés, con una edición de apenas 250 ejemplares y una etiqueta añadida donde se advertía de la necesidad de su «circulación privada». Los moralistas europeos se escandalizaban ante las detalladas descripciones de posturas y practicas sexuales, muy alejadas de la función reproductora del coito, única admitida por las iglesias católica y anglicana. Como cuenta Rubén Solís Krause en el prólogo de Más allá del Kamasutra (Robinbook), comparado con los morbosos textos literarios de algunos escritores occidentales de los siglos XIX y XX, los autores del Kamasutra indio eran unos «ingenuos, espirituales, líricos y románticos».

Las acrobáticas posturas del Kamasutra, sus consejos y descripciones de orgías, felaciones, cunilingus, onanismo, etc, palidecen completamente ante el Marqués de Sade y la historia de Justine, o el célebre caso de necrofilia contado por Guillaume Apollinaire en Las once mil vergas. Por no hablar de Alfred de Musset o de Pierre Lois.

Cuando el sexo es arte

Durante nuestro recorrido por diferentes puntos de la India, al igual que en otros viajes por distintos países asiáticos, encontramos constantes alusiones al Kamasutra en tapices, pinturas y monumentos. Y es sorprendente que no sea difícil encontrar láminas, grabados o esculturas en templos y centros espirituales, donde se reproducen con total ausencia de pudor todas las posturas sexuales descritas por el Kamasutra.

No cabe duda de que, para el hinduísmo, el sexo no es una práctica limitada a la procreación, como ocurre en el catolicismo y en la mayor parte de los cultos cristianos, sino una expresión de la espiritualidad humana. Para el viajero occidental resulta chocante, y a veces incómodo, acudir a un recinto religioso y toparse con un auténtico film pornográfico esculpido en las paredes de los templos.

Escenas de orgías, sexo oral o anal, zoofilia, onanismo, y casi cualquier otra parafilia, compiten en majestuosidad artística con las esculturas de Visnú, Kali, Shiva, o cualquier otra divinidad. ¿Por qué?
Las modernas escuelas tántricas intentan reivindicar sus licenciosas prácticas sexuales en una tradición remota, recogida en textos como el Kamasutra o el Ananga Ranga, e ilustrada en majestuosas obras arquitectónicas, como los templos que salpican toda la India, decorados con escenas sexuales inequívocas. Sin duda, de todos esos templos al amor carnal, los más importantes son los de Khajuraho.

Situado a 55 km al sur de Mahoba, a 45 al este de Chatarpur y al noroeste de Panna, Khajuraho es un pueblo de 8.000 habitantes, accesible por carreteras o por el ferrocarril central, aunque también existe un aeropuerto que recibe un vuelo diario desde Delhi, Agra y Benarés. Y hasta allí peregrinan diariamente cientos de turistas atraídos por las famosas escenas sexuales que ofrecen los templos de su complejo religioso.

Khajuraho se extiende en un área de unos 21 km cuadrados, flanqueada por los ríos Narmada y Chambal, y está rodeado por árboles de mahua, utilizados por los nativos para fabricar el licor local, que sin duda acompañó libidinosas orgías hace siete siglos.

El complejo de templos de Khajuraho es el monumento más visitado de la India después del Taj Majal. Y no es de extrañar. Se trata, según algunos autores, del único ejemplo de arquitectura indo-aria pura. Este complejo fue construido entre los siglos IX y XI por los reyes guerreros de la dinastía Chandela, uno de los clanes de Rajputs, descendientes de los «Chanda Kula» (luna nacida), poderosos monarcas que gobernaron la parte central de India durante cinco siglos, a partir del siglo IX d.C.

Sabemos que Khajuraho continuó siendo capital religiosa de los Chandela hasta el siglo XIV porque el viajero árabe Ibn Batuta visitó la zona en 1335, describiendo en sus crónicas un lugar llamado «Kajarra», habitado por yoguis de pelo largo y piel amarillenta que practicaban el ayuno.

Se cree que construyeron 85 templos de los cuales sólo quedan 25, aunque por su belleza merece la pena visitarlos. De hecho, el turista o el viajero no deberían perderse los espectáculos de luz y sonido que se realizan cada tarde sobre la fachada de estos recintos sagrados.

Sin embargo, y pese a su fascinante y provocadora arquitectura, Khajuraho perdió su protagonismo social, político y religioso en el siglo XVI, sumiéndose en el olvido, como ocurrió en Latinoamérica con las grandes capitales mayas, incas o aztecas. Y permaneció olvidado hasta 1838, cuando el capitán T. S. Buró, un oficial británico al mando de las tropas coloniales, lo descubrió casualmente, al desviarse del itinerario oficial para internarse a través de un sendero en la espesa selva.

No cabe duda de que el flemático oficial inglés debió de sentir una profunda dicha ante el sensacional descubrimiento arqueológico. Por ello escribió: «(Khajuraho) probablemente es el emplazamiento con mayor número de templos congregados en un mismo lugar». Pero esa felicidad se tornó estupor, pudor y hasta sonrojo al despejar de vegetación las paredes de los templos y toparse con sus inequívocas esculturas. El escándalo estaba garantizado y, a los ojos de los británicos, aquellas escenas «pornográficas» sin duda demostraban la desvergüenza de los nativos hindúes y de sus obscenas creencias sectarias…
Las escenas sexuales de aquellos templos provocaron tal escándalo que algunas autoridades coloniales autorizaron el destrozo y vandalismo en los templos de Khajuraho. El célebre filósofo y pensador Rabindranath Tagore debió escribir una carta a las autoridades hindúes explicando que éste era un tesoro nacional y no podía demolerse porque algunos europeos se empeñaran en negar la sexualidad o la consideraran pecaminosa.

El catálogo del amor

Según Alejandro Cunningham, el nombre Khajuraho proviene de «Khajoor» (árbol de palma de dátiles), pues, según la leyenda, dos palmas de dátiles de oro adornaban esta antigua ciudad. En 1862 Cunningham visitó el lugar y redactó un informe contabilizando 872 estatuas, de las cuales 646 se hallaban en el exterior de los templos.

Todas ellas son espectaculares. Resulta sobrecogedor contemplar los diminutos detalles de los pliegues de la ropa, gotas de agua, uñas, etc. plasmados en esculturas de una estética sublime. Los grupos escultóricos, ya se encuentren dentro o fuera de los templos de Khajuraho, han sido divididas por los expertos en cinco categorías:
• Imágenes de culto: Esculturas de Shiva, Visnú, Surya o los Tirhankaras Jain, tallados estrictamente de acuerdo con las reglas canónicas. Estas figuras de los dioses importantes están situadas en el interior de los templos.
• Divinidades, dioses y diosas menores, Apsaras y Surasundaris. Las nayikas son ninfas encantadoras, talladas con extraordinario detalle; voluptuosas y provocativas, pueden considerarse servidoras de las deidades mayores.
• Bailarines y músicos; cazadores; ejércitos marchando; luchas; maestros con alumnos y otras escenas de la vida cotidiana.
• Animales y hombres con cabeza de animal: elefante, jabalí, mono, loro… dotados de un profundo contenido simbólico. Y por último, lo más importante:
• Maithunas, o parejas en relaciones sexuales. Las parejas o grupos realizan actos descritos en el Kamasutra, Rati Rahsya o Ananga Ranga: orgías, zoofilia, onanismo, felaciones, cunilingus, etc.

El objeto de esas escenas eróticas tan explícitas como insólitas, que van mucho más allá de la representación de un hombre y una mujer haciendo el amor, es incomprensible para muchos viajeros occidentales, entre los que debo confesar que me encuentro.

Entre las insólitas hipótesis esgrimidas, encontramos la de algunos estudiosos, según los cuales estas escabrosas escenas tendrían por objeto purgar a los devotos, ya que sólo quien resistiese la tentación de la carne ante aquella provocación lujuriosa sería considerado digno de entrar en el templo. Otros aseguran que las figuras de Khajuraho simbolizan la desnudez espiritual del hombre, a través de la muestra pública de nuestras fantasías y perversiones más inconfesables. Para otros, los constructores de aquellos templos veneraban el placer carnal como el único «paraíso» real al que podía aspirar un ser humano.

Quizá las cosas sean más sencillas y en el fondo los arquitectos de aquellos recintos sagrados comprendieron que todos los hombres somos iguales, sin distinción de raza, credo o nación. Nuestra mente, nuestra química y nuestras emociones son básicamente las mismas en cualquier rincón del planeta. Y, como diría Sigmund Freud, el motor de toda esa neuroquímica y de esas emociones sería el deseo sexual.

Tuviera razón Freud o no, lo cierto es que, si somos capaces de trascender el erotismo tan claramente explicitado en las imágenes que ilustran los templos de Khajuraho y atendemos al lenguaje universal del arte, podremos sin duda disfrutar con algunas de las más hermosas y detallistas expresiones de
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