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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2005 | Salir de la hemeroteca

La “enigmática” luz del Valle de los Reyes

La “enigmática” luz del Valle de los Reyes
El Valle de los Reyes cada vez se parece más a un parque temático, pero sigue siendo uno de esos lugares del antiguo Egipto que posee algo especial. Si uno consigue aislarse de los rebaños de turistas, es posible imaginar cómo era la necrópolis hace milenios; aislada y repleta de tumbas medio ocultas en las laderas. Con muchos secretos en su interior…
Los únicos adjetivos que no cabría aplicarle por entonces serían los de solitaria y silenciosa. Silenciosa no, porque desde el momento en que se excavó en ella el primer hipogeo real, no dejaron de escucharse los golpes, gritos y exclamaciones proferidos por los obreros encargados de esta tarea y de las sucesivas realizadas en el valle. Solitaria tampoco, pues además de la constante presencia diurna de estos mismos trabajadores y artesanos, la cima de los riscos estaba guardada por los medjay, quienes por la noche, además, recorrían los solitarios valles para prevenir el saqueo de las tumbas reales.

Los trabajadores encargados del diseño, excavación y decoración de las tumbas de los faraones eran unos privilegiados. Ideológicamente, el soberano de las “Dos Tierras” tenía necesidad imperiosa de una tumba donde alojar su cuerpo difunto. Siendo así, los artesanos destinados a la tarea eran una parte vital del bienestar ideológico de la monarquía. Por esta razón todos ellos fueron alojados en un mismo lugar, cercano pero no demasiado, a la necrópolis. Era el modo de fiscalizarlos, controlarlos, y crear en ellos el “espíritu de cuerpo” que los distinguiría de los demás artesanos de Tebas.

El poblado de los artesanos recibe el nombre moderno de Deir el-Medina. No es que estuviera escondido, pero digamos que no le gustaba demasiado la publicidad, pues su vista directa desde la lejana orilla del Nilo quedaba oculta por una colina. Fue en ese recoleto lugar donde, a principios de la Dinastía XVIII, Tutmosis I creó un poblado para sus artesanos. Al principio sólo contó con unas 21 viviendas, pero posteriormente su número aumentó hasta llegar a las 68. No es de extrañar, pues con el paso del tiempo los trabajadores no sólo tuvieron que excavar las tumbas del Valle de los Reyes, sino también las del Valle de las Reinas. Total, que a finales de la Dinastía XX, cuando su tamaño fue mayor que nunca, vivían en el poblado unos 120 artesanos con sus familias. No es un número excesivo, pero bastó para la tarea.

Arqueológicamente hablando, lo más interesante del yacimiento no son sólo sus restos arquitectónicos, sino la enorme cantidad de documentación escrita que se ha recogido en él. Al ser un grupo selecto y reducido de importantes funcionarios estatales, el número de personas alfabetizadas que vivían en Deir el-Medina superaba infinitamente la media de cualquier otro poblado y, de hecho, de todo el país. Lógicamente, en él se escribía muchísimo: cartas, contabilidad, listas de la compra, contratos, etc. Por fortuna, en su momento se encontró el basurero donde fueron a parar estos documentos –ostracas y algún papiro que otro– cuando ya no se consideraron necesarios. ¡El sueño de todo arqueólogo! Millares y millares de textos escritos por gente normal hablando de su vida y de su trabajo. Una fuente de información que nos va a ayudar a desentrañar uno de esos pequeños misterios que tanto fascinan del antiguo Egipto: cuál era el sistema que utilizaban para alumbrarse a cien metros bajo tierra sin dejar restos de hollín en los asombrosos dibujos y relieves que decoran las paredes de las tumbas reales.

A cien metros de profundidad…
Para comprender mejor el sistema de iluminación, primero hablemos de los propios hipogeos. Las tumbas del Valle de los Reyes no fueron construidas al azar, sino siguiendo con relativa exactitud los planos trazados por los arquitectos reales. No es que queden demasiados restos de estos planos, pero sí los suficientes como para demostrar que se utilizaron. Además, tenemos la fortuna de que dos de ellos son, precisamente, representaciones de tumbas del Valle de los Reyes. Al estudiarlos podremos ver que sin duda fueron los egipcios quienes pensaron y excavaron las sepulturas de sus reyes; nada hay de enigmático en ello, como tampoco en la iluminación empleada en la tarea.

El primer plano que conservamos pertenece a la tumba de Ramsés IV, de comienzos de la Dinastía XX. Se trata de un dibujo trazado con regla sobre un papiro, lo que nos indica que se trataba de una copia en limpio destinada a los archivos reales. El papiro era un soporte de escritura caro y para el trabajo diario se recurría a los ostraca, es decir, lascas de piedra y trozos de cerámica más o menos lisos utilizados como soporte de la escritura. Es interesante comprobar que no es un plano tan exacto como los actuales. Muestra todas las partes de la tumba, sí; pero no menciona las dimensiones de todos los elementos representados. Aunque la mayoría se especifican, da la impresión de que en realidad la intención era mostrar las proporciones relativas de cada una de las estancias con respecto a las otras. Por ejemplo, los comentarios que aparecen escritos junto a lo que hoy se conoce como “Habitación W” de la tumba dicen: “1) Esta puerta está atada; 2) El cuarto –corredor– de longitud 25 codos; ancho 6 codos; altura de 9 codos, 4 palmos; siendo trazado con líneas, trazado con el cincel, relleno con colores y completado; 3) La pendiente de 20 codos, anchura 5 codos, 1 palmo; d) Esta habitación es de 2 codos; ancho de 1 codo, 2 palmos, profundidad de 1 codo, 2 palmos”.

Evidentemente, estos preciosos rollos de papiro no se llevaban a la tumba más que en raras ocasiones, como pudiera ser la presencia del visir en visita de inspección al lugar. Para el trabajo diario, los jefes de obra contaban con copias exactas realizadas en un ostracon, mucho más incómodas, aunque muy “longevas” para el duro trato del día a día. Un ejemplo de este tipo de documento, también de un monumento del Valle de los Reyes, lo tenemos en el plano de la tumba de Ramsés IX, de finales de la Dinastía XX. Fue encontrado por los arqueólogos prácticamente in situ, casi con seguridad allí donde fue arrojado tras terminarse el hipogeo real. No es que fuera muy manejable –es un fragmento de piedra caliza de algo más de 80 cm de largo–, pero desde luego ha demostrado su durabilidad.

Con las indicaciones del plano en la mano, una vez seleccionado el lugar adecuado en la falda de la colina, los jefes de obra señalaban a los picapedreros dónde comenzar a excavar. Al principio todo resulta sencillo, pues la luz es suficiente –excesiva de hecho– y los obreros pueden avanzar a pie firme. El problema comienza cuando alcanzan más de una decena de metros de profundidad dentro de la montaña. En la primera fase de la excavación los trabajadores son prácticamente mineros, de modo que no hay que preocuparse por las señales de hollín; pero ¿cómo se las arreglaban en los momentos finales del trabajo, cuando llegaba el momento de rellenar las paredes con delicadas pinturas y relieves? Entonces sí precisaban de una luz constante y relativamente fuerte que no manchara, y a cien metros en el interior de la colina, no es tarea fácil de conseguir. A primera vista resulta extraño que en ninguna pared se haya encontrado resto alguno del hollín que ¿invariablemente? debieran haber dejado las lámparas. Este supuesto “enigma” ha dado mucho que hablar y ha llevado a ciertos “investigadores” a realizar algunas aparatosas sugerencias –y unas todavía más estrafalarias interpretaciones de ciertos relieves visibles en la pared de un templo–.

Deslumbrados por el problema, estos “investigadores” están convencidos de que la tecnología egipcia tal cual la considera la egiptología fue incapaz de proporcionar la luz necesaria. Según ellos, es imposible evitar que las lámparas de aceite produzcan humo y por ello están descartadas totalmente (?). También afirman, con razón, que el uso de la luz reflejada del Sol en unos espejos es inviable. Los espejos egipcios no eran de cristal, sino de cobre o bronce pulido. Estos materiales, si bien permiten obtener una imagen reflejada lo suficientemente precisa como para realizar labores de maquillaje, no son adecuados para la tarea de iluminación, pues reflectan menos luz de la que reciben. Esto significa que, como serían necesarios varios de ellos para conducir la luz hasta lo más profundo de la tumba, en el mejor de los casos allí sólo alcanzaría un ínfimo y disperso rayo de luz sin apenas luminosidad. Siendo así, la única explicación que estos “investigadores” conciben son los “misteriosos” conocimientos que le suponen a la cultura faraónica. En concreto, el uso de la electricidad para alimentar bombillas incandescentes…
¿Existen pruebas de ello?
El supuesto apoyo documental que presentan en defensa de este anacronismo flagrante no es otro que unos relieves de la cripta del templo de Dendera, en el alto Egipto. Se trata de una imagen simétrica muy conocida de los amantes de lo “oculto”. En ella se ve un hombre sujetando por el extremo inferior un alargado anillo shen, dentro del cual hay una serpiente estirada y ondulante. Este conjunto –anillo y ofidio– nace de una flor de loto con un largo tallo, mientras al otro extremo hay un pilar djed coronado por un signo ka –dos brazos juntos y alzados–. Esta es la descripción de un egiptólogo, acostumbrado a leer los signos egipcios presentes en una imagen, que sin duda, puede parecer chocante a ojos de un neófito. Porque, es imposible negarlo, si uno ve la imagen sin ninguna formación egiptológica y con ánimo polémico, es muy posible describirla como han hecho muchos: una gigantesca bombilla –el anillo shen–, con filamento –la serpiente–, encajada en su casquillo –la flor de loto–, cuyo cable de conexión –el tallo de la flor– va a parar a un generador eléctrico junto al cual hay un soporte aislante –el pilar djed con el signo ka–. Tal interpretación es un sinsentido, pues la excavación arqueológica del monumento y los propios textos que acompañan a la imagen nos explican la función de la cripta. Por no mencionar el detalle de que entre las tumbas del Valle de los Reyes y este relieve hay una distancia de un milenio. Las últimas tumbas son de la Dinastía XX y el relieve es de época grecorromana.

Hasta el descubrimiento del alumbrado con gas y luego de la bombilla eléctrica, las lámparas de aceite y las velas eran los principales sistemas empleados para iluminar la noche. Saber cómo mantener estas fuentes de luz y paliar sus posibles inconvenientes formaba parte de los conocimientos generales de la sociedad que las utilizaba, en especial de las amas de casa, a las cuales tampoco gustaba ese humillo que dejaba negros y alargados manchurrones en sus paredes. Para evitarlo utilizaban un sistema que muy bien puede haber sido el mismo empleado en el antiguo Egipto. Recurramos a la biblioteca y saquemos un volumen del primer cuarto del siglo XIX –1823– titulado: Le trésor des ménageres –“Tesoro de las amas de casa”–, en donde se lee: “Para impedir que la lámparas y quinqués sigan desprendiendo humo: pon sal en un vaso con agua hasta la saturación, es decir, hasta que el agua deje de seguir disolviendo sal. Introduce tus mechas en esta salmuera en muchas ocasiones dejándolas secar. A continuación pon este agua salada en una botella, añade una parte igual de aceite; sacude bien el frasco para mezclar perfectamente el contenido, seguidamente déjalo reposar y decanta el aceite así purificado. Este aceite no hará humo, si acaso de la peor calidad o si nos vemos obligados a quemar aceite fresco”. Plinio menciona el truco en el libro XV de su Historia natural, párrafo 25.

Los datos, arqueológicos y escritos, tiran por tierra las fantasiosas lucubraciones de algunos “investigadores”, que se precipitan a interpretar relieves y documentos careciendo de la mínima formación. Si los europeos del siglo XIX sabíamos cómo evitar que las lámparas produjeran humo, no me cabe ninguna duda de que los egipcios de la época faraónica también sabían hacer lo propio. Como sucede en la mayoría de los casos, la solución más sencilla suele ser la correcta. o
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