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Última actualización 01/04/2005@00:00:00 GMT+1
La Península estaba poblada a la llegada de los romanos por tribus aglutinadas en tres grandes grupos: íberos en oriente y sur; celtíberos en el centro; y celtas en el noroeste y norte de la geografía. Cada denominación se subdividía en otros con nombres adecuados al terreno que habitaban; poblaciones hostiles al invasor y amantes de su libertad con un espíritu guerrero muy curtido desde tiempos ancestrales…
La economía que practicaban estos grupos era en muchas ocasiones precaria, limitándose a técnicas agrarias de autoconsumo y a pequeños rebaños ganaderos. No es de extrañar que la falta de tierras apropiadas para los cultivos empujara a muchos hombres al servicio mercenario de las armas. La combatividad de los guerreros ibéricos era famosa desde tiempos fenicios. En el siglo VI a. de C., los cartagineses ya utilizaban íberos como tropa a sueldo en sus aventuras militares. Por su parte, los griegos –colonizadores del mediterráneo central– se aprovecharon de las magníficas condiciones militares atribuidas a los hispanos para defender sus colonias sicilianas. Tanto cartagineses como griegos pujaron por el control de esta zona mediterránea occidental y en ambos casos se sirvieron de soldados provenientes de la Península Ibérica.

En el transcurso de las Guerras Púnicas numerosos contingentes íberos y celtíberos prestaron sus servicios a los cartagineses contra los emergentes romanos.

El soldado hispano se caracterizaba por su bravura, pero también por el cumplimiento de la palabra dada; siempre, eso sí, que el general que lo contratase supiera estar a la altura de lo prometido. Un hecho que llamaba la atención con respecto a los hispanos era su famosa devotio, una fórmula clientelar que ligaba a los hombres con sus jefes mientras estos se mantuvieran vivos en campaña. Esta especie de adhesión inquebrantable fue utilizada con frecuencia por algunos líderes militares romanos como Sertorio, Pompeyo o César para cumplir con sus planes de conquista.

Los guerreros ibéricos se alistaban en tal o cual ejército, en pequeños o grandes grupos, y servían durante largos periodos en los que intentaban acumular con escaso éxito toda la riqueza posible que les permitiera regresar a su tierra para disfrutar de una magnífica jubilación. Bien es cierto que en casi todas las ocasiones las penurias, enfermedades o batallas hacían imposible esta pretensión.

Armas para la guerra
Los guerreros íberos no concebían la vida sin sus armas de combate; nunca se desprendían de ellas, ni siquiera a la hora de su muerte, pues era costumbre enterrarse con su bagaje militar para recibir los honores correspondientes en la otra vida. Sabemos que desde por lo menos el siglo VI a. de C., la falcata, típica espada íbera adoptada más tarde por los romanos con el nombre de gladius hispaniensis, fue el arma cuyo uso se hizo más popular. Era ésta sumamente cortante y mortal de necesidad si se introducía cinco centímetros en el cuerpo del enemigo. También existían armas arrojadizas como jabalinas de hierro y madera, además de las famosas hondas manejadas por los pueblos baleares y arcos, que se utilizaban preferentemente en la caza. En cuanto a las defensas corporales se usaban rodelas, escudos, corazas y cascos de mayor o menor poder, dependiendo de la condición social del guerrero que los portaba.

Al servicio del mejor postor
En tiempos de Aníbal, miles de soldados ibéricos prestaron sus servicios al brillante general cartaginés acompañándole en su expedición italiana y luchando en Iberia al lado de sus hermanos. Más tarde, los propios romanos tuvieron que contratar mercenarios celtíberos en 213 a. de C., para combatir a los cartagineses en la Península Ibérica. Era la primera vez que Roma hacía un desembolso económico de éste tipo, pero la marcha de la Segunda Guerra Púnica así lo exigía. En ese periodo los soldados peninsulares se ofrecían de tres maneras a los ejércitos contendientes: primeramente como mercenarios; también se aportaban contingentes para el conflicto según fuera la relación de cartagineses o romanos con las tribus a las que iban sometiendo. Finalmente se encontraban las aportaciones militares de las ciudades federadas o aliadas que, de grado o por la fuerza, enviaban tropas al frente para mantener salvaguardada su independencia.

Una vez vencidos los cartagineses, Roma consideró oportuno quedarse en Hispania y proseguir con su conquista. Asunto que supondría dos siglos de sangriento conflicto, dada la obstinación de los autóctonos. En ese tiempo la potencia latina tuvo que combatir y derrotar a los hispanos tribu a tribu. La agresividad y amor a la independencia de los peninsulares quedó patente en interminables guerras que acabaron por desesperar en algunos tramos a los metódicos políticos romanos.

En la primera fase de la conquista éstos se enfrentaron, no sólo a las tropas cartaginesas, sino que también se las tuvieron que ver con tribus tan guerreras como los ilergetas, con míticos jefes como Indíbil y Mandonio. El avance latino se extendió hacia el sur desde Cataluña, pasando por Levante, Murcia… hasta llegar a la región andaluza donde los romanos se encontraron con la hostilidad de los turdetanos, auténticos herederos del pasado tartesio. Tras someterles llegó el turno para las dos contiendas libradas entre lusitanos, celtíberos y romanos, sin duda, las más duras de toda la conquista. El particular modo de entender la independencia y libertad de estos pueblos hizo que el conflicto fuera permanente durante largas décadas. En estos enfrentamientos –casi siempre sin cuartel– se destacaron ciudades de imperecedero recuerdo como Numancia. Calagurris, Lucus… plazas que optaron por una resistencia heroica frente al invasor.

Guerreros de Roma
En el siglo I a. de C., las tribus lusitanas y celtíberas ya habían sido en su práctica totalidad asimiladas por la civilización romana, pero aún restaba someter el inexpugnable territorio norteño. Durante ese periodo, las diversas guerras fratricidas entre romanos se trasladaron a la Península Ibérica y fueron muchos los pueblos nativos que participaron en uno y otro bando de los contendientes. En 19 d. de C., concluía la conquista de Hispania y los guerreros ibéricos pasaron a formar parte del ejército romano. Desde hacía tiempo diferentes unidades se habían acreditado como fieles soldados al servicio de Roma. Estas tropas dieron un magnífico rendimiento en unidades de infantería ligera y caballería, y fueron utilizados en sus conflictos internacionales o civiles. En ese sentido, cabe mencionar que en 89 a. de C., una turma o unidad de caballería conformada por 30 jinetes hispanos recibió al completo la ciudadanía romana por su valor en una batalla. El hecho quedó reflejado en el más que célebre Bronce de Asculum.

Y es que los soldados ibéricos demostraron ser magníficos jinetes que daban un trato exquisito a sus monturas, consiguiendo cierta perfección en el manejo de sus armas arrojadizas mientras cabalgaban. El propio Aníbal utilizó con excelentes resultados la caballería íbera en sus campañas de Italia; valga de ejemplo la decisiva aportación de la caballería ligera en la batalla de Cannas.

Los romanos se beneficiaron ampliamente de las tropas auxiliares hispanas que servían en las legiones. Durante la etapa imperial numerosas alas y cohortes reclutadas en Hispania, marcharon a Britania, las Galias o a las fronteras danubianas y germanas para defender las posesiones imperiales. En la propia Península la VII Legión Gémina acantonada desde 74-75 d. de C. en los territorios de la actual León –ciudad a la que dio nombre– estuvo integrada casi en su totalidad por autóctonos. Esta fue la última unidad legionaria establecida en Hispania. Tras su desaparición la Península Ibérica quedó a merced de pequeños ejércitos privados que poco o nada pudieron hacer ante las invasiones bárbaras de 409 d. de C.
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