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Última actualización 01/05/2005@00:00:00 GMT+1
La novela de Dan Brown pretende impregnar al gran público con una versión conspiranoica de la historia que se ensaña de forma encarnizada con la Iglesia católica. Es difícil hallar en sus páginas un solo episodio cuyo objetivo no sea el acoso y derribo de su imagen.
Para conferir a su novela el atractivo de lo verosímil, Dan Brown emplea el recurso de anteponer un breve texto, en el cual afirma que las obras de arte, tumbas, lugares y monumentos de Roma que describe son tan reales como la Orden Illuminati. Pero al proyectar su ficción sobre un escenario turístico –el mismo tratamiento que este autor da a París en El código Da Vinci–, mezclando de forma sistemática la trama imaginaria con lugares, instituciones y artilugios técnicos reales, induce al lector a aceptar en calidad de divulgación científica e historia lo que no es ciencia y lo que no pasa de hipótesis pseudo-histórica.
Esta estrategia no sería censurable, si sólo cumpliera la función de «atrapar al lector». Pero no es así. Brown la utiliza con un objetivo ideológico claro: vender una versión manipulada del pasado con el pretexto de que los «retoques» que introduce son «licencias literarias». Sin embargo, esta falsificación no es inocente y resulta deliberadamente sesgada. El autor la carga con una feroz hostilidad, directamente dirigida contra la Iglesia católica, la única institución que, invariablemente, es objeto de un tratamiento alevoso en su obra, lo que contrasta con su presentación «políticamente correcta» de la masonería, la Rosa Cruz, los protagonistas de la independencia de EE UU y el resto de las instituciones implicadas.
Con la finalidad de desactivar esta carga ideológica hostil, vamos a distinguir lo que en esta novela puede considerarse divulgación científica, histórica y cultural, de aquello que constituye una invención cargada de intenciones ideológicas.
Pseudociencia a la carta
En lo que atañe a la ciencia, es verdad que: l Existe la teoría de la Gran Expansión (Big Bang), sugerida por el abad Georges Lemaître en 1927 con su idea de un «huevo cósmico» o «átomo primordial», respaldada por las observaciones del astrónomo Edwin Hubble y desarrollada más tarde como una teoría cosmológica, apoyada por un aparato físico y matemático. Básicamente, este modelo sostiene que el Universo pudo originarse en un punto (singularidad inicial) que a partir de un determinado momento empezó a expandirse (inflación cósmica) y a evolucionar desde el plasma inicial.
l Existen los aceleradores de partículas de los que habla en la novela y en particular el del CERN en Ginebra.
l En éstos se llevan a cabo experimentos de colisión entre partículas atómicas en el vacío (física de altas energías) que, entre otros propósitos, pretenden investigar los constituyentes básicos de la materia y recrear ciertas condiciones hipotéticas del Cosmos en sus comienzos.
l También existe la antimateria (con carga eléctrica contraria a la materia), que se desintegra al entrar en contacto con ésta. Al menos, es posible crear mínimas cantidades en laboratorio y se piensa que pudo existir en el origen del Cosmos tanta antimateria como materia, o bien existir aún, aunque no se sepa dónde, ni cómo, ni haya sido detectada fuera del laboratorio.
l Es posible impedir la aniquilación materia-antimateria, aislando a esta última mediante campos magnéticos muy potentes y confinándola en el vacío.
l Teóricamente, como idea futurista, el mecanismo de aniquilación podría tener aplicaciones prácticas en diversos campos, si es que alguna vez conseguimos generar antimateria en cantidad suficiente con poco gasto energético, almacenarla y manejarla en condiciones de seguridad.
Sin embargo, es falso que: l Edwin Hubble haya probado el Big Bang. Se limitó a interpretar una observación –el corrimiento al rojo del espectro luminoso de las galaxias– como una evidencia de la expansión, pero este fenómeno admite otras causas posibles.
l No es verdad que la ciencia «sea hoy incapaz de fijar el Tiempo Cero» (cuando empezó la Gran Expansión), como dice Vittoria Vetra en el capítulo 19. Sencillamente, no se puede hacer ciencia sobre ese hipotético punto de infinita densidad, en el cual no existía ni espacio-tiempo ni leyes de la ciencia. Para que un hecho sea científico debe ser detectable y éste no puede serlo ni hoy ni nunca, por imposibilidad física.
l No es cierto que el proyecto de acelerador nortemericano conocido como SSC fuese rechazado por el senado de ese país por la presión de lobbies de cristianos fundamentalistas (cap. 15). El proyecto fue abandonado durante la Administración Clinton por su coste, estimado en más de un billón de dólares. Sólo para la obra civil requería inversiones superiores a 250.000 millones de dólares en 5 años.
l También es falso que la teoría del Big Bang sostenga que el Cosmos se originó con una explosión o estallido (¿qué pudo explosionar cuando no había nada que explosionara ni tampoco espacio donde se produjera un estallido?).
l Ningún experimento puede probar que el mito de la Creación del Génesis bíblico sea «una probabilidad científica». Tampoco el que la novela atribuye a Leonardo Vetra. Además, éste no «crea materia de la nada», ya que lo hace a partir de la convergencia de dos haces de partículas.
l Resulta disparatado que el personaje de Vittoria Vetra, que encarna a una física de altas energías, repita varias veces que su padre «creó materia de la nada» e identifique a ésta última con la energía (cap. 22), ya que niega así la equivalencia entre energía y materia que está en la base más elemental de la propia física y en la famosa ecuación de Einstein que se cita en el mismo capítulo. Por otra parte, se confunde un concepto físico (vacío) con otro filosófico (nada).
En conclusión, la «ciencia ficción» de esta novela se basa en una falsificación del pensamiento y de las teorías científicas que supuestamente deberían respaldarla. No se procede –como en las buenas obras de ciencia ficción– a desarrollar una posibilidad hipotética de futuro a la luz de unos desarrollos científicos coherentes con el cuerpo de teorías establecido, sino que éstas son adulteradas y reducidas así a mala divulgación.
Manipulando la historia
Más graves y menos inocentes que todas estas inexactitudes son las falsificaciones de la historia y del significado de los símbolos. Éstas corren a cargo de Robert Langdon, el personaje que encarna a un profesor de historia del arte, especializado en simbología religiosa, confiriendo así una imagen de «autoridad académica» a sus afirmaciones.
l No existe ninguna base para sostener que los Illuminati tienen un origen italiano en el siglo XVI, ni de que Galileo perteneciera a esta sociedad secreta ni a ninguna otra. Tampoco la hay para atribuirle al poeta John Milton dicha ideología.
l Es falso que en el siglo XVI la Iglesia asesinara científicos como escarmiento, grabándoles a fuego una cruz en el pecho, aunque sea verdad que la Inquisición persiguió, condenó y ejecutó a pensadores acusados de herejía. La invención de Brown cumple la función de justificar «la venganza» Illuminati contra la Iglesia y de cargar sobre ésta la responsabilidad de que, posteriormente, éstos se transformaran en «maléficos» como reacción a esa persecución.
l Es falso que el culto al Diablo con sus ritos blasfemos –misas negras, sacrificios, etc.– lo inventara la Iglesia para desacreditar a unos satanistas cultos originales, entre quienes Langdon sitúa a los inexistentes Illuminati del siglo XVI. Tampoco el culto moderno al demonio nació de la voluntad de emular a esos Illuminati por parte de quienes creyeron en dicha calumnia eclesiástica y decidieron adoptar como propias las prácticas que les atribuía la Iglesia. En el cap. 11 Langdon sostiene que esto es «historia». Pero los cultos sectarios con ritos blasfemos y burlas a la Virgen están recogidos ya en el primer tratado de demonología conocido, escrito por Miguel Psellos en el siglo XII.
l Es falso que los Illuminati puedan considerarse «la secta satánica más antigua y poderosa de la Tierra», como sostiene Langdon en el capítulo 9.
l No es verdad que el Castel Sant’ Angelo sirviese de guarida a una sociedad secreta Illuminati, ni que hubiese en Roma una Iglesia de la Iluminación.
l No existe ningún elemento para justificar la atribución del simbolismo del billete de un dólar en general, y del «ojo que todo lo ve» y «el delta resplandeciente» en particular, a los Illuminati. Se trata de símbolos adoptados por la masonería y, además, pertenecen a una tradición esotérica y gnóstica que se remonta al neopitagorismo y al neoplatonismo. La función de esta falsificación es absolver a la masonería de las acusaciones conspiranoicas contra los Illuminati, pero sin quitarles a éstas credibilidad.
l Es falso que, en el lema Novus Ordo Seclorum, el último término deba traducirse como «seglar» y opuesto a «eclesiástico» y, por ello, esté en contradicción con el lema «En Dios confiamos» que aparece en el mismo billete. La traducción correcta es «Nuevo Orden de los Siglos» (tiempos o eras) y es una cita que expresa la vocación imperial de la nueva República norteamericana, como entidad llamada a tomar el testigo de Roma en calidad de potencia hegemónica mundial.
l No existe base alguna para sostener que los Illuminati, aprovechándose de la cándida «bondad» de los masones, entre quienes se incluye a unos ingenuos «padres de la patria norteamericanos», utilizaron aviesamente de pantalla a estas impecables figuras para encubrir su expansión en EE UU, fundando universidades, industrias y bancos para hacerse con el control de esa nación sin que, al parecer, sus inocentes protectores impregnados de espíritu bienhechor y altruista advirtiesen ni sospechasen nada.
En conclusión: en este apartado su operación consiste en transformar el viejo tópico reaccionario de «la conjura judeomasónica» en una «conjura satánico-iluminista» de corte conspiranoico. Finalmente, en la novela ésta tampoco existe, ya que no sería sino un retorcido invento del «fanatismo católico», encarnado por un clérigo maquiavélico y asesino que, por añadidura, mata a sus víctimas en las iglesias.
Un arma ideológica
Ángeles y demonios se inscribe en el género de la novela propagandística, diseñada para impregnar con determinados valores al lector y someter a acoso y derribo la imagen de quienes disienten con la ideología que promueve. Naturalmente, estamos ante un acto legítimo de militancia partidista. Cualquiera tiene derecho a escoger el bando que desee. Sin embargo, también es importante que el lector lo advierta y lo tenga en cuenta para no ser víctima de la manipulación.
No hay episodio de la novela que no apunte al mismo blanco. Si se describe el asesinato ficticio de un Papa, es para sacar a colación la sospecha de que varios sumos pontífices históricos fueron asesinados –entre ellos Celestino V y Bonifacio VIII–, y para dar mayor credibilidad a los rumores de que también Juan Pablo I fue asesinado. Cuando Brown describe el Éxtasis de Santa Teresa de Bernini, es para introducir el comentario de sus implicaciones sexuales.
En esta versión maniquea del mundo, el «mal» y «el demonio» residen en el Vaticano y visten hábito. Sistemáticamente, los representantes de la Iglesia –desde el comandante de la Guardia Suiza a los cardenales– son presentados como tontos cegados por supersticiones y prejuicios. Como remate, en la última escena se describe un encuentro sexual extramatrimonial aderezado de yoga tántrico después que la pareja recibe un regalo personal del Papa y una misiva cargada de complicidad con su bendición.
El mensaje de la historia imaginaria que narra Ángeles y demonios es transparente. No cabe duda de que, imitando al malo de la novela, también Brown quiso colocar su propia bomba bajo la tumba de San Pedro.
Foro(s) asociado(s) a esta noticia:
Una bomba contra el Vaticano
Últimos comentarios de los lectores (2)
4199 | Juan - 19/01/2010 @ 10:02:58 (GMT+1)
Poco serio: el estilo del sofista es similar, pero ni remotamente ese: el ordenamiento sacrificial del mundo ni con bombas, ni burlándose del estilo de otros comentaristas.
3590 | EL SOFISTA - 21/12/2008 @ 21:48:15 (GMT+1)
NO, NO ME HAGAN REIR.
No voy a leer todo ese enorme texto
letra tamaño plasma, para decirme que en verdad ya sabia que la bomba contra el pentágono era para el Vaticano.
Además, sabido es que las idelogias matan más que las bombas,
y que las conspiraciones no son buenas.
Ningún Imperio ha sido "eterno", el
Católico actual tampoco, asi que, animo
ya "vendrán dias mejores", en el decir
de FREI, el primer presidente plenamente democrático de Chile, me refiero a Frei
Montalba. Y no es ironía.
¿Después de la Iglesia Católica, que?
No precisamente el Reino de los Cielos,
pero si un socialismo humano, cósmico,
y también transhistórico.
ANIMO que todo tiene su Tiempo.
El karma universal o entropía es lo
que se opone al Reino, ayudado de la debilidad y malas acciones del hombre.
Tomemos abierto partido por el BIEN, os aseguro es la única manera de que
esa Parusía Eterna se manifieste.
¿El demonio? Vaya, es dios disfrazado
de Cura. No hagamos caso.
Frei no es apellido Judío, por su consonancia con Freud, ni tampoco el
gobierno de un hijo "es mejor" que el de su padre.
Disculpen si me aparto del tema con asuntos mas reales y localistas.
Sugiero algo así como Iglesia Católica Apostólica Universal, en vez
de Romana, que por estos lares indica un instrumento de "pesar" (kilos).
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