Última actualización 01/06/2005@00:00:00 GMT+1
Cuando decidimos dedicar nuestra portada a las cruzadas, pensábamos que el anunciado estreno de El reino de los cielos se haría eco del interés general por los templarios y los misterios históricos, despertado por El código da Vinci. Lamentablemente, nada apunta en dicha dirección en esta película de acción desbordada, dirigida por un Ridley Scott muy alejado de su mítica Blade Runner.
Podemos ignorar que en la misma se pase por encima de dos reyes tan interesantes como Saladino y Balduino el Leproso, que se reduzca a la categoría de bestias sanguinolientas al gran maestre templario y al poderoso Guy de Lusignan (que, como Balduino, pertenecía a una familia de orígenes míticos, cuyos miembros se convirtieron en reyes de Jerusalén y Chipre). Pero no que la viuda de éste y hermana de Balduino se castre como mujer (cortándose el cabello) y renuncie a su derecho dinástico para ponerse a la altura de un héroe tan valiente, noble e igualitario como cretino, cuyo discurso se reduce a repetir –sin comprender lo que dice– que el reino de Jerusalén es un estado de conciencia.
Y así creo yo que fue concebido ese reino de los cielos por los cerebros que planificaron la primera cruzada y sus intrigantes secuelas. Porque no comparto la opinión habitual según la cual todo aquello se debió a una sucesión de movimientos espontáneos. Ni creo que obedeciesen a la casualidad intrigantes coincidencias como el hecho de que el Cister se fundase meses antes de que se conquistara Jerusalén y muriese repentinamente Urbano II, el papa benedictino que organizó la cruzada. Al igual que, poco antes de que se formalizase el Temple y tras haber rechazado los requerimientos de sus fundadores, murió el rey Balduino I de Jerusalén (como lo había hecho su joven predecesor Godofredo de Bouillon), siendo sucedido por su primo, que autorizó a los primeros templarios a instalarse bajo las ruinas del Templo de Jerusalén y realizar excavaciones en las que al parecer encontraron documentos y objetos de una relevancia inconcebible.
Estoy convencido que las cruzadas, la creación del Temple, la obra multiforme emprendida por San Bernardo y muchos otros pasos secuenciales –iniciados por personajes que mantenían entre sí estrechas relaciones familiares y múltiples alianzas– formaban parte de un Plan Maestro, y así comencé a apuntarlo en el libro Claves ocultas del Código da Vinci.
Como han detallado Knight, Lomas y otros autores, dicho Plan habría sido trazado por miembros de algunas dinastías europeas perpetuadoras de los linajes sagrados judíos (el regio de David y el sacerdotal de Levi) y conocidas entre sí como los Rex Deus. Parte del mismo consistía –llegado el momento cósmico adecuado– en construir un cuarto Templo en Jerusalén sobre el emplazamiento exacto de los anteriores, porque éste había sido el lugar de poder elegido –como puerta de manifestación de Yahvéh– por Salomón, arquetipo universal del Rey, Sabio y Mago; una brecha única en nuestro continuo dimensional, a través de la cual viajó a los cielos Mahoma y en cuyas proximidades tuvo lugar la ascensión de Jesús en su cuerpo glorioso. Lo habrían construido valiéndose de un conjunto de técnicas y saberes que los gremios de constructores –bajo el patronazgo templario– ya venían experimentando, levantando catedrales y otros edificios como parte de un proyecto que buscaba transmutar la conciencia colectiva. Y en el Templo habrían consagrado a un miembro elegido de las familias Rex Deus como rey-mesías que se convertiría en Emperador de una confederación sinárquica de estados de Occidente tejida por los templarios… Pero una sucesión de traiciones, errores y azares impidieron la realización del Plan, hasta ahora…
Enrique De Vicente, Director de la Revista Año/Cero.