Última actualización 01/06/2005@00:00:00 GMT+1
Extrañas coincidencias han rodeado tanto la vida como la muerte de este Papa milenarista y decisivo, a quien San Malaquías anunció como «Del trabajo del Sol». Su sucesor, bajo el lema «La gloria del olivo», ocupa el puesto 111 y último de esta lista profética, que parece cerrarse con un lúgubre vaticinio.
Eran las 21:37 del 2 de abril de 2005 cuando fallecía Juan Pablo II, invocando a la Virgen, según el comunicado oficial hecho público casi una hora más tarde. Si no me equivoco, en esos momentos la multitud que oraba por él en la Plaza de San Pedro entonaba ese cántico devocional que reza: «El 13 de mayo la Virgen María bajó de los cielos en Cova de Iría... Ave, Ave, Ave María». Y esa misma tarde recuerdo haber escuchado que en la fachada de la Sede Pontificia se había desplegado la imagen de una Virgen con un Sol...
Es la Señora vestida de Sol que describe el Apocalipsis, la «Señorita» que sella la última de sus seis apariciones en Cova de Iría –que tenían lugar cada día 13, a las 13 horas– con una misteriosa danza solar. La que pasará a ser venerada por los católicos como Virgen de Fátima, tomando su nombre del pueblo cercano, situado en las proximidades del principal enclave templario de Portugal, cuya denominación remonta la leyenda a una princesa árabe llamada igual que la hija de Mahoma («el sello de la Profecía»)…
Sospeché que estaba cerca la muerte de este Papa, dotado de una resistencia extraordinaria, cuando el pasado 13 de febrero fallecía, a sus 97 años, una Sor Lucía que había conservado su aire juvenil prácticamente hasta la canonización de sus primos y la publicación oficial del que se ha presentado como «el tercer secreto de Fátima». Cuando sus habituales problemas de salud se agravaron bruscamente, pensé que una forma arquetípica de culminar un Papado regido por la idea del martirio y el sufrimiento sería morir en Viernes Santo; pasado éste, supuse que su muerte podría retrasarse hasta el 13 de abril o de mayo, coincidiendo con el día de las apariciones de Fátima. Porque Wojtila se ha confesado un gran devoto de éstas –y de la Virgen Negra polaca de Czestochowa– desde mucho antes de alcanzar el solio pontificio, lo que le llevó a ser llamado «el Papa de Fátima» mucho antes de que se hiciese público un texto del «tercer secreto» que aseguran se referiría a él…
Coincidencias imposibles
Mi sorpresa vino cuando, cediendo a mis manías numerológicas y simbolistas, sumé los 4 dígitos de la hora y los de 8 a la fecha en que se produjo su óbito: tanto una como otra suman 13, al igual que los del día en que murió la vidente de Fátima. Además, el cónclave comienza el 18/4, lo que suma 13. Coincidencias que escapan a toda explicación racional y en las cuales también han caído en cuenta algunos lectores .
Pero 13 es no sólo la fecha clave de las apariciones de Fátima y aquella en la que comienzan otras muchas apariciones marianas, sino el número que representa a la antigua gran Diosa Madre (con sus 13 meses lunares). Esta vinculación femenina y matriarcal del 13 contrasta con su concepción patriarcal como un número de mal augurio. Claro está que el 1 y 3 podría interpretarse como símbolo de la Santísima Trinidad, Una y Trina, como recuerda La Vanguardia, que se hace eco de estas coincidencia el día en que cerramos la edición.
Un 13 de mayo de 1981, a las 17:19 hs., en la misma plaza de San Pedro, el terrorista turco Mehmet Alí Agca (un nombre con 13 letras, como nos recuerda nuestro lector Rafa Gallego) estuvo a punto de acabar con su vida. Tras recuperarse, el Pontífice señaló que una gruesa medalla de la Virgen de Fátima desvió una bala, impidiendo que destruyese su arteria aorta, y que el atentado ocurrió exactamente en el 64 aniversario de la primera de sus apariciones. Cuando el siguiente 13 de mayo visitó Fátima para expresar su gratitud, el sacerdote Juan Fernández Krohn atentó contra él, acusándole de destruir la Iglesia.
Otro día 13, en abril de 1986, Karol Wojtila se convirtió en el primer Papa de la historia que visitaba una sinagoga. Mientras hasta hace menos de un siglo en cada misa se mencionaba al «pueblo elegido» como los «pérfidos judíos», Juan Pablo II habló de ellos como los «hermanos mayores» de los cristianos, pidiendo perdón por el odio del que fueron objeto… En mi opinión, semejante acontecimiento dista de ser tan sólo un hito político-religioso de enorme importancia, y se prefigura como un paso previo y anuncio de sucesos trascendentes relacionados con Jerusalén y con el pueblo judío, que podrían tener lugar durante el próximo papado, como luego veremos.
«Rusia se convertirá»
Rusia se convertirá (aunque no se nos explicaba en qué), y el mundo se salvará de un holocausto, si esta nación es consagrada por el Papa al Sagrado Corazón de María... cosa que hizo formalmente Juan Pablo II en más de una ocasión: Esa sería, desde la publicación en 1941 de las dos primeras partes del secreto de Fátima, la promesa-clave hecha en estas apariciones marianas cuya culminación tuvo lugar el 13 de octubre de 1917, mientras se producía la revolución rusa –cuyos frutos combatirá Wojtila decididamente– y a la misma hora en que era ordenado obispo quien luego se convertirá en Pio XII, el penúltimo gran Papa mariano…
El haber nacido en una tierra (Polonia) históricamente sometida a diversas opresiones, de las que Wojtila pudo vivir la invasión nazi que preludió la segunda guerra mundial y su dominio por el bloque soviético, le convertía en el mejor ariete contra el comunismo. Pero todos los entendidos sostienen que en el momento de su nombramiento nadie podía saber que este primer Papa llegado del Este iba a ser un factor decisivo para el derrumbe del Telón de Acero; y ello por muchos motivos, comenzando por su apoyo absoluto al sindicato Solidaridad y por su decisión de ponerse al frente de la resistencia si los tanques rusos reprimían la rebelión polaca. Sin embargo, al poco de ser elegido pontífice, comenzaron a hacerse públicas algunas «profecías» que apuntaban en esa dirección (ver recuadro).
La Gloria del Olivo
La pregunta que todos se hacen cuando escribo estas líneas es: ¿Quién y cómo será su sucesor?
La única respuesta que puedo anticipar, aquí y ahora, es que éste responderá una vez más al lema simbólico que le asigna la famosa Profecía de los Papas, atribuida a San Malaquías y publicada por Arnoldo de Wion en 1595.
En muchos sentidos que no hay espacio para detallar aquí, Juan Pablo II se ajustó al lema «Del trabajo del Sol». Si a él le correspondió el número 110 (de cuyo simbolismo y correlación con el 11, tan emparentado con la Nueva Era del Terror, ya les hablé en mi editorial del número pasado) su sucesor es el 111 y, aparentemente, el último de una lista que se cierra con dos enigmáticas leyendas, más extensas y radicalmente diferentes a los 111 lemas anteriores.
Me atrevo a suponer que –a diferencia de muchos de los 110 anteriores– el lema correspondiente al próximo Papa, «La Gloria del Olivo», no será (o, al menos, no solamente) una simple alusión a su blasón o a sus orígenes, sino un importante símbolo, estrechamente relacionado con su pontificado. Me limitaré a anotar sus significados:
l Según el Diccionario de Chevalier, para las tradiciones judeo-cristianas este árbol es símbolo de paz (y como tal se ha consagrado la paloma de Noé con la rama de olivo), pero también de fecundidad, purificación, fuerza, victoria y recompensa.
l Por diversos motivos, el olivo aparece estrechamente asociado a Israel y a Jerusalén. Allí, en el prominente monte de los Olivos pasa Jesús su última noche. San Pablo (Rom. 11) llama a Israel el olivo silvestre, cuando anuncia que este pueblo aceptará a Jesús como su mesías.
l En el simbólico Apocalipsis –y también en la profecía de Jeremías– se denomina los dos olivos a los dos profetas que combatirán en la Ciudad Santa a las dos bestias (política y religiosa) que intérpretes posteriores identificarán con el Anticristo. Se añade que estos dos testigos son Elías y Enoch (dos personajes que según la Biblia fueron arrebatados al cielo y no murieron).
Como explica el Padre Igartúa, la importancia de este próximo papado parece crucial y determinaría incluso el valor profético de esta famosa lista. En su opinión, tendríamos la corroboración de la misma «si durante el pontificado 111 sucede una de estas dos cosas (o las dos juntas): que se obtenga una paz universal, o que llegue la conversión de Israel».
Pero a esto habría que añadir las posibilidades que ya apunté en mi anterior editorial: que el elegido sea un judeo-converso (Lustiger), alguien que ha elegido vivir y ser enterrado en Jerusalén (Martini), el artífice de un gran tratado de Paz tras el estallido de un violento conflicto en Israel, para sellar el cual incluso podría instalarse la sede simbólica de una Iglesia ecuménica en Jerusalén, como en sus comienzos. Esta última hipótesis explicaría por qué el 111 sería el último lema de un Pontífice Romano, viendo algunos intérpretes en las dos leyendas que siguen al mismo un resumen de la historia de la Iglesia. Por el contrario, otros creen que éstas anuncian un cisma en el seno de la misma, una persecución de los verdaderos creyentes y la llegada de un último Gran Papa, al que se refieren muchas profecías, y que es identificado como Pedro Romano.
En cualquier caso, el epílogo de esta historia podría ser el anunciado en 1821 por Joseph de Maistre: «El cristianismo será rejuvenecido de una manera extraordinaria. No se trata de una modernización de la Iglesia, sino de una forma nueva de la religión eterna, que será al cristianismo lo que éste es al judaísmo».
ENRIQUE DE VICENTE