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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/06/2005@00:00:00 GMT+1
“Y digo yo”, como te gustaba decir, que este enigma literario tiene que estar dedicado especialmente a ti, no porque hayas cometido excentricidades sin parangón, ni hayas caído en las garras de la locura, ni hayas protagonizado ningún episodio de los que mensualmente suelo reseñar en esta sección, donde se muestran los aspectos más insólitos y menos conocidos de algunos escritores.
Tú tienes todo el derecho a estar en esta sección, primero porque eras escritor, condición sine qua non para figurar en esta galería tan sui géneris y, segundo, porque eras todo un enigma, tanto en tus 63 años de vida como en tu muerte… Y digo esto porque, fiel a tus “guiños”, falleciste una noche en la que nos habían escamoteado el tiempo, ya que había que adelantar una hora el reloj; una noche en la que en el cielo brillaba una rutilante y fantasmagórica Luna llena y que, para más INRI –nunca mejor dicho–, era la noche del Domingo de Resurrección. Y además lo hiciste en el mes de marzo, mes fatídico para la literatura, en el que se nos van los grandes genios, los buenos investigadores. Tal fue el caso de Andreas Faber-Kaiser, tan afín a ti a la hora de crear revistas, de viajar y de divulgar los arcanos del conocimiento; el mes de las despedidas de grandes escritores como Julio Verne, Azorín, Virginia Wolf, Miguel Hernández, Walt Whitman y tantos otros.

Otro de los guiños, para los que no crean en las casualidades, es que lo hiciste precisamente un 27 de marzo, la misma fecha que eligió el destino para Gregorio Marañón, justo cuarenta y cinco años antes, también médico, también humanista, también escritor, también una buena persona…
Por si fuera poco, tu porte era el de un escritor victoriano o el de un filósofo decimonónico, con esa barba que te hacía parecer a Alfred de Musset –aunque con menos pelo– y con ese endiablado hábito de fumador, buscando la inspiración en las volutas del humo, que también tuvieron Emilio Salgari o George Orwell.

Escribiste guiones para algunos capítulos de la serie Historias para no dormir, dirigida por tu gran amigo Chicho Ibáñez Serrador. Sabías bien que erais dos iconos carismáticos del misterio, siempre tratado desde la seriedad y la dignidad, con un denominador común: tus famosas ojeras, como el puro de Chicho, forman ya parte de la memoria sentimental del homus ibéricus televisivus.

Una habitación gótica
Todos somos reflejo de nuestras aficiones y las tuyas eran muchas y de lo más variadas. Por reseñar algunas, eras un gran aficionado a la ciencia-ficción y a la literatura gótica, esa que pone los pelos como escarpias cuando se lee El Monje de Lewis, o te adentras en El castillo de Otranto de la mano de Horace Walpole, una literatura inseparable de ciertos elementos de ambientación: bosques sombríos, ruinas medievales y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios… Sé de tu afición por los vampiros, el hombre-lobo y demás seres que habitan agazapados en los recodos del alma humana. Yo tuve la oportunidad de grabar un programa de La otra realidad sobre vampiros en el salón de tu casa, “acompañado” de objetos tenebrosos, rocambolescos e indescifrables. En el fondo, todo aquello que te rodeaba formaba parte de tu yo más profundo, de tu ser y de tu forma de ser, que no es lo mismo, de ese lado oscuro que mostrabas en las fotografías de tu rostro, de tus ideas más inconfesables. Tú mismo describiste una vez ese totum revolotum –en el núm. 5 de la revista LRV–: “Libros y todo tipo de cachivaches mezclados sin orden ni concierto: máscaras, imágenes de santos, divinidades hindúes, egipcias, precolombinas y vaya usted a saber de dónde, fósiles, una vieja vitrina llena de cochecitos antiguos, cajas raras, calaveras de todos los tamaños y materiales, escarabeos, huevos de avestruz, una cabeza reducida, reproducciones –muy detalladas, por cierto– del “hombre-lobo”, la “momia” y otros “monstruos” de la Universal, pequeños moais, el Golem sentado sobre la tumba del rabí Low…”.

Un escritor como pocos
Enigma tras enigma. Una vez contaste que en una tarde de agosto de 1980 habías visto en Madrid dos objetos volantes no identificados, con lo que te equiparas, en experiencias ufológicas, a otros escritores que en siglos pasados han asegurado ver extraños objetos en el cielo como Torres Villarroel, Goethe o John Evelyn. No en vano, escribiste El síndrome OVNI, y acertaste en el calificativo, pues para muchos investigadores este fenómeno es un conjunto de síntomas característicos de una curiosa enfermedad: la enfermedad de querer saber algo más sobre una realidad que se nos escapa entre los dedos de las manos, la enfermedad de intuir que los “no identificados” no corresponden “a todas luces” con una tecnología humana.

Para ser un buen escritor hay que haber sido antes un buen lector, y esas dos habilidades las tenías con creces. “Saber mirar es saber amar”, como se dice en la película Canción de cuna. Y tu supiste mirar, con mirada inquisitiva, ojerosa y tierna a la vez, todo aquello que te rodeaba para luego saber plasmarlo en tus valiosas y bien documentadas obras literarias.

Escribiste El imperio del Sol (1991) para rendir culto a los incas y a los mochicas y, ya de paso, para desenterrar, a base de documentación, lo que esconden las señales y los guijarros de las líneas de Nazca.

Y dejaste patente otro de tus temas favoritos: Brujas. Las amantes del diablo (1995), porque sabías, como apasionado psiquiatra que eras, que muchas de éstas a las que condenaron por hechiceras eran unas pobres desequilibradas, solitarias y de costumbres políticamente incorrectas, que la sociedad de entonces no quiso tener compasión con ellas, ni aprender de sus conocimientos botánicos, ni siquiera saber si los ungüentos voladores llegaron a tener algún atisbo de realidad.

Buscando siempre el misterio
Tengo en la mano la última obra que llegaste a publicar: En busca del misterio. No podía ser otro el título ni otro el subtítulo: Memorias de un viaje por la senda de lo desconocido, que es una sinopsis de tus innumerables aventuras, de tus verdaderas pasiones, de tus enigmas favoritos a través de la isla de Pascua buscando nuevos moais, viajando a Pakistán para desvelarnos que ya aparecían unicornios en los sellos de esteatita del Valle del Indo de hace 4.000 años, para desmitificar la tumba maya de Pakal, diciéndonos que este jefe maya, en concreto, no viajó a las estrellas como se parecía deducir de las figuras e inscripciones de su losa sepulcral de Palenque. Una vida tan intensa la tuvo Jack London y cuatro más.

En 2000 dijiste a La Vanguardia que durante años habías compartido piso en Madrid con un fantasma con el que habías hecho buenas migas. Una convivencia similar le ocurrió a nuestro insigne José Zorrilla un siglo antes. Eras así y algunos no te creyeron. En uno de tus “Y digo yo” –en el núm. 80 de la revista ENIGMAS– escribiste, con la ironía que te caracterizaba: “Les invito amablemente, se lo suplico incluso, pero los muertos prefieren guardar en secreto lo que saben, si es que saben algo, porque vaya usted a saber lo que saben… Si vienen, que muchos los han visto, es para decir que están bien, que la tía Pepita va a palmarla pronto y cosas así. En el fondo, lo que yo quiero es hablar con Dios y que me explique; porque de otros no me fío, y como no me de buenas razones se va a enterar el muy capullo”.

Para ti, Fernando, este recuerdo porque sé que ese Dios incognoscible ya te habrá dado muy buenas razones de que tu existencia no ha sido en absoluto baldía, te habrá confirmado que la vida hay que vivirla con intensidad, mezclándose plenamente con ella, como decía el gran Hemingway y, a fe mía, que tú le has sacado su jugo. Has servido de ejemplo para que otros sepan qué sendas tortuosas son las llevan al misterio, las cuales, como bien sabes, son aquellas que se encaminan directamente al corazón y a la mente del ser humano, senderos y caminos iniciáticos que nunca se acaban y que no están reñidos con el buen sentido del humor del que siempre hacías gala.

Por eso y por otras tantas cosas que me callo, hasta siempre mi querido Fernando.
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Foro(s) asociado(s) a esta noticia:

  • El enigma Jiménez del Oso

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    4133 | Gloria Vento Martel - 26/11/2009 @ 22:10:21 (GMT+1)
    Es un artícuo muy interesante y muy de agradecer sobre el Dr. Jiménez del Oso. ¿Por favor pueden decirme dónde conseguir sus libros? Gracias
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