Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
El sueño de prolongar la vida humana de forma indefinida no estaría tan lejos si nos atenemos a los últimos avances de la ciencia. Erradicar el envejecimiento, como si se tratara de una enfermedad más, es el objetivo de diversos y recientes programas de investigación que pretenden prolongar la existencia, sana y plena, durante siglos. El elixir de la eterna juventud podría estar, muy pronto, a nuestro alcance.
La primera persona que viva mil años aparentaría, según los parámetros actuales, unos sesenta», dice Aubrey de Grey, profesor de genética en la Universidad de Cambridge (Inglaterra), que se ha convertido en el «profeta» del próximo nacimiento de la inmortalidad. Este investigador cree que en unos veinticinco años podrían estar disponibles para su aplicación en humanos las técnicas que harán posible prolongar la vida de forma prácticamente indefinida.
Con una larga barba que le otorga aspecto venerable, el cuarentón De Grey comenzó a estudiar el declive físico como si de una enfermedad más se tratara, analizando cuáles eran las causas que originan las dolencias que dan lugar al envejecimiento de los tejidos. Aunque su especialidad era la ingeniería informática, en 1991, después de su matrimonio con la genetista Adelaide Carpenter, comenzó a interesarse por los problemas asociados al envejecimiento. Su visión del problema, en conjunto, le ha llevado a realizar investigaciones que han acercado algo más la eventual llegada de una cura para la vejez. En la actualidad encabeza un proyecto denominado Estrategias de Ingeniera para una Senectud Insignificante (SENS, en sus siglas en inglés) que ha definido las siete causas principales que provocan el envejecimiento y los posibles caminos para solucionarlas. Es también el promotor de la Fundación Matusalén, una organización sin ánimo de lucro dedicada a promover el conocimiento de las técnicas para prolongar la vida y evitar la vejez, que ha instaurado el Premio Ratón Matusalén, mediante el que ofrece mas de un millón de dólares a quien consiga alargar de forma significativa la vida de un ratón de laboratorio, y a quien logre rejuvenecerlo.
Resistir hasta el infinito
Esa es la consigna a la que se están aplicando un número cada vez mayor de personas conscientes de que la diferencia entre morirse de viejo y ser prácticamente inmortal puede ser cuestión de pocos años. A sus 56 años, Ray Kurzweil está dispuesto a apurar sus posibilidades de llegar con vida al alba de la inmortalidad. Reconocido inventor, ha recibido diversos premios prestigiosos, entre ellos uno del MIT, está considerado por publicaciones especializadas como el «Edison moderno», y ha puesto su objetivo en vivir lo suficiente como para ser inmortal. Cada día consume 250 suplementos dietéticos diferentes, unos diez vasos de agua alcalina y otras tantas tazas de té verde, antioxidante natural. Además, controla entre cuarenta y cincuenta indicadores de su estado de salud. Se ha tomado en serio lo que propugna en su último libro, Live long enough to live forever (Viva lo suficiente como para vivir para siempre), en el que ofrece una guía de cómo llegar con la mejor salud posible al momento en que una explosión tecnológica, que él augura próxima, haga posible prolongar la vida de forma indefinida. Su predicción de la inminente llegada de la inmortalidad parece algo a tener en cuenta, si tenemos en cuenta que en los 80, cuando casi nadie sabía todavía qué era Internet, Kurzweil predijo que se convertiría en una herramienta de comunicación global.
En su obra habla de lo que denomina los tres puentes hacia la inmortalidad. El primero es el régimen de salud, escrito en colaboración con el doctor Terry Grossman. En éste sugiere las pautas para que las personas mantengan una buena forma física que les haga posible llegar con vida al segundo puente, la revolución biotecnológica. Según Kurzweil, la Humanidad está a punto de controlar la expresión de sus propios genes, para después cambiarlos. Así será posible bloquear las enfermedades que producen el envejecimiento e introducir nuevos genes que retardarán o detendrán el proceso de la senectud. Fiel a su dedicación a la informática, a este inventor le gusta decir que «Todos los genes que tenemos, entre 20.000 y 30.000, son pequeños programas de software».
El tercer puente en el camino hacia la inmortalidad es el de la nanotecnología y la revolución de la inteligencia artificial, con la creación de microscópicos robots, los denominados «nanobots», que trabajarán en el interior del cuerpo humano, navegando en el torrente sanguíneo y reparando los tejidos enfermos.
«Cuando me preguntan hasta que edad espero vivir, respondo que no se trata de decir 150, 200 ó 1000 años, digamos que, simplemente, no he planeado morirme», dice este inventor y ‘futurólogo’». Su optimismo se basa en la revolución de las tecnologías de la información, que están experimentando un gran progreso exponencial. «Para secuenciar el virus del VIH fueron necesarios 15 años, pero ahora se ha conseguido hacerlo con el genoma del SARS en sólo 31 días».
Claves del envejecimiento
Si se trata de vencer a la muerte, es importante empezar definiendo lo que significa la palabra envejecer. Aubrey de Grey la define como «el conjunto de efectos secundarios que se acumulan en el organismo y que, eventualmente, nos matan». Pero esta definición genérica de poco serviría si no se entra en detalles. Y este investigador lo ha hecho identificando las siete causas biológicas del envejecimiento, que desembocan en la muerte.
El primero de estos factores consiste en la pérdida de las células, o su atrofia y degeneración. Es un problema especialmente relevante en el corazón y el cerebro, donde las células muertas no se reemplazan. La solución podría ser la introducción de parámetros de crecimiento para estimular la división de las células o bien la transfusión periódica de células madre especialmente diseñadas para sustituir a las que se han perdido.
Otro factor es la mutación de los cromosomas, cambios en el material genético del núcleo de la célula que dan lugar a la aparición de enfermedades como el cáncer. La solución podría hallarse también en periódicas transfusiones de células madre o bien en una terapia genética que controlara una enzima llamada telomerasa, de vital importancia para mantener en buenas condiciones a los cromosomas después de muchas divisiones celulares.
Un tercer elemento que lleva al envejecimiento son las mutaciones en las mitocondrias, unos orgánulos de las células encargados de producir la energía que éstas necesitan para vivir. Estos elementos tienen pequeñas cantidades de ADN que, si se alteran, dejan de funcionar correctamente. Copiar ese ADN en el núcleo, donde podría estar más estable, solventaría el problema.
Otra causa de envejecimiento es el exceso de células indeseadas que producen enfermedades como la diabetes, y su solución estaría en el desarrollo de otras capaces de identificarlas y destruirlas.
La acumulación de basura en el interior de la célula es otra de las causas de senectud. Estas sustancias de desecho se acumulan en los lisosomas, una especie de cámaras de contención, pero con el paso del tiempo pueden ocasionar problemas como la arteriosclerosis o endurecimiento de las arterias. La solución propuesta por De Grey parece bastante imaginativa: se trataría de modificar el ADN humano con material genético procedente de un tipo de bacterias terrestres capaces de producir enzimas que digieren la basura de los lisosomas.
Si el exceso de basura se produce en el exterior de las células pueden producirse enfermedades como el Alzheimer. El problema podría solventarse mediante la vacunación con una sustancia, que aún no se ha desarrollado, capaz de estimular en el sistema inmunológico la producción de células capaces de engullir el material de desecho.
Terapias genéticas
La última de estas causas de envejecimiento es la acumulación de proteínas en el exterior de la célula, lo que lleva al tejido afectado a una pérdida de elasticidad. En el caso de las arterias el resultado sería un aumento de la tensión arterial. La solución pasaría por identificar las enzimas capaces de romper esas uniones de proteínas, sin dañar nada más en las células.
Las posibles soluciones propuestas para vencer a cada una de las siete causas que provocan las enfermedades asociadas al envejecimiento no son pura especulación. Para la última de las mencionadas, las proteínas unidas en el exterior de la célula, ya han comenzado los ensayos clínicos de un preparado fabricado por la empresa Alteon, del que se espera que pueda eliminarlas y devolver a los tejidos su elasticidad. Otra empresa, Lengendary Pharmaceuticals, desarrolla una serie de drogas y terapias genéticas para reparar el progresivo deterioro de las mitocondrias y lisosomas, en especial las que se encuentran en células del corazón, músculo y cerebro, y que no se dividen.
Otro camino para buscar pistas que permitan aumentar la longevidad es la investigación de los animales que viven muchos años y retrasan su senectud. Este es el objetivo de otra compañía, Ageless Animals, que busca respuestas al envejecimiento en los humanos mediante el estudio de especies como tortugas y ballenas. En la actualidad tiene en marcha catorce proyectos de investigación en colaboración con universidades de EE UU y Europa.
Graves conflictos
¿Cómo afectaría a las sociedades humanas la llegada de una era de inmortalidad? Muchos de los científicos que se han planteado esta posibilidad se muestran pesimistas. Lee Silver, biólogo de la Universidad de Princeton, cree que un mundo en donde la vida se prolongase de forma indefinida «requeriría un cambio en la naturaleza humana, y no creo que la gente quiera cambiar». El instinto por preservar la individualidad y por obtener ventajas personales y para los hijos conduciría a graves conflictos.
La prolongación de la vida durante siglos haría necesario un cambio en la organización del mundo, empezando por el control de natalidad y el cuidado del entorno natural. De Grey cree que se produciría una revolución por la búsqueda de la seguridad. Nadie querría morir en un accidente de tráfico, por ejemplo, si la vida que le queda por delante en lugar de medirse por unas escasas décadas lo hace por un número indeterminado de siglos.