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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2005 | Salir de la hemeroteca

Ciudades sumergidas de Menorca (II)

Ciudades sumergidas de Menorca (II)
Una parte inestimable del patrimonio histórico menorquín espera a ser descubierta bajo las aguas. La memoria ancestral de estas antiguas poblaciones ha perdurado en forma de leyendas, pero existen numerosas evidencias de que, en muchos casos, éstas pueden tener una base real.
Los relatos sobre ciudades sumergidas en la costa de Menorca pueden parecer simples leyendas. Pero las evidencias arqueológicas halladas en la plataforma de la isla confirman que algunas tienen base real. Son tantas y tan variadas las piezas encontradas en los fondos marinos –ánforas, monedas, armas y restos de naufragios–, que durante décadas este patrimonio ha sido víctima del expolio. Sólo hace 20 años que las autoridades tomaron medidas para evitar la extracción submarina de estas piezas.

La antigua Sanisera, citada por Plinio el Viejo en su descripción de las ciudades de Menorca, no es ninguna leyenda. Los cimientos del antiguo fortín romano, y parte de unos muros sumergidos que posiblemente sean vestigios de la barra de un puerto, todavía se aprecian en la bahía de Sanitja, denominación que actualmente recibe esta zona costera, situada en el margen occidental del Cabo de Caballería.

Las aguas de este maravilloso lugar son un inmenso yacimiento submarino, de donde se han extraído cantidad de ánforas y otros objetos que testimonian la existencia de un comercio muy activo en el pasado. Dicha actividad debió de ser considerable y persistente en el tiempo, puesto que esta bahía fue utilizada hasta los tiempos de la ocupación árabe por los barcos que surcaban el Mediterráneo.

A pesar de que la mayoría de los hallazgos y de los restos arqueológicos son romanos, es muy probable que esta villa marinera fuese fundada anteriormente por los fenicios, griegos o cartagineses. Las prospecciones subacuáticas en busca de evidencias al respecto han sido escasas y, hasta el momento, insuficientes para determinarlo.

Apenas a cien metros del mar, dominando la visión del extraordinario paraje del Cabo de Caballería, se encuentran los restos de una de las basílicas paleocristianas que se pueden contemplar en Menorca. La presencia de estas ruinas es un dato de especial relevancia, puesto que los edificios de influencia sirio-bizantina, erigidos mayormente durante el siglo V, solían estar ubicadas en los aledaños de las ciudades costeras. Su solitaria presencia en aquellos parajes de Sanitja indica que allí existió una población marítima en la antigüedad: la Sanisera de Plinio, perdida bajo las aguas y el fango, pero al fin localizada.

Secretos bajo el agua

La hermosa playa de Son Bou, ubicada en el sur de la isla, esconde uno de los más grandes misterios de Menorca. Sobrevolando la costa en una avioneta o en un helicóptero se aprecian unas estructuras submarinas, cuyos trazos rectilíneos semejan calles y plantas de edificios que, supuestamente, corresponden a la visión aérea de una pequeña ciudad cubierta por las cristalinas aguas del mar menorquín. Esta formación pétrea, situada entre el barranco de Son Bou y las blancas arenas de su playa, es muy popular en Menorca, y también motivo recurrente en numerosas leyendas seculares. Entre los investigadores y personajes celebres que se vieron atraídos por el enigma de una urbe sumergida en esta zona, destaca el célebre comandante Cousteau, quien inspeccionaría la playa y, especialmente, las supuestas ruinas submarinas, cuando realizó una visita a la isla con su mítico barco Calypso.

Sin embargo, estas enigmáticas estructuras pétreas, aunque se pueden localizar fácilmente a 300 metros del margen oriental de la playa y a unos 10 ó 15 metros de profundidad, todavía no han sido objeto de una exploración submarina formal. En 1954 hubo una tímida aproximación, realizándose algunas inmersiones, con escasos resultados. Más recientemente, para la filmación del programa televisivo Nuestras islas, se llevó a cabo una nueva inmersión, grabándose algunas imágenes de las estructuras sumergidas. Al parecer, en esta ocasión se observó la presencia de grandes piedras de aparente factura humana, así como algunos trozos de arcilla trabajada.

En cualquier caso, se trata de un misterio pendiente de solución, perpetuado hasta hoy por el desinterés y las carencias técnicas de la Administración en materia de arqueología submarina. Algunos geógrafos, pretendiendo minimizar el desinterés, afirman que probablemente se trate de un «efecto natural o tal vez de una anomalía geológica». Sin embargo, los testimonios de personas que han visitado las estructuras y la cuantía de piezas arqueológicas encontradas en las orillas de la playa, especialmente durante los años 70 del siglo XX, son datos tan explícitos y elocuentes que apenas dejan lugar a dudas sobre la existencia de los restos de una antigua urbe tragada por las aguas.

La basílica paleocristiana de la playa de Son Bou, solitaria al igual que la de Sanitja, parece un testigo mudo de sucesos inexplicables que se han perdido en la memoria del tiempo.

Pero ¿qué hace esa basílica encima de la rompiente de las olas y dónde está la villa que debería acompañarla? Decididos a clarificar este enigma, hicimos una tímida inmersión submarina con la intención de conseguir algunas imágenes de los fondos marinos de Son Bou. Dos personas, una lancha y una cámara de fotos fueron suficientes para quedar sorprendidos ante la magnitud de las estructuras que contemplamos bajo las aguas. Unos largos pasillos rectilíneos de varios metros de anchura surgen del fondo marino, desconcertando a cualquiera que los contemple. En ellos todavía se aprecian, cubiertos por las algas, restos pétreos con formas marcadamente cuadrangulares.

Para el investigador Josep Mascaró Pasarius estos muros sumergidos corresponden a la antigua población de Son Bou, la legendaria Sa Canessia, que fue documentada casi hasta el siglo XVIII. De hecho, una parte de la basílica paleocristiana parece haber desaparecido misteriosamente.

Según han demostrado los registros arqueológicos, la pila bautismal apreciable en la actualidad fue añadida más tarde, puesto que la original, junto con otros elementos del antiguo conjunto arquitectónico de la basílica, ya no se encuentran allí. ¿Dónde están? ¿Fueron tragados por las aguas?¿Cuándo sucedió esto y qué pudo haber ocurrido para explicarlo?
Es prácticamente imposible que pueda haber pasado inadvertido un fenómeno geológico de gran magnitud y con repercusiones catastróficas que, además, hizo desaparecer en el mar a toda una población. Tal vez la única explicación lógica pudiera ser que, hace mucho más tiempo de lo que se cree, ocurrió algún desastre natural de carácter climatológico o geológico que propició el hundimiento de esas ciudades costeras de Menorca, quedando tan sólo algunos restos de ellas sobre los cuales, posteriormente, se construyeron las basílicas paleocristianas y nuevos asentamientos.

Los torreones de Parella

Hay una antigua leyenda en Menorca que también insiste en el mito de las poblaciones tragadas por el mar y, concretamente, en la existencia de una gigantesca urbe dormida bajo las aguas. Este sugerente relato popular, que algunos creen salido de la pluma del folklorista menorquín Francesc Camps, o acaso recogido por él de la tradición oral popular, nos habla de una fastuosa ciudad submarina situada frente a las costas de Ciutadella, en pleno Golfo de León.

Los pescadores más ancianos de la isla dicen que, a veces, en las noches de luna llena, los brillos de los torreones resplandecen bajo las olas. Pero la ciudad sumergida de Parella, como ocurre con casi todos los mitos, también parece tener base real. Apenas a un par de kilómetros de Ciutadella hay una cueva llamada S’Aigo, situada en la urbanización costera de Cala Banca que, según la mencionada leyenda, podría ser la entrada terrestre a esta urbe sumergida.

Dicha gruta, prácticamente inexplorada, se abre a las inmensidades de un espacio interior que, según los testimonios de quienes la han visitado, se comunica con el mar a través de gigantescos túneles subterráneos. Dentro de la cueva hay una laguna, donde se han encontrado cantidad de objetos, como pedazos de cerámica, jarrones, trozos de cristal verde y algunas piezas de origen púnico que, a tenor de los relatos historiográficos, probablemente deben su presencia allí a la existencia de un antiguo escondite secreto donde los piratas, o los propios menorquines, ocultaban sus enseres y riquezas.

Fernando Termes transcribió la narración sobre la expedición que él mismo llevó a cabo en 1948, junto con varios compañeros, descubriendo restos de tierra negra cocida, una señal inequívoca de asentamientos humanos, o tal vez de ancestrales cultos de carácter animista.

A esta cueva la envuelven el misterio y las calamidades. Recientemente, el propietario de los terrenos donde se ubica la entrada a la gruta, dada la cercanía de ésta con una urbanización turística, quiso abrir una exótica discoteca en la primera antesala subterránea. Sin embargo, sus planes se vieron truncados por un terrible accidente, producido por un fallo en el sistema eléctrico. Este desgraciado suceso, tal y como me relataron algunas personas de la zona, le costó la vida al propietario del terreno. Posteriormente, un turista que exploraba la gruta también fue victima mortal de los humedecidos cables del fatídico tendido eléctrico. Desde entonces la finca fue cayendo en el abandono, hasta que el acceso a esta se vio inundado de basuras, plásticos y desperdicios. Finalmente, las autoridades ordenaron cerrar la entrada de la misteriosa cueva.

Una poderosa puerta de hierro nos corta el camino hacia la exploración de una leyenda y de un impresionante espacio geográfico intra-terrestre que, tal vez, todavía esconda fascinantes secretos.

La costa de Menorca es otro de los lugares que, al igual que la plataforma marina de la bahía de Cádiz, esta pendiente de investigación. Quizá pudiera ser el emplazamiento de alguna ignota cultura. ¿Por qué no pueden haber existido antiguas civilizaciones, desaparecidas sin dejar rastro como consecuencia de erupciones volcánicas, o de otras catástrofes naturales?
No se trata de una hipótesis carente de base sólida. Al fin y al cabo, la ciencia ha descubierto que la fisonomía de la Tierra se modificó radicalmente en numerosas ocasiones por este motivo. Por otra parte, casi todas las culturas ribereñas del planeta atesoran la memoria de ciudades sumergidas frente a sus costas. Si la mitología universal insiste tanto en este tema, lógicamente debe de haber una razón poderosa.

El doctor Carl Gustav Jung comentó que el mito expone un conocimiento oculto en determinados relatos populares, a menudo más acertado que las definiciones teóricas y científicas, puesto que, a diferencia de la mitología, éstas no surgen de ese inconsciente colectivo que compartimos con nuestros ancestros.

Muchos de los secretos de Menorca y de su enigmático pasado siguen ahí a la espera de ser desvelados. Quizás un día, no muy lejano, sabremos algo más. Únicamente se necesita voluntad de investigar sin prejuicios todos los indicios que apuntan en esta dirección. Sobre todo teniendo en cuenta que, como vimos al abordar el enigma de esta isla densamente poblada hace más de 3.000 años (AÑO/CERO, 178), la civilización llegó a Menorca en tiempos muy remotos. Tal vez bajo las aguas de las costas de la isla nos aguarde un descubrimiento mucho más importante de lo que imaginamos.
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