Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
Situada en el extremo de la ría de Pontevedra, la playa de La Lanzada se convierte en punto de encuentro de devotos que desean tener descendencia. Es un clásico entre los ritos de fertilidad. La fama de este arenal se debe a la creencia de que sus aguas son fuente de vida y tienen la capacidad de promover la fecundidad de las mujeres que realicen un baño ritual.
La playa de La Lanzada está dividida por una pequeña península de tierra que se adentra en el mar, y que termina en una especie de mirador cercado. Este promontorio guarda unas cuantas páginas de la historia de Galicia, ya que se supone que hubo allí un faro presumiblemente fenicio, asentamientos castreños y romanos, y unas ruinas más modernas de un castillo del siglo XII.
En esta península se halla la ermita dedicada a Nosa Señora da Area, pero que todo el mundo conoce como de A Lanzada. Las fiestas en honor a esta virgen se celebran el último sábado de agosto y el domingo siguiente, con la asistencia de numerosos fieles que a veces superan los diez mil.
La entrada principal de la ermita de A Lanzada está mirando hacia el mar. Pocos metros más adelante hay unas escaleras que bajan hasta las rocas. Allí se encuentra la «cuna da Santa», un conjunto de piedras de formación natural que tienen forma de cama y que constituyen una pieza imprescindible en el ritual de fecundidad. El otro elemento del mismo son las propias olas de la playa.
Según pudimos comprobar, numerosas parejas se acercan a este alejado y paradisíaco lugar con la única intención de que el ritual les otorgue la fertilidad y conseguir así la ansiada descendencia. «Llega gente de toda España», contaba una vecina. «Una pareja de Jaén vino aquí hace unos años porque no podían tener hijos. Hicieron el ritual como les dije y, al año siguiente, volvieron para bautizar al niño en esta iglesia».
La tradición manda que el ritual debe hacerse en la víspera del día de San Juan. Los amantes deben ir esa noche a la «cuna de la santa» y consumar el acto sexual en este espacio que forman las piedras junto a la playa. A continuación, la mujer debe ir a la playa que está junto a la ermita y mojarse con «agua de nueve olas», de modo que cada una de ellas le llegue hasta el vientre. Éstas simbolizan los nueve meses de embarazo, que –según los creyentes– la Virgen concederá a los aspirantes a progenitores.
Otras variantes
El ritual de fertilidad de A Lanzada tiene también sus variantes, según están recogidas en las tradiciones populares y en la literatura. Una de ellas es que la mujer moje su vientre con siete olas en vez de nueve. Entra también dentro del ritual el encender una vela de cera virgen después del baño, y pasar por debajo del retablo de la capilla como petición de amparo. También hay fechas alternativas, como son las vísperas de los días de fiesta en honor a la virgen de A Lanzada, o el día de la Ascensión, antes de salir el sol.
Antiguamente existían otras playas que tenían la misma tradición de fertilidad que A Lanzada. Así, la de Placeres (al otro lado de la ría de Pontevedra), las del Val Miñor (al Sur de la provincia) y las aguas cercanas al santuario de San Andrés de Teixido (A Coruña).
Pero el baño fertilizante de A Lanzada no tiene este único fin, puesto que sus aguas libran a los creyentes de otros perjuicios, ya sean los estrictamente físicos como también los «males de ojo» y similares. Incluso existe la creencia de que las nueve olas atraen la buena suerte, por lo que es frecuente ver a personas tomando este particular baño.
Otro de los rituales que también se realizan los días de fiesta en A Lanzada consiste en entrar en la iglesia, escoba en mano, y barrer tres veces por detrás del altar para echar fuera –de forma simbólica– todos los males.
Estos ritos son –en opinión de muchos expertos– reminiscencias de cultos antiguos cristianizados, donde perviven elementos paganos como la creencia en el poder fertilizante del agua y el culto a divinidades femeninas del mar.
Como hemos podido comprobar, los océanos y las piedras constituyen elementos típicos en cualquier ritual que se precie en busca de la fertilidad.
También en el fin del mundo
Finisterre, el antiguo fin del mundo para los romanos, es también un lugar propicio para la fertilidad, según las creencias que sobreviven en este lugar cargado de creencias y ritos mágicos. Poco antes de llegar al cabo de Finisterre, en la cima del monte de San Guillermo, había una ermita de la que hoy sólo quedan sus restos. Junto a ella existe un sarcófago de piedra al que se atribuye el poder de otorgar fertilidad. Dicen que en él se conservaba el cuerpo del santo, hasta que unos marineros bretones lo robaron, junto con un brazo de plata que estaba en la cercana iglesia de Finisterre. Cerca del sarcófago atribuido a San Guillermo hay una piedra donde se celebran ritos de fertilidad. Al igual que en A Lanzada, los amantes debían realizar el acto sexual de noche en esta piedra para tener la ansiada descendencia.
En este sepulcro se sitúa la leyenda de Orcavella, una bruja malvada que un día, cuando ya tenía 176 años, decidió poner fin a su vida y excavó una tumba en la roca donde acostarse por toda la eternidad. Una vez terminado el lecho final, Orcavella puso debajo a un pastor al que tenía atrapado mediante encantamientos. Ella se colocó encima, sin ninguna ropa, y luego cerró la tapa. Al cabo de tres días la mujer murió, aunque el hombre seguía vivo y gritaba para que alguien le librara de aquel martirio. Algunos campesinos oyeron sus gritos y quisieron acercarse hasta las rocas para ayudar al hombre. Pero el lugar estaba lleno de serpientes y la víctima finalmente falleció en aquella tumba. Algunos autores ven en esta historia un recuerdo de ritos paganos, satanizados por los relatos cristianos que pretendían alejar a los fieles de las prácticas anteriores a la llegada de la fe católica.
Toda la zona de Finisterre está salpicada de leyendas que dan testimonio de ritos relacionados con la fertilidad. Pero la más importante de cuantas piedras se encuentran en el fin del mundo, es la conocida como «Pedra da abalar» en Muxía.
En el conjunto de rocas que se encuentra junto a la Virgen de la Barca –que la tradición cristiana atribuye a la vela, la quilla y el timón de la barca donde habría llegado la Virgen a estas tierras en la localidad coruñesa de Muxía–, se halla una gran losa de piedra de unos nueve metros de largo, siete de ancho y apenas treinta centímetros de espesor; con la particularidad de que por las características de su apoyo, es capaz de oscilar unos veinte centímetros en sus extremos.
Esta curiosidad natural, fruto de la erosión del mar y los fuertes vientos, sirvió –hasta que sufrió una rotura– como oráculo capaz de predecir desgracias o descubrir a los mentirosos. Porque se desconocen cuáles son las causas por las que algunas veces la piedra es capaz de moverse con un leve impulso, y otras se mantiene estática aunque varias personas salten sobre ella. Esta peculiaridad propició la creencia de que la Virgen de la Barca controlaba los vaivenes de la roca para transmitir mensajes a los hombres.
Además de predecir desgracias, descubrir a mentirosos y otras bondades que se le atribuyen, la «Pedra da abalar» de Muxía permite devolver la fertilidad a mujeres infecundas. «A la piedra de abalar van dos y vuelven tres», reza un refrán que habla de sus capacidades potenciales.
Con sólo colocarse la mujer encima de la gran piedra, o bien pasando por el hueco que deja la cercana «pedra dos cadrís», garantizaba la fecundidad sin necesidad que se practicara el acto sexual sobre ella como en la cuna de la santa de A Lanzada, o en un curioso miliario o marcador de distancias romano que se encuentra en el camino portugués a Compostela.
Fue erigido hace 1.800 años, cuando Galicia era parte de los dominios del emperador romano Trajano. Es de piedra, tiene cerca de un metro y medio de alto y marcaba en aquellas épocas la distancia de 18.000 pasos desde Tui. Era un simple indicador de medida «a pasos», en la calzada número XIX, llamada per oca maritima y después transformada en Camino portugués a Santiago.
El cronista gallego fray Martín Sarmiento pasó por este miliario en su viaje entre O Porriño y Redondela en 1745, pero no se percató de que se trataba de una piedra de tiempos romanos, aunque sí lo dejó reflejado en sus escritos. Pero la historia verdaderamente curiosa de este monumento ocurrió algunos años después.
El Diario de Pontevedra, en su edición del 14 de noviembre de 1898, destacaba el hallazgo de esta piedra como miliario romano. Y dada su condición, las autoridades del museo provincial decidieron que debía ser trasladado a las dependencias de este organismo para su custodia. El etnógrafo y naturalista vigués Estanislao Fernández de la Cigoña, rescata en su libro El poder fecundador de las piedras la historia del traslado y destaca que este miliario era utilizado por los vecinos de los alrededores como un potenciador de la fertilidad, realizando el acto sexual al anochecer junto al pequeño monolito, que garantizaba la procreación, según la creencia. Es por este motivo que cuando el museo de Pontevedra quiso trasladar el miliario, los vecinos se lo impidieron, convencidos de sus capacidades fertilizantes. Y aunque ya nadie recuerda estas prácticas, la antigua creencia sirvió para que el monumento siga en su emplazamiento original.
Según los ritos y lugares mágicos que hemos visto hasta ahora, es la mujer –depositaria de la nueva vida– o la pareja deseosa de descendencia, quienes tenían que realizar el ritual. Pero existen prácticas mágicas para la infertilidad masculina. Tal es el caso del conjunto de piedras conocidas como «Los tres pasos», situadas en el municipio pontevedrés de Baiona, junto a lo que se conoce como «el dique». Se trata de tres lajas de piedra que se adentran en el mar formando tres escalones.
Como no existe un ritual que sea sencillo, para que los hombres adquieran su poder fecundador debían ponerse de pie o simplemente sentarse sobre la piedra del medio. Esto implica alguna dificultad debido a que no resulta fácil el acceso a la roca central desde tierra, sobre todo si la marea está alta o si el mar no presenta un estado sereno.
Bautismo anticipado
Si resulta difícil conseguir el embarazo, a veces también lo es lograr que el bebé complete su ciclo en el vientre. Es por eso que también se realizaban rituales con el fin de que el embarazo llegara a buen término.
El más famoso de ellos es el conocido como «bautismo anticipado» o «prenatal» que, inspirado en el sacramento católico, consiste en ungir con agua de un río el vientre de la mujer embarazada, no sin antes cumplir con un ritual muy concreto.
El bautismo anticipado debía realizarse en puentes que separaban dos localidades y que destacaran por su antigüedad. Eran enclaves habituales para estas prácticas los puentes de A Ramallosa (Pontevedra), Fillaboa (Salvaterra do Miño-Pontevedra), Los Remedios (Ponteareas-Pontevedra), la Ponte Nova en Cotobade (Pontevedra), o cualquier otro de estilo románico.
Para el ritual, la mujer embarazada, acompañada por familiares, debía llevar una vieira, agua bendita, un poco de sal, una rama de olivo y abundante comida. Dos de los acompañantes se colocaban en ambos extremos del puente y, en el más absoluto silencio, debían esperar al primer caminante que pretendiera cruzarlo. Éste, elegido como «padrino», debía verter el agua bendita previamente depositada en la vieira sobre el vientre de la embarazada, y luego la sal. En otras versiones, el padrino debía recoger el agua del río para ungir al bebé nonato. En todo caso, mientras duraba el ritual no debía pasar por el puente ningún perro ni gato.
La «ceremonia» terminaba con una alegre celebración gracias a la comida traída por los interesados, cuyas sobras eran luego arrojadas al río, a modo de ofrenda.