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Hemeroteca :: 01/08/2005
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Civilizaciones desaparecidas
Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
El comienzo de una nueva era tiene fecha precisa en el antiguo calendario maya: sábado 23 de diciembre de 2012. Pero, ¿qué credibilidad merece esta profecía? ¿Qué dice la ciencia sobre la probabilidad de que se produzca un cambio tan brusco y tan profundo en la Tierra, en tan pocos años?
Los mayas fueron grandes matemáticos y hábiles astrónomos. También habían comprendido que ciertos fenómenos naturales se repiten periódicamente, asociados al movimiento de los astros. Pero ¿por qué remontaron sus estimaciones a un pasado tan distante y a un igualmente lejano futuro? ¿Por qué crearon un calendario, basado en los movimientos del planeta Venus, tan exacto que sólo varía un día cada 5000 años? Nuestro actual calendario requiere sumar un día cada 4 años y, en 1582, el papa Gregorio le imprimió un salto de 10 días para hacer cuadrar las cuentas.

La cultura maya se extinguió tan repentina y misteriosamente como había surgido. Pero no sin antes de legar a la posteridad, en sus testimonios arqueológicos y en sus escritos sagrados, la advertencia de un acontecimiento cósmico decisivo. Y lo inquietante es que, según sus predicciones, dicho suceso se produciría en el año 2012 de nuestro calendario.

Catástrofes cíclicas

Uno de los textos sagrados mayas, el Popol Vuh, habla de la existencia de cinco eras cósmicas, de las que cuatro (Agua, Aire, Fuego y Tierra) ya transcurrieron y la última es la actual. Cada una acaba con inmensos cataclismos naturales. La Era del Agua, por ejemplo, concluyó con un diluvio universal. La era actual sería la del Movimiento y tendría que finalizar con inmensos terremotos y otras catástrofes hacia el año 2012.
¿Supersticiones? Estamos ante una cultura que creó complejos arquitectónicos de factura impecable y auténticos compendios de nociones matemáticas sofisticadas, como su calendario. Por este motivo, un número creciente de estudiosos se ha tomado en serio las predicciones mayas. Al fin y el cabo, en el pasado nuestro planeta ha sido teatro de cataclismos que han alterado la evolución. Por ejemplo, el impacto colosal de asteroides que azotó la tierra hace 65 millones de años causó la extinción de los dinosaurios y creó así las condiciones para el comienzo de la era de los mamíferos.

No fue un suceso excepcional. Nuestra ciencia moderna ha descubierto que hubo varias extinciones masivas de la vida y que éstas tienen carácter cíclico, como afirmaban los mayas. También tenemos hoy innumerables testimonios científicos de que, hace unos 12.000 años, las lluvias azotaron el planeta al final de la última glaciación: el diluvio descrito en todos los textos sagrados conocidos, incluida la Biblia. Cabe entonces preguntarse: ¿es posible que los mayas hubiesen alcanzado el conocimiento de la periodicidad de un fenómeno que, al cabo de milenios, habría de implicar a la Humanidad hacia el año 2012 de nuestro calendario?

La clave solar

Desde 1612 sabemos que la superficie solar presenta manchas. Después se observó que su número variaba regularmente con el tiempo, definiendo un ciclo. A finales del siglo XVIII, A. E. Douglas advirtió que dicho periodo era de unos 11 años. A medida que avanzaron los estudios se descubrieron también algunas excepciones. Entre 1645 y 1715, dicho ciclo estuvo prácticamente ausente –periodo denominado «mínimo de Maunder» por su descubridor–, mientras que hubo otro de duración máxima, de 17 años, que se produjo entre 1788 y 1805, y uno mínimo, de sólo 7 años, entre 1830 y 1837.

Desde 1755 la observación de estos ciclos solares se ha hecho sistemática. Ahora estamos en el vigésimo cuarto. Dado que las condiciones medioambientales de nuestro planeta están fuertemente influidas por la radiación del Astro Rey y, por lo tanto, también de su campo magnético, el estudio de estas manchas se ha revelado como un indicador óptimo.

La consecuencia más importante de la actividad del Sol es su influencia en el clima terrestre. La energía que llega a nuestra atmósfera equivale a unos 1.370 watt/m2 (vatios por metro cuadrado), un valor conocido como «constante solar».

Sin embargo, dicho valor puede experimentar una variación de unos 0,24 watt/m2 a causa del ciclo de las manchas. Lo que se traduce diciendo que, si el sistema pudiera responder de inmediato a la radiación solar, se recalentaría (o se enfriaría) en una medida comprendida entre 0,08º y 0,24º C durante un ciclo de las manchas.

Por su parte, la dendrocronología –el estudio de las características de los anillos del tronco de los árboles–, ha permitido establecer una relación entre las dimensiones de éstos y el clima en el cual desarrolló su ciclo vital. Cuanto más grandes son esos anillos, más suave era el clima. Gracias a esto se han logrado establecer mínimos y máximos de la actividad solar en la antigüedad y sus consecuencias sobre el clima terrestre. Así, por ejemplo, se sabe que en el Cuaternario hizo más frío, en el Medievo más calor y durante «el mínimo de Maunder» hizo tanto frío que sobre el Támesis completamente helado podían transitar hasta las carrozas.
¿Pero qué relaciones hay entre todos estos conocimientos científicos acumulados en los últimos siglos y las predicciones que nos legaron los mayas?

El reloj cósmico

El estudioso Maurice Cotterell afirma que los mayas ya poseían conocimiento de este ciclo solar de 11 años y de otros más largos, y sostiene además que los codificaron en los parámetros arquitectónicos de la pirámide conocida como Templo de las Inscripciones, en la ciudad de Palenque (Chiapas).

Un detalle significativo es que el actual ciclo solar, el número 24 desde que lo estudiamos sistemáticamente, ¡alcanzará su pico máximo precisamente en el 2012! La pregunta que se impone es la siguiente: ¿un aumento de la actividad solar en estos años podría provocar una catástrofe en la Tierra?
No lo sabemos. Los propios científicos especializados en física solar han expresado su asombro ante el comportamiento del Astro Rey muy recientemente. Por otro lado, no puede descartarse la posibilidad de que la anómala actividad solar anuncie otros fenómenos capaces de producir un cataclismo en nuestro planeta. Las amenazas potenciales constituyen una realidad que no puede ignorarse.

El mejor candidato para precipitar una catástrofe de las características profetizadas por los mayas es un hecho relacionado con la perturbación gravitacional de la Tierra, como el tránsito de un cuerpo de enormes dimensiones por sus proximidades.

Los planetas del sistema solar «danzan» en torno al Sol según leyes físicas concretas. Cada cuerpo celeste está ligado a los otros por un delicado equilibrio gravitacional. Si por cualquier motivo, este último estuviese comprometido, las repercusiones afectarían a todo el sistema, incluida la Tierra. ¿Cómo no pensar entonces en el regreso al sistema solar del fantasmagórico «planeta X?».

Desde comienzos del siglo pasado, las perturbaciones detectadas en las órbitas de los planetas Urano y Neptuno empujaron a numerosos astrónomos a tratar de descubrir su causa. En 1930, el astrónomo Clyde Tombaught descubría el planeta Plutón y parecía que el problema se había resuelto. Sin embargo, muchos cálculos continuaron poniendo en duda la capacidad de Plutón de ejercer esa influencia gravitacional sobre los dos gigantes gaseosos.

El debate se extendió hasta 1983, cuando el telescopio orbital I. R. A. S., de observación en el rango del infrarrojo, detectó un enorme cuerpo aproximándose a la periferia del sistema solar. Desde entonces, astrónomos como R.S. Harrington, Tom Van Flandern y Gary Neugebauer, del U.S. Naval Observatory, han intentado afinar los cálculos para establecer la masa del enigmático objeto, las características de su órbita y, sobre todo, su periodo.

De los cálculos efectuados hasta este momento se deduce que el astro puede tener una masa de aproximadamente el doble de la terrestre y una órbita muy inclinada con respecto a la de los otros planetas (en torno a 32º). Más difícil parece la valoración del periodo de revolución. Se trata de un objeto que se mueve en una zona del espacio que habitualmente no observamos. ¿Y si fuese capaz de crear el temido desorden?
Los cuerpos que vagan en el espacio suponen un constante peligro. Son proyectiles potenciales. En el pasado nos han golpeado con consecuencias catastróficas. Pero ¿cuál es la probabilidad de que lo hagan otra vez?
«La detección de tales objetos no es sencilla –nos explica el ingeniero Stelio Montebugnoli, director de la Estación de Radioastronomía de Bolonia–, sus órbitas son difícilmente individualizables y susceptibles de perturbaciones gravitacionales que pueden cambiar sus características. Además, al ser objetos pequeños y poco luminosos, es complicado verlos. Actualmente se estima que existen unos 100.000 con dimensiones de unos 100 metros, cuyo impacto puede verificarse con una frecuencia de una vez por siglo; de 1.000 a 2.000 con dimensiones de cerca de 1 km, con un riesgo de impacto equivalente a una vez cada 300.000 años; y una decena con un tamaño de 10 km, que podrían impactar cada 100 millones de años. A estos hay que sumar los cometas, cuyas órbitas efímeras los llevan a tener frecuentes encuentros con los planetas, como sucedió en 1944 con el Shoemaker-Levi, que se desintegró al chocar contra Júpiter».

Si un objeto con un diámetro de 20 km impactase en la tierra, desarrollaría un poder explosivo correspondiente a mil millones de megatones, con el consiguiente descenso de la temperatura entre 10º C y 20º C. En 1984 el premio Nobel Luis W. Álvarez descubrió que en el estrato geológico sedimentario que corresponde al paso del Cretácico al Terciario (hace 65 millones de años) había una gran cantidad de iridio, testimonio del impacto de un cuerpo celeste, dado que este elemento es muy raro en la Tierra. A su vez, el estudio de los cráteres más grandes creados por impactos sugerían una periodicidad de entre 26 y 36 millones de años.

A comienzos de la década de 1980, dos paleontólogos de la universidad de Chicago, David Raup y Jack Sepkoski, elaboraron una lista de todos los organismos marinos que, según el registro fósil, se extinguieron en el curso de los últimos 250 millones de años. Su conclusión fue que en la Tierra se produjeron extinciones masivas cíclicas, con una periodicidad en torno a los 26 millones de años.

Si la hipótesis de un planeta errante desconocido con características orbitales extrañas no convence a algunos astrónomos, la de una compañera del Sol les parece a otros más verosímil. La teoría de que nuestro astro tenga una débil estrella compañera, orbitando más allá de los confines del sistema solar, no debe sorprender, desde el momento en que más de la mitad de las estrellas de nuestra galaxia forman parte de sistemas múltiples.

La hermana oscura del Sol

La fantasmagórica Némesis –así se ha denominado al hipotético hermano del Sol– fue propuesta en la década de 1980, en un artículo publicado en la revista Nature por el profesor Richard Muller, astrofísico de la Universidad de Berkeley (California), junto con sus colegas Marc Davis y Piet Hut. Según estos investigadores, Némesis podría ser una pequeña enana roja, o sea, un astro de débil luz que orbita en torno al Sol, con un periodo de cerca de 26 millones de años y una órbita elíptica, que la conduciría a una distancia variable de nuestro astro.

Este movimiento de Némesis perturbaría la nube de cometas que rodea el sistema solar (Nube de Oort), provocando intensas y periódicas lluvias cometarias en el interior del sistema solar y multiplicando, en consecuencia, las probabilidad de que se produzcan impactos sobre los planetas.

Dado que estas tormentas cometarias durarían desde unos 100.000 hasta 2 millones de años –pensaron los científicos– habría una decena de impactos distribuidos en ese arco de tiempo, con un intervalo de 50.000 años.

Pero ¿por qué esta presunta estrella no se ha visto aún? Según Muller y Hut, la causa es su escasa luminosidad (con una magnitud comprendida entre 7 y 12). En cambio, para los astrónomos estadounidenses Andrew Jackson y Daniel Whitmire se debe a que, en realidad, se trataría de una enana marrón, una especie de estrella con una masa equivalente a 1/10 de la solar.

En cualquier caso, se trate de una enana marrón o roja o de un gran planeta, de todos modos parece que dicho objeto perturbador existe. Una confirmación surgió de los estudios de John Matese, de la universidad de Lousiana, quien junto a P. Whitman concluye que la mayor parte de las órbitas cometarias de periodo largo estaban reagrupadas en una zona de cielo estadísticamente anómala, como si algo condicionase el recorrido.
¿Es posible que los mayas estuviesen ya en posesión de conocimientos tan complejos que nosotros estamos empezando a adquirir gracias a nuestra tecnología y, en consecuencia, de la existencia de ciclos de destrucción masiva y de regeneración planetaria asociada a la actividad solar que nosotros todavía ignoramos?
Es curioso observar que el comienzo de la era actual, que ellos denominaron «Quinto Sol», coincide con el nacimiento de las grandes civilizaciones antiguas (Egipto, Cercano Oriente, Mesoamérica), en clara correspondencia con su afirmación de que cada ciclo implica un salto cualitativo en la evolución. Por otra parte, debemos advertir que en 2012 no sólo se producirá el final de uno de estos ciclos de 5.125 años de duración, sino la conclusión de la serie mayor constituida por 5 de estos ciclos (25. 625 años), un periodo que también coincide con el de la precesión de los equinoccios. Si el comienzo de la «cuenta larga» maya se remonta al tiempo de los orígenes del ser humano actual, que desplazó a otras humanidades como el Hombre de Neanderthal, ¿implicará la nueva «cuenta larga» que comenzará el sábado 23 de diciembre de 2012 el nacimiento de un ser humano superior? ¿Estamos en vísperas de asistir al nacimiento de un nuevo protagonista de la historia y la evolución de la conciencia? ¿Se referían los mayas a este nuevo despertar cuando anunciaron que, a partir de 1992, «los dioses» promoverían esta inminente manifestación? De algo podemos estar seguros: sólo restan siete años para que llegue ese momento.
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  • 2012: el año del «Sexto Sol»

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    2859 | xena - 18/07/2008 @ 04:05:24 (GMT+1)
    Es verdad
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