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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Antes y después de la anexión de la India por Indira Ghandi en 1974, cuando se convirtió en uno de sus estados, Sikkim ha brillado con la vibrante naturaleza y las energías que emanan de su tierra, pródiga en misterios budistas y antiguas leyendas, en el grandioso marco de las nevadas montañas del Himalaya oriental.
La población de Sikkim no llega a los 450.000 habitantes. Los rostros de sus ciudadanos muestran sus orígenes tibetanos, mongoles y chinos, amén de los habitantes autóctonos, como los lepchas y los provenientes de Nepal.

A mediados del siglo XVII, una dinastía tibetana se estableció en Sikkim, propulsando el budismo como religión de estado, aun cuando hacía ya casi mil años que existía, dado que era territorio de paso prácticamente obligado que comunicaba a la India con el Tíbet, a través de numerosas y gélidas rutas.

Entre Nepal al Este y el reino de Bhutan al Oeste, Sikkim estaba inmersa en las creencias animistas y enigmáticas del Bon-Po, lar de demonios y divinidades propicias, hasta la llegada del santo hindú Padmasambava, quien exorcizó la tierra de las huestes del mal, construyendo numerosos monasterios en su recorrido hacia el Tíbet, viviendo en cuevas como un ermitaño. El territorio –hoy Estado– estuvo parcialmente ocupado por Nepal, para convertirse luego en protectorado británico.

Salí antes del amanecer. El frío de enero, pleno invierno en las montañas más altas del mundo, era profundamente penetrante. Sólo a medida que surge el sol, se consigue recobrar cierta normalidad en la temperatura corporal. El jeep avanzaba de forma fatigosa por caminos de tierra y piedras, donde el agua de lluvia había sembrado cráteres por doquier. Muy angostos, únicamente la pericia del conductor nepalés, Deelep, quien ya había estado conmigo en varias travesías por estas montañas, impidió que nos despeñáramos. Claro, se trataba de un atajo.

El sol comenzó a iluminar los impresionantes valles. La neblina se cernía sobre el río Teesta, 2.500 metros más abajo, mientras las nieves de los picos de las montañas del Himalaya refulgían de tonalidades carmesí, rosas y amarillentas, empezaba a disiparse.

Los campesinos abandonaban sus humildes casas en las aldeas. Poco a poco, con paso cansino, como si el destino les pesara, se encaminaban hacia las vastas plantaciones de té: su trabajo.

Después de casi tres horas de viaje –con excelente tiempo– y tras mostrar el pasaporte y los consabidos permisos de acceso a Sikkim, concienzudamente revisados por la policía de frontera, hay una hora y media más de trayecto hasta llegar a Gangotk, su pintoresca capital. A menudo el agua de las lluvias produce enormes grietas y baches, por lo que los trabajadores prácticamente viven en la carretera principal. A medida que nos acercamos a la ciudad, el tráfico de vehículos –jeeps y furgonetas en su mayoría– se hace más denso.

Cada vez que regreso a estas tierras de pródiga naturaleza budista, recobro el sentido humano y resurge el afán de descubrimientos. Una extraña sensación de «volver a casa». Tenía cita en el Hotel Tíbet con el monje y capitán guerrero Yapo Yongda, del monasterio de Pemayangtse, a cinco horas de viaje desde el oeste de Sikkim. Era quizá el quinto reencuentro de los últimos años.

Misterios no contados

Yapo, presidente de diversas fundaciones de ayuda a niños y a huérfanos, así como de la preservación de Sikkim, me ofreció una amplia descripción de esta maravillosa tierra, verdaderamente mágica, llena de sortilegios, mientras permanecíamos cómodamente sentados en la sala del hotel.

El lama había regresado de una importante reunión en la cual se debatió el problema del reconocimiento, o no, del joven Karmapa, hospedado en un monasterio cercano al Dalai-Lama, en Dharamsala. Este es la figura principal de la Orden Kargyupa, presuntamente fugado de un monasterio tibetano. Pero el dilema era que no seguía el linaje, el orden tradicional establecido por Padmasambava hacía más de 1.200 años. Y existía otro Karmapa, Thrinlay Dorjee, que vive en la cercana Kalimpong, quien me concedió una audiencia y sí tiene derecho al título. Sin embargo, oficialmente ninguno de los dos ha sido todavía reconocido. También los lamas tienen sus problemas.

Deidades celestiales

Cuando Yapo pidió un whisky –sí, no se asombren, a ellos les está permitido beber alcohol–, recordé lo difícil que había sido concertar aquella reunión.
«El nombre original de Sikkim es Bayoul Dremajong o Denjong», comenzó diciendo mientras se relajaba. Significa ‘tierra oculta llena de tesoros, frutas y flores’». El nombre fue otorgado por Urgen Rimpoché –el Buda eterno–, también conocido como Gurú Rimpoché o Padmasambava, alrededor del siglo VIII. Pero la denominación actual fue inspirada por una de las reinas de Sikkim, en el siglo XVIII, luego de haber obtenido una iluminación en el Palacio Rabdentsi, cuyas ruinas están cerca del monasterio de Pemayangtse.
«En lenguaje yakthungba (Chong), la princesa exclamó durante su iluminación: ‘cuánta paz hay en esta tierra’: Sikkim. Esta tierra, bendecida por Urgen (Gurú) Rimpoché, como también por Bhodisatvas, Dakinis, Jinas y Jinaputties (deidades celestiales y de la naturaleza), Denjong, es también el lugar celestial supremo entre todos los sitios santos y sagrados de la Tierra y el Universo».

Le pregunté si estaba cansado, y le dije que si lo deseaba podríamos continuar la conversación en otro momento, a lo cual, después de sorber un par de tragos más, me contestó que ésta era la mejor oportunidad, ya que al día siguiente debía ir precisamente a Kalimpong.

Palabras valiosas

Y así seguimos conversando sobre las maravillas de esta hermosa región del Himalaya. Ya había sentido, en mis primera visitas, atravesando medio mundo desde Venezuela, las emanaciones de energías positivas, altísimas vibraciones del contacto casi físico con las deidades del reino de la naturaleza terrenal y celestial del budismo. No dejé de darle la razón cuando se refirió a la siempre nevada e imponente montaña de Kanchenjuga, la tercera más alta del mundo, con 8.586 mts., que, según algunas creencias, contiene en su interior «cinco tesoros sagrados». Se trata, en efecto, de un refugio perfecto para las deidades.

Kanchenjunga centra todos los ojos desde Darjeeling hasta Sikkim. Pocas montañas son tan impresionantes, de tan singular belleza.

En el centro de esta pródiga tierra llena de cuevas, se encuentra una roca sagrada de buenos augurios, semejante al trono de un rey. A su alrededor circulan infinidad de secretos y milagros. Los ríos y manantiales que corren junto a ella tienen propiedades curativas (¿Shangri-La?). Muchos tesoros, piedras preciosas, están escondidos bajo numerosas rocas. En las inmediaciones se yerguen cinco árboles inmaculados, que tienen el poder de curar 424 enfermedades producidas por bacterias, y otras 360 debidas a la polución ambiental, odios y diversas negatividades mentales, emocionales, energéticas y espirituales.

Mi amigo el monje pidió para ambos unos platos de arroz, granos y vegetales. Con el vaso lleno, por supuesto. Pero sus valiosas palabras no vacilaban en absoluto. Al contrario, crecían en sentimiento y emoción. Yapo ama tanto a su tierra como el pez al agua.
«En Denjong (Sikkim) se celebran numerosos rituales budistas para propiciar la paz en el mundo y que haya armonía en las fuerzas del Universo», señaló.
«Uno de los eventos supremos fue cuando el Buda Avalokiteswara santificó esta tierra, ya hace mucho tiempo. Más tarde, Indra, dios de dioses, bajó de la cima de Kanchenjuga y otorgó al hombre el permiso celestial para poder atravesar los difíciles pasos entre estas montañas sagradas. Gurú Rimpoché, o Padmasambava, llegó a Sikkim desde la India para subyugar y dominar a todos los demonios que asolaban la región, eliminando los obstáculos negativos que no permitían la realización de oraciones y prácticas devocionales del budismo, obteniendo así el mérito de las videncias y sorprendentes profecías», me explicó Yapo.

Ya era de noche, y todas las luces del tradicional Hotel Tíbet, en una de las principales calles de Gangtok, estaban encendidas. Había más gente, y unos lamas saludaron a Yapo Yongda, quien prosiguió con su narración: «El gran Khandro, ángel o daikini, Yeshe Tsogyal, también estuvo aquí, y compiló trabajos valiosos llamados ‘Khandro Thiglei-lung’. Se refieren a los lugares de poder curativo e influencia positiva sobre los cuerpos astrales y mentales de las personas, así como de la liberación kármica».

Es la energía Diamantina del Buda emanando sus rayos luminosos sobre Sikkim. Yapo estaba fatigado. Quedamos en encontrarnos en Pemayangtse, días después. Mientras tanto, me pidió que me acercara y me susurró, como punto final: «Padmasambava enterró y escondió, hasta su regreso, textos sagrados sobre los tesoros de mi tierra, de Denjong. Algunos fueron descubiertos por los Tertons, monjes elegidos especialmente para esta labor».

Aquella noche los tesoros de la vida brillaron en la oscuridad, mientras cerraba los ojos al sueño. Estaba en Gangtok, estaba en Denjong, en Sikkim… Las Daikinis velaban por mí.
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