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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Durante medio siglo, Estados Unidos y la URSS libraron una inmensa batalla de baja intensidad que tenía por objeto el dominio del mundo. Pero ambas potencias no fueron las primeras en inventar el arte de la Guerra Fría. Hace más de 4.000 años, en la tierra de los faraones ya hubo servicios secretos, espías e infiltrados. Conozcamos alguno de los episodios más ocultos de la historia antigua.
Dos poderosas naciones, dos formas completamente distintas de ver y entender el mundo. Dos estados en busca de la supremacía total y un puñado de países satélite destinados a dirimir las diferencias políticas de ambos bloques. Dos naciones a punto de embarcarse en una lucha total de catastróficas repercusiones. Un sistema de información y contrainformación destinado a conocer e interpretar los pensamientos e intenciones del enemigo. ¿Cree el lector que estamos hablando de Estados Unidos y la URSS en la época de la Guerra Fría? Pues no: estamos haciendo referencia a la lucha que mantuvieron hace 4.000 años Egipto y Hatti.

Quizá el ámbito de influencia que tuvieran entre ambas naciones no llegara a ser de escala planetaria; pero en un mundo como el de entonces, su enfrentamiento era tan global como lo fue el que mantuvieron soviéticos y norteamericanos hasta la caída del Muro de Berlín. Los egipcios y los hititas no eran enemigos directos. Sus problemas tuvieron una vertiente más prosaica. Sencillamente, se enfrentaron por el control de unos recursos que consideraban vitales para su economía. Desde siempre, Egipto había tenido en la zona de Siria-Palestina un corredor natural de acceso a Asia, gracias al cual conseguía los bienes que faltaban en el valle del Nilo. La mítica ciudad de Biblos, por ejemplo, fue siempre la proveedora de madera de construcción. Desde las primeras dinastías, Retenu –el nombre dado por los egipcios a la región– estuvo en contacto con la cultura faraónica. Durante el Reino Nuevo las cosas cambiaron y la presencia faraónica se hizo más visible y constante. No es que los egipcios decidieran entonces conquistar físicamente el territorio, pero sí influir en él más directamente. Por eso empezaron a realizar con regularidad casi anual una campaña militar por la región. No pretendían conquistar, sólo era un modo de recordarle a sus subordinados asiáticos quién tenía el poder y, de paso, recaudar personalmente los impuestos. Los reyezuelos de Retenu siguieron en sus puestos, pero ahora necesitaban el visto bueno del faraón para según qué cosas. Como ven, el mundo no ha cambiado…
Así estaba organizada la región cuando de forma casi inesperada hizo su aparición al norte, en lo que hoy es Turquía, una nueva potencia: el reino de Hatti, que se trataba de un imperio militar que gustaba de conquistas físicas. Su influencia no tardó en notarse al norte de Retenu, donde terminó por chocar con la parte controlada por Egipto. Como no podía ser de otro modo, ambos países intentaron conocer los movimientos del adversario para contrarrestarlos y beneficiarse de las debilidades del enemigo. El mejor modo de hacerlo fue, como siempre sucede en casos semejantes, mediante operaciones encubiertas, es decir, gracias al uso de espías, infiltrados y agentes secretos.

Sinuhé, el primer espía

Uno de los primeros espías del bando egipcio fue el famoso Sinuhé –espía durmiente, podríamos llamarlo–, que sirva señalar que no se trata del conocido personaje de la novela del mismo título, sino del protagonista del cuento egipcio en el que Waltari se inspiró más que libremente. Éste tuvo la desgracia de enterarse por casualidad de los tejemanejes de un príncipe, que había conspirado para asesinar a su padre, el faraón Amenemhat I. Aterrado ante las repercusiones que podría tener el magnicidio, Sinuhé huyó a toda prisa del campamento y cruzó el desierto para llegar a Retenu. Llegó allí deshidratado; afortunadamente para él, un beduino le salvó la vida. Ya recuperado, supo ganarse la confianza del jefe de la tribu, quien no sólo le dio la mano de su hija, sino que lo convirtió en su mano derecha. Sinuhé permaneció durante muchos años en Retenu, pasados los cuales recibió una carta del faraón instándolo a regresar a Egipto para morir en paz. El relato que ha llegado hasta nosotros indica que regresó a la corte del faraón, pero, ¿es tan sencilla la realidad como parece?
El análisis sosegado de su aventura nos viene a indicar que Sinuhé fue un perfecto espía egipcio. Abandonó el valle y se instaló en la región Siria-Palestina, en donde tuvo acceso a todas las fuentes de información vedadas para los hombres del Nilo. Tras analizarlas, no tenía más que realizar informes de inteligencia para su soberano. El problema era cómo hacérselos llegar. El único sistema era el correo directo. Por fortuna, el lugar elegido para instalarse era más que adecuado, una zona de paso para las caravanas. Nada más natural para los egipcios que detenerse a hablar con un compatriota exiliado. Alguno de ellos sería un agente del faraón, que con discreción recibiría de manos de Sinuhé los informes pertinentes. Fue un modo sencillo de espiar y filtrar información, pero Sinuhé no fue el único egipcio que realizó tareas semejantes…

Espías, agentes dobles, infiltrados…

Durante el Reino Nuevo, la presencia de estos espías durmientes se hizo menos necesaria. Eran los propios reyezuelos y príncipes de la región los que se encargaban de comunicar por escrito al faraón cómo estaban las cosas en Canaán. El archivo diplomático encontrado en la ciudad de El-Amarna nos lo demuestra. Había príncipes que solicitaban tropas para poder mantenerse en el puesto: “Si mi señor desea tomar este país como si fuera su propio país, entonces que mi señor envíe este año sus tropas y sus carros de modo que pueden llegar aquí y todo Nuhasse pertenezca a mi señor”. Había cabida para todo en esta suerte de informes de inteligencia. Gracias a ello, el faraón sabía de la situación política en Retenu, de las conspiraciones de los príncipes, de los engaños urdidos por los nobles, de los movimientos militares de unos y otros, etc.

Durante la época de la Guerra Fría –y en otros conflictos actuales– los espías de uno y otro bando buscaban ganar sus batallas secretas. Junto a ellos, existían espías que vigilaban el buen hacer de sus propios agentes y especialistas en contrainteligencia que buscaban conocer los pasos más discretos del enemigo. En Egipto, hace 4.000 años, el panorama era bien parecido. El foco de atención, como venimos diciendo, era la región de Retenu, en donde se dirimían las influencias de ambas potencias, con lo cual disponer de información directa siempre significaba poder. Al igual que lo fueran Casablanca durante la Segunda Guerra Mundial, y Berlín durante la Guerra Fría, las principales ciudades cananeas estaban repletas de informantes secretos. Unos y otros intentaban comprar la lealtad de los más venales y ganar posiciones para informar a sus soberanos.

Trabajar de espía no ha sido nunca algo sencillo y ya entonces implicaba sus riesgos. En ocasiones, el bando espiado localizaba a los agentes secretos y estos resultaban retenidos para evitar que la información llegara a su destino: “Pirissi y Tulubri, mis mensajeros, que envié con presteza a mi hermano (…), los envié con una escolta muy pequeña. (…) Y ahora mi hermano se ha negado por completo a dejarlos marchar y los ha puesto bajo un arresto muy estricto”, se lee en un relato de la época. Y eso que tuvieron suerte, porque en ocasiones servir a los intereses del patrón significaba entregar la vida. “Mis mercaderes, que estaban de camino con Ahu-tabu, se detuvieron en Canaán por cuestiones de negocios. Después de que Ahu-Tabu fuera a mi hermano, en Hinnatuna de Canaán, mataron a mis mercaderes y se llevaron su dinero”. En realidad, muchos de aquellos mercaderes eran a la vez, espías que portaban información de primera mano para el faraón.

Espías contra Ramsés

El ejemplo que sigue demuestra lo eficientes que eran los servicios de inteligencia de la época. La cosa sucedió durante el reinado de Ramsés II, cuando la ciudad de Kadesh, que había pertenecido desde siempre a la zona de influencia egipcia, cambió de bando. Aquello obligó al faraón a tomar medidas con objeto de recuperar su poder.

Situémonos en contexto. Ramsés era el heredero de las grandes hazañas y conquistas de sus antecesores de la Dinastía XVIII, quienes habían conseguido llevar la presencia egipcia hasta más allá del río Éufrates. La defección de Kadesh fue una afrenta que no podía tolerar y de inmediato reunió a sus tropas en cuatro divisiones: 10.000 hombres distribuidos en las unidades Ra, Seth, Amón y Ptah que, sin dilación, marcharon hacia el norte desde la capital; su poderío era evidente y el soberano egipcio marchaba confiado en su triunfo.

El joven rey estaba ansioso por entablar combate, pero sabiéndose en territorio amigo, las tropas no adoptaron un orden de batalla y avanzaron “como si de la orilla del Nilo se tratara”. Sin embargo, Ramsés no tardó en adelantarse con su guardia personal y los soldados de la división Amón. Tras él marchaban, algo más lentas, el resto de las divisiones en una larga fila que ocupaba varios kilómetros. Al atravesar el bosque de Labwi, cerca del vado que permitiría a los egipcios atravesar el río Orontes, las tropas de Ramsés capturaron a dos hombres de la tribu Shosu. De inmediato, los dos prisioneros ofrecieron al soberano el apoyo de su confederación de tribus, pues preferían gozar de la protección del poderoso faraón que sufrir el yugo hitita.

Ramsés los interrogó, preguntándoles por la situación en la zona y la localización de las fuerzas enemigas. La respuesta de los prisioneros no pudo ser más del agrado del faraón: “Se encuentran allí donde está el soberano de Hatti, pues el enemigo hitita se encuentra en la tierra de Aleppo, al norte de Tunip; pues está demasiado asustado del faraón”. Ramsés se sintió feliz. ¡Había logrado que el temor de Amón se apoderara del enemigo! Y eso le dejaba el campo libre para actuar a sabiendas de lo que iba a hacer su enemigo tras la declaración de los “chivatos”.

Presuroso, el rey de las Dos Tierras aceleró su marcha, alejándose aún más del resto de sus tropas. Pronto llegó a la ciudad de Kadesh dispuesto a asediarla, por lo que sentó sus reales en la cercanía de sus murallas, al otro lado del brazo de río que la protegía. Mientras se preparaba el campamento, apenas instalada su tienda, los espías egipcios arrastraron hasta él a dos enemigos que habían sido maltratados físicamente. Desde su trono los miró despectivamente. Ante el faraón no tardaron en repetir lo que ya les habían sacado a palos: eran espías del rey de Hatti, enviados por el servidor del dios de las tormentas para vigilar los movimientos de los egipcios y descubrir dónde estaba su campamento. Lo malo fue cuando Ramsés les preguntó dónde se encontraba su soberano. Ante la sorpresa del egipcio, los hititas confesaron que el grueso de su ejército no estaba en Aleppo, sino al otro lado de la ciudad de Kadesh y dispuesto a asestar un golpe mortal a las tropas del faraón…
Ramsés descubrió en ese momento que había sido engañado en lo que podemos considerar una de las primeras celadas de la historia del contraespionaje. Y es que más curtido en la política y el arte de la guerra, el soberano de Hatti encargó a sus dos mejores hombres la misión de dejarse capturar para engañar a Ramsés y hacerle creer que los hititas no presentarían batalla. El faraón se tragó el cebo con sedal. Apenas tuvo tiempo de reprocharse su ingenuidad, reprender severamente a su Estado Mayor, enviar a un mensajero para pedir al resto del ejército que se apresurara y comenzar a dictar órdenes destinadas a evitar un total desastre a su ejército.

Cuando salió a comprobar cómo andaba todo, vio que la división Ra estaba próxima. Cruzaba el río apenas a unos cientos de metros y ya estaba comenzando a incorporarse al campamento. Quizá no estuviera todo perdido. Vana esperanza, pues fue entonces cuando los carros hititas aparecieron de la nada y lanzaron un devastador ataque. Los aterrados soldados egipcios que llegaban huyendo se sumaron al caos general y Ramsés no tardó en verse solo. Envalentonado, luchó y luchó. Lentamente, sus soldados reaccionaron y comenzaron a oponer resistencia. No sirvió de mucho, pues las cosas siguieron pintando mal; sólo la providencial llegada de las tropas de choque egipcias, que habían recorrido el camino de la costa, evitaron la derrota.

Reagrupados, los egipcios lanzaron un último contraataque que obligó a los hititas a retirarse y cruzar el río en desbandada de regreso a su campamento. Lo peor había pasado, pero si Hatusil hubiera enviado a su infantería la cosa podría haber sido muy distinta. Al día siguiente, reunidas ya las cuatro divisiones, Ramsés lanzó su ataque. Contaba con más carros que los hititas, pero éstos y sus aliados doblaban en número a la infantería de los egipcios. El resultado fue un combate nulo. Ambos enemigos se separaron sin haber resuelto nada y Kadesh siguió del lado hitita.

Los espías del soberano de Hatti habían demostrado ser más hábiles en el arte de la contrainformación. Milenios después, los servicios secretos de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial utilizaron una estratagema semejante una noche de verano de 1943, cuando un submarino británico dejó a la deriva, cerca de las costas de Huelva, un cadáver vestido con uniforme de oficial y una cartera con documentos atada a la muñeca. Dentro iban una serie de cartas inteligentemente falsificadas con firmas verdaderas. Estaban destinadas a ser leídas por el Estado Mayor alemán, que seguro las recibiría de manos de las, por entonces, no beligerantes autoridades españolas. La intención de las mismas era hacer creer a Hitler y sus secuaces que los aliados desembarcarían en las costas de Grecia o los Balcanes y no en Sicilia, como realmente sucedió. La estratagema fue un éxito y, al igual que ocurriera con los espías hititas, el servicio de espionaje de una potencia militar consiguió hacerle creer a su contrapartida enemiga que no había ejércitos donde, en realidad, sí los había.

Tras la batalla de Kadesh, los hititas sufrieron en su carnes la amenaza del reino asirio, recién llegado a la escena internacional. Sus ansias de conquista eran tantas que, pocos años después, Ramsés II y Hatusil III decidieron que más valía lo malo conocido y firmaron un tratado de paz. ¿Supuso esto el fin de la guerra entre ambas naciones? En absoluto. Se trataba de dos pueblos orgullosos y pese a la aparente calma y las buenas relaciones, las legaciones diplomáticas de cada bando siguieron siendo un hervidero para los especialistas en la información secreta.

Operaciones encubiertas

El período amárnico fue turbulento y dejó algo maltrecho al país, hasta el punto de que, fallecido Tutankhamon, la reina consorte se encontró sin nadie a quien desposar, excepto al poder en la sombra del reino, a quien despreciaba. Desesperada, escribió una carta al rey hitita pidiéndole que enviara a uno de sus muchos hijos para convertirlo en rey de Egipto. Al soberano de Hatti no le gustó nada aquella carta. Desconocía las interioridades de la corte del faraón, lo que habla bien a las claras del éxito de los servicios de inteligencia egipcios, por lo cual se vio obligado a enviar a un hombre de confianza que corroborara con la reina la veracidad de la misiva. No tardó en regresar su enviado, confirmando la misiva primera y trayendo otra donde la reina le reprochaba su falta de fe y su tardanza.

Animado ante la posibilidad de ver a uno de sus descendientes tocado con la doble corona, el hitita envió a un príncipe casadero a Egipto, pero ya era demasiado tarde. Los espías conocían el recorrido y el motivo de su viaje y el príncipe no llegó nunca a su destino. Un trágico “accidente” terminó con su vida. No es de extrañar que los egipcios decidieran adoptar una medida tan drástica; el candidato despreciado por la reina no era otro que Ay, general en jefe de todos los ejércitos y servicios de inteligencia. Y podríamos seguir narrando más episodios que nos harían ver cuán evolucionadas estaban las técnicas de espionaje en Egipto, parte de un legado que también ha llegado hasta nuestros días…
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