Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Franco.Top Secret (Temas de Hoy) acaba de ver la luz. Es una de las obras más atrevidas y arriesgadas sobre la figura del dictador español. Sus descerebradas creencias mágicas y su obsesión por la masonería son parte del eje argumental de esta novedad, sobre la que ENIGMAS les ofrece un extracto en primicia.
Uno de los secretos a los que pudo haber tenido acceso cualquiera de esos espías del norte de Marruecos durante las guerras del protectorado, fueron las famosas actas que existían en la década de 1930 que demostraban el intento reiterado de Franco para entrar en la masonería española. Era un secreto a voces, y también un peligro mortal para el que custodiara los preciados documentos, que en caso de haberse hecho públicos, quién sabe si hubieran tocado de muerte al régimen franquista y al propio dictador. No hay que olvidar que Franco presumió durante toda su vida de ser el eterno perseguidor de los miembros de “la secta”, como él la denominaba. Era su demonio personal, algo que rozaba lo patológico, una fuerte obsesión tras la que muchos especialistas ven un más que seguro rechazo a los intentos que Franco realizó en su juventud para entrar en el seno de la hermandad. Según esa posibilidad, al mismo tiempo que las logias abrían las puertas a su hermano Ramón Franco, el héroe del Plus Ultra, las cerraban de golpe para Francisco Franco, el desconocido comandante de la infantería colonial. Sin duda, el futuro dictador no supo perdonar el desplante.
Durante la investigación para este libro realizamos todas las maniobras habidas y por haber con el objetivo de tratar de encontrar el rastro de esos documentos y la increíble historia que encierran. Una tarde de septiembre conseguimos dar algunos pasos en la buena dirección. Habíamos quedado con Ginés Morillas, historiador y editor, que tal vez podría ayudarnos en nuestra búsqueda del pasado masónico de Franco.
Ginés es un destacado miembro de la GLSE –“Gran Logia Simbólica Española”– y, por tanto, podría aportar datos sobre el tema. En los últimos meses habíamos hablado con otros miembros de diversas logias masónicas e incluso con destacados integrantes de la Dirección General de Seguridad –la temible DGS–, que habían organizado el control y la infiltración de policías en diversas logias masónicas en el exilio, pero no habíamos llegado a conclusiones decisivas. Aunque todos coincidían y daban por seguro el intento de Francisco Franco por ingresar en la masonería mientras estaba en África, tampoco aportaban muchos datos. Con Ginés tuvimos más suerte, y en un momento de la charla nos comentó que no podía darnos el nombre, pero que podía afirmar rotundamente que “un veterano miembro de su logia fue testigo de la votación para el acceso de Franco en la masonería. Entonces era un joven militar en activo y votó en contra”.
El testimonio de Ginés apuntalaba algunas informaciones sobre el resbaladizo asunto. En cualquier caso hay que tener en cuenta que la afiliación a las logias españolas durante la década de 1920, y mucho más en la de 1930, fue algo bastante habitual en la milicia. Cualquiera que analice por encima los miles de documentos masónicos que reposan en el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca, se dará cuenta de que los militares constituyeron durante la II República uno de los grupos profesionales más numerosos en la mayor parte de las logias españolas. Y si había un sitio especialmente fecundo al respecto, ese era el protectorado español de Marruecos. Allí donde creció Franco como militar, las logias estaban formadas casi exclusivamente por integrantes del Ejército.
Dos fuentes distintas fueron testigos del rechazo sufrido por Franco en África. Uno de ellos era un veterinario llamado Vidal, fallecido años atrás y que en sus años de juventud había servido en el protectorado marroquí, precisamente en las mismas fechas que el general Franco. El otro testigo era el masón y esperantista Pujulà i Vallès, que efectuó unas inesperadas declaraciones al respecto en el transcurso de una charla en el café barcelonés Oro del Rhin.
Los masones que rechazaron a Franco
Sin embargo, y al menos de momento, la “prueba” más sólida acerca de la aproximación de Franco a las logias masónicas es la declaración jurada del teniente coronel Joaquín Morlanes, iniciado en la masonería el 4 de agosto de 1925. Su testimonio oral y escrito es tajante y directo. Según este militar, Francisco Franco, siendo teniente coronel, solicitó su ingreso en la logia Lukus de Larache, en la que había civiles y militares. Paradójicamente, fueron estos últimos los que más se opusieron al ingreso.
Los motivos alegados para no admitirle fueron varios, aunque el principal estaba directamente relacionado con la aceptación por Franco del ascenso a teniente coronel, cuando en realidad se había comprometido, al igual que el resto de la guarnición de Marruecos, a no aceptar ascensos por méritos de guerra. No obstante, había varios motivos más, como por ejemplo su “excesiva dureza con la tropa africana”. En ningún caso se esgrimieron argumentos políticos.
Hay un detalle importante para la admisión del neófito, en este caso Franco, y es que ha de ser recomendado por otro masón, cosa que al parecer no había ocurrido, por lo que tuvo que ser el propio dictador quien cursara personalmente la solicitud. A grandes rasgos, la sesión masónica pudo acontecer de la siguiente manera: reunidos todos los miembros de la logia en su templo, el Venerable Maestre leyó la solicitud cursada y, a continuación, fue cediendo la palabra por turnos a cada hermano para que aportara a los demás su opinión sobre el solicitante. Franco, al parecer, no paso de este trámite, pero si se le hubiera aceptado, se hubiera procedido a la votación con las “bolas”. El método es sencillo: uno de los miembros va pasando con una bolsa y cada hermano introduce una bola. Si es negra, el voto es negativo; si por el contrario es blanca, el voto es positivo. Si esta prueba es superada también por el solicitante, se llegaría a un último examen donde tres hermanos se encargarían de presentar un exhaustivo informe después de realizar un interrogatorio al neófito. Tras todo este largo protocolo, que tiene diversas variantes dependiendo de la logia y el rito seguido, se somete a voto la aceptación del nuevo miembro, pero esta vez a mano alzada.
La declaración jurada de Morlanes ganó muchos enteros cuando fue confirmada por los datos de que disponía el jefe de la Falange en Tetuán, Augusto Atalaya, quien a comienzos de la Guerra Civil se incautó de toda la documentación, actas y material masónico que existía en el norte de Marruecos. Según Atalaya, perdida entre esos papeles dispersos, marchaba un acta histórica, un libro en el que constaba la no admisión del teniente coronel Francisco Franco en la logia de Larache. Lo más interesante de todo es que esos valiosísimos documentos estuvieron en su poder hasta la independencia de Marruecos, es decir, hasta la tardía fecha de 1956…
El libro secreto de Franco
En noviembre de 1952 se publicó en España un libro titulado Masonería. Su autor, Jakim Boor, no era desconocido por el público español; desde 1942 venía publicando regularmente en el diario Arriba una serie de artículos sobre la sociedad secreta […]. Enseguida comenzó a correr el rumor de que Jakim Boor no era otro que el propio Francisco Franco, pero habría que esperar hasta 1981 para saber la verdad de manera oficial. En ese año, la “Fundación Nacional Francisco Franco” lanza una nueva edición del libro, desvelando el secreto de la autoría: en la parte superior de la cubierta se podía leer el nombre y los dos apellidos del dictador. Aunque era un secreto a voces, a algunos miembros de la “vieja guardia” esto no les gustó demasiado. A fin de cuentas, si el caudillo había preferido firmar con pseudónimo en vida, no existía razón alguna para desvelar el secreto una vez muerto; después de todo, el propio Franco había forzado a los medios de comunicación de la época a publicar una noticia según la cual habría recibido a Boor en el palacio de El Pardo.
Las conspiraciones masónicas
En las páginas del libro, Franco llega a culpar a la masonería de los acuerdos a los que llegaron las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial: “Con motivo de mis trabajos sobre la masonería son varios los lectores que me piden les aclare cuál es la situación de Rusia con la masonería y el por qué de las concesiones que en Yalta, Teherán y Postdam hicieron a Rusia masones tan conspicuos como Roosevelt y Churchill, y aún han venido haciéndolas después de haber faltado aquélla a todo lo pactado”. Más adelante, Franco indica que existe “un comité supremo en Europa, titulado ‘Asociación Masónica Internacional’, a través del cual se conspira de forma ininterrumpida, y un día tras otro, contra cuanto España representa, a la vez que se utiliza como instrumento de la acción política de algunas naciones europeas contra Norteamérica, cuya masonería, aunque apartada de la Asociación, no es impermeable a la influencia que este instrumento secreto de poder desarrolla sobre las logias hispanoamericanas para servir a los designios secretos de sus señores”.
Satanás era masón, según Franco
El dictador no duda en culpar a la sociedad secreta de todos los males que afligen a la España franquista, además de piropearse a sí mismo […]. Para la redacción de este libro se sabe que Franco contó con la inestimable ayuda de Carrero Blanco, su mano derecha y también furibundo antimasón. Carrero hizo algunas incursiones literarias bajo el pseudónimo de Juan de la Cosa. En uno de sus libros, titulado Las modernas Torres de Babel, Carrero carga contra lo que pensaba eran los nuevos males que azotaban a la humanidad. A saber: el comunismo, el liberalismo y, cómo no, la masonería. En la obra, el número dos de la dictadura responsabiliza a la sociedad secreta de nada menos que once cambios de régimen en España –tres destronamientos de reyes, dos destierros de regentes, cuatro magnicidios, dos repúblicas– con ocho constituciones… Casi nada. El almirante llega incluso a afirmar que el personaje que controla desde las sombras el engranaje de la sociedad secreta es… el mismísimo diablo: “Hay algo de mucho más fondo, y es que el primero que trata de utilizar en su particular provecho la enorme fuerza que representa la reacción de las masas ante la injusticia social ha sido el diablo, lo cual hemos de reconocer que es perfectamente lógico, porque el diablo, encarnación del mal sobre la Tierra, que por inexcusables designios de Dios actúa incansable con positivo poder para arrastrarnos hacia nuestra perdición, no habría de desaprovechar ocasión tan magnífica, ni fuerza de tan grande importancia, para arrimar el ascua a su sardina, inspirando al hombre nuevas Torres de Babel […]. El diablo inspiró al hombre las Torres de Babel del liberalismo y del socialismo, con sus secuelas del marxismo y comunismo en las formas en que ellas han tenido realidad, y para ello dispuso de un magnífico instrumento, que es esa tenebrosa organización, de orígenes un tanto misteriosos, que se llama masonería”.
Carrero no era el único mandamás del régimen que creía que el diablo inspiraba a los enemigos de España. El ministro de Información, Arias Salgado, llegó a declarar ante la prensa que “Stalin viaja con frecuencia y no se dan explicaciones de a dónde va. Pero nosotros lo sabemos. Se va a la República de Azerbayán, y allí, en un pozo abandonado de las perforaciones petrolíferas, se le aparece el diablo que surge de las profundidades de la Tierra. Stalin recibe instrucciones diabólicas sobre cuánto ha de hacer en política. Las sigue al pie de la letra y esto explica sus éxitos pasajeros”.
La obsesión de Franco por la masonería no remitió ni al final de sus días. El 1 de octubre de 1975, en su último mensaje público en el balcón de la plaza de Oriente, el dictador afirmó que en España existía “una conspiración masónico-izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social”.