Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Mil veces he andado por él, y no deja de sorprenderme. No se qué tiene el desierto, que siendo una tierra yerma e inhóspita como ninguna, ha sido capaz de gestar imperios o de iluminar a los profetas que cambiaron la historia. Lo he pisado en tres continentes y he visto sobre él cientos de indescriptibles atardeceres. Su magia reside en que siendo capaz de matarte tiene también la capacidad de hacer que su arena se convierta en un espejo del alma. Cuando uno se enfrenta a una inmensidad vacía como la del desierto, acaba espiando en lo más profundo su ser. O ¿Por qué no? Hablando con los mismísimos dioses.
Recuerdo una tarde en el mágico Egipto, justo cuando atardecía, que un grupo de beduinos saco sus alfombras y, sobre el polvoriento suelo, comenzaron a inclinar sus cabezas mientras entonaban silenciosos e incomprensibles rezos. En el presente servidores de turistas, antaño valerosos guerreros, los bedús fueron capaces de conquistar medio mundo, guiados por su fe. La misma que hoy en día guardan como un tesoro que les continúa haciendo libres y dignos. Situaciones como ésta, y el tener amigos musulmanes, provocó que hace un tiempo comenzara a leer acerca de la vida de un hombre que fue capaz de cambiar el destino de todo un pueblo.
Sucedió en el desierto de Arabia hace ya catorce siglos. Para unos historiadores pastor, para otros, guardián de caravanas, el caso es que aquel simple hombre tuvo una revelación durante un sueño en una cueva del monte Hira, muy cerca de la ciudad de la Meca. Allí se le presentó el Arcángel Gabriel mostrándole un mensaje de Dios para que se lo transmitiera a los hombres. Aquel beduino poco instruido en letras sintió miedo ante aquel incomprensible episodio. Lleno de temor consultó con su esposa lo ocurrido y ésta le llevó ante un sabio asceta cristiano, Waraqa, que vio en aquellos hechos una obra de Dios. El que antes fue nómada se convirtió en profeta, y Mahoma, que así era su nombre, se dedicó entonces por completo a la predicación de los mensajes que le llegaban desde el cielo. El contenido social de lo que decía, desencadenó la cólera de los más pudientes que jamás entendieron su mensaje. A partir de aquel instante su vida cambió y por sus palabras fue perseguido hasta el punto que tuvo que huir de su ciudad ante el temor de que una daga traicionera acabara en cualquier momento con su existencia. Este famoso viaje conocido con el nombre de la Égira, que significa en árabe migración, marcó el año cero para la historia de todos los musulmanes y fue el comienzo de una epopeya que cambió el mundo. Arropado por sus seguidores y por los habitantes de Medina, Mahoma empuñó entonces la espada y se defendió de los que le atacaban. Creó murallas entre las casas que estaban a poca distancia dentro de la ciudad y fosos cuando la separación era mayor. De esta manera tosca y con el coraje de los que le seguían repelió varios ataques. Luego sacó a sus fieles guerreros al desierto y en este terreno se mostró intratable, asaltando caravanas y doblegando ejércitos que tuvieron que rendirse ante el talento y la gloria de un hombre que era guiado por Dios. Mahoma antes de su muerte regresó a la Meca, unificó a las tribus de Arabia y dejó las bases para que un invencible ejército fuera capaz en tan sólo un siglo de conquistar un imperio de más de diez millones de kilómetros cuadrados. Tras su mensaje y su vida el mundo jamás fue igual.
El canto del muecín, ya no sólo se oye en la Meca, se escucha también en Madrid. Debido a la terrible lacra del terrorismo el Islam tiene cada vez peor prensa y las posiciones entre Oriente y Occidente están cada vez más enfrentadas. El problema es demasiado complejo para ser analizado en esta página, aunque si escribo esto es para que no demonicemos al Islam. Esta religión, como todas, esta plagada de luces y sombras. Luz que le otorga la piedad, la compasión y la hermandad que predica; y sombras que adquiere ante cualquier interpretación integrista. Pero no nos engañemos, integrismos los hay islámicos y también cristianos, tan dañinos o más que los que proceden de Oriente.
Discernir en la actualidad qué credo es el correcto, es tan confuso como comprendernos a nosotros mismos. Que cada uno crea lo que le venga en gana, que ya Dios, en el ineludible arriba, nos dirá quién tenía razón. Si es que alguna vez alguien la tuvo.