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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
El consumo de alucinógenos es uno de los elementos centrales de todas las religiones ancestrales. En los últimos tiempos, también los occidentales están descubriendo la magia de las plantas de poder. Quienes las consumen aseguran que provocan un estado mental que eleva al espíritu hasta situarse en sintonía con la divinidad.
Eruditos como Robert Graves o John Allegro afirman que eran el fruto prohibido del Edén, aquel que otorgaba el conocimiento y que originó la “caída” del ser humano; al ser “consciente” de que existía apareció el miedo: el miedo a morir y el miedo a vivir.

Desde la antigüedad, las llamadas plantas de poder fueron territorio exclusivo del chamán, la bruja o el sacerdote pues, en las tradiciones ligadas a la tierra, todas esas profesiones estaban encarnadas por una misma persona. La botánica era el medio para curar y, al mismo tiempo, el utilizado para trascender y obtener visiones del más allá. Aún hoy, en nuestra propia tradición, el vino forma parte del momento más mágico del ritual cristiano.

Allegro, el único laico que tuvo acceso a los manuscritos del Mar Muerto, afirmó en El hongo sagrado y la cruz que, tanto los esenios como los integrantes de las primeras comunidades cristianas, consumían hongos. De esto se deduce que el cometido original del sacramento era la conexión con otros planos por medio del psiquedélico. José López, también llamado Lesoj, joven chamán e investigador a punto de publicar una serie de libros sobre el tema, afirma, siguiendo a Graves que, de hecho, “los colores blanco y rojo del atuendo de los obispos aluden a los tonos de la amanita muscaria”. Lesoj llega más lejos al afirmar cuál es el origen del popular Papa Noel de la tundra: “En esa tradición, el chamán entraba por la chimenea vestido de blanco y rojo, y dejaba un trozo de la amanita, que secaba en los calcetines. Ese era el regalo que traía felicidad en la festividad del solsticio”.

Pipa de la paz

Las crónicas que nos han llegado de los indios norteamericanos hablan del uso sagrado del tabaco o la marihuana: ese era el cometido de la mítica “pipa de la paz” que hemos visto en las películas. Una ceremonia ritual, hoy recuperada entre los modernos chamanes, con un artefacto consagrado (la pipa) y una sustancia psicoactiva (el propio tabaco o el cannabis). En la India, a donde muchos hippies occidentales llegaron en su propia búsqueda, los “yoguis”, además de dejarse el cabello larguísimo, conectan con lo intangible mientras fuman interminables pipas de marihuana o xilu… Su uso está completamente asumido por la sociedad y el Estado, para quienes el número de renunciantes habla de la potencia espiritual del país.

Una de las cosas por las que se recuerda al movimiento hippie es por su uso de las “plantas de poder”. La antigua colonia española de California es, geográficamente, una península compartida por los estados norteamericano y mexicano. Así que no es de extrañar que los primeros hippies llegados allí tomaran contacto con las tribus indias, pues los rumores hablaban de que conservaban un poderoso secreto en sus desiertos: el peyote.

Peyote: el hongo sagrado
Todavía hoy en día, los indios huicholes recorren centenares de kilómetros a pie hasta llegar al desierto de Wiricuta, donde crece el mágico cactus que contiene la mescalina, un alcaloide presente también en el cactus columnar San Pedro. Se tiene constancia de que su uso en aquellas tierras ha sido ancestral, pues han sido hallados restos de peyote fosilizados hace 5.000 años en una cueva de Texas.

Como veremos, la ceremonia se repite en otras religiones similares ligadas a la tierra. Después de la toma de la infusión del peyote, de una manera tan ritual como pueda ser la eucaristía cristiana, los feligreses pasarán una noche cantando en un “tipi” o tienda. Los cánticos y danzas crearán un estado fraternal de comunidad en el que aflorarán los sentimientos reprimidos, que serán sanados mediante la energía del grupo y las visiones trascendentes. En algunas etnias mexicanas, como la de los mencionados huicholes, el rito de iniciación al “abuelo”, como se le conoce en el argot, es extensivo a todos los miembros de la tribu. La planta es tan reverenciada que el terreno donde crece es considerado como “lugar sagrado”.

Desde 1918, “el peyotismo” es una religión reconocida por el registro de cultos bajo el nombre de “Iglesia Nativa Americana”. Según recoge Antonio Escohotado en su obra Para una fenomenología de las drogas, en su carta fundacional recalcan que su meta “es proteger y promover la creencia en el Todopoderoso, estimulando la moralidad, la sobriedad, la industriosidad y el correcto vivir mediante un uso sacramental del peyote”. Escohotado asegura que doscientos cincuenta mil indios norteamericanos practican este culto. Actualmente también se está admitiendo a blancos en su seno lo que, a la postre, demuestra el creciente intéres de los occidentales por los ritos con este tipo de sustancias.

Ayahuasca: la liana para viajar al más allá

Acababa de comenzar la década de los 30 y miles de kilómetros al sur, en el estado brasileño de Acre, el Maestro Irineu fundaba la religión del Santo Daime a causa de una revelación mesiánica en la que profetizaba la vuelta de Cristo. Tiempo atrás, había tomado contacto con un curandero peruano que le inició en la ayahuasca, considerada como la planta de poder de varias tribus del Amazonas. Posteriormente, siempre según sus afirmaciones, la virgen de la Concepción le inspiró para sincretizar los ritos indígenas, afros y blancos para crear esta religión cuyo sacramento principal es la toma de “yagé”, la bebida que se obtiene de la destilación de una liana y una hoja conocida como Santo Daime.

El sucesor de Irineu, Sebastián Mota, apodado “El padrino Sebastián”, continuó con la fusión hasta enhebrar una religión que, actualmente, ha sido el motor para la construcción de dos prósperas ciudades en la selva brasileña. Su ritual, que nuestro fallecido director filmó en un viaje junto a J.J. Benítez, es muy similar al descrito por los indios norteamericanos: una ceremonia de adoración a la vida y canalizada a través de unos cánticos que guían a los feligreses mediante el amor y la comunión espiritual. El trance en el que se producen las visiones es inducido por el potente brebaje. Según Lesoj, que ha visitado a chamanes de toda Latinoamérica, los alucinógenos no provocan adicción física: “Es posible que alguien pueda engancharse a la experiencia. Por eso, la naturaleza ha dotado a estas plantas de un mal sabor: para propiciar su uso consciente”.

Una vía diferente que también se está extendiendo por nuestro propio país es el uso terapéutico y expansor de conciencia de la “abuelita”, como se la conoce por la sabiduría que atesora, y su correspondencia con el “abuelo peyote”. Desligados de su componente religioso organizado, el viaje propuesto por organizaciones como Inkarri de chamanismo andino, está más orientado a la búsqueda personal y espiritual del individuo. En este caso la sustancia se utiliza para conectar con el inconsciente, desde el cual nosotros mismos podemos encontrar los motivos que nos impiden progresar espiritualmente y/o descubrir viejos bloqueos. De alguna manera, esta vía seguiría el camino emprendido por el psicólogo transpersonal Stanislav Grof o el propio Timothy Leary con el LSD, que proponían usar la droga de manera consciente al igual que hacían en las culturas primigenias. El citado José López, requerido en Sudamérica y Grecia para realizar este tipo de ceremonias con plantas, afirma que “los occidentales lo utilizamos como un medio de acceder a lo interno, que puede resultar terapéutico, pero el chamán no cura sino que invita a que lo haga uno mismo. Sin embargo en el Amazonas el chamán te ve por dentro y te saca un espíritu, una mala energía. Para mí, lo bueno es utilizarlo como los antiguos egipcios o griegos consumían los hongos psilocibes: para conectarse con otras entidades y potenciar el desarrollo espiritual”. Actualmente y en un contexto más occidentalizado, en Colombia y Perú se usan las propiedades liberadoras del San Pedro y la ayahuasca para desintoxicar del consumo de otras drogas.

Venenos o remedios

Remedio medicinal o elemento usado para la trascendencia, el conocimiento de las plantas ha dado poder a los individuos y a las tribus a las que pertenecen. Por ejemplo, los citados indios jíbaros, famosos por su capacidad de reducir las cabezas de sus enemigos, son ahora reconocidos por sus grandes conocimientos de botánica. Ellos, como sabemos, usan el curare, el potentísimo veneno que lanzaban con su cerbatana. Conocidos ahora por el nombre de su etnia, los Shuar –a caballo entre Ecuador, Colombia y Brasil– son unos de los grupos étnicos que saben del uso psicoactivo de la ayahuasca. Este conocimiento reside en el chamán que, mediante la planta, es capaz de conectar con los “espíritus de la naturaleza” y de otros seres humanos.

El epená: el “veneno” de los yanomamis

Parecidos saberes tienen los yanomamis, que viven en otra salvaje región amazónica situada entre Venezuela y Brasil. Tal es el conocimiento que poseen que el mismo veneno que usan para matar animales de caza y enemigos en la batalla es el que utilizan en las ceremonias mágicas y es propiedad del hekurá.

La toma del psiquedélico epená o yopo es uno de los principales ritos de iniciación que atraviesan los jóvenes yanomamis; así es como se hacen hekurá, una palabra polisémica que tanto vale para denominar “magia” como “espíritu” o “hechicero”. El joven que desea convertirse en hekurá ha de pasar varios días aislado en una choza y tumbado sobre una hamaca. Durante ese periodo no le puede visitar nadie más que el hekurá que le inicia. Además no podrá bañarse ni tocar el suelo con los pies porque entonces los espíritus regresarían a la montaña; ni mantener relaciones con una mujer, ya que dichos espíritus se le aparecerían para reprenderle. Mientras tanto el aspirante consume mucho epená de manos de un ayudante virgen para conseguir las visiones que le convertirán en hechicero. De este modo, va conociendo a los hekurás del tucán, del papagayo, del loro o del armadillo y aprende las palabras mágicas para llamarlos. En las creencias yanomamis, el espíritu de cada animal tiene una propiedad. Los buenos hechiceros, que suelen ser los jefes del poblado, conocen también plantas mágicas que utilizan para cazar.

La toma de psiquedélicos forma parte de los festejos yanomamis: los hombres inhalan polvos alucinógenos vetegales –epená– que les producen visiones durante las fiestas o cuando quieren consultar alguna cuestión de importancia a modo de oráculo. Por lo general, se lo introduce un compañero, soplando a través de un tubo que desemboca en su nariz. Bajo los efectos de esa sustancia realizan danzas en honor a la Luna y al Sol, y efectúan curaciones extrayéndoles el mal del cuerpo, buscando el alma perdida o ahuyentando a los hekurás enemigos. Según el extraordinario relato Yanoamas, de la española Helena Valera, quien vivió durante dos décadas con los indios yanomamis a mediados del siglo pasado, en ocasiones estas fiestas terminan provocando matanzas y desmanes. Por ello, habrá que deducir que también en las culturas antiguas se produce un mal uso de estas plantas.

En todos los continentes
En la India, decenas de himnos del sagrado libro Rig Veda hablan del poder embriagador del soma, la bebida sacramental dedicada al dios Indra. En China, por su parte, los antiguos taoístas usaban la amanita muscaria mezclada con ginseng como elixir de la inmortalidad. Según José López, “los enteógenos te permiten viajar a la velocidad de la luz. Es similar a los viajes de los astronautas: cuando vuelven a la Tierra, el tiempo que ha pasado es diferente al de esta realidad. Ocurre en todos lo cuentos, el héroe que se va a un mundo mágico regresa joven y fuerte, mientras que los demás han desaparecido o están viejos.”
En el África Central, varios grupos étnicos, entre ellos los pigmeos, utilizan el kombé o estrofanto, tanto para cazar elefantes como para matar enemigos. Ese mismo veneno, pero en dosis diferentes, se convierte en elemento psicoactivo para sus rituales sagrados. Los bosquimanos, por su parte, utilizan el veneno de serpiente y del bulbo haemanthus toxicarius. Luis Lewin, profesor de toxicología y autor del libro Los venenos en la historia del mundo, afirma que “la estabilidad de ese veneno es extraordinaria. He examinado flechas traídas del sur de África hace noventa años y tienen el mismo poder que si acabaran de ser fabricadas. Hasta conseguí descubrir ese efecto perturbador de las facultades psíquicas”.

Las crónicas de Herodoto y de algunos papiros egipcios demuestran fehacientemente el conocimiento de estos venenos por parte de esa cultura. Los faraones eran iniciados en el culto del hongo mágico y usaban un alucinógeno conocido como “loto azul”, aunque también empleaban el opio. Es sabido que los sacerdotes egipcios utilizaban compuestos procedentes de las glándulas de arañas, serpientes y escorpiones, y que el faraón Menes ordenó cultivar plantas de poder para estudiar sus efectos. Incluso la propia Cleopatra era conocida por su afición a la toxicología, lo que, en términos modernos y occidentales, la convertiría en una “hechicera”.

En la antigua sociedad vasca, como demostró Julio Caro Baroja en su ensayo Las brujas y su mundo, las denominadas “sorgiñas” dominaban el uso de plantas como el muérdago, la belladona o el beleño. Continuando con la analogía de otras religiones ligadas a la Tierra –y la de las brujas lo era, sin lugar a dudas–, su conocimiento de la botánica podía ser utilizado tanto para conectar con lo trascendente como de manera más perversa…

Y por supuesto, zombis

Muy cercano a estos relatos son los nacidos de la tierra del vudú; y es que en las plantas también se puede hallar la explicación para el fenómeno de los “zombis” haitianos. Diferentes investigadores como el norteamericano Edna Taft llegaron a la conclusión de que el “kingoliola”, que provocaba la parálisis momentánea y hacía creer a los demás que un sujeto estaba muerto, procedía de la “farmacia selvática”. Concretamente, el narcótico se extraía de una planta llamada Tuer-Lever –que significa “matar y levantar”– sólo conocida por los houngans o hechiceros.

Estas sustancias psicoactivas provocan una alteración en la conciencia cuyo origen ha sido ya detectado por los neurólogos. En otras palabras, ya sabemos que “despiertan” facultades dormidas de nuestra psique. Para el biólogo Arnold Mandell, “las drogas psiquedélicas suponen una especie de puente farmacológico hacia la trascendencia, y su efecto sería una disminución descompensada y temporal de la síntesis y/o liberación de serotonina, con la consecuente pérdida de su poder inhibitorio”. De acuerdo a esas investigaciones, las llamadas drogas enteógenas actuarían desinhibiendo la producción de opiáceos de nuestro propio organismo. Para el neurólogo español Francisco J. Rubia, “si estas experiencias fueran más corrientes, tendrían un valor negativo para la supervivencia, pues paralizarían al individuo que las experimenta y no servirían para otra cosa más que para buscar una y otra vez esas sensaciones”. Eso probablemente, fue lo que ocurrió durante los años 60 y 70 del pasado siglo con aquellas generaciones de experimentadores occidentales que entraron en contacto con la droga y explicaría las tremendas consecuencias que se produjeron; las visiones logradas con plantas ajenas a su cultura les alejaron de la realidad que les circundaba.

Stephen Larsen, psicoterapeuta y autor de La puerta del chamán, tras analizar las experiencias con plantas en diferentes culturas de la Tierra, encontró unos procesos comunes en todos ellos. “En lo esencial, un occidental pasa por el mismo proceso arquetípico que un chamán: muerte, desmembración, reconstitución y adquisición de poder por medio de la visión” El problema es que el chamán le otorga al viaje psíquico trascendencia
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