Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
Acaban de cumplirse sesenta años de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Pocos meses antes se había celebrado la Conferencia de Yalta, un montaje preparado por los vencedores para “cerrar” una guerra sangrienta. Lo que no todos saben es que aquello parecía estar planeado mucho tiempo atrás…
El 15 de agosto de 1871, Albert Pike, jefe de operaciones de la sociedad secreta Illuminati en Estados Unidos, envió una carta a su colega europeo, Giuseppe Mazzini. El contenido de la misiva incluía planes para desencadenar tres guerras mundiales, que en su “plan” resultaban necesarias en su camino hacia el nuevo orden mundial. La carta describía con gran precisión los acontecimientos que se producirían posteriormente dentro de su “macroagenda” a escala internacional. Lógicamente, estas coincidencias no deben ser atribuidas a los poderes proféticos de Pike, sino a los agentes que se han encargado de manipular en la sombra los sucesos políticos para hacer realidad dichos planes. Si este terrible conflicto bélico fue predeterminado, es probable que una conferencia como la de Yalta también estuviera prevista para el tramo final de la contienda. Bajo este prisma, su objetivo era analizar los resultados conseguidos y establecer las bases geopolíticas para la tercera fase: conducir el mundo hacia una Tercera Guerra Mundial.
En la Conferencia de Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, se reunieron los tres hombres más poderosos del planeta: Winston Churchill, primer ministro británico, Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos, y Joseph Stalin, el premier soviético. Durante la reunión se trazaron las líneas para dividir Alemania en cuatro zonas de ocupación –americana, francesa, británica y soviética– bajo una comisión unificada de control en Berlín para los juicios por crímenes de guerra, y para realizar un estudio de las reparaciones relevantes. También llegaron al acuerdo de reorganizar el gobierno polaco de Lublin sobre una base más democrática que incluiría miembros del gobierno de Polonia exiliados en Londres. China y Francia fueron invitados para unirse a los “tres grandes” con objeto de patrocinar la conferencia fundacional de las Naciones Unidas, que se celebraría en San Francisco el 25 de abril de 1945. También llegaron a un acuerdo para usar el sistema de veto en las votaciones del Consejo de Seguridad y se planificaron las reuniones futuras de los “tres grandes”, así como la declaración soviética de guerra contra Japón, tres meses después de la rendición de Alemania, a cambio de Sakhalin del Sur, las Islas Kuril y una zona de ocupación en Corea. En el acuerdo secreto, que respetó la distribución de los activos de Japón, también se decidió que el Puerto de Dalian se internacionalizaría, mientras que el Puerto Arthur debería retornar a su estatus anterior a la guerra ruso–japonesa de 1904-1905, convertido de nuevo en una base naval rusa. Por otra parte, los ferrocarriles de Manchuria debían ser administrados conjuntamente por chinos y soviéticos. Además, Estados Unidos y Gran Bretaña acordaron reconocer la autonomía de Mongolia Exterior y admitir a Ucrania y Bielorrusia en las Naciones Unidas como miembros de pleno derecho.
Los acuerdos de Yalta fueron criticados durante mucho tiempo. El estallido de la Guerra Fría y el éxito de Rusia en Europa Oriental fueron, en parte, los causantes de estas críticas en Estados Unidos en contra de la conferencia y, particularmente, contra Roosevelt, que fue acusado de entregar Europa Oriental a la dominación soviética.
La conveniente enfermedad de Roosevelt
Según el periodista británico Andrew Buncombe, del diario The Independent, Franklin D. Roosevelt podría no haber estado en plenitud de facultades mentales durante su reunión con Stalin en Yalta. Este hecho justificaría la comisión de unos errores muy costosos en los acuerdos postbélicos. Han tenido que pasar sesenta años desde la Conferencia de Yalta para que un prestigioso psiquiatra estadounidense revele que la salud del presidente estadounidense motivó que se equivocara en repetidas ocasiones, tanto diplomática como políticamente. Sería el caso de su impotencia para frenar a Stalin en relación con Manchuria y asegurar que Polonia permaneciera libre del control soviético. Parece ser que, por entonces no había leído los documentos más relevantes de sus servicios de inteligencia y de sus asesores, razón por la cual no estaba en condiciones de presentar cara al presidente soviético.
Alen Salerian, ex-psiquiatra consultor del FBI, afirma tener evidencias médicas para probar que Roosevelt estaba mentalmente incapacitado y que no podía procesar la información con rigor y precisión. De hecho, de lo que no hay duda es de la pobre salud física del mandatario norteamericano, que falleció como consecuencia de una hemorragia cerebral apenas dos meses después de la trascendental reunión. En un artículo publicado en la revista norteamericana The Forensic Examiner –“El Investigador Forense”–, el psiquiatra explica que realizó su diagnóstico estudiando documentos e informes antiguos sobre el estado mental del presidente Roosevelt. Tras hacerlo, no tiene ninguna duda acerca de sus conclusiones a pesar de no haber entrevistado al paciente. Y es que Roosevelt, durante el último mandato, sufrió una incapacidad cognitiva como consecuencia de su hipertensión arterial y fallos coronarios: “Su tejido cerebral no recibía suficiente oxígeno y no funcionaba bien, comprometiendo sus capacidades intelectuales y cognitivas”, declaraba el médico a Andrew Buncombe.
Los escritores norteamericanos Jeremy Isaacs y Taylor Downing explican en su libro Guerra Fría que, si bien la Conferencia de Yalta representó un hito en la colaboración durante la Segunda Guerra Mundial, el tiempo acabó por mostrar las fisuras de la Gran Alianza. En un principio, la prioridad de Roosevelt era conseguir un acuerdo sobre la formación de las Naciones Unidas, su gran meta desde 1934, y que la URSS se uniera a EEUU y Gran Bretaña en la guerra contra Japón. Le importaba menos el destino de Europa. Por su parte, Stalin quería establecer unos estados que actuaran de amortiguadores y asegurarse que la Unión Soviética no fuera objetivo de amenazas en el futuro.
Hasta aquí no hay nada que se salga de la versión oficial de los hechos. Es muy probable que el testimonio de Alen Salerian se apoye en datos reales, pero no debemos olvidar que Roosevelt era un masón del grado 33 y, por lo tanto, su papel en la creación de Naciones Unidas fue fundamental como preámbulo hacia el Nuevo Orden Mundial. Hay que mencionar también que, ya antes de la Conferencia de Yalta, Estados Unidos estaba transfiriendo a Rusia, en secreto, alta tecnología, información y material para fabricar la bomba atómica, como explica con todo lujo de detalles George Racey en su libro From Major Jordan’s Diaries. Este hecho convertiría a la Conferencia de Yalta en un enorme fraude con objeto de crear un enemigo poderoso después de la erradicación del fascismo en Europa. Incluso podría pensarse que Roosevelt fue a la misma a pesar de su incapacidad mental, ya que formaba parte de una estrategia bien definida para conducir al mundo hacia la Guerra Fría.
Las tragedias humanas posteriores a Yalta
La noche de 13 al 14 de febrero de 1945, dos días después de la clausura de la Conferencia de Yalta, las fuerzas aéreas británicas y norteamericanas lanzaron el primero de una serie de cinco ataques brutales sobre la ciudad alemana de Dresden. Los británicos emplearon 800 aviones la noche del 13 de febrero, y durante el día 14, la Octava División de la USAF bombardeó la ciudad con otros 400 cazas. No satisfechos con los resultados, continuaron los ataques el 15 de febrero con 200 aviones, el 2 de marzo con más de 400 –que fueron 572 en el asalto final del 17 de abril–. El motivo de estos bombardeos fue facilitar el avance soviético destruyendo un importante centro de comunicaciones en el frente oriental. Sin embargo, lo cierto es que todo este espectáculo de poderío no ayudó militarmente al Ejército Rojo; por el contrario, lo que se hizo fue destruir una de las ciudades más bellas de Europa matando a entre 35.000 y 135.000 hombres, mujeres y niños, la mayoría de ellos volatilizados, probablemente debido al uso ilegal de bombas de fósforo.
La utilización de este arma por parte del gobierno británico en sus ataques contra las ciudades de Alemania, sobretodo en las últimas fases de la guerra, estaba prohibido por las leyes internacionales, ya que su empleo tiene como objetivo exclusivo provocar el terror por su forma de causar las heridas y la muerte. Sirva señalar que el fósforo es una sustancia parecida al napalm, ya que una vez prendido no se puede apagar. A este propósito, el norteamericano Martín Caidin, uno de los expertos en temas científico-militares más prestigiosos del mundo, afirma que cuando una bomba de estas características explota, esparce su contenido indiscriminadamente y, si cae en la ropa, hay que quitársela inmediatamente para evitar quemaduras de primer grado. Si el líquido cae sobre la cabeza, la víctima muere despacio sumida en el horror de la lenta quemadura.
Aunque no hay referencias sobre el uso de fósforo en documentos alemanes de la postguerra, un ex oficial del ejército estadounidense explicó a Caidin que se habían destruido partes de los informes sobre el bombardeo de Hamburgo, también realizado en la primavera de 1945. En esta ocasión, se suprimieron de los registros los nombres de supervivientes a quemaduras por fósforo. Por su parte, el escritor norteamericano Michael Walsh recoge en su libro Witness to History –“Testigo de la historia”– el testimonio de una fuente oficial británica que confirmaba el uso del fósforo “gracias a su capacidad demostrada para bajar la moral de los alemanes”.
Hiroshima y Nagasaki
El 6 de agosto de 1945, menos de seis meses después de la Conferencia de Yalta y bajo el mandato del presidente Harry Truman, Estados Unidos lanzó una bomba atómica contra Hiroshima y, tres días después, otra contra Nagasaki. Unas 200.000 personas murieron en los bombardeos –según algunas fuentes, la cifra total de víctimas pudo alcanzar el medio millón como consecuencia de los efectos radiactivos–. A pesar de las numerosas críticas contra su decisión, Truman la justificó así ante uno de sus opositores: “Nadie esta más perturbado sobre el uso de las bombas atómicas que yo, pero estaba aún más perturbado por el ataque injustificado de los japoneses contra Pearl Harbour y el asesinato de nuestros prisioneros de guerra. El único lenguaje que parecen entender es el de las bombas”.
Para Ralph Raico, auror de Harry S. Truman: La revolución avanza, este argumento es absurdo y no puede convencer a nadie. Es insostenible que se use la brutalidad del ejército japonés como excusa para una represalia indiscriminada contra hombres, mujeres y niños inocentes. El mismo Truman era consciente de ello y, en otras ocasiones, presentaría motivos distintos. En particular, el 9 de agosto de 1945 declaró que el mundo entendería que la primera bomba atómica cayó sobre Hiroshima –“Una base militar”, dijo– para evitar bajas civiles. Lo cierto es que el objetivo fue el centro de la ciudad, no el puerto o las fábricas de la periferia.
No era creíble la consideración de Hiroshima como un importante centro militar o industrial. La urbe había permanecido intacta durante años de bombardeos devastadores en las islas de Japón y nunca figuró en la lista de los 33 objetivos elegidos previamente. Algunos autores sospechan que aquí se deja entrever una mano oculta. A fin de cuentas, y siempre según estos estudiosos, Truman fue el presidente número 33 de EEUU, se marcaron 33 objetivos y la fecha de 6 de agosto de 1945 suma 33. Ya sabemos por otras tragedias políticas examinadas que no estamos frente a casualidades: entre el último día de la Conferencia de Yalta –el 11 de febrero de 1945– y el día del lanzamiento de la bomba atómica el 6 de agosto, eran 218 días después, cifra que suma 11, un número que aseguran tiene mucho que ver con determinados grupos de poder oculto que beben de fuentes esotéricas.
La opinión militar general es que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki fueron necesarios para salvar medio millón de vidas norteamericanas. De nuevo una falacia. Esta cifra dobla el total de bajas estadounidenses en todos los escenarios bélicos de la Segunda Guerra Mundial. Incluso Eisenhower y MacArthur condenaron los bombardeos por bárbaros e innecesarios. La opinión del almirante William Leahy, Jefe del Estado Mayor de Truman, fue clara: “El uso de este arma bárbara en Hiroshima y Nagasaki no nos ayudó en nuestra guerra contra Japón. Mi sentir personal me dice que, al ser los primeros en usarla, adoptamos un estándar ético propio de la Edad Media. No me enseñaron a hacer guerras de esta manera y no se pueden ganarlas matando a mujeres y niños”.
Nazis camino de Estados Unidos
La Segunda Guerra Mundial terminó tras la rendición de Japón en septiembre de 1945. Posteriormente a ello, algunos criminales nazis fueron rescatados de los juicios de Nuremberg para reinstalarlos en EEUU con nuevas identidades. Esta misión, conocida como Operation Paperclip, comenzó en 1946. Durante la misma, los jefes más importantes de la Inteligencia nazi fueron trasladados a Washington por el general Reinhart Gehlen. Las personas clave que habían estado trabajando en los cohetes V1 y V2 en diferentes bases fueron rescatadas junto a trenes repletos de material y planos aeronáuticos para su uso en los programas espaciales estadounidenses. Este “cargamento” fue llevado a la base de Fort Bliss, en donde trabajaba Von Braun y su equipo. Otro criminal rescatado fue Mengele, el monstruo que experimentó con niños y niñas en Auschwitz y que triunfó en las técnicas de control mental en Berlín durante los años veinte del siglo pasado.Poco después, el gobierno norteamericano usaría estas técnicas importadas para desarrollar sus proyectos de control social y mental MK ULTRA y Monarch. Pero esa es otra historia…
ercer Reich que los aliados querían destruir. Si no lo intentaron hasta el 12 y 13 de Enero de 1993 fue porque las dos naves que solían estar estacionadas estaban en una misión. Atacaron la zona con un total de 198 aviones, dieciocho de los cuales fueron abatidos en las primeras tres horas. Van Helsing afirma que un agente iraní le había enseñado unas buenas fotografías de los dos Vril-7, ausentes durante el ataque. Tenían la bandera iraquí pintada en la parte inferior. Otras fotos mostraban a dos Tornados intentando dar caza a un Vril-7.