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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
La aventura vital de Graham Greene es sencillamente apasionante. Ha pasado a la historia como unos de los autores más leídos del siglo XX, pero detrás de títulos como El americano impasible o El tercer hombre se esconde un individuo con una profunda vida interior que llegó a convertirse en espía, eso sí, sin perder un ápice de su sensibilidad e interés por las dudas existenciales y religiosas.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la Guerra Fría entre los colosos estadounidense y soviético generó multitud de historias protagonizadas, en esencia, por espías de ambas facciones ideológicas. Todo ello permitió que aflorara una miríada de títulos literarios donde, de alguna manera, se plasmaba el choque de culturas y religiones en este momento crucial de la historia. Uno de los autores que mejor supo captar las sensaciones del momento fue un tímido y educado británico, el cual escribió decenas de obras sobre el espionaje, la religión y las dudas existenciales como argumentos para narraciones trepidantes y muy asequibles para sus millones de lectores. Esta es su fascinante trayectoria vital…
Greene nació el 2 de octubre de 1904 en Berkhamsted, Hertfordshire (Reino Unido), una hermosa localidad en la que creció y se educó bajo los auspicios de un padre severo que trabajaba como profesor universitario. Estudió en Oxford destacando entre otros alumnos por su porte innegablemente británico: distinguido, alto, rubio y de ojos azules. Tenía, en definitiva, una imagen victoriana que contrastaba con sus temores a una sociedad estricta que, según él, asfixiaba a cualquiera que quisiera buscar más allá de unos límites sociales impuestos desde tiempos anacrónicos.

Una juventud muy audaz
Nuestro personaje quiso experimentar desde muy temprana edad con el peligro, seguramente impulsado por una oculta angustia que le abocaba a sentir que rozaba las fronteras de lo permitido. Según se cuenta, siendo adolescente, ingirió un tubo de analgésicos para comprobar la fortaleza de su salud y hasta dónde podía avanzar la enfermedad. Sus excentricidades le llevaron a probar incluso el riesgo de la ruleta rusa, con “escaso” éxito, dada su longeva vida… Más tarde, Inglaterra se le quedó pequeña y, en 1925, se le pudo ver tocando el organillo por las calles de París para ganar algún dinero. En este periodo se forjó su personalidad atormentada, principalmente por la necesidad acuciante de encontrar respuestas espirituales frente a la insatisfacción que le produjo el anglicanismo.

La conversión de un futuro espía
En 1926 se convirtió al catolicismo al casarse con Vivien Dayrelle, mujer que colmó su felicidad. Ese mismo año –y desde entonces hasta 1929– empezó a trabajar como redactor del prestigioso diario The Times. En ese periodo tocó todas las vertientes periodísticas, aunque, finalmente, se decantó por el noble oficio de crítico cinematográfico, vocación que plasmó en las páginas de la revista The Spectator, donde llegó a ser jefe de las secciones literarias.

En la década de los años treinta del pasado siglo aparecen sus primeras novelas de éxito, ambientadas en geografías exóticas y con personajes que parecen estar dirigidos por condicionantes supraterrenales. Greene habla en sus obras de un mundo en decadencia condenado al caos y cuyos protagonistas resultan muy reconocibles en la sociedad que los albergó.

Viajero incansable que era, entró en contacto durante sus singladuras con diferentes culturas que él entendía todavía virginales; de ese modo, África occidental, México, Haití y Vietnam le influyen hasta tal punto que se transforman en los escenarios donde van a transcurrir sus aventuras.

En 1932 se publica El tren de Estambul, una obra de espionaje también conocida como Orient Express, gracias a la cual obtendrá su primera dosis de popularidad internacional. Más tarde aparecerá El poder y la gloria, publicada en 1940 y ambientada en el México post-revolucionario. El propio Greene afirmó que era su novela favorita. De hecho, se tratará de su título más reconocido y exitoso.

Seducido por el espionaje
Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el escritor se sumergirá en el mundo del espionaje a sueldo del ministerio británico de Asuntos Exteriores. La fascinación de Greene por los espías ya venía de sus años estudiantiles. Según parece, en una ocasión, un profesor le conminó a que delatase el comportamiento de algunos compañeros, lo que le ayudó a modelar profundamente su compleja personalidad.

Entre 1941 y 1944 trabajó a las órdenes de Kin Philby, el mejor agente secreto de su época y el hombre que le enseñó los entresijos del espionaje más sofisticado. El escritor trabajó en Londres, codo con codo, con el famoso doble agente, de quien llegó a hacerse amigo personal. Sin embargo, no existen razones claras para explicar por qué Greene abandonó el oficio de espía, pero debemos suponer que sospechó de las actividades ilícitas de su jefe, que transmitía información privilegiada a la Unión Soviética. Y, en ese sentido, no se debe descartar que Philby le ofreciera engrosar la red de agentes rusos que estaba organizando en el Reino Unido. Según esta hipótesis, Greene prefirió quitarse de en medio a fin de no incurrir en alta traición hacia su país. Aún así, e independientemente del motivo real de su renuncia, Greene manifestó que le aburría un trabajo que consistía en estar encerrado entre cuatro paredes, razón por la cual prefirió la actividad literaria a la del espionaje. Sin embargo, la amistad con el traidor Philby no se apagó nunca. De hecho, años después de escaparse a Moscú, el doble agente escribió una postal a su amigo en la que decía: “A nuestro hombre en La Habana”. Ese detalle bastó para que los dos volvieran a encontrarse en en la capital rusa y para que Greene escribiera el prólogo de su libro My Silent War, publicado en 1968: “Traicionó a su país: sí, tal vez lo hizo, ¿pero, quién de nosotros no ha cometido traición hacia algo o hacía alguien más importante que un país? A los ojos de Philby, él trabajaba para dar forma a las cosas, de tal modo que su propio país se beneficiara. En cualquier caso, los juicios morales están particularmente fuera de lugar en el espionaje”, escribió en ese libro.

Una extensa y documentada obra
Sea como fuere, en este capítulo de su vida, el autor de El tercer hombre, Nuestro hombre en la Habana o El americano impasible, tomó los apuntes necesarios sobre la conducta habitual de los espías. Supo cómo eran, por qué actuaban y las motivaciones que les empujaban a servir a su país de ese modo tan secreto y peculiar. Es aquí cuando se gesta la verdadera actitud literaria de Graham Greene, lo que le pondrá en línea de actualidad junto a otras firmas como las de John Le Carré o Ian Fleming. Por su parte, Greene seguirá utilizando la moralidad que determina el bien y el mal, así como la violencia extrema inherente al ser humano como temas principales para unos libros cada vez más difundidos en el mundo. No podemos olvidar que, al margen de novelas o entretenimientos –como él solía llamar a sus obras de menor envergadura– también se destapó gracias a la elaboración de ensayos como La infancia perdida y otros ensayos (1952) y Ensayos completos (1969), donde analizaba la obra de escritores coetáneos. Asimismo, escribió libros infantiles y obras teatrales como El cuarto de estar o El amante complaciente. Su particular universo se completó con la publicación de dos autobiografías llamadas Una especie de vida (1971) y Vías de escape (1980).

Graham Greene ha sido y es, a nivel mundial, uno de los mayores best-seller literarios; todavía hoy, más de cien años después de su nacimiento, sus obras se siguen vendiendo.

Inconformista, espiritual, violento y caótico, se instaló en 1966 en la riviera francesa para dedicarse por entero a su pasión viajera. La muerte le visitó en 1991 cuando se encontraba en Vevey, Suiza. Sus obras se llevaron con frecuencia al cine, proyectando aún más, si cabe, la figura enigmática de éste hombre inquieto por el mundo que le rodeaba. Y es que como él mismo dijo en una de sus célebres frases, “ser humano es también un deber”.
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