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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
“A las ocho menos veinte, hora local, el profesor Farrell, del Observatorio de Mount Jennings, de Chicago, Illinois, comunicaba haber observado varias explosiones de gases incandescentes producidas a intervalos regulares en el planeta Marte ”.
Así empezaba la emisión radiofónica. Nunca antes se había retransmitido un acontecimiento fantasioso de esa manera. Nunca antes la gente había tenido la sensación de que una invasión extraterrestre era tan viable y tan cercana… Y lo que son las serendipias, un Wells –Herbert George– escribe La guerra de los mundos y un Welles –Orson– la adapta y difunde el argumento a través de una importante cadena de emisoras americana, bajo el título –para las ondas– de El fin del mundo. Fue un 31 de octubre de 1938, víspera de Halloween, cuando a Orson Welles se le ocurrió dramatizar la famosa novela The war of the worlds ambientándola en los EEUU. La emisión fue tan realista que produjo desde los primeros minutos escalofríos, interrumpida por falsos boletines de información dando noticias de la lucha contra los invasores extraterrestres, incluida una declaración tranquilizadora de la situación por parte de un ministro. Una oleada de tensión y pánico invadió a los oyentes, algunos de los cuales cogieron el coche para huir despavoridos de la ciudad, y otros se intentaron suicidar antes que caer en manos de los “sanguinarios marcianos” que no veían por ninguna parte, pero que intuían en cada esquina de sus casas. La pesadilla duró 50 minutos…
Los sociólogos vieron un claro ejemplo de cómo se pueden movilizar las masas sin que exista una causa objetiva gracias a la psicosis colectiva, y los psiquiatras comprobaron que la mente humana es sugestionable hasta el infinito. Pero no se puede culpar a Orson Welles de imprudente. De hecho, en la presentación del programa se indicaba claramente que se trataba de una adaptación de la novela de H. G. Wells. Además, las dramatizaciones de algunas escenas estaban entremezcladas con flashes y anuncios –aunque muy breves– recordando el título del programa que se estaba emitiendo. Pero al final todo dio igual. La histeria se había adueñado de algunos oyentes que habían tomado la calle intentando vislumbrar flotas de naves alienígenas y lo demás lo hizo su propio miedo: huidas desesperadas, accidentes de coches, gritos, carreras, taquicardias, contusiones, soponcios, angustias…
Uno de los que mejor ha mostrado y recreado esos momentos tensos y sublimes es el escritor Patrick Moore, quien en su obra Ciencia y ficción, publicada en 1957, nos da cuenta de la investigación que realizó: “He conseguido reunir muchos periódicos americanos y británicos del día siguiente, 1 de noviembre y, después de veinte años, resultan de amena lectura. El pánico es divertido cuando se le echa una mirada retrospectiva, pero no lo es cuando está produciéndose, porque, si bien parece que no hubo ningún muerto, los brazos y piernas rotos fueron muchos, y los daños materiales considerables. En Concrete, estado de Washington, se apagaron todas las luces en el momento preciso en que anunciaba la radio que ‘los marcianos, en manadas, estaban hollando el suelo de los Estados Unidos’; sus habitantes aterrorizados, creyeron llegada su última hora; las mujeres se desmayaban, los niños lloraban y los hombres se prepararon para echarse al monte con sus familiares y todo cuanto pudiesen llevar. En Harlem, el barrio negro de Nueva York, centenares de personas se pasaron la noche en las calles rezando, mientras que otras se atrincheraban en sus casas”.

Consecuencias de una posible invasión
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto, aparte de que los marcianitos eran muy malos? Siguiendo a Moore, la primera es que no se puede acusar a los productores más que de un error de apreciación. El anuncio inicial indicaba claramente que el programa era ficticio, así que la mayoría de los oyentes que se dejaron dominar por el pánico fueron los que sintonizaron la emisión una vez empezada. La segunda conclusión es la prueba fehaciente de que pueden ser vistos y oídos objetos y seres inexistentes por personas emocionalmente inestables. Algunos afirmaban haber sido testigos directos del avistamiento de platillos volantes y otros nada menos que de zeppelines alemanes. En tercer lugar, si realmente ocurriera una auténtica invasión procedente de otro mundo encontraría a la humanidad en mantillas, mal preparada para realizar su defensa. Se puede decir que habría más víctimas causadas por el pánico que por las armas marcianas, así que podemos dar gracias de que no sea verosímil ataque tal por la cuenta que nos tiene, incluso en pleno siglo XXI.

No cabe duda de que esta emisión, aparte de provocar unas cuantas demandas por daños materiales contra la compañía de radiodifusión, los productores y hasta contra los actores, reavivó el interés de algunos editores por la ciencia-ficción. Vieron que tenía un efecto mayor del esperado. A partir de ese año se multiplican las revistas especializadas y su número limitado a tres desde hacía varios años pasa a una veintena en el trascurso de tres años. En los tiempos de gloria del pulp uno de los editores, Campbell Black, pedía a los colaboradores: “Escribidme un cuento sobre un organismo que piense tan bien como un hombre, pero no como un hombre”, y parece que fue Stanley G. Weinbaum el único capaz de satisfacer sus deseos creando varios alienígenas con personalidad propia y no a los monstruos verdes y babeantes que pululaban en las revistas de la época.

Efectivamente, muchas cosas pasaron a partir de la emisión radiofónica de 1938, entre ellas que la ficción adquiriera el rango de género literario. En 1953 se estrenó la película de Byron Haskin La guerra de los mundos, que muchos aficionados ya estaban esperando, aterrorizando una cuarta parte de lo que consiguió el famoso programa de radio, lo que no fue óbice para que obtuviera un Oscar a los mejores efectos especiales. Y en el 2005 Spielberg hace una nueva versión de la novela de Wells, apartándose así de su línea anterior en la que mostraba extraterrestres bonachones que venían a este planeta para ayudarnos y no para comernos.

Las otras invasiones
Si bien la invasión extraterrestre de La guerra de los mundos y su consiguiente amenaza a la Tierra es la más divulgada y popular, en la historia de la ciencia-ficción hay otras invasiones a cual más terrorífica y demoledora, que fueron secuelas de la novela de Wells con mejor o peor fortuna. Ha sido un tema tan atractivo que autores consagrados como Silverberg, Brian Aldiss, Van Vogt, Robert Heinlein o Theodor Sturgeon no han querido sustraerse a esta influencia y han aportado su granito de arena en su afán de aterirnos con argumentos truculentos. Lo que variaba era el planeta de procedencia, el aspecto físico de los alienígenas y la manera de invadirnos, así como la forma de contrarrestar sus ataques. En 1931 el alemán Friedrich Freksa publica Druso, que cuenta la historia de un planeta errante llamado como el título de la novela, habitado por insectos inteligentes que acaban reduciendo a la humanidad a la esclavitud más vergonzosa. Esa era la constante. Menos mal que estos bichos siempre tenían un punto débil por donde podíamos neutralizar sus terribles armas, como en el caso de la película Señales (2002), en la que, tras mostrarnos estos invasores de celuloide que su tecnología es capaz de casi todo, lo cual origina un cierto desaliento en Mel Gibson, al final esta “raza superior” es derrotada por el mero contacto con el agua, y eso que no era bendita… En La guerra de los mundos, después de que los marcianos hayan sembrado el caos y la destrucción a nuestro atribulado planeta, perecen aniquilados por un virus inofensivo para la especie humana, pero mortal de necesidad para el metabolismo de los invasores.

El desenlace a estas trasgresiones suele saldarse a favor de los humanos, machacando a los alienígenas con las armas más peregrinas, originales y rocambolescas que se puedan imaginar. Aunque no siempre es así. El escritor Nat Schachner se desmarca de sus predecesores y nos muestra un final diferente. Publica en junio de 1939 When the future dies, en el que plantea la invasión de la Tierra por unos seres extraterrestres que están a punto de ganar la batalla contra el hombre hasta que apareció el Will Smith de turno, esta vez en forma de inventor que construye una máquina capaz de ir al futuro para pedir a nuestros descendientes una superarma que permita vencer a los invasores. Cuando el inventor llega allí se lleva una sorpresa… se da cuenta con horror que no hay futuro para el hombre, pues los extraterrestres han vencido en esta época.

Lo cierto es que la década de los 50 fue muy fructífera en cuanto a invasiones extraterrestres en novelas y en películas cinematográficas. Muchas eran una metáfora sobre lo que estaba pasando en esos años: la Guerra Fría, los espías infiltrados y el enemigo soviético invisible, y así se dejaba entrever en el argumento de Invasores de Marte, La Cosa o La invasión de los ladrones de cuerpos. Lo que no sabemos es si todos captaron el mensaje…
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