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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
Criaturas monstruosas, barcos fantasma, bases submarinas y una variada casuística de fenómenos paranormales tienen como escenario el mundo ignorado del océano. ¿Se trata sólo de leyendas surgidas de la fantasía o existen razones sólidas para pensar que estamos ante una realidad tan inquietante como desconocida?
En enero de 2003, las autoridades marítimas de Australia avistaron el pesquero taiwanés High Aime 6, flotando a la deriva. En el interior no descubrieron ningún rastro de la tripulación ni indicios de violencia. No habían sido víctimas de piratas que los arrojaran al agua, porque la carga se halló intacta en sus bodegas. Como el barco estaba en condiciones de navegar y el motor funcionaba, también debió descartarse que fuese abandonado ante un peligro de hundimiento inminente. Los expertos no consiguieron el mínimo indicio para desvelar el misterio.

La historia del mar está llena de casos similares, que han convertido a los llamados «barcos fantasma» en un tema conocido por el gran público y en un tópico del género de aventuras. Pero esta denominación del fenómeno se presta a confusión. Dichos navíos están debidamente identificados y registrados: son reales. El misterio consiste en que, en cierto momento, se pierde la comunicación y parecen esfumarse, hasta que reaparecen semanas, meses o años después, pero sin rastro de sus ocupantes.

Para solucionar este enigma se han imaginado los escenarios más dispares. El examen de los expertos nos indica que, en numerosas ocasiones, la tripulación pudo hacerse al mar en botes y desaparecer ahogada en medio de una tormenta, ante el temor de naufragar por una avería o una vía de agua que, al final, no provocó el temido hundimiento. Parte de esta casuística también puede deberse a actividades delictivas.

Sin embargo, estas causas «naturales» no pueden explicar algunos casos, que han dado pie a otro tipo de teorías más audaces, como el secuestro de los marinos perdidos por parte de extraterrestres, la existencia de puertas a otras dimensiones u otras anomalías. Sobre todo en aquellas regiones del mar donde se concentran las misteriosas desapariciones.

En muchas hipótesis, la denominación «barcos fantasma» parece ajustarse más a otra fenomenología: las naves malditas –probablemente hundidas o simplemente legendarias–, que supuestamente reaparecen una y otra vez ante los ojos de los marineros en todos los mares del mundo, antes de volver a desvanecerse. Este es caso de El holandés errante, cuyo capitán habría invocado al Diablo para tener éxito en un viaje temerario, desapareciendo en medio de una tormenta.

El espectro de este navío –como el de otras embarcaciones míticas– ha sido avistado por numerosas tripulaciones y debe clasificarse entre los fenómenos paranormales asociados al mar, como también sucede con «el marino fantasma» que auxilia a los navegantes solitarios en momentos de peligro.

Un mundo ignorado

Las aguas cubren 360 millones de km2 : el 70% de la extensión total de la Tierra. En los fondos más profundos la distancia con la superficie alcanza los 11 km, superando en 3 km la altura del pico más alto del planeta, e incluso la altitud de vuelo normal en la aviación comercial. Más allá de algunas inmersiones muy locales, sobre todo en la plataforma continental –a menos de 200 m de profundidad–, el océano constituye un ámbito inexplorado y desconocido.

En realidad sabemos menos de este mundo que de la Luna y Marte, que hemos podido fotografiar, cartografiar y estudiar mediante vehículos robot. Nunca hemos puesto un sumergible en el fondo del océano y tampoco estaremos en condiciones de hacerlo durante muchos años.

La situación del investigador que desciende bajo el mar es comparable a la de un observador que intentara estudiar la Tierra, empleando un avión que vuela a 10.000 m de altura y acercándose a su objetivo suspendido de un cable de sólo 100 o 200 m de longitud. En esas condiciones, rodeado por una espesa niebla que sólo puede iluminar en un radio de 5 metros y penetrar hasta unos 15 m con sus reflectores, no advertiría que está suspendido sobre Nueva York, aunque la tuviese a sus pies, ni podría detectar objetos a pocas decenas de metros.

A la soledad del barco en este medio cambiante y especialmente sensible a las condiciones atmosféricas, se suma la conciencia de desplazarse flotando sobre esos abismos ignorados. Como consecuencia, el hombre de mar se ve inmerso en una situación física propensa a visiones, espejismos y estados alterados de conciencia.

Pero nada de esto significa que todos los casos misteriosos puedan explicarse como ilusiones o que carezcan de base real. La evidencia material demuestra que, en muchas ocasiones, estamos ante hechos físicos objetivos, detectados y registrados, independientemente de cómo se interpreten y de la naturaleza que se les atribuya.

Fenómenos inexplicados
Entre 2002 y 2004, por ejemplo, llamaron poderosamente la atención unos sonidos intensos detectados en el fondo marino del norte de Mallorca por buceadores expertos, con años de experiencia como profesores de submarinismo. A pesar de sus esfuerzos no pudieron identificar ninguna causa natural conocida para explicarse ese intenso ruido anómalo.

Un año más tarde, pescadores submarinos fueron testigos del mismo fenómeno, sólo que el sonido era sensiblemente más intenso que en 2003. Según la Federación Balear de Actividades Subacuáticas, los sonidos se escuchaban entre las 11 y las 13 horas en una zona muy amplia. La Conselleria de Agricultura del gobierno balear comunicó que investigaría el caso.

Pedro Amorós, de la Sociedad Española de Ivnestigaciones Parapsicológicas, se inclinó por una causa natural –provendrían de una explotación minera–, pero admitió que una respuesta más segura requería profundizar más en las investigaciones. El enigma fue asimismo abordado por la ciencia oficial, a través del Institut Mediterrani d’ Estudios Avançats (IMADEA), que en 2003 instaló un micrófono, especialmente diseñado para ese fin por el Departamento de Matemáticas e Informática de la Universidad Balear.

Jesús Castro, coordinador de un grupo de investigación de la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP), declaró: «todas las posibilidades están abiertas, desde un volcán submarino y el movimiento de placas tectónicas hasta la existencia de una base de OSNI». Esta última posibilidad se basa en que esta zona afectada por los enigmáticos sonidos se ha caracterizado por la cantidad de avistamientos OVNI. En diciembre de 1978, por ejemplo, el periodista balear Francisco Ruitort afirmó que vio evolucionar a varios OVNIs sobre una enorme plataforma metálica emergida del agua. A este y otros testimonios se añaden fotos de No Identificados captados en esta amplia zona del Mediterráneo occidental y casos tan extraños como el de un pesquero que fue arrastrado varios kilómetros por un objeto submarino ante las costas murcianas en 1966.

Son numerosos los ufólogos convencidos de que puede haber una base submarina en las proximidades de Baleares y zonas adyacentes. Según sostiene Antonio Ribera en su libro Los doce triángulos de la muerte, allí se producirían fenómenos similares a los que tienen lugar en el famoso triángulo de las Bermudas, con alteraciones magnéticas. Éstas podrían provocar diversas anomalías, afectando la orientación de los seres vivos y de los equipos eléctricos.

En principio, la hipótesis de que podrían existir instalaciones de una civilización ignorada bajo el mar siempre es recibida con mucho escepticismo y descartada sin ningún examen por fantasiosa. Sin embargo, no sólo hay razones válidas para admitirla como factible, sino que la actitud apropiada desde una perspectiva científica es estudiar los hechos sin prejuicios que condicionen las teorías elaboradas para explicarlos.

Y los hechos están ahí. Por un lado, hay una amplia casuística OVNI, con numerosos avistamientos de No Identificados que emergen del mar o que se sumergen en éste (ver recuadro). Aunque se trata del medio menos observado, el 50% de los avistamientos OVNI se producen sobre el mar y desde la costa. Por otro lado, es difícil concebir un lugar más idóneo para que una civilización superior mantenga una presencia permanente sin ser detectada, aparte de que la mayor parte de los recursos minerales y biológicos del planeta se encuentran en los océanos, donde no han sido objeto de explotación.

Finalmente, la mayor parte de esta actividad se registra asociada a una veintena de áreas marítimas, entre las cuales se encuentran el Mediterráneo, el mar de Noruega y el Báltico, entre otras zonas. No faltan testimonios de militares, ni las detecciones de objetos de decenas de metros por el radar-sonar de algunos navíos de guerra, ni personas que sostienen haber visto internarse en tierra a seres extraños surgidos del océano (AÑO/CERO, 67).

Charles Fort, el gran pionero de la investigación científica de los sucesos insólitos, recogió decenas de casos de avistamientos de No Identificados en el mar, muy anteriores a la llamada «era moderna del fenómeno OVNI». Tripulaciones enteras, entre otras la del bergantín «Victoria» en 1845, fueron testigos oculares de cómo emergían del agua, a sólo 1 km de distancia, enormes objetos luminosos.

En aquellos días los marinos no podían estar sugestionados por «los platillos volantes» ni por la teoría de la existencia de bases submarinas. Sin embargo, describieron a esos cuerpos que salían del mar como esféricos y de mayor tamaño que la luna.

No cabe duda de que cualquier cultura que dispusiera de la tecnología avanzada necesaria eligiría localizar sus bases en este medio, desde el cual estaría en condiciones de realizar incursiones discretas sobre la tierra firme y de retirarse, desapareciendo repentinamente en el caso de que su presencia fuera detectada. La idea de construir hábitats submarinos no constituye ningún despropósito y también se ha abierto camino como un proyecto de futuro viable en nuestra cultura humana.

La preguntas que plantea esta casuística (ver recuadro) no son triviales. ¿Podrían deberse muchos de los extraños fenómenos característicos del mar a la actividad inteligente de una cultura desconocida que se hubiese instalado en este medio? ¿Podrían obedecer algunos efectos observados a su voluntad de experimentar, incidir sutilmente en los sistemas de creencias o a otros objetivos tácticos y estratégicos que no sospechamos?

Navíos «animados»

El monstruo que Verne imaginó en su novela 20.000 leguas de viaje submarino, era en realidad el Nautilus del capitán Nemo. Una tecnología sofisticada estaría en condiciones de poner en marcha muchas de las situaciones misteriosas que se asocian al mar: motores que se encienden o se apagan solos y sin causa aparente, embarcaciones que se deslizan como si fuesen arrastradas por una fuerza invisible, zonas muertas en las cuales el tiempo se detiene, así como proyectar todo tipo de visiones espectrales, como sucedió en marzo de 1884 con los cargueros Frigorifique y Runney, a pocas horas del puerto de La Rochelle.

El Frigorifique fue embestido por el Runney en medio de la bruma, se escoró por estribor y el capitán Lambert ordenó su evacuación después de apagar los motores. Él y su tripulación fueron rescatados por el Runney. Dos millas después, el capitán John Turney detectó la presencia de una embarcación que navegaba en paralelo al Runney. Y de pronto, el Frigorifique emergió de la niebla con los motores a toda marcha y se lanzó contra el barco.

Turney consiguió esquivarlo, pero no podía creer lo que estaba pasando y consultó a Lambert sobre la posible existencia de un navío muy similar al Frigorifique. No obstante, en ese momento éste era único en su género de barco-refrigerador y, además, el capitán Lambert lo conocía muy bien y lo identificó sin ninguna duda: se trataba del Frigorifique.

Pero, ¿quién o qué encendió sus motores apagados y lo lanzó a toda máquina a la caza del Runney? La persecución se prolongó y, después de varias embestidas esquivadas por las hábiles maniobras del Runney, finalmente se produjo la colisión. Las dos tripulaciones acabaron en chalupas y ambos navíos hundidos.

La realidad inexplicada

Durante mucho tiempo se atribuyeron los testimonios de encuentros con criaturas monstruosas a la fantasía de los marinos, a pesar de que en algunos casos se aportaron evidencias físicas de la existencia de calamares gigantes que se ajustaban a la descripción de muchas «bestias del mar». Sin embargo, los propios descubrimientos científicos han acabado con este escepticismo. En estos momentos, un grupo de científicos españoles desarrolla el «Proyecto Kraken» en Canarias, con el objetivo de documentar la existencia de una población de estos calamares.

Lo mismo sucede con las «islas fantasma» que aparecen y desaparecen, como San Borondón, en aguas canarias. El fenómeno de una isla nueva que emerge entera del mar en pocas horas por efecto de la actividad volcánica ha sido observado más de una vez. No hay motivos para descartar el caso inverso de una desaparición repentina, como consecuencia de un hundimiento causado por la dinámica tectónica de los fondos marinos. Sobre un mecanismo geológico impecablemente natural como éste pudo consolidarse la leyenda de «la isla fantasma».

Cuando lo real es insólito

Un antiguo relato que describiera a una ciudad de pronto nacida del mar, o devuelta por éste después de haberla sumergido mil años antes, sería clasificado como un mito. Sin embargo, el tsunami que asoló Oriente en 2004 produjo la repentina reaparición de la ciudad santa de Mahabalipuram (India), que había desaparecido bajo las aguas hace 1200 años (AÑO/CERO 177).

Nunca es aconsejable descartar que lo insólito sea físicamente real. Al contrario, la propia aventura del conocimiento nos invita a considerar la probabilidad de que la idea aparentemente más fantasiosa sea la correcta. Como dijo el gran físico Max Planck a un estudiante: «La cuestión no es si su idea es disparatada, sino en saber si es lo bastante disparatada como para tener una posibilidad de ser verdadera».
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