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Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
Muertes violentas, libertinaje y crueldad jalonan la crónica del trono pontificio. Extractamos algunos casos del libro Historia negra de los papas (Ed. Espejo de Tinta), en el cual su autor desarrolla en detalle, situándolos en su contexto, éstos y otros crímenes abominables cometidos por algunos «Santos Padres», desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días.
Tras la conversión de Constantino y la adopción del cristianismo como religión oficial del Imperio en el 312, los papas se convirtieron en personajes con creciente poder, no sólo en el terreno espiritual. El caso de Dámaso y su rival Ursino es un buen ejemplo de ello.
• Aunque nació en Roma en el año 302, se considera a Dámaso como el primer papa español. Fue elegido el 10 de octubre del año 366, con el apoyo de buena parte del clero. Sin embargo, un diácono llamado Ursino logró convencer al obispo de Tívoli para que le ordenase a él como obispo de Roma. Con dos papas reclamando para sí la autoridad pontificia, el clero y los fieles se dividieron en bandos enfrentados.

El choque más sangriento se produjo cuando los seguidores de Dámaso acorralaron a los partidarios de su rival en el interior de la iglesia de Santa María la Mayor y, tras derribar las puertas, emprendieron una masacre: 137 seguidores de Ursino fueron asesinados. Así dirimieron quién era el titular del trono sagrado. El emperador Valentiniano reconoció a Dámaso y Ursino fue desterrado.

l En el siglo VIII, un funcionario eclesiástico llamado Cristóforo inventaría la famosa Donación de Constantino, según la cual el emperador romano habría otorgado al papa Silvestre «los palacios, la Ciudad de Roma, y todas las provincias, plazas y ciudades de Italia y de las regiones del Occidente». Tras este espléndido regalo, el emperador se habría trasladado a Constantinopla, ya que «no estaba bien que un monarca terreno compartiera la sede sagrada del sucesor de Pedro».

Aquella enorme patraña puso la piedra angular de los Estados Pontificios y, sobre todo, brindó una supuesta legitimidad al poder temporal del papado. Y con la llegada del poder temporal, las luchas, los asesinatos y las conspiraciones se convirtieron en rutinas eclesiásticas…
l Pocos años después, con el cadáver del papa Paulo I –sucesor de Esteban II– todavía caliente, el duque italiano Toto de Nepi pensó que no había nadie mejor que su hermano Constantino para ocupar el trono vacante, aunque no era clérigo. Toto consiguió que tres obispos le ordenaran clérigo, subdiácono, diácono, sacerdote, obispo y Papa en el mismo día. Todo un récord digno de entrar en el Libro Guinness. Con ese curriculum tan acelerado, se convirtió en Constantino II. Finalmente, en el año 768, un grupo de una facción contraria, comandado por un tal Cristóbal, le encerró en un convento tras arrancarle los ojos.

l Su sucesor Filipo no tuvo mejor suerte. Si Constantino tuvo el récord en acumular todas las ordenaciones sacerdotales en un sólo día, Filipo se transformó en papa por un día. Coronado el 31 de julio del año 768, sería depuesto sólo unas horas después.

Afortunadamente para él, y a diferencia de Constantino II, Filipo tuvo la suficiente cabeza como para no oponerse a su destitución –lo que le sirvió para conservar los ojos en su sitio– y regresó a su tranquilo retiro en el convento de San Vito. Ya sin molestos pretendientes al trono de San Pedro, una facción afín a los francos pudo escoger a su propio papa: Esteban III.

La maldición del poder

l El nombre de Esteban parece heredar la maldición del poder. Nueve papas con este nombre tuvieron pontificados terribles. El primer Esteban (254-257) murió decapitado mientras oficiaba misa. Esteban II (752) sólo permaneció en el trono cuatro días, antes de fallecer repentinamente, hasta el punto de que no fue registrado como sumo pontífice. El siguiente, también coronado con el nombre de Esteban II, (752-757), tuvo un reinado fugaz de cinco años. Lo mismo ocurrió con Esteban III (768-772) y Esteban IV (816), que rigieron los destinos de la Iglesia durante cuatro años y siete meses respectivamente. Esteban VI fue nombrado en mayo de 896, depuesto en agosto del año siguiente y encarcelado. Acabaría sus días estrangulado en prisión, como su sucesor Esteban VII (897). Esteban VIII también fue asesinado, después de tres años de mandato.

l Pero la maldición venía de lejos y no sólo afectó a los Esteban. A finales del siglo VIII, después de la muerte del papa Adriano I, Roma había escogido nuevo pontífice y al día siguiente León III ya disfrutaba de la tiara. El nuevo Vicario de Cristo se apresuró en agradar a Carlomagno, enviándole una misiva acompañada por la enseña de Roma y las llaves de la tumba de San Pedro.

Aquel gesto de sumisión no agradó nada a los sobrinos del anterior pontífice, que estuvieron a punto de sacarle los ojos durante una procesión. Ante el intento de magnicidio, León acudió en busca de la ayuda de Carlomagno, como antes Esteban había pedido la de Pipino. El rey franco aceptó aquella llamada de auxilio y escoltó al papa hasta Roma. Un mes después, el día de Navidad del año 800, León III le devolvía el favor y coronaba emperador a Carlomagno, iniciándose el Sacro Imperio Romano.

l Con la muerte del papa Nicolás I el Magno (858-867), el pontificado entra en uno de sus periodos más dramáticos. El Imperio dominado por Carlomagno se había desgajado tras su fallecimiento, al repartirse entre sus ambiciosos vástagos. De este modo, la Iglesia y el Papado quedaron indefensos, sin un poder imperial claro que pueda defender sus intereses.

Durante un siglo los papas quedaron a merced de las grandes familias romanas, que se disputaban el control de la Ciudad Eterna y sus aledaños. A lo largo de estos años, no fueron más que simples títeres en manos de dichos nobles, y ocuparon el trono de San Pedro algunos de los personajes más indignos que uno podría imaginar. En esta época, buena parte de los papas desaparecieron de escena vilmente asesinados por sus sucesores y otros fueron ejecutados por levantamientos populares.

l Juan VIII (872-882), se vio envuelto en la peor de las traiciones, ya que se convirtió en víctima de la conspiración urdida por su propia familia con la intención de eliminarle. Según recogen los Anales de Fulda, fue envenenado por los de su misma sangre. Como colofón, los asesinos no calcularon bien la dosis de veneno correcta y, como la muerte se demoraba, decidieron acabar la faena a martillazo limpio…
l A finales del siglo IX la situación de Italia y Europa era la de un polvorín a punto de estallar. En esta delicada coyuntura llegó el papa Formoso al trono de San Pedro en el año 891. Sin embargo, con la tiara Formoso heredó también los problemas de su antecesor…
El papa Esteban V se había visto amenazado por el empuje musulmán. Pidió ayuda a todos los príncipes de la Cristiandad, pero sólo un noble, Guido de Spoleto, acudió en su ayuda. Muy a pesar suyo, Esteban V se vio en la obligación de coronar emperador al noble de Spoleto como muestra de agradecimiento. Cuando varios años más tarde Formoso se alzó en el trono pontificio, Guido acudió a él para que renovase su coronación y, de paso, asegurar la sucesión en su hijo Lamberto.

Formoso, al igual que le había ocurrido a su antecesor, se vio obligado a colocar la corona sobre la cabeza de los Spoleto. A pesar de ello, Guido terminó invadiendo los Estados Pontificios y se apoderó de buena parte del patrimonio de la Iglesia.

Fue entonces cuando Formoso decidió pedir ayuda a Arnulfo de Baviera, quien llegó desde Germania y derrotó a Guido, que murió en el fragor de la batalla en el año 894. Su viuda, Agiltrudis, se hizo fuerte en Roma, pero tampoco pudo resistir durante mucho tiempo y sucumbió igualmente a las tropas de Arnulfo dos años después. En agradecimiento, Formoso coronó emperador al guerrero germano. Poco después de la marcha del nuevo emperador a su patria, el 4 de abril del año 896 el trono vaticano quedaba vacante de nuevo. Formoso había fallecido.

El Sínodo del Cadáver

Tras la muerte de Formoso el escogido para sucederle es Bonifacio VI, un sacerdote que según las crónicas resultaba a todas luces indigno de ocupar el puesto. Pero el destino no le ofreció la oportunidad de cometer un solo error, ya que la muerte le alcanzó a los quince días de ser elegido papa.

Después de este brevísimo paréntesis, el relevo fue recogido por Esteban VI, quien decidió borrar para siempre el recuerdo de su antecesor: ordenó que el cadáver de Formoso fuera exhumado para someterlo a un juicio sumarísimo por sus pecados. El cuerpo se encontraba en avanzado estado de putrefacción. Pero eso no supuso ningún impedimento para que fuera sentado ante el tribunal y atado a la silla, pues se escurría continuamente del asiento.

Las crónicas cuentan que el cadáver exhalaba un terrible hedor que revolvía las entrañas de los presentes, y su cráneo, prácticamente descarnado, miraba con las cuencas vacías a sus acusadores. Así comenzó el «Concilio Cadavérico».

Como era previsible, el cadáver fue declarado culpable. No contentos con el escarnio al que le habían sometido con el juicio, le cortaron los tres dedos que utilizaba para bendecir y le arrastraron por el palacio. Después tiraron su cuerpo a una fosa común. Más tarde acabó en las aguas del Tíber.

Pero aquel brutal comportamiento tendría consecuencias. Coincidiendo con el momento en el que los restos de Formoso fueron arrojados al Tíber, la Basílica de Letrán, que cumplía también las funciones de residencia papal, se desmoronó. Aquello fue interpretado como una señal de enfado divino por los romanos. Meses después de la celebración del Concilio Cadavérico, una multitud depuso al pontífice y muy poco después Esteban VI moría asesinado en prisión por estrangulamiento.

l En el mes de julio de 903, la Cristiandad disfrutó de la consagración de un nuevo Papa, que tomó el nombre de León V. Pero este pobre hombre no dispuso de ocasión para demostrar su valía como pontífice, ya que apenas dos meses después, en septiembre, fue encarcelado por un usurpador, el presbítero de la iglesia de San Dámaso, que se autocoronó con el nombre de Cristóbal.

Lo que no podía imaginar este último era que, sólo cinco meses después, él también acabaría con sus huesos en prisión, acompañando a León. Ambos serían degollados por el siguiente papa: Sergio III. En el año 904, éste hizo encerrar al antipapa Cristóbal junto a legítimo Príncipe de los Apóstoles, León V. Después celebró un juicio, los declaró antipapas y ordenó que fueran los dos ejecutados, cortándoles el cuello.

Sergio posee el dudoso honor de haber iniciado una etapa papal que el cardenal de Cremona bautizó como pornocracia. Dicho término alude al hecho de que durante este periodo los sucesores de Pedro resultaron ser, a todos los efectos, peleles manejados por ciertas mujeres que jugaron muy bien con las «cartas» de las pasiones personales.

Sergio III se hizo con la tiara gracias a las estrategias de Teodora, una noble romana, esposa del senador y duque Teofilacto. Era una mujer ambiciosa, seductora y de mucho carácter. Su hija Marozia heredó las singulares cualidades de su madre, convirtiéndose en una de las figuras más importantes e influyentes de la época.

El insaciable papa retozó entre las sábanas pontificias con la joven Marozia, ofrecida en bandeja por su propia madre. Algunas fuentes –como el Liber Pontificalis, las crónicas del obispo Liutprand de Cremona y autores católicos más modernos– aseguran que Marozia quedó embarazada de Sergio y que su vástago se convirtió años más tarde en el papa Juan XI.

Tanto éste, como sobre todo su sobrino Juan XII, mostrarían a qué niveles de depravación se había llegado. Montó un burdel en San Juan de Letrán, ordenó obispos a los efebos que le complacían en el lecho, era entusiasta de las carreras de caballos y promotor de todos los vicios, incluyendo la violación de peregrinas en lugares santos. Su crónica de desmanes no tiene desperdicio.
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