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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
Monjes herejes, rituales secretos, sacrificios humanos… La ciudad de Túnez, uno de los mayores enclaves turísticos del norte de África pese a ser la capital de un país musulmán, posee una historia plagada de influencias culturales de otros pueblos. Desde los días en que Cartago regía los destinos del Mediterráneo, han sido muchos los enigmas que se han concentrado en esta hermosa nación. AÑO/CERO ha viajado hasta allí para desvelarlos.
La Biblioteca de Religiones Comparadas, perteneciente a la diócesis de Túnez, se encuentra en el mismísimo corazón de la Medina, entre mil zocos, mezquitas y madrasas de intenso sabor árabe. Sumida en un laberinto inescrutable, imposible de recorrer sin perderse, este «faro cristiano» ha perdido con el paso de los años su primitiva función evangelizadora para convertirse, en la actualidad, en un maravilloso e imprescindible lugar de consulta al que acuden estudiantes, estudiosos y buscadores de Dios de todo el mundo para examinar los 20.000 volúmenes sobre mística, teología y creencias de todo tipo, antiguos manuscritos, mapas, fotos, grabados y otros maravillosos tesoros culturales.

La ciudadela y los zocos

La Medina es una auténtica ciudadela dentro de la capital, consagrada a la protección del milagroso santo Sidi Mahrez, cuya tumba se encuentra frente a la imponente mezquita que lleva su nombre, en la plaza de la Puerta Souïka. Además de la protección del santo Mahrez, los creyentes musulmanes, sumamente supersticiosos, pueden encontrar miles de amuletos, talismanes y fórmulas mágicas contra el temido «mal de ojo» en numerosos puestos de venta a lo largo y ancho de la ciudadela.

Me dejé llevar por el torrente de vida y aproveché para visitar el zoco de las alfombras (Al Lefta), el de los perfumes (Al Attarine), el de los telares (Al Koumach) y el de los sombrereros (Ech-Chauwachiya), entre otros. Desfilaron ante mi cámara las colosales puertas de la ciudad: Bab Al Bahr, Bab Al Souïka, Bab Al Jazira, Bab Carthajna y Bab Al Jadid, de las que poco queda en pie; el complejo de las tres madrasas, el Palacio de Dar Othmam y, naturalmente, la Gran Mezquita.
Ésta, también llamada mezquita Zaituna y fundada en el año 732, es el mayor y más importante templo de Túnez: el núcleo central de la vida espiritual en la capital. Muy cerca de ella se encuentra el Toubet Aziza Otomana, un mausoleo donde descansan los restos de la princesa Aziza y de su familia. Fallecida en 1669, fue famosa por su gran piedad. Liberó a sus esclavos y destinó su fortuna a obras piadosas, entre ellas un hospital para los más necesitados.

Por fin decidí comer algo, y escogí el Restaurante Essaraya, donde la gastronomía y la decoración son dignos de un Califa, como en tantos otros locales de La Medina.

Allí me deleité con unos «bricks», deliciosos crepes rellenos de huevo y atún, probablemente heredados de los cocineros franceses de los tiempos de las colonias. Después una sabrosa y digestiva ensalada «mechuya», rebosante de tomates asados, pimientos picantes, ajo, huevos duros y alcaparras, convenientemente regada con limón y aceite de oliva, heredado de los olivares de Al-Andalus. Y por fin un delicioso «mestuf»; cuscús aderezado con canela, flanqueado por dulces dátiles, pistachos, almendras, nueces y pasas. El «mestuf» suele consumirse preferentemente en una fecha religiosa determinada, en este caso el Ramadán.

Tras reponer fuerzas, continué mi paseo. Muy cerca del angosto pasadizo donde se encuentra el restaurante, desemboqué en la Plaza de los Guardicioneros, donde hice un descubrimiento interesante: la tumba del santón musulmán Abd Allah (servidor de Dios), quien había nacido en España bajo el nombre cristiano de Anselm Turmeda.

El religioso hereje

Anselm Turmeda, escritor y sacerdote nacido en Palma de Mallorca a mediados del siglo XIV, estudió teología, ciencias naturales y astrología en Lleida, París y Bolonia, antes de viajar a Túnez, en 1387. Aquí conoció el Corán y terminó por renegar del cristianismo convirtiéndose al Islam y contrayendo matrimonio con la hija de un notable tunecino con la que tuvo un hijo: Muhammad.

Anselm Turmeda, ya bautizado Abd Allah, se ganó la protección y el favor de los reyes Abu-Abbas Ahmad y Abu Faris. Fue jefe de aduanas, intérprete de los reyes tunecinos e intendente de su palacio. Sin embargo, ha pasado a la historia por su brillante obra literaria. Sus informaciones sobre la economía tunecina, recogidas en su libro La Trufa, son únicas en su género para el estudio de la Edad Media magrebí.

En 1396 escribió el Llibre de bons amonestaments, adaptación de una obra italiana consistente en un conjunto de estrofas de rima fácil y consejos morales, que tuvieron una gran difusión en parte de España bajo la firma de Fra Anselm y que fue de lectura recomendada en las escuelas hasta mediados del siglo XIX, a pesar de que tuvo algunas dificultades con la Inquisición hacia el año 1582. En 1417 o 1418 escribió, también en catalán, la Disputa de l´ase contra frar Anselm Turmeda sobre la natura e noblesa dels animals. De carácter anticlerical, fue condenado por la Inquisición. Asimismo dio a conocer en verso unas Cobles de la divisió del regne de Mallorques, redactadas en 1398, y Disputa de l'ase, su obra principal.

Mientras permanecía en el norte de África, en España no se concebía que hubiera apostatado libremente y se hicieron frecuentes gestiones para que pudiera abandonar Túnez sin temor a represalias. En este sentido, es notable la bula que en 1412 extendió a su favor el papa Benedicto XIII. También Alfonso V «el Magnánimo» le extendió un generoso salvoconducto, firmado en septiembre de 1423, último dato que se posee sobre su vida.

Sin embargo, sus compañeros cristianos tuvieron que asumir la pérdida del sacerdote cuando Turmeda escribió, en lengua árabe, el tratado Regalo del inteligente, que trata de la refutación de los «secuaces de la cruz» y en el cual rechaza los dogmas del cristianismo, y que le valió la condena de la Inquisición. Se conservan también algunas «profecías» suyas, composiciones poéticas al estilo de las profecías de Nostradamus, que tuvieron gran difusión y a las que se llegó a dar crédito, convirtiéndole en objeto de gran devoción entre los musulmanes.

Abd Allah murió en 1423. Ignoro si al final encontró la paz. En cualquier caso, la Biblioteca de Religiones Comparadas de la Diócesis de Túnez, ubicada a pocos metros de su tumba, es un buen lugar para comenzar el viaje.

Los mapas del Padre Donaire

Por fin, bien avanzada la tarde encontré la calle Sidi Saber y la Biblioteca Diocesana de Religiones Comparadas. Un sacerdote francés me franqueó la entrada al viejo edificio y me condujo hasta las dependencias de los misioneros. Y allí encontré al Padre Francisco Donaire.

Este religioso español, que lleva 55 años como misionero en Túnez, se secó las manos para estrechar la mía. Le había pillado lavando los platos de la cena de sus compañeros y no pude recordar las palabras de Santa Teresa de Jesús: «¿encontrar a Dios entre los pucheros?». Aún no era consciente de cómo la inmensa mayoría de los misioneros, más intrépidos y audaces que el más temerario aventurero, jamás permiten que las divagaciones teológicas, o la exclusiva labor evangélica, les haga olvidar las tareas terrenales.
–¿Padre Donaire? Soy Manuel Carballal. Le escribí desde España a través del superior de su orden…
–¿Padre Donaire? No. Paco, sólo Paco.

Paco Donaire tiene una sonrisa brillante, luminosa, como la que he visto en tantos misioneros y misioneras a lo largo del mundo. Pero en su caso las arrugas de la cara le empequeñecen aún más los ojos al sonreír, confiriéndole una mirada todavía más perspicaz. Intuí que, con esa mirada penetrante, aunque sin dejar de sonreír, estaba analizando al visitante desconocido que se había plantado en su misión, intentando acceder a sus antiguos libros, mapas y archivos.

La Biblioteca de Religiones Comparadas que dirige Paco Donaire, y que depende de la diócesis, tiene su origen en el Seminario Mayor de Túnez, cerrado en 1960. De hecho, esta biblioteca es una de las escasas instituciones cristianas en el país, ya que cuando Habib Bourguiba, «libertador» que condujo al país a su independecia, accedió al gobierno, los Padres Blancos se vieron obligados a reducir la presencia católica en Túnez al mínimo. La estatua del cardenal Lavigerie, que ocupaba un lugar céntrico, fue trasladada al cementerio de la Catedral, la misma que había sido transformada en museo. Iglesias históricas, como la de Santa Cruz, aún visible en la calle Jamá es-Zeituna de La Medina, fueron convertidas en dependencias municipales y la labor evangelizadora de los misioneros suspendida fulminantemente, limitando las labores de los sacerdotes al trabajo social y al mero testimonio cristiano.

En los maravillosos documentos que Donaire conserva en su misión, pude consultar deliciosos mapas misionales, en los cuales se relata la otra historia del mundo. La historia de unos hombres y mujeres que, armados de una fe inquebrantable, se arrojaron a los desiertos, las selvas, las montañas y los mares aún inexplorados para difundir la palabra de Dios. Y a pesar de que esta dimensión de las misiones cristianas ha sido generalmente relegada al olvido, ellos fueron los primeros aventureros, los primeros exploradores y, con frecuencia, los primeros arqueólogos que desenterraron los misterios más antiguos de la humanidad…
«Mira el ejemplo del mismo Cardenal Lavigerie, y los Padres Blancos aquí en Tunez –explica Paco Donaire mientras me muestra nuevos mapas trazados por los primeros misioneros en África–. Las principales excavaciones arqueológicas en Cartago, y el museo que aún se conserva allí, fueron obra suya».

No les quepa la menor duda: partí hacia Cartago inmediatamente.

Capital mediterránea

Cartago puede parecer cualquier cosa menos una capital africana en un país oficialmente musulmán. Sus frondosos árboles y exuberantes jardines se hicieron muy famosos en la antigüedad y, sin duda, contribuyeron al sobrenombre con el que se conoce a Túnez en el mundo árabe: «la verde», a causa de dicha vegetación.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, esta ciudad, denominada también «Reina de los mares» por romanos, púnicos y griegos, se encuentra protegida por el golfo de Túnez, entre la Bahina y la Sebkha.

Su fundación, por una princesa llegada de Tiro, está rodeada de leyendas y fue recogida por el historiador Justino: «Es así como Elisa y su séquito llegaron finalmente a las playas arenosas de África, buscando la amistad de los indígenas, y estos vieron la posibilidad de un provechoso tráfico con los recién llegados. La reina quiso comprar un trozo de terreno, tanto como lo que puede cubrir la piel de un buey, solicitó ella, con el fin de tomar un poco de reposo con sus compañeros, fatigados por la navegación. Sin duda los africanos temieron que los extranjeros, numerosos, quisieran establecerse en las proximidades, pero la proposición les pareció muy modesta y aceptaron. Elisa recurrió entonces a una artimaña. Hizo cortar la piel en finas correas y así pudo circunscribir más superficie de la que había aparentemente solicitado: de ahí procede el nombre de Byra (piel) dado más tarde a este lugar».

Por su parte, Apuleyo, historiador del segundo siglo d. C., fue uno de los primeros en resaltar el notable crecimiento de la ciudad, hasta convertirse en la «patrona de un imperio marítimo» que llegó a conquistar infinidad de reinos y países: «los cartagineses dominaron ampliamente el mar y llevaron sus armas a Sicilia, Cerdeña, a otras islas y a España; también fundaron por todas partes colonias. Por su poderío igualaron a los griegos; en sus riquezas compitieron con los persas».

Por sus calles transitaron, a lo largo de los últimos siglos, personajes relevantes en la historia, tanto del mundo árabe como de las inmensas colonias del Islam en Europa, África o Asia: Aníbal, el todopoderoso conquistador que hizo arrodillarse a Roma, tras cruzar los Alpes con su temible ejército armado con poderosos elefantes; Amílcar (290-228 a JC), su padre, héroe de la primera guerra púnica y conquistador de la Hispania; Ibn Khaldun, alias Abenjaldun (1332-1406), historiador y filósofo considerado padre de la sociología en el mundo islámico, a quien está dedicada una calle con su nombre en cada ciudad del país; Tahar Haddad (1899-1935), pensador reformista que dejó profundas huellas en la cultura con libros como Los trabajadores tunecinos y la aparición del movimiento sindical, o La mujer en la sociedad. Y, por supuesto, San Agustín.

Considerado el más importante Padre de la Iglesia de origen africano, San Agustín nació en Tagaste (norte de África) en 354; después de una juventud polémica, doctrinal y moralmente, se convirtió estando en Milán, y en el año 387 fue bautizado por el obispo San Ambrosio. Después de regresar a Cartago llevó una vida dedicada al ascetismo y fue elegido obispo de Hipona. Durante los treinta y cuatro años durante los cuales ejerció este ministerio tuvo una vida ejemplar y dio a los fieles una sólida formación por medio de sus sermones y sus numerosos escritos, con los que contribuyó de forma notable a una mayor definición de la fe cristiana, deslindándola de los errores doctrinales de su tiempo. Figura entre los Padres más influyentes de Occidente y sus escritos siguen teniendo enorme importancia para los teólogos católicos de todo el mundo, pero también para la historia de la cultura. Murió en el año 430.

Arqueología en Cartago

Herederos de San Agustín, los Padres Blancos no se limitaron, a principios del siglo XX, a la labor evangélica, sino que, con el Padre Delattre a la cabeza, llevaron a cabo importantes excavaciones arqueológicas en Cartago.

Por esa razón, al llegar a la antigua «reina de los mares» dirigí mis pasos al Museo Paleo-Cristiano de la ciudad, donde cualquier visitante puede encontrar todavía restos de la presencia cristiana pre-islámica en Túnez.

A pesar de haber sido convertida en una moderna ciudad residencial, donde el mismísimo presidente Bourgiba erigió su fastuoso palacio (que está prohibido fotografiar), los alrededores de Cartago están salpicados de interesantes restos arqueológicos púnicos, romanos, islámicos y cristianos.

Requeriría demasiadas páginas resumir todos los atractivos arqueológicos de Cartago, pero debo confesar que el que más me impresionó se encuentra en el extremo más recóndito de la ciudad. Me refiero al Tophet.

Descubierto fortuitamente en 1921, en el barrio de Salambó, cerca de los antiguos puertos cartagineses, el Tophet fue un santuario consagrado a la diosa Tania y al dios Baal-Hammon.

En el espectacular museo de El Bardo, situado a pocos kilómetros de Túnez y considerado como el principal centro cultural islámico de África, sin nada que envidiar al colosal Museo Arqueológico de El Cairo, pude fotografiar una de las estatuas del dios Baal-Hammon. Sin embargo, visitar las criptas y los cientos de lápidas de sus víctimas, en Cartago, resultó mucho más sobrecogedor.

Varios historiadores romanos, árabes y griegos habían citado los brutales sacrificios humanos que se celebraron en el Tophet. Según la historia, miles de niños, en general de pocos meses de edad y nunca mayores de cinco años, eran conducidos por sus familias a unas piras sagradas, donde supuestamente se les quemaba vivos. Sus cenizas habrían sido introducidas en unas siniestras urnas y después enterradas bajo las miles de estelas que ahora me rodeaban en el Tophet, en honor a tan siniestro dios.

Al abandonar Cartago, con el ánimo mermado por la crueldad que a veces alcanzan las creencias religiosas de los hombres, me atormentaba la misma duda que sentí en tantos lugares del planeta donde la vida humana era considerada la mejor ofrenda a los dioses. ¿Cómo es posible que civilizaciones tan evolucionadas, capaces de crear las mayores maravillas arquitectónicas, poéticas y artísticas, pudiesen ejercer la mayor crueldad imaginable: sacrificar niños inocentes? La fe en cualquier dios no debería pagar un precio tan alto…
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