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El castillo hermético de Antoine d’Abbadie

Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
Explorador, astrónomo y mecenas de la cultura vasca, Antoine d’Abbadie destacó también en otras disciplinas menos ortodoxas. A un paso de la frontera española, desde la bahía de Txingudi puede contemplarse la silueta de su legado pétreo: un fascinante y misterioso castillo, síntesis de sus profundos conocimientos esotéricos.
Antoine d´Abbadie nació en Dublín el 3 de enero de 1810. Sin embargo, desde 1820 y durante la mayor parte de su vida –a excepción de sus prolongados viajes por Europa, América y África– vivió en el País Vasco francés.

La Enciclopedia Británica lo define como geógrafo, topógrafo, antropólogo, lingüista, numismático, astrónomo y astrólogo. A este espectacular curriculo hay que añadir también su faceta de viajero, que le llevó a recorrer buena parte del mundo, en buena medida para satisfacer su pasión por el estudio de los eclipses. Entre los lugares que mejor conoció destaca Egipto. Allí pasó doce años junto a su hermano Arnaud, realizando un trabajo científico que contemplaba las más diversas disciplinas y que quedó recogido en su obra escrita. Algunos autores sospechan que el auténtico objetivo de su búsqueda era encontrar restos de la civilización lemur, cuyos orígenes han sido situados en esa región por algunos autores de la tradición esotérica.

D’Abbadie también dedicó gran parte de sus esfuerzos a localizar la fuente del Nilo, e incluso creyó haberlo logrado, a pesar de que poco después de su muerte se supiera que estaba equivocado.

A los 39 años contrajo matrimonio con Virginie Vincent de Saint Bonnet, perteneciente a una familia de la nobleza francesa. Junto a Virginie llevó una existencia erudita, repartida entre sus expediciones científicas, las publicaciones de sus trabajos, las observaciones astronómicas y su pasión por la lengua y cultura vascas. Un año después, en 1850, D’Abbadie y su hermano fueron distinguidos con la Medalla de Oro de la Sociedad Geográfica Francesa. Meses más tarde ambos recibían también la Cruz de Caballeros de la Legión de Honor. A finales del siglo XIX, Antoine era considerado, junto al Duque de Aumales, como uno de los más espléndidos benefactores que tuvo el Consejo de Estado francés.

En 1881 acudió a un congreso de geógrafos en Venecia, donde pronunció una conferencia titulada Credo de un viejo viajero, donde aconsejaba a los aventureros que llevasen un bastón en lugar de un arma y sólo una antorcha para espantar a las fieras, que aprendieran las lenguas nativas, que no usaran ropa occidental y, sobre todo, que viajaran sin prisa.

Pero además de su faceta como aventurero incansable, que le llevó a recorrer el planeta en busca de la sabiduría custodiada por culturas lejanas, acercándose a las pirámides que horadaban los cielos del desierto, D’Abbadie, vasco universal, reparó también en la no menos sorprendente sabiduría encerrada en su propia lengua, el euskera, y en su cultura.

Jean Haritschelhar, presidente de Euskaltzaindia –la Academia de la Lengua Vasca– se refiere a él como «explorador a la vez que geógrafo, etnólogo y lingüista, el euskaltzale (amante de la cultura euskalduna) creador de los Juegos Florales vascos, mecenas de las letras, y de las tradiciones de esa región, la pelota particularmente».

Sin embargo, su vida encierra aspectos que sus biógrafos oficiales no han alcanzado a ver. Como su habitual presencia en los círculos esotéricos del París de la época. Esto no impidió que se ganara el respeto de la comunidad científica, llegando a ser, en 1882, presidente de la Academia de las Ciencias, de la que era miembro desde 1867 y corresponsal desde 1852.

A pesar de toda esta rica y fascinante actividad, y de sus viajes hasta los confines más recónditos del África más profunda, Antoine d’Abbadie también buscó la paz y la tranquilidad. Fue así como se hizo construir un magnífico castillo a orillas del mar, a imagen y medida de sus deseos. En este fascinante edificio reunió todos los conocimientos adquiridos a lo largo de su intensa vida. Al igual que los misteriosos constructores del medievo, dejó una herencia de piedras cargadas de susurros y fragmentos de historia, que hoy siguen fascinando a los numerosos visitantes de este templo de sabiduría situado junto a la inmensa playa de Hendaia.

Un enclave insólito

María Jesús Azkue –presidenta de la Asociación de Astrología de Bizkaia– y su equipo son sin duda quienes mejor conocen la faceta oculta de este personaje irrepetible. En sus trabajos, este grupo ha difundido aspectos ignorados de la vida de este aventurero y esoterista vasco del siglo XIX, un hombre absolutamente adelantado a su tiempo, y ha investigado también el significado de la numerosa simbología que dejó plasmada en su castillo.

Según nos relató María Jesús, Antoine d´Abbadie comenzó a construir este castillo –situado en el País Vasco francés–, hacia el año 1860, aunque las obras se prolongaron hasta 1878. De estilo neogótico, el edificio está inspirado en modelos medievales y sus planos son obra del célebre arquitecto y hermetista Viollet-le-Duc. Pero quizá lo más interesante sea el rico y abundante simbolismo recogido tanto en el exterior como en el interior del edificio.

La investigadora bilbaína nos explicó que, cuando llegó el momento de realizar la ornamentación del edificio, se colocaron unas gárgolas catedralicias del mismo tipo utilizado en la reconstrucción de Nôtre-Dame de París. Al parecer, el propio Fulcanelli se presentó en el castillo, sugiriendo diferentes propuestas.

Son numerosos los detalles decorativos que llaman nuestra atención. Entre ellos destacan 18 conchas de peregrino –símbolo de la elevación espiritual–, situadas en la chimenea del salón y que coinciden en número con las 18 sillas del comedor. El cinco también es una clave presente en otros muchos lugares. Aparece bajo la forma de estrellas de cinco puntas, en el número de los pétalos de las abundantes flores pintadas y en otros detalles. Cinco son los cuadrados que coronan la entrada a las dependencias de Virginie, los lados de la capilla pentagonal y la cantidad de cristales que encontramos en cada una de las vidrieras.

La profusión de la presencia de esta cifra, según Azkue, está relacionada con Sirio, de gran importancia para los egipcios, pero también con Venus y con el número de planetas conocidos por los antiguos. No hay que olvidar que D’Abbadie, como buen esoterista, era un enamorado de Egipto, país regido por Sirio, la estrella de cinco puntas. En este sentido, destaca también la sugerente presencia de la cruz en forma de Tau, que estaría indicando, casi con total seguridad, la pertenencia de D’Abbadie a alguna fraternidad esotérica.

En el aspecto astrológico, María Jesús nos explicó varias curiosidades. Entre ellas la importancia del Zodíaco colocado en la fachada oeste, en el que queda bien patente la unión entre lo solar (masculino) y lo lunar (femenino). La astróloga interpreta que podría simbolizar la fusión de la propia pareja de Antoine y Virginie en su anhelo de perfección. En el centro de este horóscopo aparece también una frase en latín que reza: Coeli firmant gloriam dei (Los cielos afirman la gloria de Dios).

No es la única sentencia de este tipo que encontramos en el edificio. Hay muchas otras escritas en alguno de los catorce idiomas que dominaba D’Abbadie y que, según Azkue, están situadas en lugares estratégicos del castillo. En la chimenea, por ejemplo, aparece la frase: «No lances jamás piedras al pozo que te da de beber el agua»; y, en otro lugar y en euskera, Erhobat aski da harricantoin baten puzura egosteko, sei suhur behar dira haren hautik itoiteco (Sólo hace falta un loco para tirar una piedra al pozo, pero son necesarios seis sabios para sacarla). En la biblioteca, también en euskera, aparece la frase «Quédate con Dios y Dios se quedará contigo».

Hay también numerosa simbología inspirada en las diversas culturas que conoció D’Abbadie. Por ejemplo, a lo largo del castillo encontramos varias zonas donde está presente el trébol de tres hojas, símbolo de Irlanda, país que le vio nacer. La propia planta del castillo tiene forma de trébol de tres hojas y evoca el triángulo equilátero, emblema de la Santísima Trinidad.

En su testamento, D’Abbadie dejo escrita su voluntad de que se levantara un observatorio en el edificio. En él se debería hacer un catálogo de 500.000 estrellas, que debía completarse antes de 1950.

Antoine d’Abbadie murió el 19 de marzo de 1897, en París. Sus restos fueron enterrados en la capilla de su amado castillo, rodeado por unos hermosos muros cargados de sabiduría y misterio.
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