Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
¿Dónde se sitúa el mítico “lugar de la Mancha”? ¿Qué itinerario siguieron don Quijote y Sancho? ¿Dónde nació Cervantes? ¿Existió realmente don Quijote? Tanto si usted ha leído el Quijote como si todavía lo tiene decorando la estantería de su casa, tal vez le apetezca conocer algunos de los enigmas que se desprenden de las páginas de nuestra obra más universal…
Nunca un recurso literario ha generado tanta controversia. La célebre frase con la que Cervantes introduce al “desocupado lector” en las desventuras de don Quijote, sin concretar el lugar de inicio de sus hazañas, ha provocado correrríos de tinta entre historiadores, catedráticos y estudiosos de la obra cervantina. Por si no fuera suficiente, la conmemoración del IV Centenario de la publicación de el Quijote ha contribuido a alimentar un conflicto histórico y político que, durante siglos, enfrenta en áspero litigio a más de una docena de pueblos.
Las mencionadas aquí son tan sólo algunas de las localidades que reivindican su ubicación como aquel mítico “lugar de la Mancha…”. Más allá de los intereses meramente turísticos impulsados por sus respectivos ayuntamientos, ¿qué pruebas respaldan a cada uno de estos municipios para encumbrarse como escenario inicial de las aventuras del caballero español más famoso de todos los tiempos?
Argamasilla de Alba: leyenda y tradición
La nominación tan despectiva con la que fue bautizada esta localidad –diminutivo de “argamasa”, que denomina a la construcción mal edificada–, parece tener su origen en las inundaciones que obligaron a su reconstrucción –que data de 1198– trasladándola a su actual emplazamiento en 1535.
Argamasilla atrae el interés del visitante como uno de los enclaves turísticos más destacados de la “Ruta del Quijote”: la cueva de Medrano, prisión en la que supuestamente estuvo recluido Cervantes –entre 1602 y 1603– y en la que habría sido visitado por la musa de la inspiración. Poco se sabe sobre las verdaderas causas de tal presidio; condenado por un posible delito de prevaricación cometido en su condición de recaudador de impuestos, hay quien especula con motivaciones bien distintas –véase “¿Existió don Quijote?”–.
El hecho de que Cervantes comenzara a escribir aquí su obra más universal y la autoridad que se le otorga a un antiguo mapa fechado hacia el año 1765 durante el reinado de Carlos III, parecen ser méritos suficientes para convertir a Argamasilla de Alba como la cuna del célebre hidalgo. Elaborado por el cartógrafo don Tomás López, natural de Madrid, y el capitán de ingenieros de origen extremeño Joseph de Hermosilla, el “Mapa de una porción del Reyno de España que comprende los pasages por donde anduvo Don Quijote y los sitios de sus aventuras”, sitúa en esta villa el punto de partida para las andanzas del emblemático caballero. Refrendado por la Real Academia Española, el mapa se incluirá en la edición del Quijote de 1780.
El propio Fernández de Avellaneda dedicará su Quijote apócrifo a los habitantes de Argamasilla, patria del caballero andante; un origen que no será replicado en la censura con la que Cervantes deslegitima a este autor.
Dentro de esta hipótesis, que identifica a Argamasilla con el mítico “lugar de la Mancha”, nos enfrentamos a un nuevo y fascinante enigma: la posibilidad de que el ingenioso hidalgo hubiera existido en carne y hueso… De ese misterio nos ocuparemos más adelante.
Villanueva de los Infantes: la ciencia le da la razón
Ciencia y tradición parecen estar condenadas a no entenderse, y uno de los ejemplos más paradigmáticos lo encontramos en el dilema generado en torno a la localización del mítico “lugar de la Mancha” citado por el “desmemoriado” Cervantes. Justo cuando los preparativos del IV Centenario del Quijote brindaban un especial protagonismo a Argamasilla, una comisión de científicos decide aguar la fiesta a los argamasillenses y trasladar la cuna del hidalgo unos cuantos kilómetros al sur: hasta Villanueva de los Infantes.
En contraste con sus vecinos de Argamasilla, los inquilinos de Villanueva de los Infantes pueden presumir de una localidad de relumbre histórico: su origen como asentamiento se pierde allá por el 2000 a. de C., siendo importante cruce de caminos durante la época romana. Reconquistada en el año 1245 por Alfonso VIII para servir de refugio a los caballeros de la Orden de Santiago, no será bautizada con su actual denominación hasta finales del siglo XV.
Del interés político que pueda ocultar su ayuntamiento en centrar el foco turístico del IV Centenario suplantando una hegemonía mantenida durante siglos por Argamasilla de Alba poco puede precisarse. Lo cierto es que en los mapas de la “Ruta del Quijote” que se dispensan en su Oficina de Turismo, Argamasilla ni siquiera aparece mencionada…
En todo caso, y como muy amablemente nos comenta don Francisco Castellanos, autor de Por calles y plazas de Villanueva de los Infantes (1995), en la desapasionada comisión integrada por una decena de catedráticos en distintas disciplinas –geografía, historia, filología, sociología y matemáticas– de la Universidad Complutense no parecen existir motivaciones partidistas. En todas y cada una de las variables que se desprenden del análisis del texto cervantino, Villanueva de los Infantes podría corresponderse con el lugar del que partió la iconográfica pareja.
Mientras tanto, a la espera de que sea publicada dicha tesis –producto de dos años de estudio–, y aparte de su belleza artística y monumental, Villanueva de los Infantes ofrece suficientes motivos para incluirla en la citada ruta; en la telaraña de sus calles se halla la que fuera Casa del Caballero del Verde Gabán.
Esquivias: lugar que enamoró a Cervantes
En el litigio que enfrenta a Villanueva de los Infantes con Argamasilla de Alba, avaladas cada una por ciencia y tradición respectivamente, una tercer municipio se reivindica como presumible cuna de don Quijote: Esquivias. Relegada casi al margen de la ruta quijotesca, resulta curioso que el término que bautiza esta villa sea de origen germánico y signifique “lugar alejado”.
Frente al encanto que destilan las calles y plazoletas de Argamasilla e Infantes, Esquivias se dibuja como un pueblo sobrio sin reclamo turístico que merezca un peregrinaje para su visita. Sin embargo, y como en la metáfora griálica donde la copa de barro ofrece más visos de autenticidad que el cáliz con adornos de esmeraldas, acaso este cabildo toledano encierre alguna de las claves que nos permitan descifrar el enigmático origen del más universal de los caballeros andantes.
La conexión cervantina de Esquivias se remonta al 12 de diciembre de 1584, cuando Miguel de Cervantes contrae matrimonio con su particular “Dulcinea”: la joven doncella doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano. Y aunque los esquivianos dan por hecho que Cervantes amaba a la aldeana “porque era muy bella y bien plantada”, y no ambicionaba su dote de “cosecha de vino y senara”, lo cierto es que el matrimonio apenas duraría más de dos años, forzando al escritor a emigrar hasta Sevilla.
Tras su estancia en Esquivias, cabe preguntarse: ¿iluminaron estos parajes al autor para situar en ellos el punto de partida de sus andanzas? Una serie de documentos de la época, de los que se hace eco el cervantista Luis Astrana Marín (1889-1959) evidencian que muchos de los personajes que aparecen en la obra estarían directamente inspirados en protagonistas reales que vivieron aquí. Así, por ejemplo, hubo un sacerdote de cuyo nombre se acordó Cervantes para uno de sus personajes: el cura Pero Pérez que, en un guiño literario, salvará de la hoguera un ejemplar de La Galatea (I, VI); mientras que el apellido Lorenzo, ausente en El Toboso, aparece en varios registros parroquiales de la villa.
Pero no terminan ahí las “casualidades”. Un hallazgo todavía más sorprendente nos sitúa sobre la pista de un tío político de Cervantes que se apellidaba Quijada o Quesada, que en ello hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben…
O en un lugar de Matrix…
La controversia quedaría zanjada si, como argumenta Vladimir Nabokov (1899-1977) en su tesis dictada en los años cincuenta durante su período de docencia en la Universidad de Harvard, se aceptase la inspiración surrealista presente en la narración de Cervantes. El autor de Lolita (1955) se distancia de posibles reivindicaciones localistas, sembrando aún más polémica al afirmar sin pudor que el itinerario en el que se sitúan las andanzas del ingenioso hidalgo pertenece a una ficción nada representativa y totalmente ajena al marco histórico y geográfico de la España de entonces. De ahí que compare a los personajes que aparecen a lo largo del libro con los pastores de la Arcadia.
Según Nabokov, “el cuadro que Cervantes pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como Santa Claus es representativo y típico del Polo Norte en el siglo XX. No sólo eso, sino que Cervantes parece tener un conocimiento de España tan escaso como el que tenía Gógol de la Rusia central”. Discrepando de los recientes estudios que ubican con exactitud el punto originario desde el que partió el famoso hidalgo, Nabokov argumenta que es imposible situar geográficamente las “correrías de don Quijote” ya que, según él, “la ignorancia de Cervantes en materia de lugares es enorme” (sic).
La hipótesis de un Cervantes no versado en la topografía y costumbres de La Mancha ha sido expuesta por muchos estudiosos de su obra. A comienzos del siglo XX, el investigador albaceteño Cristóbal Pérez Pastor puso en tela de juicio la relación de Cervantes con Castilla-La Mancha –salvo su estancia en Esquivias– y su conocimiento de esta área geográfica.
Más recientemente, en su controvertido análisis Cervantes descodificado (2005), César Brandariz identifica el mítico lugar de la Mancha con una aldea que toma el nombre del genial escritor y que se sitúa en las montañas de León. Para Brandariz, el vocablo “Mancha” respondería a un juego semántico, respondiendo a un doble significado más allá del meramente geográfico y que haría alusión al “estigma” o “mácula” que acompaña al caballero de la “triste figura”.
Esta imposibilidad por delimitar el escenario de las andanzas del ingenioso hidalgo probablemente nos esté invitando a realizar una lectura “esotérica” del texto. Como sugiere Santiago Camacho (2005): “En el fondo, y aunque parezca sorprendente, el Quijote y Matrix cuentan una historia muy similar planteada de distinta manera, la de un mundo ficticio de engaños y apariencias”.