Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
Lo ocurrido en Londres en julio de 2005 será recordado siempre. No sólo por las más de cincuenta víctimas mortales que se cobró el atentado atribuido a Al Qaeda, sino por las incógnitas que emergen tras el análisis de unos episodios que cambiarán la historia. Al margen de las versiones oficiales, muy pocas cosas están claras…
El 7 de julio, cuatro suicidas –musulmanes de origen paquistaní– provocan en Londres la muerte de 56 personas al hacer estallar en trenes suburbanos las bombas que portaban en sus mochilas. Catorce días después, el jueves 21 de julio, otros cuatro suicidas –musulmanes de origen africano– intentan emular la matanza utilizando otros cuatro explosivos teóricamente fabricados por el mismo “ingeniero”. Afortunadamente, ninguna de las bombas detona. Apenas 24 horas después, otro presunto terrorista es abatido en una estación de la red de Metro…
Tras los terribles atentados del 7-J, las incógnitas sobre los sucesos acaecidos en Londres se extienden como la pólvora. Scotland Yard identificó a los cuatro suicidas del primer atentado sin explicar muy bien por qué eran ellos los responsables del ataque ni aclarar la relación de uno de ellos con los servicios secretos. Ni siquiera un mes después se ha ofrecido una sola prueba concluyente que les implique. Si existe un perfil que defina al terrorista suicida, ninguno de los cuatro lo cumplía. Por si fuera poco, los “explosivos caseros” que portaban, según los cuerpos de seguridad, son un auténtico misterio, ya que según hemos podido comprobar el peróxido de acetona utilizado no es, en sí mismo, un explosivo, sino un elemento detonador de otro tipo de carga mortal. Es como si se quisiera ocultar la verdadera naturaleza de las bombas empleadas. ¿Eran de origen militar, como explicaban las primeras filtraciones luego desmentidas?
Después del primer atentado los londinenses vivían una anestesia inexplicable. Se presumía allí de que ni el terror podía acabar con el estilo de vida de la principal capital europea. Sus habitantes actuaban como si nada hubiera pasado. ¿Dónde estaba el pánico, el miedo, el temor…? Contrariamente a lo que debería ocurrir en un caso de este tipo, el atentado no alteró la flema británica. Eso significaba que los autores del crimen habían tenido “éxito” al matar a medio centenar de personas, si bien habrían fracasado al intentar atemorizar a los londinenses. Pero, de repente, la ciudad despertó al mediodía del 21 de julio, porque los terroristas volvieron a aparecer catorce días después del primer atentado aunque ninguno de los cuatro pudieron activar las bombas que portaban; sólo estallaron los detonadores y se vieron obligados a huir. De repente, la trama comienza a cobrar sentido: se encuentran nuevos explosivos que aclararán el misterio, emerge el miedo, se fortalecen las peticiones de medidas excepcionales para luchar contra el islamismo…
Finalmente, 24 horas después del 21-J, una noticia sacude los teletipos: “Un presunto terrorista suicida ha sido abatido por la policía en la estación de Stockwell”. Parecía cumplirse así un ciclo que, de no ser por la cruda realidad de las víctimas, bien parecería una novela de tensión encaminada a experimentar con las sensaciones de toda una población con objeto de rescribir las normas que rigen su ordenamiento.
La muerte del “noveno” suicida
Las primeras informaciones de Scotland Yard implicaban al fallecido en la cadena de atentados. Quizás –sugerían los agentes– estaba a punto de cometer un crimen masivo y los policías se vieron en la obligación de reducirle para evitar una masacre. La única forma de lograr que no accionara la bomba que teóricamente portaba adherida al cuerpo era disparando a su cabeza para provocarle la muerte instantánea. Pero al día siguiente, las sospechas de los malpensados –es decir, de los que en esto de terrorismo internacional suelen acertar– se confirman: el sospechoso no era tal y las autoridades policiales califican la muerte del sospechoso como un error lamentable.
Desde el primer momento tomé nota de todas las informaciones que surgían respecto al “error”. Esas primeras noticias suelen guardar mucha más verosimilitud que las que aparecen posteriormente, ya que éstas comienzan a envenenarse con informaciones interesadas. Afortunadamente, hubo testigos presenciales que dijeron haber visto cómo ocurría todo. Uno de ellos se llama Mark Whitby, que habló para BBC News explicando lo ocurrido el mismo día de los hechos. Según relató, el joven asesinado estaba corriendo para subir al vagón cuando, tras hacerlo, le asaltaron tres policías vestidos de paisano. “Le empujaron al suelo y, básicamente, descargaron cinco proyectiles contra él. Los policías estaban a no más de un metro detrás de él. En ese momento se cayó y fue medio empujado al suelo, mientras el policía más cercano a mí blandía una pistola negra en su mano izquierda… La víctima llevaba un abrigo que se suele utilizar durante el verano. A lo mejor escondía algo debajo pero, si es así, yo no lo vi. No le vi ninguna pistola ni nada por el estilo; tampoco una mochila”.
Quedémonos con ese primer testimonio. Es el más válido de todos, pues se da a conocer antes de las versiones oficiales y de las descripciones que ofrecen los medios de comunicación en días venideros. Del seguimiento de la información se deduce cómo la realidad se ha transformado y los grandes medios han abierto, por un lado, el debate sobre la necesidad o no de la ejecución al mismo tiempo que han ido ofreciendo referencias que no hacían sino justificar las razones que llevaron a la policía a asesinar al sospechoso. Es decir, sin querer, los grandes medios han presentado diatribas intelectuales a un hecho cuyas informaciones fueron poco a poco tergiversándose.
“Tres policías de paisano mataron a bocajarro a un joven de aspecto paquistaní”, publicó El Mundo en su portada el sábado 23-J. De repente, el muchacho se había convertido en un musulmán parecido físicamente a los paquistaníes implicados en el atentado del 7-J cuando ningún testigo había dicho tal cosa. Pero eso no es todo, ya que en esas primeras horas se dieron a conocer datos que contradecían los testimonios iniciales. Latía en el ambiente la posibilidad de un error que admitía implícitamente el jefe de Scotland Yard Iam Blair, quien aseguraba sin pudor que el muerto “está relacionado con los atentados del 21-J”. Y es que, al parecer, los agentes lo venían siguiendo desde su domicilio, pero cuando el sospechoso entró al Metro, los detectives tomaron medidas preventivas… ¡Matarlo!
El propio Iam Blair dibujó esa primera versión oficial: “Cualquier muerte es trágica, pero al hombre se le dio un aviso y se negó a obedecer las instrucciones de la policía”. Según los testigos oculares, los agentes de paisano no dieron ningún aviso al sospechoso…
Así se transformó la realidad
El mismo periódico antes citado siguió las informaciones que se generaban en Londres en otros medios: “Un testigo ocular señaló que había visto cables sobresaliendo de la camisa del joven, por lo que en los medios de comunicación se baraja la tesis de que era un suicida apunto de actuar”. Además, se recordaba que “el principal testigo, Mark Whitby, señaló que llevaba un abrigo grueso para el tiempo que hace actualmente en Londres”. Sin embargo, ya hemos expuesto antes que Whitby había dicho a la BBC que portaba una chaqueta típica para el verano londinense muy empleada por inmigrantes de países tropicales poco acostumbrados a los 15 grados que se registraban en Londres aquel día. Poco a poco, los medios de comunicación iban falseando las informaciones originales…
En esas mismas horas, se supo que Scotland Yard había puesto en marcha un protocolo de actuación denominado “Operación Kratos”, que había sido aprobado en 2004 y revisado en febrero de 2005. Básicamente, se trataba de una forma de proceder importada de los agentes israelíes y que en los últimos meses ha sido implementada a su manual de instrucciones por las policías europea y norteamericana. Consiste en matar a un sospechoso suicida de un tiro en la cabeza tras identificar el riesgo y después de advertir al sujeto. Pero el protocolo –de dudosa legitimidad legal y moral– no fue seguido por los agentes: el sospechoso no fue avisado y sus perseguidores no se identificaron.
“El joven, de apariencia asiática, después de apercibirse de la presencia policial, saltó los tornos y se precipitó por la escalera mecánica. Los agentes le siguieron y, tras comprobar que llevaba un abrigo que podía esconder un artefacto explosivo, aplicaron el protocolo. Después de pedirle sin éxito que se detuviera, decidieron abatirle cuando se disponía a subir al tren”, publicaba el diario La Razón el 24-J. La realidad se convertía en una caricatura de lo ocurrido, como veremos.
Ese mismo 24-J, Scotland Yard envió una nota a los medios en la que intentaba justificar el error: “El joven salió de una dirección que estaba siendo vigilada por la policía de paisano. Por su aspecto y su indumentaria, les pareció sospechoso. Lo siguieron hasta un autobús. El joven cambió de opinión y entró en el Metro, con el riesgo que supone si era un suicida debido a la presencia de público. En ese momento fue seguido por los policías”. Poco a poco se iban añadiendo más falsedades para justificar la terrible decisión. Por un lado, se admitía que existen “aspectos sospechosos” y se señalaba que iba a coger el autobús pero cambió de opinión y fue en Metro. Nuevo engaño: todos los días, la joven víctima cogía el autobús número 2 para ir desde su casa al Metro, algo que esa jornada hizo puesto que un par de kilómetros separan la marquesina del autobús de la boca de Metro de Stockwell. Ahora el problema es otro: si subió al autobús, ¿por qué no interpretó la policía que era un riesgo potencial al existir otros pasajeros que podrían convertirse en víctimas? Así debería haber sido siguiendo el planteamiento oficial; es por ello que Scotland Yard modificó nuevamente la realidad para ajustarla a su planteamiento de “error inevitable” y engañó a la opinión pública al decir que no tomó el autobús.
Una nueva demostración de cómo se estaba deconstruyendo la realidad se dio a conocer por la BBC el 25 de julio en una información titulada “Análisis: ¿por qué corrió Menezes?”–el infortunado brasileño–. En el texto, se puede leer: “En las actuales circunstancias, su persecución se convirtió en un dilema entre su vida y la amenaza de la pérdida de otras muchas”. Nuevamente se daba por seguro que dio razones para sospechar de su comportamiento. Así, día tras días, los mass media fueron cayendo en la trampa que alguien les había tendido desde las altas esferas del poder.
¿Libertad o seguridad?
En cuestión de días, entre las informaciones oficiales y la dinámica periodística se creó una imagen distorsionada de lo ocurrido. Pero, a la vez, entre los terribles acontecimientos vividos y la amenaza de nuevos actos terroristas, se abrió el debate a propósito de si la policía actuó bien o no: “Aún a riesgo de cometer un fatal error, ¿es lícito disparar a matar contra alguien que puede accionar una bomba?”. La cuestión se trasladó a la opinión pública. Numerosos medios de comunicación elaboraron encuestas para conocer qué pensaba el hombre de la calle. En España, la versión digital del diario El Mundo formuló la cuestión a sus lectores. Más de un 63% de los consultados respondieron afirmativamente. Mientras, en el Reino Unido el porcentaje resultó aún mayor, alcanzando el 90% de síes. También en Estados Unidos se efectuó un sondeo parecido tras imponerse después de lo ocurrido en Londres registros aleatorios a los pasajeros de los medios de transporte. Allí, al 72% de los encuestados esta medida le parecía bien. A fin de cuentas –se transmitía por parte de los lectores– el sospechoso había actuado de forma confusa y el error policial resultaba comprensible. Al mismo tiempo, en virtud de la situación de extrema amenaza que supone el terrorismo, el primer ministro británico anunció medidas restrictivas de las libertades en aras de la seguridad. Cerca de la totalidad de los británicos las aceptaron como comprensibles en un momento tan delicado como el actual, pese a que las mismas contradicen los principios fundamentales de todas las normas constitucionales en los países democráticos del mundo: presunción de inocencia, libertad de acción y pensamiento, respeto a la vida incluso de sospechosos…
La verdad, revelada
Cuando aún no se había cumplido un mes de la muerte del joven brasileño, alguien envió a la cadena de televisión ITN un sobre que contenía información sangrante. En el dossier se encontraban parte de los informes elaborados por la “Comisión Independiente de Quejas sobre la Actuación Policial”. Ahí podía leerse el relato secreto íntegro de cómo fue la persecución y muerte de Jean Charles de Menezes. Además, se incluía el registro visual obtenido por las cámaras de seguridad que habían filmado la entrada del joven en la estación de Metro y en el vagón en el que fue ejecutado.
Días después, el 17 de agosto, los responsables de la cadena de televisión decidieron dar a conocer los espeluznantes datos derivados del dossier. Gracias a ello se supo la verdad: De Menezes entró al Metro con total tranquilidad, tomó de un dispensador un diario gratuito, atravesó andando los tornos introduciendo su bono de pago, descendió por las escaleras, aceleró el ritmo para no perder el tren y se sentó en el vagón. Instantes después, varios policías de paisano le redujeron, inmovilizaron y, a sangre fría, le dispararon siete veces en la cabeza y una en el hombro. El joven falleció en el acto. En la filmación se observa la ropa que portaba: pantalón vaquero y una chaqueta jean fina de entretiempo. La verdad acababa de abrirse hueco; el muchacho no vestía ningún tipo de abrigo sospechoso, no llevaba mochila, no se saltó ilegalmente el torno del Metro, no corrió, los policías no le dieron el alto, no podía actuar de ninguna manera tras ser reducido y recibió los disparos en la cabeza sin que sus captores se identificaran previamente. Además, según informaciones desveladas el 21 de agosto, los agentes de policía que le ejecutaron no fueron los mismos que siguieron al brasileño desde su domicilio. Estos últimos, después de comunicar que no percibían una amenaza en De Menezes, recibieron una orden superior para que relegaran la resolución de la “persecución” en un comando secreto que aguardaba a las puertas de la estación de metro de Stockwell…
Y entonces, ¿por qué lo asesinaron?
Según Scotland Yard, cuando los agentes especiales vigilaban el bloque de viviendas en donde vivía De Menezes uno de los jefes sintió la necesidad de hacer pipí. Mientras meaba, Jean Charles salió del edificio y los agentes no tuvieron tiempo para comprobar si era la persona a la que buscaban, que no era sino uno de los presuntos implicados en el atentado del 21-J que respondía al nombre de Omar Husain. Vieron que aquel hombre se parecía y, entonces, fueron tras él. El resto de la historia ya la conocemos de sobra, aún a sabiendas de que físicamente no existen dos personas más dispares y menos parecidas que De Menezes y Husain.
Ninguna explicación para justificar la muerte de De Menezes tiene asilo cuerdo. La web de información alternativa Prisión Planet sugiere que parte de la información filtrada a ITN puede esconder la clave. Al parecer, entre los documentos que constan en el sobre anónimo se hace referencia a una serie de ejercicios antiterroristas llevados a cabo por parte de las autoridades policiales y de los cuales pudo haber sido testigo la víctima. Si esto es así, el brasileño fue silenciado para impedir que pudieran aclararse algunos puntos oscuros de los atentados del 7-J y 21-J. Mientras, existe otra probabilidad aún más siniestra que ha sido sugerida por el organismo Global Research. Según esta tesis, la víctima fue escogida al azar para reforzar una estudiada estrategia de imposición del terror en la sociedad que permitiera, por un lado, implementar medidas restrictivas de la libertad y, por otro, palpar cómo reaccionaba la opinión pública ante una situación de tensión como la vivida en Londres en julio de 2005.
A fin de cuentas, y pese al error policial, la opinión pública había respaldado la actuación de Scotland Yard y se sentía conforme con la reducción de libertad a cambio de una hipotética seguridad. Que la verdad sobre el caso De Menezes se conociera semanas después ya no serviría para nada. “El único consuelo que nos queda es saber que al final las mentiras de las autoridades son desenmascaradas, pero no obstante, en el ambiente actual no cabe esperar que se renuncie a la estrategia de disparar a matar”, podía leerse en la editorial del diario alemán Neue Presse. Y, efectivamente, así era. Paradójicamente, Scotland Yard ha afirmado que no tenían pruebas de que los autores del 7-J fueran suicidas –si no tenían pruebas, ¿cómo explicar la obsesión por identificar a posibles camicaces y reducirlos de un tiro en la cabeza?– ni de su vinculación a la red Al Qaeda. Del mismo modo, tampoco los autores del fallido 21-J se antojaban suicidas, sino que ellos mismos han declarado que pretendían causar terror y salir corriendo. Si en ningún momento se valoró con seriedad la presencia de suicidas, ¿a qué se debe esa obsesión de todas las policías y medios de comunicación del mundo a identificarlos como tales? La respuesta es inquietante: así se conseguía legitimar las nuevas medidas impuestas por Blair –y que serán adscritas por otros estados europeos en los próximos meses– para el control de los ciudadanos –por sus ideas, tendencia política o religión– y las normas internacionales para “disparar a matar” que ya disponen entre sus manuales los agentes policiales de medio mundo. Al menos, eso es lo que parece. Quienes estuvieran detrás de los atentados han conseguido eso…