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Hemeroteca :: 01/10/2005
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Religiones y espiritualidad
Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
La unificación de la humanidad en una única sociedad global es el mensaje central en torno al que gira la llamada Fe Bahá’i, una doctrina religiosa que cuenta entre sus principios con la igualdad entre hombres y mujeres y la erradicación de la pobreza. Y ya son más de cinco millones por todo el mundo…
En un mundo de extremismos religiosos y de supuestas e inamovibles verdades reveladas por la divinidad a las grandes religiones, resulta paradójico que surja una nueva fe que establece entre sus principios la relatividad de su verdad. Es decir, que lo que hoy se tiene por dogma de fe en esta confesión religiosa mañana puede dejar de serlo si el avance del conocimiento científico contradice esa revelación. Es evidente que con este planteamiento, y con la aceptación de la legitimidad de las religiones tradicionales ya establecidas, los miembros de la comunidad bahá’i se han venido ahorrando en su corta historia numerosos conflictos confesionales y dilemas racionales como el que, por ejemplo, enfrenta en Estados Unidos a creacionistas y evolucionistas cristianos. Y de cara al futuro tampoco parece que la Fe Bahá’i cuente con obstáculos que no pueda salvar su permeabilidad a los veloces cambios que experimenta nuestro mundo. Se define a sí misma como “la más joven de las religiones independientes del mundo”, considerando a su fundador Bahá’u’lláh (1817-1892) “como el más reciente en la cadena de Mensajeros de Dios que se extiende mucho más allá de lo que recuerda la historia”, en la que incluyen a personajes como Abraham, Moisés, Krishna, Buda, Zoroastro, Cristo y Mahoma. Dicho credo cuenta con la interesante singularidad de que su doctrina y preceptos están escritos en su mayor parte de puño y letra de su propio fundador. Según algunas estimaciones, actualmente puede haber en el mundo unos 5 millones de fieles diseminados por más 200 países y territorios, aglutinando a más de 2.100 grupos étnicos. Presenta además una tendencia de crecimiento superior al de las religiones tradicionales, en buena medida porque al no excluir a otras iglesias permite que uno pueda ser simultáneamente musulmán y bahá’i, y también porque se trata de un credo que parece hecho a medida de los tiempos de globalización en los que vivimos. Las 800 lenguas a las que han sido traducidos los escritos Bahá’i contribuyen elocuentemente a ello. No en vano su doctrina se sustenta en la idea de que el mundo se encamina a un irremediable y deseable proceso de unificación espiritual y material, entendiendo a la humanidad como una sola raza y a la conformación de una sociedad global como un objetivo divino, para cuyo logro Dios “ha puesto en marcha fuerzas históricas que están derribando barreras tradicionales de raza, clase, credo y nación, y que con el tiempo crearán una civilización universal”. Para la comunidad ese objetivo cuenta con un aliado importante: las Naciones Unidas, que les ha otorgado el rango consultivo ante su Consejo Económico y Social y ante el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

Bahá’u’lláh, el prometido de las religiones
“El rostro de aquel a quien contemplé, nunca lo podré olvidar y, no obstante, no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes parecían leer en mi propia alma. En su amplia frente había poder y autoridad (…). ¡No era necesario preguntar en presencia de quién me encontraba al inclinarme ante quien es objeto de una devoción y un amor que los reyes envidian y por el que los emperadores suspiran en vano!”. De esta manera describió Edward Granville Browne, orientalista y profesor de la Universidad de Cambridge a Bahá’u’lláh en 1890, apenas dos años antes de que la “Manifestación de Dios” falleciera y cuando hacía cuatro décadas que se hallaba en el exilio. Para entonces, nuestro personaje había padecido persecución, cárcel y tortura, viéndose obligado a salir del lugar que lo vio nacer en 1817 con el nombre de Husayn-Alí, en el seno de una de las más grandes y ricas familias persas. Aunque su linaje lo ligaba desde la cuna a las dinastías reinantes del pasado persa, el destino le tenía deparada una biografía bien diferente a la que en su condición social cabía esperar dentro de la Corte del Shah. Sus seguidores ponen de manifiesto la tendencia humanitaria y solidaria que ya mostraba desde temprana edad, ocupándose de los más necesitados y ganándose así la simpatía del pueblo. Fue absolutamente determinante en su vida y en la toma de conciencia de su condición de “Divino Maestro”, el conocimiento que tuvo de la llamada “religión del Báb”. De inspiración islámica, esta religión surgida en mayo de 1844 con el objetivo de cumplir las profecías del islam, logró en pocos años aglutinar a varias decenas de miles de fieles, cococidos como bábí’s, en torno a la figura de Siyyid Alí Muhammad. Dicho personaje era un joven comerciante persa que adoptó el nombre de Báb –la puerta– y que aseguraba ser portador de una revelación divina, erigiéndose como humilde precursor del “Prometido de todas las religiones” que habría de venir, una suerte de San Juan Bautista en el ámbito musulmán. Nacido en 1819, su apostolado apenas duró seis años, pues fue acusado de herejía y rebeldía, siendo ejecutado ante la atenta mirada de miles de seguidores el 9 de julio de 1850, en la plaza pública de la ciudad de Tabriz, por influencia de una parte del clero musulmán dominante. La ejecución formó parte de la contundente persecución a la que fueron sometidos sus seguidores, y que se saldó con la muerte de unos 20.000, que creían férreamente en la condición divina de éste a raíz de una extraordinaria circunstancia. Y es que, según cuentan los testigos, el Báb y el joven discípulo que le acompañaba en su fusilamiento, lograron sobrevivir a la primera descarga del pelotón compuesto por 750 soldados armenios, al romper las cuerdas con las que estaban atados. Tras ser encerrado de nuevo y descubierto en su celda dando las últimas instrucciones a sus seguidores, fue conducido por segunda vez al patio y acribillado a balazos finalmente por un segundo pelotón de soldados musulmanes, aunque su rostro no sufrió daño alguno.

La renovación espiritual frente al anquilosamiento de la religión dominante, en un tiempo de incertidumbres espirituales, junto a la promoción de la educación, las ciencias, la condición de la mujer y otras mejoras sociales, resultaba especialmente amenazante para el poder, aunque esperanzadora para una parte del pueblo que, de acuerdo con la obra principal del Báb, el Bayán, veía más cercana la llegada de un enviado divino que inauguraría una era de paz y justicia mundial, por encima de las grandes religiones.

Un linaje divino
Y ese enviado anunciado por el fundador de la Fe Bahá’i fue Bahá’u’lláh, según reconocieron el propio Báb y sus seguidores, entendiendo dentro de su comunidad que la aparición simultánea de dos “Manifestaciones de Dios” y la muerte de la primera, constituía el fin del llamado “Ciclo Profético” y el comienzo del “Ciclo del Cumplimiento”. Lo cierto es que comenzó para el líder religioso una odisea que lo llevó a un largo destierro en Bagdad, Constantinopla, Adrianóapolis y Acre, en Tierra Santa, falleciendo en Bahjí en mayo de 1892. Durante los cuarenta años de exilio realizó una prolífica actividad literaria, dejando escritos más de 100 volúmenes que, a día de hoy, todavía no han sido totalmente transcritos, con un contenido en su mayor parte supuestamente revelado por la divinidad. Textos místicos, enseñanzas éticas y sociales, leyes y disposiciones, junto a epístolas en las que exhortaba a reyes y gobernantes de su época a buscar la justicia y la paz, así como la unión mundial, conforman el contenido de una obra que destaca comparativamente con los libros sagrados de otras religiones, por el hecho de haber sido escrito directamente por “el enviado”. Las experiencias místicas y de revelación divina comenzaron a manifestarse durante su primer encarcelamiento en Irak, sobre el que dejó escrito: “Durante los días que yací en la prisión de Teherán, aunque el peso lancinante de las cadenas y el hedor apenas dieron paso al sueño, con todo en esos infrecuentes lapsos de sueño sentí cómo si desde la corona de mi cabeza algo fluyera sobre el pecho, cual si un torrente se precipitase sobre la tierra desde la cima de una elevada montaña. En consecuencia, todos los miembros de mi cuerpo estaban ardientes. En momentos así recitaba mi lengua lo que ningún hombre podría escuchar”. Entre los receptores de sus cartas, escritas en su mayor parte durante sus años en Tierra Santa, se encontraban Napoleón III, la Reina Victoria, el Papa Pío IX, el Shah de Persia, el Kaiser Guillermo I de Alemania y el emperador Francisco José de Austria.

Tras su muerte, la responsabilidad de seguir su obra y difundir el mensaje bahá’i fue de Abdu’l-Bahá, el mayor de sus hijos nacido en 1844, la misma noche en la que el Báb había iniciado su apostolado. El autodenominado Siervo de Bahá vivió junto a su padre largos periodos de destierro, desarrollando el papel de representante del mismo ante las autoridades de la época, y hasta su propia muerte, en 1921, se encargó de difundir la doctrina por Europa y América como el único “intérprete autorizado”. Abdul desarrolló una intensa labor de apostolado que extendió por los más variados sectores sociales del momento y que le hizo ganarse la fama de “mensajero paz”. En su testamento nombró a su nieto mayor Shoghi Effendi, “Guardián de la Fe Bahá’i”, poniéndolo al frente de un cuerpo legislativo del que sería su “cabeza sagrada y distinguido miembro vitalicio”. Effendi continuó con la labor y a él se debe la traducción al inglés de muchos de los escritos en persa y árabe de su abuelo y bisabuelo, la estructuración de los grupos bahá’i en el ámbito local y nacional y la construcción del Santuario del Báb en las faldas del Monte Carmelo. Allí se conservan las reliquias de sus predecesores, la sede de los Archivos Internacionales Bahá’is y otros espacios de peregrinación y estructuras administrativas de la doctrina. Falleció en 1957 y dejó obras propias como Dios pasa, donde se recoge lo esencial sobre los primeros cien años de existencia de la doctrina, sentando las bases de su estructura actual, que ha permitido impulsar programas sociales y de desarrollo en diferentes países del mundo, desde clínicas a escuelas, pasando por proyectos agrícolas o programas de empleo.
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