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Hemeroteca :: Edición del 01/11/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
Un día no muy lejano los demonios blasfemaron, y a través de su garganta escupieron un fuego cruel que incendió las montañas. Si el paraíso se encuentra en el cielo es posible que aquellas llamas chamuscaran incluso las alas de los ángeles, pues el volcán Illimani, que mira con recelo a la ciudad de La Paz, tiene una altura de 6.458 m.
Hace ya más de un siglo que los demonios callan, pero su inquietante silencio no hace más que dar intriga a su imponente figura, que como la de un gigante entre gigantes, se empeña en ser la más alta de esta zona de los Andes. Dicen las leyendas que en su interior vivía el espíritu de un titán, que celoso de sus vecinos esgrimió una onda con la que descabezó a las montañas que tenía a la vista. De esta forma su hogar fue el más alto de la región. Eran los tiempos en los que los dioses vivían en la Tierra, y la verdad que los valles y paisajes que a día de hoy se ven desde La Paz, no parecen obra de la naturaleza. Más bien transmiten a ojos del visitante un mensaje diferente; y es que laderas tan escarpadas y cumbres tan majestuosas parecen la obra del ímpetu de un coloso.

La Paz, que antaño fue morada del cóndor, hace ya más de mil años que pasó a ser hogar de los hombres. Diversas tribus indígenas se asentaron en este terreno escabroso desplazando a las aves de su particular paraíso. Y es que no en vano esta ciudad es la tercera más elevada del mundo. Situada en un valle que se extiende desde los 3.200 hasta los 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, sus casas y rascacielos se sitúan en empinadas laderas que otorgan a esta urbe una sensación de constante vértigo. Fundada por el capitán español Alonso de Mendoza el 20 de octubre de 1548, sobre los restos de primitivos poblados indígenas, hoy La Paz es una ciudad donde viven algo más de un millón de almas. Su función principal en aquel tiempo fue la de servir de refugio y de sitio de descanso para las interminables caravanas que transportaban la plata desde Potosí hasta Cuzco.

Cuando un visitante pisa La Paz debe ir preparado para soportar al menos veinticuatro horas de soroche o mal de altura, un ligero mareo cuyo mejor remedio es la ingesta de aspirina y de mate de coca, mezcla que en principio puede parecer explosiva pero que nos permitirá por el contrario empezar a adaptarnos a la falta de oxígeno en relativamente poco tiempo. El aterrizaje se hace en el aeropuerto del Alto a 4.100 m y es una sensación que jamás se olvida. Los destartalados taxis bajan a toda velocidad por la carretera que une el aeropuerto con la ciudad en un descenso no exento de sobresaltos. Desde ese momento La Paz muestra su verdadero rostro. La luz tiene un brillo cristalino y el aire es siempre fresco. Los indígenas aymaras ocupan los laterales de la carretera vendiendo todo tipo de baratijas, mientras que un exótico caos dirige el pulso de la urbe. El taxi me dejó en la Avenida Dieciséis de Julio, centro neurálgico de la ciudad, por cuyas cafeterías paseó ajeno a su crímenes el asesino nazi Klaus Barbie. Este país fue –y sigue siendo– ideal para todos aquellos que quieran esconderse del resto del mundo.

Pero La Paz nos ofrece otros muchos espectáculos además del de su orografía. Jamás he pisado una urbe donde esté tan vivo y sea tan palpable el sentimiento de magia y respeto a las fuerzas de la naturaleza. Para comprobarlo no es necesario más que darse un paseo por la calle Linares, donde hechiceros y brujas venden sus sortilegios al mejor postor. Montones de fetos de llama disecados adornan sus cochambrosas aceras, exvotos con los que se rendirá culto a la Pachamama, el espíritu de la madre tierra –que dicen los indígenas aymaras un día les abandonó, dejando que el hombre blanco les conquistara–. Bolivia y La Paz viven hoy en un mundo de sombras donde se palpa una tensión social que les puede llevar en cualquier momento a una guerra civil. Y mientras unos esgrimen una absurda verborrea que alenta a las masas a la más cruel de las violencias, otros, pocos ya, siguen mirando al Sol esperando que sus antiguos dioses inunden con renovada luz su amada tierra. Nadie sabe hoy quién será el vencedor de esta desigual batalla, pero mientras quede esperanza, y el canto del chamán siga surcando el aire hasta penetrar en las nubes, un halo de luz podrá inundar las vidas de un país castigado por una injusta miseria.
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  • La morada del cóndor

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5022 | Marco Octavio Ribera - 11/01/2012 @ 21:45:10 (GMT+1)
    Estimados señores

    El Illimani, no es un volcán, menos un estrato volcán, eso es solo producto del sensacionalismo de los medios y de personas poco fundamentadas en conocimientos de historia natural de los Andes. Aún Menos es un estrato volcán, cual es el caso del Sajama, que si es un volcán, ubicado precisamente en la cordillera occidental volcánica. El Illimani es un plutón granitoide formado a enorme profundidad en el interior de la tierra hace muchos millones de años (devónico), donde el material igneo o lava se solidificó, pero al interior de la tierra, para luego, millones de años después en el terciario, se “expulsado” en el “Up lift” del plioceno o terciario en forma de material intrusivo, no como lava u otros materiales volcánicos que si ocurrió en casos como el Sajama Tunupa, Uturuncu, Pomerape y otros verdaderos volcanes de los Andes, donde el material salio en estado “efusivo” (lava). También se habla en la WEB de una supuesta erupción del Illimani en 1869, (en realidad las diferentes paginas lo repiten una y otra vez sin ningún cuidado). Dicha supuesta erupción no tiene asidero histórico, no existe base confiable, es un invento. En el siglo XVII se produjo si un gran derrumbe de una de las laderas, pero en relación a un gran terremoto en la costas del Pacifico, pero no fue tampoco una erupción. Repito, el Illimani No es un volcan, ni siquiera uno antiguo, como es el caso del Khapia frente a Yunguyo en el Perú, que si un antiguo volcan del terciario. Para mayor información, les sugiero remitirse a la carrera de Geología de la UMSA.

    gracias

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