Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
La historia de las finanzas de la Santa Sede no sería la misma de no entrar en escena una extraña sociedad secreta. En un país democrático occidental existió un grupo que conspiraba para acabar con la democracia en toda Europa…
Licio Gelli se consideraba a sí mismo como el hombre más de derechas de Europa. Nació en Pistoia, Toscana, en 1919. Durante la Guerra Civil española había sido voluntario con dieciocho años en un batallón italiano de camisas negras. Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, fue oficial de enlace entre el ejército alemán y el italiano con responsabilidades de inteligencia: su principal misión era la localización y eliminación de partisanos. Pero de eso hacía ya mucho tiempo. En los años sesenta, Licio Gelli había prosperado: “Las puertas acorazadas de los bancos se abren todas hacia la derecha”, solía decir, y se había convertido en uno de los personajes más relevantes en la vida económica y política de Italia. Al parecer, buena parte de esa riqueza procedía, precisamente, de la guerra. Gelli había estado destinado durante un tiempo en la localidad de Cattaro, Montenegro, a orillas del Adriático, desempeñando labores de inteligencia. Allí estuvo escondida buena parte de los depósitos de oro del Banco de Yugoslavia, miles de lingotes de los que nunca volvió a saberse hasta 1999, cuando la policía italiana encontró ciento cincuenta de estos en las macetas y parterres del jardín de la lujosa villa de Gelli en Toscana.
Después de la guerra trabajó para ambos bandos. A pesar de que elaboró para los aliados una lista negra de fascistas que debían ser vigilados, también participó en la red de contrabando de criminales de guerra del padre Draganovic, lo cual le reportó importantes beneficios económicos. Posiblemente, el caso más célebre en el que Gelli estuvo involucrado fue la huida de Klaus Barbie, “El Carnicero de Lyón”, que se refugió durante varios meses en el Vaticano antes de ser puesto en manos de Gelli. El coste de la operación fue sufragado por la contrainteligencia estadounidense, que estaba muy interesada en la información que podía proporcionarle el antiguo jefe de la Gestapo.
En 1948 Gelli entró a formar parte de la Democracia Cristiana. Más tarde alcanzó el cargo de director de Permaflex, una de las empresas más importantes de colchones de Italia. Por aquella época, se convirtió en uno de los puntales de la “Operación Gladio”, un ambicioso plan de la CIA para impedir la expansión del comunismo en Europa. En 1972, cuando Gelli trabó amistad con el general Alexander Haig, antiguo comandante en jefe de la OTAN, “Gladio” era una compleja red que contaba con más de 15.000 agentes en toda Europa realizando las más variadas labores. Se sabe que Gelli recibió financiación de Haig por este concepto.
La estrategia de tensión
[…] Cuando Angleton se convirtió en el jefe de contrainteligencia de la CIA, el plan obtuvo carta de naturaleza y un nombre oficial, “Gladio”, así como suficientes fondos para convertir la política italiana en un verdadero caos durante décadas. “Gladio” forjó secretas alianzas entre la mafia y ciertos funcionarios del Vaticano; reclutó a fascistas y mafiosi para perpetrar atentados de los que luego era culpada la izquierda, repartió millones de liras entre partidos políticos y periodistas para adulterar las elecciones e incluso se sospecha que supervisó el secuestro y asesinato del primer ministro Aldo Moro —que había incurrido en la “osadía” de incluir a dirigentes comunistas en su gabinete—, así como el de la magistrada Vittoria Occorsio.
En mayo de 1965, el plan maestro de “Gladio” estaba perfectamente descrito en un documento titulado “La estrategia de tensión”, en el que se proponía escenificar una campaña terrorista de izquierdas que llevase a la población a un nivel de tensión superior al que pudiera soportar, de forma que la situación derivase en un levantamiento popular y el establecimiento de un gobierno de corte neofascista.
El toque de genialidad de Gelli fue recurrir a la masonería para establecer el germen de este nuevo orden italiano. Todo el asunto no está exento de ironía, pues fue precisamente Mussolini quien en su día proscribió la masonería italiana. Sin embargo, la república había restituido sus derechos a los masones y ahora las logias florecían en la península.
Propaganda Due –P2– era una logia con una dilatada trayectoria. Había sido fundada en Roma en 1877 para servir a los masones italianos que visitaran la capital. Gelli, que se convirtió en masón en noviembre de 1963, fue escalando grados rápidamente hasta alcanzar el necesario para liderar su propia logia. El Gran Maestre Giordano Gamberini le encomendó a Gelli la tarea de crear una gran logia que sirviese para expandir los ideales masónicos por toda Italia. Obtuvo el control definitivo de Propaganda Due en 1976, después de que ésta hubiera sido disuelta y vuelta a fundar por disensiones internas de la propia organización masónica, que comenzaba a darse cuenta de que Licio Gelli tenía ideas muy personales sobre el destino de la logia. Lo cierto es que los ideales de esta nueva Propaganda Due no eran demasiado masónicos, aunque sí muy ambiciosos. Gelli no sólo pretendía realizar el plan de “Gladio” y culminarlo con el establecimiento de un gobierno fascista en Italia, sino exportarlo a otros países del mundo.
Gelli hizo un magnífico trabajo, ya que incrementó el número de miembros de apenas catorce a más de un millar –algunos autores hablan hasta de 2.500 miembros–. Por aquellos días, Gelli declaró en una entrevista televisiva que quería reunir a los mejores de cada campo para materializar sus “planes de renacimiento democrático”. Uno de los primeros miembros de la renacida logia era el general Giovanni Allavena, hombre fuerte del espionaje italiano en cuyas manos había material muy sustancial con el que se podría chantajear a un gran número de personalidades italianas […].
Sasso in bocca
Gelli era un completo desconocido para la opinión pública y, al mismo tiempo, uno de los grandes actores de los asuntos del país. Obviamente, contó con algo de ayuda para llevar a cabo este “milagro”. El periodista italiano Carmine “Mino” Pecorelli, que fue miembro de P2, declaró que la CIA estaba sustentando económica y logísticamente a la organización. En 1990 el antiguo agente de la CIA Richard Brenneke confirmó esta colaboración entre el espionaje estadounidense y la logia italiana. Pecorelli fue encontrado en 1979 con un disparo en la boca, el sasso in bocca que los mafiosos reservan a los chivatos.
En su despacho se encontraron algunos papeles de la oficina D del SID –una especie de combinación del FBI y la CIA, a la italiana–, gran parte de ellos relativos a Gelli. Uno de estos documentos era una lista de personas que Gelli había denunciado ante el SID como colaboradores durante la ocupación alemana entre 1943 y 1945; otro era una nota de la inteligencia italiana en la que se expresaban sospechas de que Gelli pudiera estar trabajando en secreto para algún servicio de inteligencia del Pacto de Varsovia.
Según diversos investigadores, las relaciones de P2 iban mucho más allá de la CIA y se extendían a la extrema derecha italiana, otras sociedades secretas, como los carbonarios, y el mismísimo ejército italiano. Gelli podía presumir de estar muy bien relacionado. Había sido socio del criminal de guerra Klaus Barbie, a quien ayudó a organizar un escuadrón de la muerte en Bolivia, responsable del asesinato del líder socialista Marcelo Quiroga y, en buena medida, del ascenso al poder del general boliviano Luis García Meza. La junta militar boliviana agradeció los servicios de Gelli y Barbie dándoles concesiones especiales sobre las plantaciones de coca, de cuya comercialización se encargaban los no pocos contactos que Gelli tenía en la mafia siciliana. Gelli también había contribuido económicamente al régimen de Juan Domingo Perón en Argentina y mantenía relación con Ronald Reagan, que le invitó a su ceremonia de toma de posesión como presidente de Estados Unidos en 1981. Con quien sí se sabe que trabó amistad fue con Phil Guarino, director de la campaña electoral de Reagan, quien un año antes, el 8 de abril de 1980, recibió una carta de Gelli en los siguientes términos: “si crees que puede ser útil que algo favorable a tu candidato presidencial sea publicado en Italia, envíame el material y yo haré que salga en alguno de los periódicos de aquí”. Además, Gelli había sido uno de los principales patrocinadores del régimen de Anastasio Somoza en Nicaragua y de los comandos de la Triple A en Argentina, Colombia y Brasil. Afirmaba encontrarse en términos amistosos con el antiguo director de la CIA y presidente de Estados Unidos George Bush padre, a quien calificaba de “miembro honorario” de P2. Gracias a su logia y a sus contactos creó lo que los tribunales italianos calificaron como “una estructura secreta con la increíble capacidad de controlar las instituciones gubernamentales hasta el punto de convertirse, virtualmente, en un Estado dentro del Estado”.
Con toda esta experiencia no es de extrañar que Licio Gelli obtuviera notables éxitos cuando decidió dedicarse al comercio de armas, teniendo como principales clientes las dictaduras de extrema derecha iberoamericanas y un Estado de Israel que no debía de conocer sus tratos con criminales de guerra nazis. Sin embargo, en 1981 se vino abajo el entramado de P2 al ser descubierto por las autoridades. Durante un registro en la mansión de Gelli se encontró una copia del documento “La estrategia de tensión” y una lista con los nombres de los principales conspiradores, incluidos tres ministros, cuarenta miembros del Parlamento, cuarenta y tres generales del ejército, entre ellos el poderoso Giovanni Torrisi, jefes de la policía y los servicios secretos, como Giuseppe Santovito, el doctor Joseph Michelle Crimi y Giulio Grassini, el jefe de la policía financiera; Orazio Giannini, el general del SID Vito Milici, el general de la Guardia Financiera Raffaele Giudice, el magistrado del Tribunal Supremo Ugo Zilletti, ocho almirantes, industriales, financieros, artistas, periodistas, dueños de diarios, ejecutivos de televisión, cientos de diplomáticos y altos funcionarios […]. Muchos de los incluidos en la lista negaron su asociación con la logia, aunque nadie les creyó. Otros, incluido el propio Gelli, fueron inmediatamente detenidos por orden del fiscal de Milán, Pierluigi Dell’Osso. Gelli escapó de la cárcel sobornando a los guardianes.
Algunos no tuvieron tanta suerte y vieron sus carreras definitivamente arruinadas por culpa de Propaganda Due. Sin duda, el mayor afectado fue el ministro de justicia Adolfo Sarti, que si bien no figuraba en la lista de miembros, sí había solicitado su ingreso en la logia según los documentos encontrados en la casa de Gelli.
Sarti tuvo que dimitir mientras las autoridades investigaban su posible implicación en “actividades criminales”. La aparición del nombre de Sarti en los documentos fue especialmente significativa, ya que el ministro era popularmente conocido por ser uno de los adalides de la lucha antiterrorista. El escándalo hirió de muerte al gobierno de coalición, que sólo siete meses antes había conseguido ensamblar con no poco esfuerzo el primer ministro Arnaldo Forlani. De la noche a la mañana, el semidesconocido Gelli pasó a ocupar las portadas de los diarios de todo el mundo.
Terrorismo y confusión
[…] Fue en ese momento de máximo poder personal cuando Licio Gelli se acercó a la Iglesia católica, y lo hizo a través del cardenal Paolo Bertoli, un antiguo amigo de Toscana. Por él conoció a los cardenales Sebastiano Baggio, Agostino Casaroli, Ugo Poletti y Jean Villot. No sabemos si por ellos, por Michele Sindona –miembro destacado de P2– o por su propia influencia, el caso es que pronto tuvo acceso a Pablo VI, que le concedió una serie de audiencias. Para añadir mayor respetabilidad a su figura de cara al Papa, Gelli se las ingenió para ser nombrado caballero de la Orden de Malta y caballero del Santo Sepulcro –Lo que no sabía el pontífice era la condición de masón de Gelli–. La masonería y el catolicismo son incompatibles, y esto es algo que los Papas de los últimos cien años han puesto especial esmero en subrayar. El código de derecho canónico de 1917 es claro y no deja lugar a la duda cuando castiga la pertenencia a la masonería con la excomunión. El código de 1983 mantuvo esta medida: “La posición negativa de la Iglesia católica respecto a las asociaciones masónicas permanece inalterada desde que sus principios han sido siempre considerados como irreconciliables con la doctrina de la Iglesia […]. Los católicos integrados en asociaciones masónicas están cometiendo pecado mortal y no podrán acercarse a la Sagrada Comunión”. Llama la atención que, a pesar de esta advertencia, la mayor parte de los miembros de P2 se consideraban buenos católicos que compartían con la Santa Madre Iglesia un visceral anticomunismo. Sin embargo, la implicación de clérigos de todo calibre y condición en las filas de P2 era el menor de los problemas de un fenómeno que llevaba años siendo denunciado desde diversos sectores católicos: la infiltración de la masonería en el seno de la Iglesia católica.
La infiltración masónica en el Vaticano ya había sido denunciada con anterioridad, pero ésta era la primera vez que una de esas acusaciones se publicaba en un medio de comunicación, incluyendo nombres y apellidos. Después ha habido otras igualmente precisas, como la que reproducimos a continuación: “El hecho de que el clan masónico esté tan envuelto en el secreto como su adversario opusdeísta hace que la identificación de sus miembros resulte tan difícil como la de los de este último. En el Vaticano se rumorea que, aparte del cardenal José Rosalío Castillo Lara, pertenecen al clan masónico el cardenal Achille Silvestrini –prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, señalado como uno de los jefes del clan–, el cardenal Pío Lagui –prefecto de la Congregación para la Educación Católica–, el cardenal Camillo Ruini –vicario general de Roma–, monseñor Celestino Migliore –subsecretario para las relaciones con los estados–…”.
En lo referente a P2, parece que uno de los hechos más trascendentes para la Iglesia que sucedieron dentro de la logia fue la posibilidad de que allí trabaran conocimiento Michele Sindona y Paul Marcinkus, un clérigo de Chicago que había hecho carrera en el Vaticano. Marcinkus fue adscrito a la secretaría de Estado en 1959. Su elevada altura fue, al parecer, clave en su ascenso en la Santa Sede. En 1964 una multitud enfervorecida puso en peligro la integridad física de Pablo VI, que fue oportunamente rescatado por el gigantesco Marcinkus. A partir de ese momento pasó a ser asesor del Papa y su guardaespaldas oficioso. Ese día se gestó el apodo que Marcinkus arrastraría de por vida en la Santa Sede: “el Gorila”.
La cercanía entre el Papa y Marcinkus se fue haciendo mayor, en especial después de que éste último volviera a rescatar al pontífice durante un viaje a Filipinas. Tanta amistad culminó en el nombramiento de Marcinkus como presidente del Instituto para las Obras de Religión en 1969, nombramiento que Sindona no pudo por menos que aplaudir, ya que la aparente falta de experiencia financiera de Marcinkus le dejaba las manos más libres para manejar las finanzas del Vaticano…