Ciencia
Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
Un grupo de científicos ha propuesto la hipótesis de que la vida no es el resultado
del azar, sino de un «diseño inteligente» de estructuras que no son explicables con las leyes naturales de la ciencia actual. La propuesta ha desencadenado un debate cargado de tensión en EE UU. ¿En qué se basan los defensores de la nueva teoría para sostener este concepto que escandaliza a los partidarios del evolucionismo darwinista?
El pasado 1 de agosto el presidente de EE UU George W. Bush destapó la caja de los truenos. En una conferencia de prensa declaró que, en su opinión, la teoría del diseño inteligente debía ser enseñada en las escuelas junto a la teoría de la evolución para que los estudiantes conozcan distintos puntos de vista sobre el origen de la vida. No fue el único. El senador norteamericano Bill Frist y, en Europa, María van der Hoeven, ministra de Educación de Holanda, se expresaron en términos similares.
La reacción fue inmediata. El 3 de agosto, la Asociación Nacional de Profesores de Ciencias de EE UU (NTSA) se declaraba aturdida y escandalizada por las palabras de Bush. En la misma línea se manifestaron la Federación Americana de Maestros (AFT) y la Unión para las Libertades Civiles (ACLU). En las siguientes tres semanas aparecieron en el buscador Google de Internet más de 1.200 páginas con contenidos insultantes, descalificaciones del diseño inteligente como una creencia religiosa incompatible con la ciencia y, sobre todo, una defensa cerrada del evolucionismo neodarwinista, calificado como un hecho científico probado que no admite alternativa, réplica o crítica.
En EE UU estalló una nueva caza de brujas, pero esta vez la intolerancia no provenía del «oscurantismo religioso», sino de instancias laicas, liberales y «progresistas». El juez federal de Georgia Clarence Cooper obligó a retirar de los libros de biología de un distrito escolar una pegatina por estimar que era un mensaje religioso. El texto decía: «La evolución es una teoría, no un hecho, y como tal debe ponderarse con mente abierta, estudiarse y valorarse críticamente». El biólogo Richard Stenberg, que en 2003 publicó un artículo de Stephen Meyer, un filósofo defensor del diseño inteligente, fue calificado como un peligroso fundamentalista religioso. Aunque Stenberg no avaló la teoría de Meyer, sólo por editarla se convirtió en «enemigo de la ciencia oficial» y se le negó el acceso a las instalaciones del Museo Smithsoniano de Historia Natural en Washington.
Manipulación grosera
Lo primero que llama la atención es el clima emocional exaltado que expresan las opiniones hostiles al diseño inteligente. Periodistas, divulgadores y científicos han asumido un discurso militante radical. Con sospechosa unanimidad, coinciden en que esta teoría ni siquiera merece examinarse porque sólo es la nueva máscara pseudocientífica fabricada por el creacionismo para contaminar las aulas con ideas religiosas.
Sin duda, constituye un dato significativo que estas instancias recurran a conocidas técnicas de manipulación de la opinión pública y a viejas estrategias de acoso y derribo de las ideas incómodas, sin molestarse en discutirlas. Entre estas viejas artimañas destaca la ridiculización del punto de vista rival, la atribución a éste de ideas y afirmaciones que nunca ha hecho y la descalificación global sin argumentos. Son trucos perversos cuyo objetivo es desinformar y proyectar, en la conciencia social, una imagen deformada y devaluada de las ideas a derribar.
Sin embargo, la denostada teoría la han formulado científicos, apoyándose en trabajos y argumentos científicos. Tampoco postula la existencia de Dios, como sostienen sus detractores. Sus defensores no afirman que la inteligencia diseñadora sea un Creador, un extraterrestre u otra entidad. Sólo sostienen que algunos sistemas biológicos no pueden explicarse con el paradigma neodarwinista, mediante un mecanismo de mutaciones al azar y por selección natural, y que únicamente pueden ser el resultado de un diseño inteligente.
Argumentar que éste requiere un diseñador inteligente e identificarlo con Dios, parece olvidar que la supuesta «tendencia autoorganizativa de la materia» a la que recurrió el neodarwinismo en el siglo XX para adaptar su teoría a las observaciones que no podía explicar, no pasa de ser una burda estratagema mediante la cual el evolucionismo atribuye a la materia la inteligencia que antes el creacionismo bíblico atribuía a Dios. El astrofísico Fred Hoyle denunció esta tramposa pirueta argumental panteísta, que desnaturaliza los fundamentos del evolucionismo al desplazar la inteligencia trascendente a la materia, dado que esta teoría nació con el objetivo de explicar el mundo sin necesidad de recurrir a un Creador.
Por otra parte, la crítica al neodarwinismo de los partidarios de la nueva teoría no es nueva ni exclusiva de ellos. Algunos científicos de primera línea que figuran entre quienes han realizado las aportaciones más importantes a la ciencia del siglo XX, como el citado Fred Hoyle, ya habían calificado al darwinismo como «una teoría científicamente impresentable».
Tampoco avala el neodarwinismo Ervin Laszlo, doctor en ciencias, rector de la Academia de Frankfurt para Estudios Avanzados, miembro del Club de Roma y fundador-presidente del Club de Budapest. Considerado una de las mayores autoridades mundiales en Teoría de los Sistemas y Evolución General, Laszlo examina distintas alternativas para explicar los hechos científicos que cuestionan al neodarwinismo. En su libro El cosmos creativo (Ed. Kairós, 1997), afirma que está naciendo un nuevo paradigma y, a su juicio, este «giro copernicano» implicará una revolución científica más profunda que la del siglo XVII.
Pero el inventario de científicos de primera línea que han expresado críticas similares desde el siglo XIX es abrumador. Lord Kelvin no creía que la vida se hubiese originado por azar en la famosa «sopa primordial». El astrónomo Étienne Wolf propuso la existencia de cierta «orientación» en la evolución. Jean Dorst, precursor de la ecología, reconoció que existía «una evidencia de diseño» en algunos ecosistemas. Konrad Lorenz, el famoso zoólogo y Premio Nobel considerado como «el padre de la ecología», no creía que el azar pudiese explicar la complejidad de numerosos organismos observados. El biólogo Michael Denton ha expresado recientemente la misma opinión.
Básicamente, el escepticismo de estos y muchos otros notables investigadores respecto del darwinismo, se debe a que consideran altamente improbable:
• que las combinaciones químicas al azar hayan sido el mecanismo por el cual la vida apareció en la Tierra.
• que el azar y la selección natural hayan generado la enorme biodiversidad observable en periodos relativamente cortos.
• que este modelo de evolución pueda desembocar en organismos y sistemas biológicos de alta complejidad.
En este marco, se han propuesto algunas hipótesis científicas extrañas al evolucionismo, como los campos morfogenéticos generadores de formas vivas, del biólogo y botánico Rupert Sheldrake; la existencia de «modelos psíquicos previos», propuesta por Alister Hardy; los «factores inmateriales similares a ideas» que «informan» a los procesos biológicos, postulados por Hermann Weyl; o la existencia de «factores espirituales» y «arquetipos» de Roberto Fondi.
Como sucede con la idea de un universo holográfico y la incidencia de una información ordenadora en el Cosmos, aportadas por Hoyle y John Wheeler en física para explicar el ajuste fino de las constantes cosmológicas, estamos ante una enorme variedad de líneas de investigación que han surgido, en todos los campos del saber, como alternativa al papel asignado al azar en la evolución por el darwinismo. Por una razón muy simple: ni el cosmos ni la vida pueden explicarse como el resultado de un proceso casual. El cálculo de probabilidades más elemental obliga a descartarlo.
¿Por qué entonces tanta ira desatada contra los defensores del diseño inteligente? ¿No sería más apropiado para una actitud realmente científica conocer sus críticas al neodarwinismo y qué argumentos expone en respaldo de su hipótesis, antes de condenarla?
Argumentos científicos
El bioquímico Michael Behe –profesor de la Universidad de Leigh y uno de los promotores del diseño inteligente–, ha expuesto el concepto de «complejidad irreductible». Ésta se aplica a los sistemas biológicos de múltiples partes armónicas e interactuantes, en los cuales la eliminación de cualquiera de esas piezas, o la alteración de su orden, impide funcionar al sistema. Entre otros, entran en esta categoría los sistemas complejos de reacciones bioquímicas subcelulares, como la producción de enzimas, anticuerpos y agentes de coagulación de la sangre.
Por ejemplo, si un sistema necesita 50 pasos químicos perfectamente sincronizados para cumplir una función, no puede haber evolucionado a partir de uno de 49 pasos o menos, porque sin los 50 que implica todo el proceso no funcionaría y, en consecuencia, no ofrecería ninguna «ventaja adaptativa» en «la lucha por la vida», claves en el mecanismo de selección natural del darwinismo.
En este sentido, conviene recordar que los presupuestos básicos del evolucionismo son las mutaciones al azar –en su mayoría dañinas o negativas– y la selección natural de aquellas que brindan al organismo individual una ventaja adaptativa. Esta teoría exige que las variaciones nuevas sean azarosas, sin conexión con las necesidades del organismo; también deben ser pequeñas y graduales, porque los grandes cambios lo situarían fuera del foco adaptativo; y, finalmente, la mutación debe ser individual, porque «la lucha por la vida» se desarrolla a todos los niveles. Sin estos requisitos, no hay evolución darwinista posible.
Según Behe, resulta inconcebible que se produzcan mutaciones al azar suficientes de un tirón para el desarrollo de sistemas completos de complejidad irreductible. Y dado que la selección natural sólo favorece los sistemas funcionales, eliminaría el sistema incompleto antes de que pudiese desarrollar su potencial, lo que obliga a descartar en todos estos casos una evolución gradual por etapas. Para explicar la existencia de los sistemas de complejidad irreductible, este bioquímico propone que son el resultado de un «diseño inteligente».
Behe pasa revista a una serie de organismos de los que conocemos su composición desde el nivel atómico: entre otros, el cilio, el flagelo bacteriano, la coagulación de la sangre, la estructura de los subsistemas de la célula eucariota, el sistema de transporte de las proteínas (valvular, transmembrana y vesicular), el aparato inmunológico y la síntesis de las proteínas y los ácidos nucleicos. Pero Behe no presupone cuál es el actor inteligente responsable del diseño en estos casos y tampoco niega la evolución ni su validez para explicar otros sistemas. Sólo rechaza que los mecanismos que define como de complejidad irreductible puedan haberse formado gradualmente como sostiene el neodarwinismo. Y concluye: «la evolución no explica las estructuras moleculares de la vida, es incapaz de hacerlo».
El agente externo responsable del diseño inteligente de tales estructuras es otro tema. Si sólo 50 años después de descubierto el ADN, los científicos ya intentan «diseñar vida», es obvio que dicho agente no tiene por qué ser sobrenatural. Al fin y al cabo, Francis Crick, uno de los descubridores del ADN, llegó a proponer que la vida en la Tierra pudo ser sembrada desde una nave extraterrestre, sin que por ello la comunidad científica exigiera su cabeza.
Si Behe argumenta desde la bioquímica, el matemático William Dembski deduce su «inferencia de diseño» de razonamientos que recurren a la lógica simbólica y a las matemáticas, proponiendo un algoritmo para alcanzar dicha inferencia (ver esquema). Su noción de «filtro del diseño», propone las características que deben presentar los sistemas resultantes de un diseño inteligente.
Naturalmente, resulta una empresa imposible recoger en un breve artículo los trabajos aportados por los partidarios del diseño inteligente desde que, hace unas dos décadas, el biólogo Charles Thaxton publicara el libro pionero de esta teoría: El misterio del origen de la vida. Desde entonces, ésta ha recibido el apoyo de científicos como Bill Harris, profesor de la Universidad de Missouri, o el profesor Phillip E. Johnson, de la Universidad de Berkeley, entre muchos otros.
Sin embargo, el punto decisivo para el público en general, no es tanto si la teoría del diseño inteligente debe adoptarse o no como alternativa al neodarwinismo, sino el hecho de que se rechace a priori examinarla y se monte en cólera ante la posibilidad de que se informe a los estudiantes sobre su existencia y argumentos. Sobre todo, porque quienes se niegan a dicho examen insisten en que el evolucionismo neodarwinista es un hecho probado (lo cual es un disparate), aparte de incurrir en una contradicción inocultable.
En efecto, para ser científica una hipótesis debe ser falsable (debe poder probarse que es falsa). Y no se ve cómo podría ser falsable el azar darwinista si se excluye su cuestionamiento. Como ha dicho Stephen Meyers: si el diseño inteligente no es científico, por la misma razón no lo es el evolucionismo darwinista, y si el darwinismo es ciencia, por la misma razón lo es el diseño inteligente. En lo que se refiere al agente inteligente (la causa material), Meyers también demuestra que muchas leyes científicas que describen regularidades observables en la naturaleza no explican por qué suceden ni identifican su causa.
Esto atañe a los mecanismos de la evolución. Pero más clara todavía es la inadecuación del darwinismo para explicar el origen de la vida. «¿Cuánto tiempo le llevaría a la naturaleza cambiar las moléculas de amoníaco en dos animoácidos gracias a un péptido?», se pregunta Behe. Y advierte que la reacción bioquímica más simple requiere como mínimo combinar 100 aminoácidos en un orden preciso. Sin embargo, la vida surgió en la Tierra poco después de formarse ésta.
Fred Hoyle ya puso en evidencia la impotencia de la famosa «sopa primordial» en la cual supuestamente, por combinaciones al azar, nació la primera forma viva. Sencillamente, la Tierra necesitaría ser 40.000 veces más vieja de lo que es para haber formado así una sola de las 200 proteínas de la sangre, y no digamos una enzima. También aportó un ejemplo para ilustrarlo: un ciego que intentara resolver el cubo de Rubik sin que nadie le orientara, necesitaría al menos 126.000 millones de años –diez veces la edad que se calcula al Universo– para completar la tarea. Y, ciertamente, la vida es infinitamente más compleja que un cubo de Rubik.
Con el mismo rigor, Hoyle cuestionó la teoría del Big Bang (el evolucionismo aplicado al origen y desarrollo del Universo). El Laboratorio de física nuclear del Caltech (Instituto de Tecnología de California) confirmó experimentalmente que tenía razón al afirmar que «la naturaleza» debió llevar a cabo la posibilidad más improbable que pueda imaginarse al coordinar y sintonizar los grados exactos de energía del helio, el berilo, el carbono y el oxígeno que requieren las reacciones nucleares para que hubiese Universo en lugar de nada.
Algo falla en el evolucionismo. Al aplicar el cálculo probabilístico a la posibidad de un Universo o de una vida surgidos del azar, debemos admitir que la ciega casualidad siempre eligió, entre todas las alternativas posibles y sin equivocarse nunca, la única que podía desembocar en su nacimiento. De hecho, esto implica la petición de un acto de fe sensiblemente superior al que demanda el sermón dominical más provinciano del creacionismo bíblico.
¿Cómo explicar entonces la cerrada defensa del evolucionismo neodarwinista por parte de la comunidad científica? ¿Por qué ese empeño de elevar una teoría a la categoría de dogma intocable e inapelable? ¿Por qué esta radical intolerancia que ni siquiera admite examinar las críticas de quienes la cuestionan y, sobre todo, su voluntad de que los puntos de vistas alternativos no trasciendan a la opinión pública?
Fred Hoyle denunció la reconversión de la ciencia moderna en una «nueva religión». En su opinión, la gestión de sus «nuevas catedrales» –las costosas instalaciones de investigación– ha generado «un nuevo clero» que, como todos los cleros del pasado, pugna por hacerse con «los diezmos» de la sociedad.
La investigación científica es cara. Probablemente, si la sociedad fuese informada de que una teoría –el Big Bang o el evolucionismo, por ejemplo– no tiene la mayor probabilidad de ser correcta, no estaría dispuesta a invertir tantos recursos en sostener el sistema. Por esta razón, se hace necesario «venderle» a la opinión pública la imagen de una ciencia actual que ya ha descubierto todo lo esencial y a la que sólo resta completar el puzzle del «gran enigma» con algunas confirmaciones relativas a detalles. Como en la promoción de cualquier inversión, para conseguir sus objetivos debe minimizar la percepción del riesgo y poner el énfasis en la expectativa de rentabilidad de los ingentes fondos que demanda el mantenimiento del aparato de investigación.
El nuevo clero no quiere perder su estatus. Y para ello debe dar a la sociedad respuestas contundentes, calificando como «hechos confirmados» lo que no pasa de probable y, a veces, sólo de posible. Por eso es tan sensible en la defensa cerrada del evolucionismo. De cara a la sociedad éste proyecta la imagen de una ciencia capaz de responder a las grandes preguntas humanas (de dónde venimos y adónde vamos) y, al mismo tiempo, asegurar el progreso ininterrumpido del bienestar material. También aporta al poder político una ideología cientificista funcional para mantener al rebaño humano encarrilado, obediente al dictamen de los «expertos» oficiales, enmascarando el despotismo ilustrado de una tecnocracia fáctica tras un sistema de democracia formal. El gran inconveniente de la teoría del diseño inteligente es que mina la fe que demanda la financiación de «la nueva religión» y de su clero.