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Hemeroteca :: Edición del 01/11/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
Los desastres naturales son cada vez más frecuentes. El tsunami asiático, como la tragedia de Nueva Orleans, volverán a repetirse. Las fuerzas de la naturaleza están respondiendo a la agresión humana contra Gaia. Y no cabe duda del resultado de esta guerra. La civilización actual no es viable. Pero ¿estamos preparados para sobrevivir en condiciones de extrema adversidad como las que se avecinan o a tiempo para evitar el colapso?
Bastó el huracán Katrina y la ruptura de unos diques para sembrar la destrucción y el caos en cinco estados del sur de EE UU. Nueva Orleans se transformó en una ciudad sin ley. El escenario de muerte, saqueos, violaciones y desesperación, es un anticipo del futuro que nos espera al más corto plazo. Mientras decenas de miles de soldados llegaban para restablecer el orden y varios barcos de la Marina acudían con ayuda, se declaraba la emergencia sanitaria. La mezcla de las aguas de las cloacas con gasolina, contaminantes químicos y cadáveres en putrefacción generó el caldo de cultivo para la aparición de epidemias. En pocas horas, el país más rico y poderoso del primer mundo se transformó en tercer mundo.

La autoridad civil desapareció. Nadie aceptaba tarjetas de crédito de las personas que huían del desastre. Mientras unos lloraban a sus muertos y su ruina total, otros hacían su fortuna multiplicando el precio de las tarifas hoteleras y de cualquier servicio que demandara esa masa de desplazados que vagaban sin hogar ni asistencia.

En la Bolsa se disparó al alza la cotización de Halliburton y su entramado empresarial, como sucedió en ocasión de la guerra de Irak. Si se destruye, habrá que reconstruir. Un negocio redondo para aquellos inversores que apuestan por la industria militar y por las grandes constructoras.

«Nadie conoce a nadie»

Pero no sólo ellos aprovecharon «la oportunidad de negocio». Todos quieren rentabilizar la muerte: grandes, medianos y pequeños, laicos y creyentes, neocons y liberales, derechas e izquierdas. Aquí nadie conoce a nadie y todos van «a lo suyo» para aumentar su «cuota de mercado», posicionando su oferta de «atención al cliente», el rey indiscutible de la sociedad de consumo.

Los fundamentalistas religiosos esgrimen «el castigo divino» que fulminó a «la ciudad del pecado». Los demócratas echan la culpa a Bush y observan complacidos la caída de su índice de popularidad en las encuestas. Los científicos dóciles a la línea que marca la política exterior de EE UU argumentan que estos desastres no se deben al calentamiento global, mientras los críticos partidarios de la ONU recuerdan que no se firmó el Protocolo de Kyoto. Los pacifistas ven en los recursos destinados a financiar la guerra de Irak la causa de la tragedia, aduciendo que si se hubieran dedicado a fortalecer los diques esto se habría evitado.

Desde el primer día, la demagogia saturó los medios con el color y los intereses corporativos de cada uno, empeñado en hallar al «culpable» en el bando rival. Entre tanto, el mundo se cae a pedazos y nadie quiere hacerse cargo de lo evidente: este cataclismo anunciado y previsible volverá a repetirse pronto. Cada vez con mayor frecuencia. Estamos condenados a reiterar la misma tragedia, multiplicando sus efectos y su coste en vidas humanas, dolor y destrucción. Por una razón simple: nuestra cultura predadora es inviable y conduce al suicidio colectivo. Nuestra civilización ha declarado una guerra insensata a la Tierra y al Cielo.

Basta observar el escenario:
l Construir ciudades e infraestructuras en terrenos ganados al mar, o desviando cauces de ríos como en Nueva Orleans, o sobre fallas como la de San Andrés, supone una sentencia segura de destrucción. Si el temido gran terremoto anunciado en California hunde en el océano una zona donde hay varias centrales nucleares, no habrá forma de evitar el envenenamiento del mundo entero.

l No poner coto al crecimiento económico y a la explosión demográfica, hace inevitable que se dispare el calentamiento del planeta, con todos sus efectos: contaminación de suelos, aire y aguas; desertificación creciente y pérdida de tierras fértiles; sequías cada vez más prolongadas alternándose con meteoros cada vez más violentos.

l La sobreexplotación y concentración de la población en las zonas costeras destruye este punto sensible del planeta, que quedará bajo las aguas a medida que ascienda el nivel del mar, anegando amplias áreas de cultivos y forzando migraciones masivas.

l No querer renunciar al hedonismo de la sociedad de consumo implica un agotamiento de los recursos naturales no renovables en plazos cada vez más cortos, falta de tiempo para desarrollar alternativas renovables que los sustituyan y bloqueo de la capacidad depuradora de la propia naturaleza para regenerar los ecosistemas contaminados.

l El incremento del comercio mundial y de la movilidad de la población también extiende las epidemias, los virus emergentes y las enfermedades parasitarias. El mosquito-tigre asiático, vehículo del dengue y la fiebre amarilla entre otros graves trastornos, ya llegó a Europa y acaba de desembarcar en Cataluña desde Italia, donde en pocos años ha colonizado dos tercios del territorio. ¿Cuánto tardará la gripe aviar u otra variante en ser una pandemia mundial que mate a decenas de millones de seres humanos?
l Cuanto más especializada es una especie o una civilización, mayor es su vulnerabilidad y riesgo de extinción por incapacidad de adaptación a una situación nueva. El pasado 12 de septiembre el inocente error de un operario al apretar un interruptor dejó a la ciudad de Los Ángeles sin luz y sumida en el caos durante horas. Es sólo un ejemplo.

Y mañana más...

Los científicos habían estimado que el calentamiento del mar que activa el fenómeno de los huracanes afectaba a una columna de agua de 2 o 3 m de profundidad. Pero ahora descubren que, en realidad, la afecta hasta los 50 o 60 m de profundidad. Nature publicó en julio un trabajo de Kerry Emanuel, científico del Departamento de Ciencias Planetarias, Atmosféricas y Terrestres del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), según el cual la intensidad de los huracanes se ha duplicado desde los años 70.

Según otro estudio de la UE, entre 1975 y 1984 se produjo una sola catástrofe natural de grandes dimensiones a nivel mundial: el huracán «Alicia» en 1983, que afectó al golfo de México y a EE UU. En la década siguiente (1984-1995), se registraron 13 catástrofes de esa magnitud y en la última 35. Nadie duda de que en la década que ahora se inicia superaremos el centenar.

A razón de diez o más desastres anuales –y con el doble o triple de fuerza destructiva– arrasando el mundo, las cosechas y las infraestructuras, ¿de dónde saldrá la ayuda internacional «solidaria» para auxiliar a las víctimas?, ¿qué país se atreverá a aportar a otros los recursos y reservas que su población puede necesitar al día siguiente?
Entre tanto, muchos científicos sirven lealmente a quienes financian sus laboratorios. Esta politización de la investigación determina el signo de sus previsiones. Aquellos que dependen del lobby petrolero y de los EE UU «quitan hierro» al tema y lanzan mensajes adormecedores, mientras los expertos del Panel para el Cambio Climático de la ONU presionan a la superpotencia para que asuma el Protocolo de Kyoto.

No es posible confiar en las predicciones de unos y otros en esta situación. Basta examinar las estimaciones que hicieron públicas hace tres o cuatro décadas para confirmar que los daños previstos por ellos para el 2050 ya se habían producido antes de 1990. A otras predicciones más afinadas no se les dio publicidad para evitar alarmas, pero en los años 80 ya se sabía que en unas tres décadas aparecerían más de 2.000 enfermedades nuevas, muchas de origen medioambiental.

Por otra parte, más allá del engañoso marketing de imagen proyectado por esta «nueva religión» diseñada a la medida del alma de este tiempo, la verdad es que nuestra ciencia sabe muy poco de los mecanismos que rigen el clima global, carece de capacidad para anticipar los desastres con suficiente antelación y es absolutamente impotente para evitar o amortiguar los fenómenos más destructivos. Aunque nada de eso le impide elaborar sofisticados estudios de «percepción social del riesgo» que arropan las fuertes inversiones en nuevas centrales nucleares y químicas.

Pero no existen unos «malos» empeñados en impedir el nacimiento de una cultura que, manteniendo nuestro nivel y calidad de vida, minimice el impacto ambiental. También es falso el tópico de que es posible sostener esta forma de producir y vivir si se recurre a las nuevas «tecnologías limpias».

No hay alternativa al sistema económico vigente y no puede haber crecimiento sin incremento del impacto medioambiental en un plazo de décadas. De modo que la solución no se encuentra en el «milagro tecnológico», sino en la forma de pensar y vivir la vida, en el rescate de viejos valores abandonados y en nuestra capacidad para poner en pie una cultura no predadora.

Pero ¿está dispuesta la sociedad a sacrificar el bien desechable, el consumismo desaforado, los desplazamientos recreativos o el impacto derivado de la industria del ocio? ¿Está dispuesta a votar a quien esgrima un programa de austeridad, racionalidad, preservación y administración de los recursos naturales no renovables, reducción del consumo eléctrico y de los combustibles fósiles?
Resulta fácil culpar a Bush por una política que, en lo esencial, es la misma que antes practicaron su padre, Bill Clinton y Ronald Reagan y que, dicho sea de paso, practican todos en la medida de su capacidad para imponerla al resto. ¿O no es esta la política que votaron con entusiasmo quienes hoy piden su cabeza? Bush no habría llegado a presidente con otro programa.

En este drama de destrucción tan cotidiano en el tercer mundo, que hoy le recuerda al primer mundo que también le ha llegado la hora, la sociedad entera es responsable. No es coherente querer petróleo barato a raudales y no la guerra para asegurarse sus fuentes de suministro, como resulta indecente auparla en las encuestas cuando parece fácil ganarla pagándola con pocos muertos, pero luego cargar la culpa por el excedente de muertos en combate en la cuenta del chivo expiatorio de turno. Nadie puede pretender disponer de la tarta entera después de haberse comido la mitad. Si cada uno no asume su responsabilidad individual, no hay salida y estamos abocados a la destrucción de nuestra civilización.

Hay quien piensa que el poder sabe desde hace tiempo que no es posible a esta altura del proceso cambiar el rumbo de la tendencia autodestructiva al desorden creciente del sistema. Algunos autores han denunciado que, desde entonces, estas instancias han actuado en la sombra, preparándose para hacer frente a la crisis final de la sociedad abierta y del modelo democrático.

En 1979, el gran «gurú» del Departamento de Estado de EE UU Zhigniew Brzezinski, uno de los padres de la Comisión Trilateral, fundó el FEMA bajo el gobierno del demócrata Jimmy Carter. Esta sigla designa a una organización cuyo objetivo declarado es, precisamente, gestionar situaciones de emergencia provocadas por grandes catástrofes naturales como la de Nueva Orleans.

La sede del FEMA se instaló en Fort Meade, donde también tiene la suya la Agencia Nacional de Seguridad de EE UU (NSA). Según los partidarios de la teoría de la conspiración, éste sería el embrión de un «gobierno en la sombra»: un estado secreto dentro del estado. Miles de personas habrían sido entrenadas para controlar a la población y organizarla de acuerdo con las directivas de ese gobierno oculto, en previsión de que, en situaciones de creciente desorden, una emergencia de impacto mundial –catástrofe natural a escala mundial, ofensiva terrorista generalizada, destrucción de las reservas alimentarias o desbordamiento de la autoridad civil por cualquier causa– desembocara en el colapso de nuestra sociedad y exigiera la adopción de medidas extremas.

Con sus jefes, competencias especiales y autoridad para subordinar al aparato judicial y represivo a sus dictados, muchos ven en el FEMA una instancia dictatorial preparada para arrebatarnos nuestras libertades en cuanto le sea posible. Sin embargo, se ha mostrado tan incapaz de actuar ante el desastre de Nueva Orleans que su absoluta falta de operatividad obligó al gobierno a destituir a su máximo responsable, Michael Brown. El teniente general Russell Hononore, nombrado responsable en la zona de Nueva Orleans, ha establecido un bloqueo informativo para las operaciones de rescate de cadáveres. La CNN ha recurrido la medida por inconstitucional y el incidente promete avivar las tesis conspiranoicas.

Desde el rigor y la prudencia, el investigador Bruno Cardeñosa prefiere identificar al FEMA con «un gobierno de sustitución», legalmente capacitado para suspender garantías y derechos, asumir plenos poderes a nivel local y federal, e incluso las funciones del gobierno si hiciera falta. Pero también comenta la preocupación que produce la opacidad de su presupuesto, el hecho de que hasta los años 80 no se diese a conocer su creación y que sus competencias podrían suponer una amenaza para las libertades.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿alguien cree posible que no se suspenda de hecho –con FEMA o sin éste– el sistema de libertades en una situación de emergencia extrema? Un «gobierno en la sombra» al menos impondría una legalidad planificada en medio del caos, en lugar de un poder de facto improvisado y de composición imprevisible que surgiría de la coyuntura y de la correlación de poderes en ese momento. De lo que no cabe duda es que el orden más despótico es preferible a la ley de la selva y al imperio de la arbitrariedad. La única forma de salvar las libertades es evitar el desorden. Y si éste llega, ¿no parecen preferibles los «FEMAS» tan temidos a las mafias del crimen organizado y a las bandas descontroladas?
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