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Hemeroteca :: 01/12/2005
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Geografía mágica
Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
Se puede llegar a Siria, por barco, por avión… Pero nosotros lo hicimos por carretera, atravesando la frontera de Jordania y entrando por la antigua ruta de los cruzados, en el sur del país. Nuestro primer destino era un lugar excepcional: Bosra.
Esta ciudad aparece ya mencionada como Busrana en antiguos papiros egipcios del año 1300 a.C. Fue la capital del reino nabateo antes que Petra y, de la misma forma que muchos opinan que el cristianismo nació en Damasco, hay quien dice que el islam nació en Bosra. Según la tradición musulmana, en esta ciudad un joven Mahoma, durante uno de sus viajes en la caravana de su tío, se encontró con el monje nestoriano Boheira, quien le introdujo en los conceptos básicos del cristianismo y del judaísmo, que tanto influyeron en el Corán. Hecho histórico o legendario, lo cierto es que Bosra fue la primera ciudad musulmana de Siria, en el año 634 d.C. Sin embargo, ya había recogido antes una herencia extraordinaria.

El teatro romano de Bosra es, posiblemente, el mejor conservado de todo el mundo. Con capacidad para 15.000 espectadores, todavía hoy se representan obras y festivales de prestigio internacional en su espectacular escenario. Su acústica es excepcional, un ejemplo de la pericia técnica y de los conocimientos de los arquitectos romanos. Todo el complejo se halla en un envidiable estado de conservación.

La cuna del cristianismo

La antigua ruta de las caravanas de Amman a Damasco está llena de atractivos para el viajero. En nuestro itinerario hacia el norte dejamos atrás Sheik Meskeen, Sanamein y Kiswah, y también las jaimas de los beduinos, que siguen apegados a sus tradiciones ancestrales, anteriores incluso a la llegada del islam.

A la entrada de Damasco, cerca de Darayya, seguimos los pasos de Saulo de Tarso, que justo aquí se convirtió en san Pablo, el autor de las principales epístolas del Nuevo Testamento y el principal creador del cristianismo, tal como hoy lo conocemos.

Saulo había sido un tenaz perseguidor de los primeros cristianos, pero en un viaje a la capital siria tuvo una visión y una experiencia sobrenatural que cambiaron radicalmente su vida, después que escuchara a Cristo decirle: «Saulo, ¿por qué me persigues?». En aquel preciso momento, en el centro de Damasco, otro judío seguidor de Jesús llamado Ananías vivía otra experiencia mística extraordinaria, según relatan los Hechos de los Apóstoles (9: 11). Una voz le impulsó a salir al paso de san Pablo: «Levántate y vete a la calle llamada Recta y busca a Saulo de Tarso».

Según la tradición oriental, Ananías fue uno de los setenta y dos discípulos de Jesús de cuya existencia y misión da testimonio Lucas (10:1). Había regresado a Damasco desde Jerusalén tras la brutal lapidación de san Esteban. Ananías también moriría de esta forma tan atroz, años después, en las afueras de Damasco.

Ese encuentro entre Ananías y el aún traumatizado Saulo de Tarso –ciego tras la visión de la luz que le derribó del caballo camino de Damasco– se produjo en el extremo norte del barrio cristiano de esta capital. Allí el viajero puede visitar todavía una pequeña capilla subterránea, donde Ananías cobijó a san Pablo, lo curó milagrosamente de su ceguera y lo instruyó en los pilares básicos del primer judeocristianismo.

Esa capilla subterránea ha sido sobradamente documentada desde el punto de vista histórico y arqueológico. Ya en su número 205, de 1924, la revista científica Syria publicaba que el Conde Eustaquio de Lorey, responsable de la misión arqueológica en Siria, realizó excavaciones en Damasco en 1921, «en un punto llamado Hanania, situado cerca de la puerta Ech-Charqi. Allí se levantaba en otros tiempos la Iglesia de la Santa Cruz, o más exactamente Musallabah, uno de los templos ocupados por el islam que Walid I devolvió a los cristianos a cambio de la Gran Mezquita».

Eustaquio de Lorey descubrió diversos elementos, como alguno de sus ábsides y, lo que es más interesante, sus trabajos revelaron que esta iglesia cristiana, como tantas otras, se había construido encima de un antiguo templo pagano. La inscripción griega («al dios celeste de Damasco») y un altar pagano lo demuestran sobradamente.

La cabeza de Juan Bautista

La capital siria, como Biblos en Líbano y Benarés en India, aparte de otras ciudades que he tenido la oportunidad de visitar, se autoproclama la urbe más antigua del mundo. Es imposible precisar cuál es la más antigua de la historia, pero nadie duda de que en ese ranking Damasco debe encontrarse entre los primeros puestos. Y, como ocurre en toda la cultura árabe, esa historia concentrada en piedras, edificios y monumentos antiguos, orbita en torno a su Gran Mezquita. Sin duda, la de Damasco merece el calificativo indiscutiblemente.

La Gran Mezquita Omeya está considerada la tercera más importante del mundo árabe después de las de La Meca y Medina. Como es habitual, en su emplazamiento actual existieron antes otros lugares de culto paganos. Los arameos habían edificado en ese mismo punto un templo al dios Hadad, mencionado en la Biblia. Los romanos lo reconvirtieron en un templo a Júpiter. Después de que Constantino hiciese del cristianismo la religión oficial del imperio, este templo a Júpiter se convirtió en iglesia cristiana y con la llegada del islam volvió a transformarse, adaptándose al nuevo culto y ampliándose hasta convertirse en la Gran Mezquita musulmana que, durante la dinastía omeya, se convertiría en la capital del mundo islámico.

Para acceder a ella, como para visitar cualquier templo religioso, sólo hace falta ser respetuoso y cuidar el atuendo. Los viajeros accedemos por la puerta norte: Bab Al Amara y, una vez dentro, nos encontramos con un exótico mosaico de personajes. Mujeres ataviadas con burka, o con velos multicolores, comerciantes con resplandecientes túnicas blancas, beduinos con sus turbantes.

Sus oratorios, su Museo de Epigrafía Árabe, sus minaretes… Hay muchas cosas que ver en la Gran Mezquita Omeya, como la Madrasa Adiliya, donde se forman los futuros musulmanes que liderarán el país. Pero sin duda una de las más curiosas es el sepulcro de san Juan Bautista.

Discrepancias teológicas

El islam comparte con el cristianismo y el judaísmo muchos profetas. Abraham, Moisés o el mismo Jesús aparecen en el Corán, aunque con evidentes discrepancias teológicas respecto del lugar que les concede la Biblia y el Talmud. Juan el Bautista se encuentra entre estas figuras veneradas, aunque en el mundo musulmán se le conoce con el nombre de profeta Yahia. Según la tradición cristiana y la islámica, Juan fue decapitado a causa del capricho de la joven Salomé. Su cabeza se conservaría precisamente en el interior de la Gran Mezquita Omeya, en un fastuoso sepulcro de mármol verde.

En Damasco aún podemos encontrar muchos elementos que recuerdan los tiempos en que la cruz y la media luna eran enemigas enfrentadas en el campo de batalla. En estas tierras se escribió con sangre la historia de las cruzadas. A pocos metros de la Gran Mezquita Omeya, se halla el sepulcro de uno de los personajes fundamentales en aquel drama histórico. Nos referimos al líder musulmán que consiguió arrebatar los Santos Lugares a los cristianos. Toda una leyenda en la historia del islam: Salh ad-Din, más conocido como Saladino, quien mereció el calificativo de «la espada de Damasco».

Tras la conquista de Damasco para el islam por parte de Kaled Ibn el Walid, la capital siria vivió unos años de esplendor, pero con la dinastía Abasí se trasladó la capitalidad de la región a Bagdad, hasta que llegaron las cruzadas. La ciudad fue atacada en 1129 y 1140, pero recuperada por Saladino, que la convirtió en su bastión y donde reposarían para siempre sus restos.

Saladino devolvió a Damasco su grandeza, haciéndola recuperar su importancia para teólogos, poetas, científicos y comerciantes. Hoy su sepulcro constituye un lugar de visita obligada para todos los turistas que llegan a la ciudad y un excelente punto de partida para recorrer todos los atractivos que ofrece la capital de Siria.

Entre éstos destacan las puertas de la ciudad vieja: Bab Al Salir, Bab Kissan, Bab Al Barid, Bab Al Faradis y Bab Al Jadiye, cada una con una historia romana, islámica o cristiana que contar; la ciudadela Ayubi, cercana a la plaza de los Mártires, una construcción militar; o el zoco de Hamadiya, con todo el color, olor y sabor de un mercado árabe que se considera uno de los más importantes del mundo, son otros tantos atractivos.

También resulta imprescindible subir hasta lo alto del monte Kasiun para disfrutar de una vista panorámica de la ciudad y, por supuesto, para fumar una shisha (pipa de agua árabe) y tomar un té en cualquiera de las cafeterías de la calle Recta, donde Ananías se encontró con san Pablo.

Derviches danzantes

En algunos de esos locales todavía es posible contemplar una de las profesiones más antiguas del mundo, actualmente casi extinguida. Los cuentacuentos nos deleitarán con un relato sufi, o una parábola con moraleja, mientras disfrutamos una consumición. En algunos restaurantes del centro, también es posible asistir a la actuación de los derviches danzantes. Estos místicos sufis siguen manteniendo sus tradiciones.

Damasco está llena de historia, pero el resto de Siria también. En Maaula, por ejemplo, 55 kilómetros al norte de la capital, aún se habla en arameo, la lengua de Jesús; en Zabadani, dentro del Valle del río Barada, se conserva la supuesta tumba de Abel, el hijo de Adán y Eva… Pero si hay un emplazamiento arqueológico emblemático en Siria, ese es Palmira.

Saliendo de Damasco, en dirección noroeste, tardaremos unas cuatro horas en llegar a los dominios de la reina Zenobia, haciendo una parada obligada en el legendario Bagdad-Café, un «oasis» en medio del desierto, donde recalan espías, viajeros y turistas, en ruta hacia el cercano Irak. En Palmira contamos con un guía de excepción, Abdul Alsalam Fahed, descendiente de nómadas beduinos y autor del libro Palmira: Ciudad de la reina Zenobia. Según nos explicó, el nombre árabe de Palmira es Tadmar, que significa «ciudad de los dátiles», debido a las extensas plantaciones que rodean este emplazamiento arqueológico desde la antigüedad. En sus ruinas los arqueólogos han encontrado evidencias de la presencia persa, mesopotámica, aramea, fenicia, etc.

Los romanos convirtieron Palmira en una ciudad próspera. En el año 130 d.C. el emperador Adriano la visitó, declarándola ciudad libre. Pero en el 267 d.C. Zenobia, la recién enviudada esposa del rey Odenato, se hizo con el poder en Palmira e inició una fulgurante campaña conquistadora.

Zenobia supo rodearse de personajes ilustres. Desde el filósofo Longino al obispo de Antioquía, diferentes intelectuales se dieron cita en su corte. Gracias a esa formación, y al hecho de ser subestimada por los romanos, en pocos años Zenobia empezó a conquistar territorios por todo Oriente. Pero la historia de triunfos de Zenobia se truncó en el año 272, cuando el emperador Aureliano atacó Palmira con todo su potencial bélico. La reina huyó en plena noche a través de un pasadizo secreto, pero fue capturada en Persia posteriormente y conducida a Roma. La capital de su imperio volvió a ser territorio controlado por los romanos.

Templos y fortalezas

Al pasear por estas ruinas, es posible reconocer los diferentes estilos e influencias que han dejado su huella en Palmira. Desde las calles flanqueadas por altas columnas, que aún conservan las peanas de las estatuas que las decoraron en otro tiempo, hasta el magnífico Templo de Bel, posteriormente convertido en fortaleza.

Abdul Alsalam nos puso en contacto con quien sería nuestro guía en la siguiente parte del viaje: Talan, un personaje muy familiarizado con las supersticiones islámicas y las creencias ancestrales que ya compartían los guerreros que lucharon con Saladino contra los cruzados cristianos.

De la mano de Talan continuamos nuestro viaje hasta el espectacular «Crak de los Caballeros». Esta singular fortaleza fue recientemente utilizada en el rodaje de la película El reino de los cielos, y no por casualidad. Su estado de conservación es envidiable. Sólida y enorme, sus almenas fueron testigos, como recoge el filme, de los más encarnizados enfrentamientos entre los guerreros de Cristo y los de la media luna.

Situado a 41 km al oeste de Homs, en el pueblo llamado Hosn (conocido también como Qakaat al Hosn), el Crak de los Caballeros es la fortaleza medieval por antonomasia. Cuando los cruzados la descubrieron era un bastión kurdo. La Orden de los Hospitalarios se hizo cargo de ella y tras aquellas gigantescas murallas sus guerreros frustraron el asedio de Saladino.

Durante años, unos 2000 cristianos resistieron los constantes intentos de los musulmanes por conquistar el Crak, que finalmente cayó en manos del sultán mameluco Baybars, en 1271. Entre sus muros, pasadizos y corredores nuestra imaginación vuela en busca de aquellos tiempos de luchas a espada y ballesta en las que, como hoy, cristianos y musulmanes siguen matándose por intereses comerciales y económicos, que poco tienen que ver con la fe.
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