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Hemeroteca :: Edición del 01/12/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
Francia suroccidental, segunda mitad del siglo XIX. Un extraño cura, una enorme cantidad de dinero de procedencia desconocida, edificios religiosos extraños. Pero no nos encontramos en Rennes-le-Château, sino en Baulou, una localidad situada a pocos kilómetros de distancia de uno de los lugares misteriosos más conocidos de Europa.
No queremos repetir aquí nuevamente los hechos archiconocidos acerca de Rennes-le-Château y de su enigmático párroco, François Bérenger Saunière. Tampoco repasaremos, paso a paso, sus extrañas acciones, o las audaces y originales construcciones que hacen único el paisaje de una perdida colina en el valle del Aude, no lejos de los Pirineos franceses. Nos ocuparemos de un tema menos conocido, pero íntimamente asociado a Rennes y no menos fascinante.

Estamos en el pueblo de Baulou, una localidad situada a 50 kilómetros de Rennes-le-Château, a los pies del Pirineo, muy próximo a la última fortaleza de los cátaros: Montségur. También en este caso el oscuro protagonista es un párroco, Louis de Coma, cuyas actividades se inician casi treinta años antes que las de Saunière.

A mediados del siglo XIX, nuestro párroco empieza a construir en la campiña que rodea el pueblo de Baulou una auténtica catedral en el desierto que pasará a la historia como «la abadía de Carol». También en este caso uno se pregunta: «¿De dónde provenía el dinero?». El hecho de que una parte de éste, unos 4.000 francos en oro, tenga relación con una generosa donación efectuada por la condesa de Chambord, presenta el primer paralelismo entre este enigma y el de Rennes-le-Château. Otras dos coincidencias tienen que ver con el hecho de que Coma fue ayudado en la realización de estas obras por los jesuitas de Narbonne, los mismos que contaban entre sus miembros a Alfred Saunière, hermano y tal vez brazo operativo de Bérenger, el párroco de Rennes. Como ocurrió con éste, también colaboraron algunos «cofrades» de París, relacionados con la iglesia de Saint-Sulpice, donde Coma tenía importantes contactos.

Dos enigmas paralelos

El primer punto en común entre estas dos historias está representado por la condesa de Chambord. Esta noble dama, por cuyas venas corría sangre real de los Habsburgo, decidió de forma imprevista hacer generosos donativos a algunos párrocos, quienes empezaron a comportarse de una manera bastante extraña a partir de ese momento. En Rennes-le Château, quien se benefició de sus donaciones fue el reverendo Saunière, cuya historia hemos referido ya en otras ocasiones (AÑO/CERO, 27 y 165). Hemos hablado menos de Alfred, su hermano. También sacerdote, y miembro de la poderosa Compañía de Jesús, Alfred podría haber mantenido contactos con muchas personalidades por ser hermano de Bérenger. Además, probablemente también estuvo instalado en Saint-Sulpice, en París.

Esta podría ser la explicación de la existencia de una fotografía de Alfred realizada en un estudio de París. El mismo Saunière mantuvo una estrecha relación con el obispo de Carcassonne, monseñor Billard que, en cuanto a cosas extrañas, destacó porque en cierto momento compró una iglesia. La iglesia en cuestión era la de Notre-Dame-de-Marceille, en Limoux. A partir de comienzos de enero de 1893 monseñor Billard, de forma misteriosa e inexplicable, comenzó a comprar por cuotas este edificio, convirtiéndose así en su único propietario ¿Por qué razón? ¿Tal vez para llevar a cabo excavaciones de forma discreta?
La abadía de Limoux es bastante especial y presenta características de enorme interés. La iglesia estuvo regida en cierto momento por los Vicentinos, seguidores de san Vicente de Paul. Uno de los más prometedores discípulos de este Santo, Jean Jacques Olier, fue quien fundó la iglesia de Saint-Sulpice en París, una de las claves de esta intriga.

Como ya adelantamos, la generosa financiación de la condesa no acabó aquí. Beneficiario de ellas, treinta años antes, fue Louis de Coma. Éste empezó a construir edificios que habrían hecho empalidecer al párroco de Rennes-le-Château, si hubiera tenido ocasión de admirarlos.

En realidad, no estamos seguros de que no existieran contactos directos entre Saunière y de Coma, aunque no hayan sido documentados y no pueda afirmarse que se conocieran. Pero vivieron en dos localidades no muy lejanas una de otra, a unos 50 kilómetros, y también tenían en común algunas relaciones personales.

Una de sus oportunidades para encontrarse es que Louis de Coma, miembro de la Compañía de Jesús, habría podido muy bien conocer a Alfred Saunière, también jesuita, y de esta manera establecer contacto con Bérenger. Quizás incluso pudo sugerirle el nombre de la condesa de Chambord, que le había financiado generosamente, y por su mediación también pudo llegar a financiar los misteriosos y costosos trabajos emprendidos por Saunière treinta años después.

No sabemos qué intrigas tuvieron lugar en el seno de la Compañía de Jesús en torno a estos extraños contactos y sucesos. Pero el caso es que Louis de Coma empezó a tener muy pronto diferencias con su obispo, porque éste no le autorizó a trasladarse a París para estudiar en el seminario de Saint-Sulpice, que surge una y otra vez como una de las claves del misterio.

En esta iglesia, rica en símbolos esotéricos, convergen los personajes implicados en esta historia. De forma más o menos directa, todos están ligados a su historia y tradición. ¿Qué ocultan algunos cuadros misteriosos, algunos símbolos esotéricos, el meridiano de París y, sobre todo, la cripta de Saint-Sulpice, siempre irremediablemente cerrada? ¿Aquello que personajes como Bérenger Saunière o Louis de Coma pudieron haber descubierto durante sus investigaciones se encuentra oculto en esta célebre iglesia parisina? ¿Sería posible hallar entre sus muros alguna respuesta, alguna referencia a los secretos de estos dos párrocos?
No lo sabemos de momento. Pero regresemos a Coma. La realización de su magnífico complejo le mantuvo ocupado durante 20 años ininterrumpidos, llevándolo a gastar la considerable suma de 500.000 francos en oro, casi dos veces y media más de lo que gastará, años después, Bérenger Saunière y que será calificado como un «tesoro maldito».

Sin embargo, este espléndido complejo de Louis de Coma voló por los aires en 1956, poco después de que comenzara el misterio de Rennes-le-Château y se legalizase el Priorato de Sión. Sin duda, cabe preguntarse ¿por qué las autoridades eclesiásticas tomaron la decisión tan radical de hacer volar esta abadía, con todo lo que contenía, mediante cargas de dinamita? ¿Cuál pudo ser el motivo? ¿Se trataba sólo de la imposibilidad, por parte de las autoridades eclesiásticas, de contar con el dinero necesario para mantener estas propiedades? ¿O también en este caso, como en el de Rennes-le-Château, los elementos anómalos que el abad de Coma introdujo en este edificio eran demasiado heréticos y provocaron alarma en las altas esferas? O, más simplemente, con la destrucción casi total de los edificios se quiso evitar que se iniciase otra «caza al tesoro», tal como estaba ocurriendo, en esos mismos años, en la vecina Rennes-le-Château.

Aún se pueden ver vestigios del complejo, con un poco de espíritu de aventura, en la sugestiva floresta del entorno de Baulou. Se trata de dos grutas artificiales –que exploramos en el curso de nuestras investigaciones durante el pasado agosto–, semiocultas por una densa vegetación que las hace pasar inadvertidas incluso para la gente de la zona.

En el interior de una de estas cuevas, señalada por nosotros como «Gruta de la Magdalena», De Coma hizo colocar una sugestiva escultura: una estatua de la presunta esposa de Cristo, omnipresente en la iconografía de las obras de Louis de Coma y en las de Bérenger Saunière.

La mujer que compartió la vida de Jesús, cuya figura ha sido especialmente destacada en el conocido best seller de Dan Brown El código Da Vinci, aparece aquí retratada en un gesto que realza tanto la belleza femenina como la profunda meditación sobre un crucifijo que tiene entre sus manos, mientras un cráneo la acompaña en sus reflexiones sobre los misterios de la vida, de la muerte y de la resurrección. Delante de la Magdalena, a un par de metros, se puede apreciar una piedra rectangular con dos apéndices de hierro herrumbroso, una especie de trampilla. Hace poco, dos lectores de nuestro libro Rennes-le-Château y el misterio de la abadía de Carol (SugarCo. Milán, 2005), Francesco Bazzoli y Elisabetta Ruella, de Turín, estuvieron en Baulou con el libro en mano y, explorando las dos grutas y el entorno, lograron levantar la trampilla y vieron que abajo había una especie de cavidad.

Alejémonos ahora de esta gruta y recorramos el breve camino que conduce a otra densa zona boscosa. La sorpresa es grande al descubrir (a primera vista no es fácilmente individualizable, por la capa de musgo que la recubre) una fuente de hierro, con la forma de un gran pez, que en tiempos pasados vertía el agua en una fosa semicircular aún bien visible. Desde este punto el agua llegaba, muy probablemente, hasta la gruta de la Magdalena. Acaso sea casualidad, pero una fuente casi idéntica existe en Montazels, precisamente delante de la casa donde nació Saunière.

EL Cristo del Getsemaní

Muy pocos metros más adelante, aparece la entrada de otra espléndida cueva, también artificial, que llamaremos «la Gruta del Cristo del Getsemaní». En ésta es visible una sugestiva estatua de Jesús poco antes de ser detenido, absorto en oración en el monte de los olivos durante la noche anterior a su crucifixión. Esta «Gruta del Cristo de Getsemaní» es una auténtica iglesia subterránea a todos los efectos. De hecho, la estatua del Salvador está colocada en lo que puede ser considerado un altar, al que se accede por unos escalones de piedra construidos a los lados del mismo. Después de subir esos peldaños, a derecha e izquierda de la escultura vemos dos tumbas descubiertas. Sí, dos tumbas –exploradas también por algún otro audaz buscador de tesoros ocultos del siglo XX–, que aparecen ante los ojos de cualquiera que se aventure a internarse en esta gruta perdida en la vasta y solitaria campiña, entre los montes y valles del Ariège.

Los sepulcros violados son los de algunos familiares cercanos al párroco Bonaventure: su hermana Jenny y su padre Jean. Abajo del altar está la entrada a otra sepultura. Se trata de la cripta donde descansó el cuerpo del misterioso abad, constructor de los imponentes edificios religiosos que fueron volados muy pocos meses después de la publicación de un artículo en un diario local, cuyo tema era la extraña historia de Rennes-le-Château y del cura Saunière.

Los huesos del cura de Coma fueron dispersados prácticamente en una especie de fosa común, en el minúsculo cementerio de Baulou, junto a la tumba de la familia Baures. La lápida que recordaba el alfa y el omega del enigmático cura se quitó hace mucho tiempo y, por lo tanto, es posible bajar a la cripta y contemplar de cerca, sobre la izquierda, una interesante cruz templaria, idéntica a la que hemos fotografiado en una pared rocosa en Rennes-le-Château. Se trata de otra de las numerosas huellas que relacionan las experiencias de Louis de Coma, y su misteriosa e imponente abadía, con las más conocidas de Bérenger Saunière y su extraña iglesia dedicada a la Magdalena, con sus originales y costosas construcciones.

Otra extraña galería

Tratando de no chocar con las columnas que mandó construir de Coma utilizando auténticas estalactitas y estalagmitas provenientes de algunas grutas naturales de la zona, y retrocediendo unos pasos, es posible alcanzar la entrada de otra galería excavada en la roca, que conduce a lo que queda de una estructura artificial, en parte derrumbada. Creemos que acaso pudiese servir de unión entre las dos grutas y el subterráneo de lo que fue la abadía de Carol, como ocurre con las galerías subterráneas que atraviesan el pueblo de Rennes-le-Château.

Lo que hemos descrito hasta aquí es de hecho todo lo que aparentemente queda de un imponente y vastísimo complejo religioso, edificado hacia mediados del siglo XIX por un audaz y misterioso sacerdote que gastó una ingente cantidad de dinero, de procedencia en gran parte desconocida. Nuestra reciente exploración nos ha permitido confrontar dos auténticos enigmas paralelos: el misterio de la abadía de Carol y aquel eterno de Rennes-le-Château, completamente seguros de no haber puesto el punto final a una investigación que, por el contrario, se vuelve cada vez más fascinante y rica, con la aportación de nuevos elementos.
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