Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
El culto a la muerte en México es algo insospechado para otros pueblos que no hayan vivido de cerca la realidad de este país rico en culturas, tradiciones y religiones ancestrales. Es un concepto muy especial para el pueblo mexicano, que lo celebra y reverencia a principios de cada mes de noviembre.
Sin embargo, según el escritor e investigador de fenómenos insólitos Carlos Alberto Guzmán Rojas, esta creencia está presente cada día del año en México. De hecho, en los últimos tiempos se ha incrementado el culto a la «Santa Muerte», sustituyendo –como una fuerte y renovada creencia pagana– a algunos de los santos tradicionales. Un caso en particular llamó la atención de varios investigadores de lo paranormal. Ocurrió hace poco tiempo, el 10 de enero del 2004.
En aquella fecha se vivió algo insólito en casa de Ricardo Sánchez Conde, cuando regresaba a su domicilio, ubicado en una calle del barrio Santa Julia, en el Distrito Federal. Lo que parecía ser un día normal «se convirtió en un asunto que cambiaría su forma de pensar y alteraría sus sentimientos religiosos», dice Guzmán, autor, junto con Francisco Domínguez y Roberto Contreras Esparza, del libro La Santa Muerte y otras historias reales (Ed. Tomo), donde recogen sus extraordinarias investigaciones.
Ricardo se encontró con su esposa, Marina Ramírez Martínez, quejándose de un fuerte dolor de cabeza que perduraba desde hacía algunas horas y que le hacía perder el equilibrio. Alarmado por los gritos de su mujer, acudieron en busca de un médico. Pero el ambiente se enrareció con los gritos de Marina: «¡Ya, por favor, déjenme en paz, yo no le he hecho nada...!».
«Esto alarmó más a Ricardo, pues percibía que su mujer dialogaba con un ente invisible. Su esposa, entonces, le dijo que veía a tres personas vestidas de negro a las que no conocía, y le decían que se fuera con ellos a un lugar donde no sufriría más», relata Francisco Domínguez.
Ya en la clínica, los médicos le contaron que su mujer no tenía nada anormal, pero le recetaron un sedante. Al volver a casa, percibieron que había un aroma indefinido.
Por intervención de una prima de Marina, ésta acudió a un curandero, llamado Don Pedro, en cuyo consultorio vieron una imagen de la «Santísima Muerte». El chamán indicó a su paciente cómo debía «encomendarse» a la Santa Muerte, con la que aliviaba a las personas que acudían a su hogar en busca de sanarse.
Don Pedro pidió a Marina que repitiera determinadas frases o rezos en silencio. Con varias yerbas y en medio de lociones aromáticas el chamán empezó el tratamiento. Al terminar, Pedro estaba agotado y comentó que había luchado contra «alguien poderoso», pero con ayuda de la Santa Muerte saldrían adelante. Luego, la mujer retornó para una segunda sanación espiritual y mejoró sensiblemente. Pero llegada la hora de dormir, ya con la luz apagada, un raro olor invadió la casa de los Sánchez, y Marina empezó a quejarse: el dolor la atenazaba; no podía ni hablar. Decidieron llamar un taxi que les llevó al domicilio del chamán.
Según cuentan los investigadores, se inició un proceso de curación mediante una cadena humana, con tres familiares de Pedro y otros cuatro de la familia Sánchez, que unieron sus manos alrededor de Marina. Rezos, yerbas y alabanzas fueron utilizadas por el chamán ante el dolor intenso de la mujer, que seguía comunicándose con los «entes invisibles». Al final, acercaron un vaso de cristal que tenía agua hasta la mitad.
Don Pedro rompió un huevo entre oraciones y maldiciones y trató de vaciarlo en el vaso de agua, pero algo se lo impidió, pues el cascarón se partió en dos y una parte del mismo cayó al vaso con todo su contenido. En ese momento uno de los familiares le advirtió de que viera lo que se estaba formando en el interior del vaso. Allí se cuajaba, con la membrana del huevo, la imagen de lo que parecía ser la Santa Muerte. A partir de este momento, Marina durmió bien y, días después, ya sin dolor, visitaron al chamán para agradecerle la curación milagrosa.
La mujer encinta
Otra de las investigaciones de uno de los tres escritores capitalinos, Roberto Contreras, se remonta a mediados de 2001, en un barrio del municipio de Ecatepec (estado de México). Allí, una joven embarazada, de 22 años, de nombre Michel, decidió hacerse unas fotografías. Su tía fue quien tomó las fotos alrededor de las 20:30 horas. Cuando las revelaron, mostraron algo siniestro: un rostro de aspecto macabro. «La hermana de Michel relacionó la imagen con un suceso fatal, de mal agüero», recuerda Contreras.
Más tarde consultaron a un santero que decidió realizar una «limpia» en la casa e, igualmente, hacérsela a la joven. Michel accedió al ritual, pues sospechaba que algo podría suceder con su futuro hijo. Preguntada sobre si le habían sucedido «cosas extrañas» en el pasado, la joven recordó que, días antes, de noche, vivió una escalofriante experiencia cuando, de madrugada, se despertó gritando: aseguraba que en una esquina de la habitación –frente a su cama– había un hombre corpulento y con barba blanca que la miraba fijamente.
Michel no pudo moverse –quedó paralizada– y el extraño se acercó con la aparente intención de tocarla. Sin embargo, un amago de grito fue capaz de hacer desvanecerse a la imagen aterradora.
Después del episodio de la fotografía, los fenómenos empezaron a remitir y, al mudarse de vivienda, desaparecieron del todo. Los investigadores analizaron las fotos y los negativos con ordenadores y llegaron a la conclusión de que el rostro era auténtico y se trataba de una persona de sexo femenino.
El niño del panteón
Fidel llegó a las 5:15 de la madrugada a su trabajo, una gasolinera de la ciudad de México. Al cambiarse de ropa, le pareció raro que las duchas del baño estuvieran abiertas, pero no encontró a nadie en la planta. Fidel cerró los grifos y preguntó a los vigilantes de la gasolinera en relación el incidente. Estos le dijeron que no habían visto a nadie subir a los baños.
Algunos compañeros de trabajo de Fidel solían dormir en el trabajo y, durante la noche, no era raro que alguno hubiera sufrido algún pellizco en el rostro debido a una «mano invisible». Algún tiempo más tarde sospecharon que estos misteriosos episodios podían tener que ver con el espíritu del «niño del panteón», puesto que, enfrente de la gasolinera está el Cementerio Español.
Otros trabajadores afirman que les arrojaban cigarrillos apagados venidos de ninguna parte, que seres invisibles golpeaban armarios metálicos o que se encendían y apagaban las luces de forma incomprensible. A veces un balón de fútbol se movía solo y los empleados comentaban: «es el niño del panteón que quiere jugar...».
El aparecido de Neza
Los siguientes hechos ocurrieron en la ciudad de Nezahualcóyoltl y tienen por protagonista a un tal Raúl, que trabajaba en unos baños públicos. Una noche se topó en un pasillo con un hombre desconocido. Le preguntó quién era, pero no le contestó. Por algún misterioso motivo, Raúl se sintió amenazado, sacó una pistola y, nuevamente, preguntó al extraño por su identidad e intenciones. No obtuvo respuesta alguna y, presa de los nervios, disparó. Sin embargo, al apretar el gatillo, el hombre se desvaneció en el aire. Las balas quedaron incrustadas en los muros del recinto. Uno de los trabajadores más antiguos de los baños aconsejó a Raúl que no se fiara del aparecido, pues «se trata de la muerte que viene a por alguien y ése puede ser usted».
Otro caso espeluznante recogido por Guzmán, Domínguez y Contreras ocurrió en el D.F. cuando una persona de nombre Rael se topó, en el centro de la ciudad, con un amigo de la infancia, Miguel, cerca de la torre Latinoamericana. Se saludaron con alegría e intercambiaron sus números de teléfono.
Quince días después Rael llamó a su amigo. Quien le atendió fue Julio, hermano de Miguel. Así fue, más o menos, la conversación telefónica:
–Busco a tu hermano ¿está en casa?
Rael le contó que hacía unos días se lo había encontrado en el centro de la ciudad y que le proporcionó su número de teléfono. Se hizo un silencio por parte de Julio, quien después habló titubeante:
–Francamente... no sé qué decirte, Rael.
–¿Decirme? ¿qué?, preguntó Rael.
– Que es imposible que mi hermano te haya dado el número de teléfono de la casa y no sé cómo pudo hablar contigo, porque mi hermano Miguel ¡hace un año que murió!
Se esfumó en el aire
Otro caso recogido en La Santa Muerte y otras historias reales se remonta a los años 40, cuando un hombre llamado Jesús trabajaba como inspector de espectáculos nocturnos en el D.F., concretamente en un teatro, llamado Iris, donde entonces actuaba Mario Moreno «Cantinflas». Jesús, quien prefiere omitir su apellido, tenía un amigo llamado Héctor Ortega, uno de los encargados de recoger las entradas en el Iris. A veces, le invitaba a dormir en su apartamento, cerca del teatro, en un edificio público perteneciente a la Secretaria de Comunicaciones y Obras Públicas. En una ocasión en que el inspector aceptó la invitación de su amigo, caminaron algunas manzanas hasta el edificio por avenidas desiertas. Cuando llegaron, en la entrada principal, por la calle Tacuba, encontraron policías, soldados y hasta bomberos resguardando el inmueble.
Héctor y Jesús saludaron a los vigilantes y penetraron en la vivienda. Serían alrededor de las 2:45 horas de la madrugada. Al llegar a la segunda planta, se toparon con una persona sentada en uno de los escalones a la que no se le veía el rostro, pues se ocultaba con una capa de los pies a la cabeza. Los amigos tuvieron que rodearle para no tropezarse con él. Cuando Héctor preguntó a Jesús si se había fijado en el individuo, ambos se volvieron al unísono, pero el misterioso personaje ya no estaba allí. Bajaron a interrogar a los vigilantes, pero estos les aseguraron que nadie había entrado en el inmueble.
Regalos de otras dimensiones
En ocasiones, nuestros seres queridos regresan del más allá… Esa es, al menos, una de las hipótesis que sugieren estos investigadores mexicanos. Un tal doctor Jaramillo, médico amigo del grupo, vivió algo verdaderamente insólito durante una de sus visitas a domicilio. Llamó a la puerta de la señora Torres y le atendió su hija. Ésta le dijo que su madre dormía porque se había sentido muy enferma. Mientras el médico esperaba, la joven le ofreció un vaso de agua y le comentó que se sentía como si fueran amigos de toda la vida. Además, le relató al médico aspectos de la vida personal de éste que la joven jamás podría haber sabido.
Luego, la joven sacó de sus ropas una pequeña cadena y se la entregó al doctor para que la usara como una especie de amuleto. Complacido, Jaramillo se la puso porque la chica le hizo sentir una gran paz interior.
Después, ésta se levantó y fue a ver si su madre se había despertado. Cómo ya habían pasado varios minutos y la joven no regresaba, el médico se dirigió hacia el dormitorio. En ese momento salió la madre de la muchacha que, al verlo, sorprendida, le espetó: «¿cómo entró usted?». El doctor le dijo que su hija le había abierto la puerta y le había obsequiado con una cadenita, que le enseñó, colgada de su cuello. La mujer se mostró disgustada, pues creía que el médico se había apropiado de la cadena.
Acto seguido, la señora Torres tomó asiento y comenzó llorar, explicándole al doctor que su hija había muerto varios meses atrás. Jaramillo no se lo creyó hasta que la mujer le enseñó una foto familiar donde estaba la joven. Le pidió que identificara a la chica que supuestamente había visto, y así lo hizo el médico. Pálida, y entre sollozos, la señora Torres refrendó la muerte de la joven. Le comentó al médico que, el día en que enterraron a la hija, habían guardado en los bolsillos de su ropa aquella cadena que ahora Jaramillo tenía en su poder…
La mujer de blanco
En 1993, un amigo de los investigadores mexicanos, llamado Jesús, se divorció y se compró un apartamento. El primer día sucedió lo siguiente: Jesús escuchó, alrededor de la medianoche, que alguien, en lo que era su comedor, se estaba sirviendo una copa. Sin embargo, aquel hombre no bebía y no tenía alcohol en su apartamento… y mucho menos invitados.
Se armó de valor y se levantó de la cama para asomarse al comedor. Sin embargo, allí no había nadie. Pensó que el ruido podría provenir de otro apartamento vecino. Dos días después volvió a escuchar lo mismo: tampoco observó a nadie. Unos días después se repitió el hecho y, en esta ocasión, Jesús sí que vio algo: una pareja. El hombre vestía un traje formal y la mujer un vestido. Tenían una apariencia agradable, conversaban y compartían una copa. Lo curioso es que la pareja seguía hablando como si no le estuvieran viendo a él, o lo ignorasen intencionadamente.
El propietario del apartamento prefirió no decir nada y volvió a su cama, pero sintió que alguien entraba en su habitación y se acercaba hasta él. Jesús estaba acostado boca abajo y notó una presencia que le tocaba y le decía: «No me importa que estén aquí, en casa; yo les pido que me dejen descansar. Por favor, déjenme descansar», subrayó. Y dicho esto, parece que todo se calmó…
Una voz tierna
Dos semanas después ocurrieron otros sucesos insólitos, también a medianoche. Jesús se levantó y se dirigió al salón, donde se encontraba su televisor. Aunque el aparato estaba apagado, extrañamente emitía «mucha luz». De pronto vio salir de la pantalla a una mujer, vestida de blanco, de aspecto muy agradable. Tres días después volvió a aparecer la misteriosa dama, pero en esa ocasión mucho más cerca, a un metro de su cama. Jesús, asustado, comenzó a rezar una oración, pero el miedo le impidió seguir articulando las palabras.
Días después regresó la mujer de blanco, pero ahora de forma más impactante: casi junto a la cama de Jesús y completamente ensangrentada. De un salto, se sentó en la cama y le dijo a la aparecida: «¿Sabes?, me estás asustando; déjame que rece unas oraciones para el descanso de tu alma. Te pido que me digas tu nombre». Jesús oyó una voz tierna, como si se tratara de un lamento muy lejano, mientras que la imagen comenzaba a retirarse y a desvanecerse.
Al día siguiente, después del trabajo, Jesús roció la casa con agua bendita y realizó unos rezos. Nunca más volvieron a repetirse los insólitos fenómenos. Más tarde, dos vecinas, madre e hija, le hicieron una visita y le contaron algo extraño:
– Oiga, señor Jesús, ¿en el apartamento en el que usted vive no han ocurrido cosas raras?
– ¿A qué se refieren? Preguntó Jesús.
– Resulta que cuando nosotras llegamos a este edificio ocupamos el apartamento seis, donde usted vive ahora. Pero, francamente, aquí estuvimos sólo unos pocos días y fue por una razón: se nos aparecía una mujer vestida de blanco. No soportamos la situación y nos fuimos a vivir en el apartamento cuatro, aunque estuviera todavía en obras.
Jesús, al oír aquello, se quedó lívido. Un día, lavando su automóvil en la calle, se le acercó un comerciante vecino y le comentó:
– Oiga señor, ¿usted es la persona que habita el apartamento número seis?
– Sí, ¿por qué?
– No sé si sabe lo que pasó allí, pero resulta que mataron a una muchacha…