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Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
Cada noche nos enfrentamos a ellos sin saber lo que vamos a encontrar, pero con la certeza de que siempre van a estar ahí para sorprendernos… y enseñarnos. Los sueños continúan siendo un misterio genuino, imperecedero e impermeable al avance de la ciencia.
Salvo escasas excepciones vinculadas con alteraciones fisiológicas, todo ser humano en condiciones normales duerme cada día y sueña cada vez que duerme, y tal vez sea por eso que las definiciones en este terreno son, a priori, sencillas de formular. El sueño es el estado fisiológico en el que la supresión de la actividad física está acompañada de una suspensión de las actividades de la conciencia. El reposo físico del organismo permite reducir el metabolismo basal a sus niveles más bajos, mientras que el sistema nervioso central atenúa su sensibilidad y capacidad de reacción ante los estímulos, al tiempo que desplaza los mecanismos de la voluntad y el raciocinio, lo que permite que la mente entre en un estado de descanso y reposo.

El efecto revitalizador del sueño como fenómeno fisiológico no admite ninguna duda. Su ausencia conduce irremediable a estados iniciales de irritabilidad y falta de concentración, situación que, sostenida en el tiempo, desemboca en patologías que pueden hacer peligrar la vida. La lectura del sueño como mecanismo innato de descanso, influenciable pero también inevitable, no admite discusión, pero las cosas empiezan a complicarse cuando intentamos analizar y definir los sueños. La Real Academia Española, haciendo gala de una envidiable capacidad de síntesis, se muestra escueta al definir el sueño como “acto de representarse en la fantasía de alguien, mientras duerme, sucesos o imágenes“. En esta línea se mostraba también Calvin S. Hall, el que fuera director del Instituto de Investigación Onírica de Miami: “Son una sucesión de imágenes, con predominio de las visuales, experimentadas mientras dormimos”. Por su parte, el médico y especialista en neuroanatomía Luis Maria Gonzalo amplía el concepto, al tiempo que pone en evidencia lo limitado de cualquier definición: “Son escenas que imaginamos mientras dormimos. Se producen, por tanto, al margen de nuestra voluntad, interviniendo, tanto en su origen como en su desarrollo, factores somáticos y psíquicos”.
“Los factores somáticos –continúa explicando Gonzalo– son las sensaciones corporales, ya sean de tipo táctil, de presión, de color, acústicas, visuales, etc., y son, normalmente, las que ponen en marcha la imaginación. Los factores psíquicos corresponden, por un lado, a la memoria, que se puede considerar como el archivo de donde la imaginación extrae los datos para la construcción de las imágenes y escenas soñadas y, por otro, al componente afectivo-emocional que acompaña a los sucesos ya vívidos.”
El esfuerzo descriptivo es elogiable, pero la realidad es que muchos fenómenos y características vinculadas con las vivencias oníricas se escapan a esta definición. No todos los sueños se producen al margen de nuestra voluntad. El caso de los sueños lúcidos –ver recuadro– es el más flagante ejemplo de esa limitada aserción. Además, la indudable intervención de la memoria como materia prima que nutre las representaciones oníricas –lo que explica que las imágenes sigan apareciendo en los sueños de personas que han perdido la visión– introduce un elemento de conflicto que ha dado origen a especulaciones científicamente molestas, como las que surgen a la hora de atribuir el contenido de los sueños de los fetos –registrado a partir de las 23 semanas de gestación– a algún tipo de memoria ancestral o incluso al recuerdo de vidas pasadas. También los sueños de carácter premonitorio cuestionan a la memoria como única fuente a partir de las cuales se construyen las imágenes oníricas, puesto que no puede haber memoria respecto a hechos que no se han vivido personalmente o, sobre todo, a propósito de sucesos que aún no han tenido lugar.

El sueño paradójico
El desarrollo de la técnica aplicada a la neurofisiología permitió descubrir, en la década de los años treinta del siglo pasado, que lo que aparentaba ser un estado monofásico de reposo físico y mental, no lo era tanto. Esto fue posible gracias a la intuición del equipo del fisiólogo Alfred Loomis, de la Universidad de Princenton, que aplicó en 1937 electroencefalogramas a personas que dormían, lo cual sirvió para descubrir variaciones en las ondas cerebrales durante el sueño. Así, se puso de manifiesto cómo las ondas beta de la vigilia desaparecían en favor de las ondas alfa cuando se cerraban los ojos. A su vez, cuando llegaba el adormecimiento, éstas dejaban su paso a las ondas theta, mientras que se descubrió que en las fases de sueño profundo las ondas predominantes eran las delta.

Estudios posteriores permitieron matizar estos hallazgos, aunque incidieron en la existencia de cuatro fases asociadas a los ciclos citados y que, en bloque, se reúnen bajo la denominación de sueño de ondas lentas SWS. Las dos primeras son concernientes al sueño leve y las otras dos al sueño profundo, describiendo finalmente un quinto estadio o fase, que recibió el nombre de “sueño paradójico”. Tal designación es la más apropiada para una fase en la que la relajación muscular es máxima, como ocurre en el sueño profundo. Sin embargo, en esa fase, el estado de la corteza cerebral se aproxima bastante al de la vigilia; es decir, físicamente estamos dormidos, pero psíquicamente nos encontramos despiertos. No obstante, la parálisis física no llega a ser del todo completa, a consecuencia de la aparición de ráfagas rápidas de movimientos oculares durante esta fase, razón por la que el “sueño paradójico” también es conocido como fase REM –Rapid Eye Movements o “movimiento ocular rápido”–. Toda esta secuencia de fases conforma un ciclo de 90 minutos que se repite a lo largo de la noche en cuatro ocasiones. De un ciclo a otro, la duración de las cinco fases que lo componen fluctúa, de tal manera que la fase REM aparece con mayor frecuencia y duración durante el último ciclo de sueño. Desde el punto de vista fisiológico, la importancia del sueño REM radica en su efecto reparador, puesto que proporciona al cuerpo la más completa y profunda relajación y atonía muscular de todo el proceso del sueño. Su aparición parece inevitable y vital para el correcto equilibrio físico y psíquico, de tal manera que, como ha sido probado experimentalmente, si anulamos el sueño REM despertando al individuo cada vez que se inicia, su aparición es cada vez más frecuente. Si se prosigue con las interrupciones prolongándolas varios días y posteriormente se deja al sujeto dormir sin intermitencias, se observa cómo el soñador pasa la mayor parte del tiempo inmerso en el sueño paradójico, como si recuperara el tiempo perdido.

Si sumamos los tiempos de aparición durante toda la noche, el sueño paradójico suele alcanzar la hora y media de duración, frente a las dos horas y media del sueño profundo y las tres horas y media que obtenemos de sumar los periodos de sueño leve. Durante la fase REM se dan también otras particularidades como la irregularidad de las ondas cerebrales, un aumento del metabolismo en los centros nerviosos, mayor ritmo cardiorrespiratorio, más tonicidad genital, variaciones en la transpiración cutánea y un aumento de la presión sanguínea. No obstante, la característica más interesante de esta fase es la de acoger la mayor parte de los sueños, es decir, que las vivencias oníricas que tanto nos intrigan encuentran mayor protagonismo durante el sueño paradójico.

Tipos de sueño
Los intentos por entender la naturaleza y el porqué de los sueños han dado origen a diversas clasificaciones que varían de unos autores a otros. Como la mayoría de los neurocientíficos opina que los sueños son sólo un efecto secundario del acto de dormir, sin implicación interpretativa ni utilidad alguna, queda claro para ellos que sólo existe un único e intrascendente tipo de sueños: el inservible.

Al margen de esta visión, una primera clasificación general sería aquella que divide el material onírico en las categorías de “sueños sin sentido” y “sueños con carácter interpretativo”. La primera reuniría el material onírico producto de la limpieza de los estímulos y pensamientos experimentados durante el día, así como el generado por los estímulos que recibimos mientras dormimos, como el frío, los ruidos, la luz, etc. Se trataría, muchas veces, de sueños inconexos y sin demasiado sentido. Mientras, en el segundo grupo aglutinaríamos al resto de los sueños: los simbólicos, que nos pueden hablar de conflictos o situaciones personales que nos generan preocupación o bienestar; los premonitorios que se adelantan al futuro; los creativos que resuelven situaciones que nos preocupan, etc. Por su parte, el parapsicólogo Hans Holzer aportó su particular clasificación, dividiendo los sueños en aquellos que se deben “a problemas físicos que provocan pesadillas o imágenes deformadas; los sueños producidos por material reprimido, de utilidad en los procesos psicoanalíticos; los sueños de naturaleza psíquica y, finalmente, las experiencias extracorporales, también denominadas proyecciones astrales”. Además, según este autor, los sueños de las dos primeras categorías son menos vividos, reales y difíciles de recordar que los de tipo psíquico y extracorpóreo, cuya cercanía con la realidad deja una mayor impresión en nuestra psique.

En cualquier caso, no debemos perder de vista que los sueños raras veces se muestran en formas puras y que debemos tener presente que está comprobado cómo las lagunas que quedan cuando comenzamos a olvidar un sueño, se reconstruyen a partir de fabulaciones. Si a ello sumamos las singularidades de los sueños lúcidos, nos daremos cuenta de que cualquier intento de clasificación se nos antoja incompleto. Básicamente, los sueños configuran una auténtica doble vida. Podemos continuar viviendo a espaldas de ella o, por el contrario, echarles un vistazo e interactuar. Ustedes deciden; la cita, esta misma noche.
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