Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
Mucha tinta se ha vertido para intentar dar explicación al sentido de las líneas de Nazca, teorías de todo tipo acerca de la finalidad para la que fueron realizadas. Y lo cierto es que se trata de uno de los mayores enigmas de todos los tiempos…
Y es que en pleno siglo XXI ninguna de las conjeturas ofrecidas hasta la fecha se puede dar como la acertada al cien por cien. Nazca –o Nasca– es uno de los enigmas con los que seguimos conviviendo en este mundo globalizado, en el que cada vez son menos las cosas que nos sorprenden. Empero esos extraños trazos que surcan sin sentido aparente la gran planicie peruana de la pampa colorada siguen siendo objeto de estudio y de estupor.
Corría el año 1926 cuando el arqueólogo Toribio Mejía Xespe, discípulo del gran doctor Julio C. Tello, el rey de la arqueología peruana en aquellos difíciles pero apasionantes tiempos, recibía las primeras noticias sobre unas extrañas líneas misteriosas que parecían estar surgiendo sin orden ni concierto en el desierto de Nazca. No obstante, y pese al talante aventurero y curioso de nuestro protagonista, no se prestó demasiada atención al asunto. Aquellos fueron, que duda cabe, los años de los grandes descubrimientos. El explorador Hiram Bingan llegaba, acompañado de los nativos de la zona, a una gran ciudad cubierta por la ceja de selva llamada Machu Pichu. Era el año 1917, y paralelamente al descomunal hallazgo arqueológico de la morada de las vírgenes del Sol, comenzaban las excavaciones en Chan-Chan, la ciudad chimú de barro más grande del planeta, o, cómo no, el mágico templo de Chavín de Huantar, enclavado en mitad de unos Andes que alcanzaban alturas de más de seis mil metros por estos lares.
Los arqueólogos no daban abasto entre Egipto y Perú. Eran tiempos de expediciones y descubrimientos en un mundo que veía cómo por vez primera, después de miles de años, los tesoros del pasado más remoto volvían a recobrar su fulgor de antaño. Fue una época romántica, de fortuna y aventura que difícilmente volverá. Es por ello por lo que a esos trazos colocados aparentemente sin orden ni concierto que se repartían por toda la planicie nascuence apenas se les podían prestar atención. Aunque estaban en un error, como quedaría demostrado al cabo de pocos años y de manera casual, como casi siempre que se producen los descubrimientos más importantes de la historia de la humanidad.
Pasadas las décadas, en ese lejano 1939, un nuevo arqueólogo y antropólogo norteamericano de la Universidad de Long Island Paul Kosok arribaría a las pampas de San José de Socos, atraído por los múltiples misterios que estaban saliendo a la luz en la tierra del cóndor.
Kosok recorrió el norte del Perú hablando con los habitantes de las pequeñas comunidades, recopilando historias y leyendas sobre ciudades y grandes tesoros pendientes de ser descubiertos. Sin embargo, la que captó su atención sobremanera era aquella que hablaba de unas líneas que se perdían en el desierto, y que sólo podían ser vistas en todo su esplendor desde los cielos.
El científico tomó la carretera panamericana que atravesaba la vasta planicie. Allí, entre los kilómetros 419 y 465, en una superficie de más de 500 km2 se habría de llevar la sorpresa más importante de su vida. Al llegar a una pequeña meseta en las entrañas de este mar de arena y piedra abrasada por el astro rey, Kosok trepó por una de sus paredes, apreciando cómo a sus pies, bajo el sofocante calor, cientos de líneas realizadas sobre la dura capa del desierto atravesaban la pampa. No era cuestión de azar; no había duda de que habían sido creadas en un tiempo pasado por el hombre.
Los antiguos pobladores
Los nazcas habitaron estas tierras entre el año 300 a. de C. y el 900 d. de C., aproximadamente. Su cultura fue tan amplia como, en muchos de sus aspectos, completamente desconocida. Vivían en el desierto, pero construían aljibes en espiral para recoger el agua y enviarla hasta los pueblos cercanos, algo fundamental si se es consciente de que en esta parte del planeta tan sólo llueve del orden de tres horas al año, más o menos…
El dominio de la cerámica y la manufactura textil fueron dos de sus grandes avances artesanales, donde iniciaron lo que posteriormente y a mayor escala habrían de representar en la superficie desértica, un legado descomunal que hoy día está protegido por la UNESCO y que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad. De la primera cabe decir que fue primorosamente confeccionada y decorada, destacando la rica policromía, pues no en vano llegaron a usar hasta ocho colores diferentes. Ninguna cerámica pudo competir durante siglos con la realizada en Nazca.
Las líneas y figuras finalmente fueron descubiertas cuando el citado Kosok, a bordo de un pequeño avión, sobrevoló la zona intentando atisbar los sistemas de irrigación creados por los nazcas. Y es que estaba convencido de que las largas líneas que atravesaban la planicie no eran sino un invento primario de intento de canalización del agua. Y entonces, se llevó una nueva sorpresa: la araña, el colibrí, el mono… después de siglos de silencio y olvido estaban ahí, observando impasibles el vuelo del científico. En muchos casos las figuras poseían una longitud superior a los 300 metros. Pero lo que más desconcertó al ya sorprendido investigador fue comprobar que, aunque pareciera inaudito, habían sido realizadas para ser vistas desde el aire…
¿Acaso los nazcas podían volar? Esto mismo se preguntaba Kosok mientras iniciaba la investigación de aquel secreto jeroglífico. Los gigantescos geoglifos eran perfectos y llevaban cientos de años postrados en el desierto, lo único que parecía lógico en todo este maremagno de cuestiones sin explicación momentánea. La tierra de este desierto posee una superficie cobriza debido al hierro que contiene. No obstante, es suficiente profundizar unos pocos centímetros –o simplemente con caminar sobre ella– para que queden marcas, pues tal es el efecto que consigue la capa de tierra blanquecina que subyace bajo la primera ferrosa.
El cómo permanecieron intactas durante siglos también tiene explicación: la escasez de lluvia en la zona –que ya comentáramos con anterioridad– debida al fenómeno de “El niño”, que transporta agua helada junto a la costa tropical del Perú, por lo que no se evapora y las precipitaciones son mínimas. Todas estas cuestiones estaban claras, pero el principal enigma permanecía indemne: ¿para qué construyeron estos magníficos dibujos?
Desde aquellos días muchas son las hipótesis que con mayor o menor fortuna se han formulado, destacando entre otras las del profesor suizo Erich Von Däniken, quien afirmaba que los trazos eran pistas de aterrizaje para supuestas naves extraterrestres. Y es que hubo un tiempo en el que, por muy atrevidas o irreverentes que fueran algunas de las teorías, ninguna de ellas era descartable.
En 1946 Kosok, anciano y cansado, regresaba a Alemania, no sin antes encauzar el curso de la investigación que, desde ese día, quedó en las mejores manos, las de una persona que llegó a ser leyenda en toda esta historia. Era María Reiche, su ayudante en las investigaciones, quien dedicó su vida al estudio y conservación de las líneas. Durante más de cuarenta años buscó explicaciones a algo que se mostraba a todas luces inexplicable, y llegó a una conclusión: las líneas de Nazca representaban un calendario astronómico, marcaban la llegada y el cambio de las estaciones y, además, anunciaban sucesos que se relacionaban con las actividades de la agricultura de la zona. Y es que no le faltaba cierta razón. Por ejemplo, el glifo del pájaro gigante marca con su pico el día 21 de junio el lugar exacto por donde saldrá el Sol. Reiche luchó –y consiguió– que las líneas fueran declaradas Parque Nacional ya en 1970, y logró lo que parecía imposible: que las líneas se dejaran de destruir, ya que por aquellas fechas las podía pisar todo aquel que se acercara al legendario enclave. Pese a ello no pudo evitar el enorme daño que a éstas causó la construcción de la carretera Panamericana, que literalmente partió muchos de los dibujos por la mitad.
Las líneas se dieron a conocer al mundo y se han convertido en uno de los enigmas más grandes de la historia, gracias a que una mujer creyó en su proyecto y estuvo luchando por él hasta su muerte en 1998.
Viajando a Nazca
Para llegar a la pampa o desierto peruano partimos una madrugada de la ciudad de Lima, capital del Perú, tomando la Panamericana Sur. A unos 250 km nos esperaba el misterio de Nazca.
Para realizar este trayecto es necesario invertir más de cuatro horas de viaje por las peligrosas carreteras del país. Y es que donde hasta hace pocos años se podía sufrir en cualquier recodo del camino el asalto de los hombres de Sendero Luminoso, ahora debemos desconfiar de los temerarios conductores.
El paisaje cambia nada más salir de la gran ciudad. Atravesamos suburbios que han sido construidos sobre las primeras dunas de un desierto que, poco a poco, se aproxima más a Lima. Está ahí mismo, nada más salir de la gran urbe. Un pensamiento acude rápido a nuestra cabeza: “menos mal que llueve poco, pues una simple tormenta arrastraría todas las casas ladera abajo con el consiguiente desastre humano”.
El día va pasando y el paisaje cada vez cautiva más. De vez en cuando algún pueblo interrumpe la monotonía del desierto. Atravesamos el valle del Supay, que traducido al castellano significa diablo; y es que sin duda quien le puso tal nombre no sólo hubo de pensar en el aspecto ritualístico del asunto, sino también en el tremendo calor que azota nuestras cabezas. Aquí se encuentra la mítica ciudad de Caral, la más antigua de América que esconde en sus entrañas pirámides contemporáneas a las del antiguo Egipto. Casi nada…
Aparecen las grandes e infinitas rectas que atraviesan la Pampa. A un lado y a otro los carteles avisan de que ésta es zona de espesas nieblas, da igual a la hora del día que decidamos atravesarla. No en vano es sobrecogedor apreciar la enorme cantidad de templetes, cruces y monolitos que se sitúan a lo largo de la vía. Son las marcas de una carretera que tiempo atrás alguien bautizó como “de la muerte” dado el elevado número de siniestros que se producen cada jornada.
Así, a media tarde arribamos al aeródromo del pueblo de Nazca, donde se alquilan las pequeñas avionetas que sobrevuelan las líneas. Son las 16.30 horas, y volar ya entrada la tarde no es que sea poco recomendable; es sumamente peligroso, pues las corrientes de aire caliente dificultan el viaje y las turbulencias zarandean el avión a su antojo. Pero estamos aquí…
No hay opción, el camino a realizar en los próximos días es muy largo y no podemos permanecer el tiempo que nos gustaría. Ante nuestros ruegos el capitán acepta llevarnos, pero con cara de pocos amigos. El pequeño aparato despega como un juguete en mitad de aquella inmensidad de tierra que parece no tener fin ni llevar a ninguna parte.
El piloto nos indica dónde se hallan las figuras inclinando el aeroplano y marcando con la punta del ala su situación. La primera visión nos deja atónitos. Y es que por muchos documentales que hemos visto de Nazca, cuando tienes ante ti este rompecabezas, este auténtico templo a lo imposible, todo cambia; la visión es asombrosa. La figura del astronauta, una silueta de un hombre con una escafandra en su cabeza en la ladera de un montículo, la araña, el mono, el colibrí…
María Reiche aseguraba que el astronauta era el dios lechuza de los nazcas, tratando de dar una explicación lógica al mismo, tal como hizo con los pájaros que señalan los equinoccios, etc. Pero, ¿quién ha impuesto que todo en esta vida necesita una explicación lógica? En muchas ocasiones –y ante la falta contundente de pruebas– es más interesante dejar volar la imaginación.
Imaginación que vuela sola cuando vemos cientos de líneas que se pierden en el infinito… Ciertamente parecen pistas de aterrizaje, caminos religiosos que seguían los antiguos aborígenes para realizar sus peregrinaciones y rituales mágicos. Pero, ¡qué más da la explicación que busquemos! Es posible que jamás conozcamos con certeza para qué fueron realizadas, con qué finalidad y con qué técnicas.
El vuelo es incómodo. La avioneta se mueve con violencia intentando enderezarse y mantenerse en el aire, pero las vicisitudes pasan pues el espectáculo es cada vez es mayor. ¿Cómo pueden verse con tanta claridad unas líneas “arañadas” sobre la tierra hace casi mil años? Si los nazcas no podían volar, ¿cómo consiguieron esa perfección? Si las líneas sólo se ven desde el aire, ¿para quién se trazaron? Preguntas que a día de hoy permanecen durmiendo el sueño de los justos en este enigmático enclave, en lo más perdido y mágico del Perú.