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Hemeroteca :: 01/06/2007
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Geografía mágica
Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
Para los antiguos vascos, la Madre Naturaleza se encarnaba en la figura de la diosa Mari, entidad sobrenatural que habitaba en lo alto de las principales montañas de Euskadi.
Dicha deidad femenina tenía poder sobre la fertilidad y la vida de los seres humanos; quizá por esta razón la sociedad vasca tradicional es eminentemente matriarcal. Las mujeres eran las encargadas de organizar el trabajo en los caseríos y también a ellas les correspondía conservar vivo el culto a los diferentes dioses del panteón vasco. Hasta bien entrada la Edad Media, las hechiceras curaban a los enfermos mediante hierbas y plantas medicinales, asistían a los partos y eran las encargadas de perpetuar la adoración a la Madre Tierra. A pesar de que el cristianismo se había implantado en casi toda Europa, en determinados lugares montañosos –como el País Vasco– las prácticas paganas continuaban vigentes, sobre todo gracias a la influencia de las curanderas o «mujeres sabias». Además, eran éstas las encargadas de practicar abortos, actividad que no estaba bien considerada, pues los señores feudales y los monjes necesitaban mano de obra para trabajar sus tierras. Por esta razón, algunos monjes y terratenientes vascos solicitaron de la Corona una respuesta para erradicar a estas mujeres de sus territorios, acusándolas de brujas y herejes. Enrique IV de Castilla tomó cartas en el asunto, y en 1466 ordenó la publicación de una cédula que otorgaba a los alcaldes de Guipúzcoa la potestad de perseguir a las parteras y hierberas. Sin embargo, esta medida no surtió el efecto deseado, por lo que la Iglesia decidió actuar por su cuenta y riesgo. La llamada «caza de brujas» se inició en el año 1484 gracias a la bula Summis desiderantes affectibus, promulgada por el papa Inocencio VIII, y que permitía no sólo la persecución de aquellos individuos que practicaran la brujería, sino también el uso de la tortura para que confesaran sus prácticas heréticas y la ejecución en caso de considerarlos culpables de tan «terribles» actos. En el País Vasco dicho «edicto papal» posibilitó que, a principios del siglo XVI, la Corona le cediera el testigo a la Santa Inquisición. De este modo, la Iglesia comenzó una persecución atroz contra las hierberas, parteras y curanderas vascas, acusándolas de mantener tratos con el Demonio, de provocar la muerte de recién nacidos y de llevar a cabo hechizos y conjuros. En el fondo, la finalidad de la Iglesia era erradicar los antiguos rituales que estas mujeres sabias perpetuaban generación tras generación, además de acrecentar la influencia del catolicismo en la sociedad vasca. Bajo la acusación de ser brujas se encarceló a viudas, ancianas pobres, jóvenes solteras, etc. Estos actos eran, en gran medida, resultado de siglos de superstición y misoginia. Debemos recordar que importantes padres de la Iglesia consideraban a la mujer fuente de pecado, maldad y lujuria. Por ejemplo, san Clemente afirmó: «Las mujeres deberían avergonzarse de serlo». Y el propio Santo Tomás de Aquino dijo: «La mujer es un ser débil e inconstante, psíquicamente inferior, un hombre malogrado». Incluso en el Concilio de Marcón se debatió si la mujer poseía alma. Por tanto, no debe extrañarnos que la Iglesia de Roma estigmatizara a lo femenino, símbolo del pecado para tal institución, con la excusa de luchar contra el paganismo, la herejía y la hechicería. COMIENZA LA PERSECUCIÓN En el año 1500 «desembarcaron» en Vizcaya decenas de magistrados de la Inquisición con la pretensión de acabar con la brujería. Los fueros vascos prohibían la presencia del Santo Oficio en Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, sin embargo la norma no impidió que comenzaran los castigos contra aquellas pobres mujeres acusadas de brujería. La actuación de los inquisidores también era un mensaje contra los que se apartaran del camino de la Iglesia. Enseguida llegaron a oídos de los magistrados noticias sobre las actividades pecaminosas de algunas mujeres en la zona de Durango. Según los testimonios de varios vecinos, las brujas del lugar se reunían en los célebres akelarres para cohabitar con los demonios. Se las acusaba también de envenenar pozos, de realizar conjuros para arruinar las cosechas, de provocar las muertes de varios niños de corta edad, de conjurar tempestades, de resucitar a los muertos y de llevar a cabo prácticas vampíricas y caníbales. Además, se daba la circunstancia de que en esas tierras, conocidas como el Duranguesado, persistían viejas creencias paganas. De hecho, en esta zona se encuentra Amboto, la montaña más sagrada de Euskadi y lugar en el que la tradición popular localiza la morada de la diosa Mari. En Durango también fueron apresados y torturados en 1448 algunos seguidores de la secta de los fraticelli, que pregonaban la desobediencia al Papa y el abandono de todo lujo y ostentación. Más de una docena de adeptos de este peculiar grupo religioso acabaron sus días quemados vivos en Valladolid, Santo Domingo de la Calzada y Tabira de Durango. No sería descabellado pensar que antiguos miembros de la secta todavía vivieran en esas tierras, animando determinadas actividades heréticas. MUERTE Y TORTURA Los inquisidores mandaron apresar a una serie de mujeres, conocidas desde entonces con el apodo de «las durangas», y que se convirtieron en las primeras brujas vascas de las que se tenga noticia. De aquellos brutales interrogatorios, los representantes eclesiásticos obtuvieron confesiones absurdas, todas ellas extraídas bajo tortura. Las mujeres, por supuesto, declararon todo lo que quisieron los libidinosos torturadores, como que mantenían relaciones sexuales con el mismísimo demonio, quien supuestamente se les aparecía en forma de hombre o de mulo. Fue a raíz del proceso contra «las durangas» cuando comenzó a extenderse el uso del célebre vocablo akelarre, que designa el prado en el que las supuestas brujas se reunían con el diablo en forma de macho cabrío para cohabitar con él. En el momento que los magistrados y oidores, entre los que se encontraba fray Juan de Zumárraga –años después arzobispo de México–, creyeron tener las pruebas suficientes, iniciaron el auto de fe. Los inquisidores encausaron a unas cien personas, de las que veintitrés fueron juzgadas y, de éstas, diecisiete resultaron condenadas. Once murieron quemadas vivas y, con ellas, ardieron los restos desenterrados de otras seis mujeres que habían fallecido durante los interrogatorios y torturas.
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