Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
A pocos kilómetros de la ciudad de Puno (Perú), en una localidad aislada, protegida de los milenarios vientos del Lago Titicaca, destaca sobre el horizonte del altiplano andino un enorme complejo rocoso, en cuya fachada más amplia es visible la milenaria y mágica puerta de Aramu Muru.
Las dimensiones de esta increíble «piedra» de una sola pieza sorprenden al visitante: siete metros de alto por otros tantos de ancho. Los pocos estudios arqueológicos realizados hasta el momento no han podido explicar convenientemente cómo se pudo llevar a cabo su construcción, ni cómo sus creadores lograron tal grado de homogeneidad en su superficie, completamente plana, al igual que el tallado de los bordes externos. Otra cuestión que se desconoce es si el bloque fue transportado desde otra zona o se encontraba ya en este punto.
En su base se distingue un «pórtico» tallado –en realidad es un vano ciego, pues no conduce a ninguna parte–, lo suficientemente amplio como para que quepa un ser humano. Según las tradiciones del pueblo aymara, que habita la zona, dicho pórtico es la entrada al mundo de los espíritus. Por supuesto, sólo aquellos con la preparación y conocimientos adecuados son merecedores de tal experiencia.
Para percibir la poderosa «energía» que emite Aramu Muru se recomienda tocar la superficie interna del pórtico con la cabeza y las manos al mismo tiempo. Algunas personas aseguran que tras realizar este sencillo movimiento se pueden percibir diversas imágenes, como la visión de un enorme fuego y de otras puertas que conectarían con los mundos protegidos por la gran roca. Otros aseguran que no percibieron ningún tipo de visión pero que, sin embargo, tuvieron la oportunidad de escuchar antiguos instrumentos musicales y las melodías de algunas canciones sagradas.
Durante siglos, la existencia de Aramu Muru sólo pervivió en los recuerdos de los más ancianos chamanes aymara y en algunas tradiciones orales, que se trasmitían de generación en generación. Arqueólogos, antropólogos, etnólogos e investigadores, tras estudiar el tema, llegaron a la conclusión que la puerta mágica no era más que un mito, pues no existía ningún mapa ni documento escrito que aludiese a su localización.
HALLADA GRACIAS A UN SUEÑO
El descubridor de Aramu Muru no fue un arqueólogo, sino un hombre de origen aymara llamado José Luis Delgado Mamani. Éste había escuchado durante años a los chamanes de su comunidad referirse a la mágica puerta, hasta que una noche comenzó a tener unos extraños sueños que se repitieron durante meses. En ellos se veía a sí mismo caminando por un pavimento de mármol que conducía a la puerta de Aramu Muru, que desprendía una luz azulada. En sus sueños también distinguía un conjunto rocoso formado por piedras arcillosas, cuyas formas semejaban animales y personas.
Mamani comenzó a tomarse en serio sus experiencias oníricas cuando un día, paseando por los alrededores del Lago Titicaca, se fijó en que el conjunto rocoso de Hayu Marca era muy similar a las visiones que recordaba. De hecho, las gentes del lugar habían bautizado las rocas con diversos nombres por su parecido con distintos animales o deidades aymara. Con el fin de hallar algunas respuestas, Mamani acudió a un chamán conocedor de las tradiciones de su pueblo. El «hombre-medicina» le confirmó la existencia de la puerta, pero también le advirtió que desde hacía siglos se desconocía su ubicación, a pesar del carácter sagrado de la misma. Sobre este particular, únicamente le dijo que la puerta ocultaba un poderoso disco solar.
Mamani comenzó entonces a buscar la puerta sobre el terreno, a la vez que preguntaba a las gentes del lugar y se documentaba en libros de historia. De este modo descubrió que en la época de la conquista los españoles recopilaron una leyenda que aludía a la existencia de una gran puerta labrada en la roca, a la que se le atribuían todo tipo de poderes sobrenaturales y que era conocida con el nombre de Aramu Muru.
Finalmente, después de meses de búsqueda, consiguió descubrir el emplazamiento de Aramu Muru. Tras inspeccionar la mole pétrea decidió ponerse en contacto con los pobladores más cercanos, quienes le confirmaron que sabían de su existencia, pero hacía siglos que nadie iba a visitarla ni quería referirse a ella, porque se la consideraba que una entrada al infierno. Efectivamente, Mamani descubrió que los conquistadores españoles habían hallado la mágica puerta, a la que los habitantes del lugar veneraban con devoción. Para terminar con ese culto, que consideraron pagano y anticristiano, decidieron extender falsas leyendas, atribuyéndole capacidades malignas y demoníacas. Esta misma técnica –anatematizar los cultos originarios– la utilizaron los españoles en otros muchos lugares de América, considerados sagrados, telúricos o vinculados a prácticas iniciáticas precolombinas.
«Cuando vi la enorme puerta casi me desmayo», declararía algún tiempo después a la prensa José Luis Mamani. Éste siempre tuvo el convencimiento de que Aramu Muru, personaje que él identificaba con un antiguo sacerdote inca, interfirió de algún modo en sus sueños para que hallara la ubicación de la sagrada puerta. Aramu Muru sería un sacerdote perteneciente al monasterio de los Siete Rayos, recinto en el que se realizarían cultos secretos en honor al sol y diversos ritos iniciáticos.
En la época de la conquista, Aramu Muru habría viajado de Tiahuanaco a Cuzco, portando con él un poderoso disco de oro. Al llegar a la ciudad descubrió que los españoles acababan de conquistarla, por lo que se escondió en las montañas, sobre todo con la intención de evitar que el disco cayera en manos de los sanguinarios conquistadores. Este disco habría sido creado por los dioses con el fin de curar algunas enfermedades, además de poseer una utilidad ritualística en las iniciaciones más elevadas practicadas por los sacerdotes incas. Mamani, el descubridor de la puerta, asegura que los chamanes aymara le dijeron que Aramu Muru conocía la ubicación de la misma y el método adecuado para traspasarla y viajar así a otras dimensiones. Según la tradición aymara, el antiguo sacerdote penetró en otra dimensión a través de esa puerta para preservar su vida y el poderoso disco solar. En honor a él, los antiguos pobladores del Lago Titicaca bautizaron con su nombre al «monumento» pétreo.
Con el discurrir de los siglos, esta historia cayó en el olvido y sólo una casta de iniciados la habría preservado, trasmitiéndola en forma oral únicamente a aquellos merecedores de conocerla. De este modo, la existencia de la puerta pasó al mundo de los mitos, y así lo creyeron los antropólogos que escucharon este relato.
Es poco lo que se sabe a ciencia cierta sobre la enigmática puerta, por lo que en las últimas décadas han surgido todo tipo de hipótesis, sobre todo respecto a su utilidad. Algunas de ellas son absurdas y otras, por el contrario, resultan cuanto menos sugerentes. Así, María Sholten, matemática holandesa célebre por enunciar la hipótesis de que las ciudades incas de Bolivia, Perú y Ecuador se encontraban alineadas de un modo particular, también se interesó por el papel de Aramu Muru en esta presunta alineación. En su documentado estudio, esta prestigiosa matemática defiende que ciudades como Cuzco, Casamarca o Tiahuanaco, entre otras, están ubicada sobre una línea diagonal de 45 grados en el eje norte-sur de la cordillera andina, próxima al Océano Pacifico.
En 1961, el contactado británico George Hunt Williamson, conocido también con el nombre de Brother Philip, publicó El secreto de los Andes, trabajo cuyo hilo central es la identificación del sacerdote inca Aramu Muru con una deidad de la mítica Lemuria, nombre con el que se conocería también a Mu, un hipotético continente situado en el Océano Pacífico que supuestamente habría desaparecido bajo las aguas hace unos 30.000 años.
LA VERSIÓN ESOTÉRICA
Si hacemos caso a esta posibilidad, defendida por varias corrientes ocultistas, Aramu Muru habría sido reconocido en Lemuria como un dios encarnado en la tierra y guardián de antiquísimos pergaminos y del disco solar, elementos que se llevó consigo tras la catástrofe que asoló Lemuria. Muru llegó a América, como otros tantos supervivientes de este mítico continente, acompañado por la diosa Arama Meru. Desembarcó en la costa oeste del continente americano, concretamente en la cordillera andina de la cual nació el lago Titicaca. Con la ayuda de otros supervivientes de Lemuria, en este remoto lugar habría construido un edificio subterráneo, al que luego llamaron monasterio de los Siete Rayos, donde ocultó los pergaminos y el disco de oro. Este poderoso «talismán» servía para curar diversas enfermedades, siempre que fuera utilizado de forma correcta, junto a un complejo sistema de lentes y espejos.
Siglos más tarde, los incas se instalaron en el territorio del actual Perú, creando una sociedad de un alto nivel espiritual justo en el lugar al que habían llegado en la noche de los tiempos los supervivientes de Lemuria. Allí los poderosos sacerdotes incas ordenaron levantar el primer templo en honor al sol, pues sabían que en algún lugar de la zona se encontraba oculto el poderoso disco solar. Después de años de búsqueda y diversos avatares dieron con el elemento que tanto ansiaban encontrar.
Al final colocaron el disco en un lugar concreto del primer Templo del Sol, atendiendo a lo que sabían sobre su utilización en Lemuria. Sin embargo, el imperio inca degeneró con el paso de los siglos y sus dirigentes olvidaron las bases espirituales y sagradas que habían guiado a sus fundadores. No demasiado tiempo antes de que llegaran los conquistadores españoles, alguien, probablemente un sacerdote o grupo de sacerdotes que eran conscientes de la degeneración de la sociedad inca y conocían los secretos de Aramu Muru, consiguieron rescatarlo del Templo del Sol y lo escondieron tras la mágica puerta… Al menos, así lo cuenta Brother Philip.