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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/06/2007@00:00:00 GMT+1
Cuaderno de campo es el retrato más íntimo del viajero; páginas que ocultan vivencias, sentimientos y mucho viaje. Un lugar secreto que ahora ve la luz, mostrándonos con especial valentía, a cara descubierta, anhelos, miedos, alegrías y fracasos de los más experimentados aventureros del mundo del misterio, en su más amplio espectro.
13º-12º Latitud sur, 72º-71º Longitud oeste. Estas coordenadas encierran un territorio que como si de un triángulo invisible se tratase, enmarca los ríos Manu, al norte, Madre de Dios, al oeste, y la ciudad eternamente embarrada de Paucartambo al sur. Aquí todo es extremo. Acabamos de descender desde los 4.000 m de altitud, atravesando una montaña áspera y temible. El descenso se hace más y más penoso conforme va cayendo la noche en una tierra olvidada de la mano de Dios. La vegetación se va espesando, pues no en vano accedemos a zona de selva, inaccesible y primitiva, guardiana de secretos atávicos que aún permanecen ocultos en lo más profundo. Aquí todo es grande: insectos, flores, árboles, ofidios… Los mosquitos atacan con ferocidad tal, que atraviesan la tela del grueso pantalón. Los derrumbes del camino, provocados por las lluvias de la tarde, hacen que el periplo sea cada vez más difícil. No hay que echar demasiada imaginación para cerciorarse por qué éste era uno de los caminos más asaltados del Perú hace años, esos en los que los terroristas de Sendero Luminoso, guiados por los devaneos megalomaníacos de su líder, “Camarada Gonzalo”, sumían ciudades y pueblos de una atmósfera constante de terror.

Aquello, en parte, ya pasó. Ahora los miedos son otros. Corrupción, abandono, caciquismo… Las comunidades indígenas sólo son visitadas en época de campaña electoral; después: olvido. Atalaya, la puerta de Pantiacolla Arribar a Atalaya, la última gran ciudad de la selva, no ha sido fácil. El camino estaba sembrado de enormes hundimientos. De aquí hemos de partir a bordo de un pequeño bote de madera cinco horas río abajo, hasta alcanzar el punto en el que el camino, pues no existe otro modo, hay que hacerlo a pie. Agua, comida, sueros, machetes… Las provisiones son fundamentales; casi vitales, pues sabemos cuándo llegaremos, pero no cuándo saldremos de esta impenetrable selva. El gran río Amarumay, el Madre Dios, está desbocado. El agua nos zarandea con violencia, arrastrándonos hacia las empalizadas que se han acumulado durante la anterior crecida. Allí es donde se hallan las enormes anacondas. Esto es: si caemos a las aguas turbias nadando jamás llegaremos a la orilla, pues se encuentra a más de medio kilómetro; las pirañas están hambrientas, y los salvajes remolinos nos arrastrarían hasta los fondos. En suma, que nos encontramos navegando uno de los ríos más peligrosos del planeta, junto al Indo, en Pakistán, del que por cierto salimos airosos. ¿Por qué no también esta vez? El pensamiento positivo no ayuda a superar la tensión. Es una lucha abierta entre la fuerza de la naturaleza en estado puro, y la astucia humana. Pero merece la pena; las pirámides naturales de Pantiacolla quedan a un lado del río –¿qué esconden en sus entrañas?–. Estamos cerca; muy cerca.

Cae la tarde y por fin llegamos a la comunidad indígena matsiguenga. Son los custodios de esta selva y de sus tesoros desde hace generaciones, y se rigen por sus propias leyes. Lo cierto es que el contacto con buhoneros y contrabandistas ha transformado su orgullo y fiereza de tiempos en agresividad manifiesta, esa misma que se escapa entre los efluvios de un alcohol demasiado estridente. Son borrachos con fama de ladrones, gentes a los que los guías tachan de sanguinarios cuando de conseguir algo se trata. Ellos son quienes nos han de dar el permiso para seguir camino a través de la jungla, nueve días de dura caminata que culminarán en una de nuestras primeras metas: los geoglifos de Pusharo, un paredón de 30 m de largo por 3 de alto que contiene, según los cronistas españoles del siglo XVIII, el mapa codificado que ha de conducir a la última de las grandes ciudades perdidas: el mítico reino de Paititi. Lo cierto es que sobre estas rarezas grabadas en mitad de ningún lugar se ha especulado demasiado, para concluir que pertenecen a un tiempo olvidado, y a una población de la que nada se sabe. Pero alguien deambuló por aquí siglos atrás. No en vano, en determinados claros de selva existen todavía empedrados que formaron parte de un arcaico camino inca, que sin duda atravesó esta foresta para dirigirse a algún lugar aún inexplorado. Y es que éste era el Antinsuyu, la región noreste del vasto Imperio Inca –el Tahuantinsuyu, cuya capital, el “ombligo”, era Cuzco–. Era rica en recursos naturales, pero extrema en accesos, esos mismos que conducen a la primera de las ciudades halladas en esta región, allá por el año 1979: Mameria, a la que posiblemente ya se haya tragado de nuevo la selva. Los peligros y la recompensa Amanece demasiado temprano. Hay que levantarse, pues la luz solar es sinónimo de cierta seguridad; cuando la noche cae todos aquellos bichos plausibles de hacer daño salen a cazar. Atravesamos selva. Es duro; muy duro. El sonido de los machetes se acaba convirtiendo en monótono. José Antonio, uno de los guías de selva nos invita a atravesar la quebrada del río Piñi Piñi, el que según dicen las crónicas conduce al Paititi. Pescamos cubiertos por las hojas de los gigantescos colosos arbóreos. También los peces son enormes. En este paraje el tiempo no parece existir. Mirar atrás es percatarse de que a cada paso la selva se cierra a nuestras espaldas, como si no quisiese que retornásemos, asegurando que el secreto permanezca inviolado. Los troncos muertos se reparten por la pedregosa superficie; estamos subiendo, y saltarlos es estar con mil ojos, pues las serpientes venenosas, y entre ellas la temible susupe, pueden aguardarnos. “A él le picó una de dos metros hace un mes. Llegó a su pueblo con las encías, las uñas, los ojos y los dientes sangrando. Si no le hubieran puesto el antiofídico estaría muerto”. ¿Tranquilidad? No hay. Además, qué duda cabe de que nos encaminamos hacia un nido de serpientes. Las tradiciones indígenas aseguran que allí donde hay oro están los ofidios más terribles, protegiéndolo de los buscadores. Estos animales antaño compartían la custodia de la zona con los no menos feroces paco-pacoris, los últimos incas que llegaron a estos lares, gentes fornidas de 2 m de estatura que armados hasta los dientes hicieron de la vida de los exploradores un auténtico infierno.

Noches de duermevela. Las tiendas de campaña son demasiado frágiles en este ambiente ciertamente hostil. El machete da paz, pero endurece la almohada. Y por fin, después de nueve días arribamos a Pusharo, la meta intermedia, la puerta de un reino oculto que aguarda nuestra llegada. Sólo los puros de espíritu lograrán regresar; hasta ahora nadie lo ha conseguido.
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