Última actualización 01/07/2007@00:00:00 GMT+1
Disfrazado de príncipe musulmán, el español Domingo Badía vivió una de las aventuras más fascinantes en la historia de los exploradores. Entre 1803 y 1807 recorrió buena parte de los países árabes, siendo el primer cartógrafo y espía europeo que visitó la Meca. AÑO/CERO ha seguido sus pasos por Marruecos,Túnez, Egipto, Siria, Jordania y Palestina…
por Juan J. López
Cuando Manuel Godoy (Primer Ministro de Carlos IV), recibió la audaz propuesta de Domingo Badía y Leblich, probablemente pensó que se encontraba ante un loco o un suicida. Sin embargo, según confiesa Godoy en sus cartas al rey, el arrojo y la seguridad de aquel hombre terminaron por merecer su confianza.
En su proyecto inicial, Badía pretendía encontrar las fuentes del Nilo, meta de todos los exploradores de la época. También deseaba certificar la dirección del curso del río Níger y reunir datos sobre la ciudad de Tombuctú. Además proponía a la corona una recopilación de datos botánicos, geográficos, antropológicos y etnológicos sin precedentes para la ciencia española. Y lo más interesante para Godoy: le planteaba la posibilidad de urdir un plan para conspirar contra el sultán de Marruecos y arrebatarle el trono.
Es posible que fuera la historia del explorador escocés Mungo Park, encarcelado en África tras ser identificado como occidental, la que alimentó en Badía la idea de hacerse pasar por musulmán. Antes que él, ese disfraz había sido útil a otros viajeros, como el alemán Frederick Hornemann, quien lo empleó en el desierto libio; y años después de Badía, también hubo quien repitió la treta: Sir Richard Burton participó en la peregrinación a la Meca haciéndose pasar por mendigo persa y el francés René Caillié viajó a Tombuctú disfrazado de musulmán oriental.
Dispuesto a meterse en el papel de viajero árabe, Badía elaboró su coartada: a partir de ese momento sería Alí Bey, heredero de una rica familia siria. Su imaginario padre, Othman Bey, sería un turco de Alepo que gozaba de una buena fortuna pero que, viéndose perseguido, tuvo que refugiarse en Italia con su mujer, dos hijos y un mozo. Sólo sobrevivió uno de los hijos, Alí, que se habría formado en Italia, Francia e Inglaterra, pero sin olvidar su origen árabe ni su obediencia al Corán. Años después su padre se habría trasladado a Andalucía, falleciendo en Córdoba. En ese momento Alí Bey habría decidido viajar a los países árabes para recuperar sus raíces.
Con esta tapadera, Domingo Badía se sometió a una operación de circuncisión, aprendió unas nociones básicas de árabe, se dejó crecer la barba y se disfrazó con ropas moras. Provisto de un voluminoso equipaje repleto de instrumental científico para la observación astronómica, los cálculos matemáticos y la orientación geográfica, el espía de Godoy atravesó el estrecho de Gibraltar, entrando en Tánger y comenzando una aventura sin precedentes.
En el plan original, Badía pretendía ser acompañado en su aventura por Simón de Rojas Clemente, pero finalmente cruzó solo el estrecho, arribando a las costas marroquíes a las diez de la mañana del miércoles 29 de junio de 1803. O lo que es lo mismo, el «día 9 del mes Rabí primero del año 1218 de la Hégira».
La aventura marroquí
Sólo las aventuras de Ali Bey en Marruecos merecerían varios artículos. De hecho, el arabista y ex-secretario de la Embajada Española en Marruecos, Salvador Barberá Fraguas, dedica todo un estudio, tan crítico como minucioso, a la estancia de Bey en dicho país, donde permaneció dos años.
En Tánger Badía contrató como sirvientes y traductores a dos judíos sefardíes. No olvidemos que no conocía con fluidez la lengua árabe pese a su disposición de realizar el viaje. Además, había sufrido un aparatoso accidente, hiriéndose en una pierna, lo que limitó sus movimientos durante varias semanas. Al llegar a tierra presentó al capitán del puerto sus credenciales y una carta de presentación en la que se identificaba como heredero del principado abbasyda, que este llevó al gobernador de Tánger. Inmediatamente, el supuesto noble fue acomodado por el gobernador en una mansión. Así comenzó la infiltración de Alí Bey en la clase dominante marroquí.
Durante semanas, Bey recibió la visita de todos los personajes influyentes de Tánger. Sus conocimientos e instrumentos científicos despertaron la curiosidad de los marroquíes, y la fama del sabio príncipe empezó a gestarse. Tras cuatro meses en Tánger, donde realizó numerosos planos y tomó notas, el espía español partió hacia Fez. Allí permaneció otros cuatro meses, y en ocasiones pudo verse con el sultán, pero sobre todo entabló amistad con el hijo del almocaden del santuario de Mawlay Idris –descendiente del Profeta–, uno de los más venerados de Marruecos y al que, todavía hoy, acude el rey actual. En este santuario se conserva la tumba del familiar de Mahoma, y su visita está limitada a los musulmanes. Sin embargo Badía pudo descender a la cripta, oculto bajo su disfraz.
Desde Fez viajó a Meknes, visitando las colosales construcciones de la ciudad, famosa por su triple muralla, que todavía hoy sigue en pie.
Después vinieron Rabat, Casablanca y otras ciudades marroquíes. Es imposible resumir todas las anécdotas y aventuras que relata Badía. Como su encuentro con un gigantesco pez, que no supo identificar pese a sus conocimientos biológicos o los experimentos científicos con la «cámara oscura», que realizó para el sultán y su corte. Aquellas demostraciones le proporcionaron un gran prestigio. También resulta imposible enumerar todas las muestras botánicas, entomológicas y la inmensa cantidad de notas científicas, mapas e ilustraciones que Domingo Badía reunió en sus viajes por Marruecos.
Pero su viaje no estuvo exento de peligros. En su faceta de espía, Alí Bey se comunicaba con Godoy a través de un enlace: Francisco Amorós y Ondeano, responsable en buena medida de la leyenda que se tejió sobre el intrépido viajero. En los informes que Amorós dirigía a Godoy, actualizando las peripecias de Badía en Marruecos, se refiere a él con el nombre en clave de «Diablo» o «el Viajero», dedicando al aventurero generosos calificativos. Badía hacía llegar a Amorós informes sobre los efectivos militares del sultán y también sobre sus aliados y enemigos en la corte. Y es que el falso sirio pretendía infiltrarse hasta el extremo de poder organizar desde el interior una revuelta para hacerse con el trono.
Hoy sabemos que, pese al entusiasmo de Amorós, los logros de Badía en este sentido distaban mucho de lo que decía en sus informes. Nunca llegó a contactar con los grupos rebeldes, que se ocultaban en las montañas. Y, de hecho, de los 26 meses que pasó en Marruecos, Alí Bey sólo se relacionó con el sultán durante dos de ellos. Eso sí, como ocurre con todos los espías, su misión entrañaba ciertos riesgos. Gracias a las crónicas de James Grey Jackson, vicecónsul británico de Mogador en la época, hoy sabemos que Bey estuvo a punto de ser desenmascarado por los gobernadores de Mogador y de Marraquech. Suspicaces, hicieron que se entrevistara con el vicecónsul español y con un influyente comerciante francés, con objeto de averiguar su identidad real. Pero Alá fue condescendiente con el falso musulmán, que superó las entrevistas y continuó su tapadera.
Las enfermedad también puso en peligro su vida. Bey pasó tres meses postrado en cama durante su estancia en Marraquech. Uno de los momentos más delicados se produjo cuando estuvo a punto de morir de sed e insolación en el desierto, tras perderse con su reducida escolta, que si murió, y fue salvado por el santón Sayyidi Muhammad Al Arabí ad-Darqawi. En ese momento y sin proponérselo, Alí Bey estuvo muy cerca de un acontecimiento político relevante, ya que uno de los discípulos del santón dirigía la revuelta local contra el sultán.
Repuesto de aquel viaje al límite de la muerte, continuó su viaje y su conspiración, más imaginaria que real. Sin embargo terminó por ser «invitado» a abandonar el país de forma enérgica, embarcando hacia Grecia. Fracasado su plan de conspiración, decidió continuar recopilando información científica y también de interés político, para Godoy, por todo el mundo árabe.
Egipto, la Meca y un globo de fuego
Tras una escala en las islas Qarquanna (Túnez), Alí Bey llegó a Trípoli el 11 de noviembre de 1805, y el 26 de enero siguiente partió hacia Alejandría, aunque una terrorífica tormenta casi lo hizo naufragar, manteniéndolo en Chipre dos meses.
Tormentas, naufragios y hasta la amenaza de piratas… las páginas de su diario de viaje resultan fascinantes. Al igual que sus observaciones científicas, como las referidas a fenómenos eléctricos, visiones de «rayo en bola» incluidas. El 4 de marzo, su diario registra la observación, cerca de Chipre, de un fenómeno sorprendente: «vi reventar delante de proa un globo de fuego que me pareció de unos tres pies de diámetro; pero como me fue imposible calcular su distancia, también su verdadera magnitud».
Por fin arribó a las costas egipcias el 12 de mayo de 1806, estableciéndose en Alejandría durante seis meses. Allí contactó con el Mawlay Salama –exiliado pretendiente al trono marroquí–, y retomó sus sueños de conspiración, remitiendo a Godoy nuevos informes secretos. Sin embargo, Bey dedicó duros calificativos a los habitantes de la ciudad que, en otro tiempo, había sido la capital mundial de la cultura: «La masa principal de los habitantes de Alejandría se compone de árabes, es decir, de hombres generalmente ignorantes y groseros». Pese a ello, Badía realizó valiosos planos y bocetos de los monumentos faraónicos y de las catacumbas reales de Alejandría, antes de continuar hacia El Cairo.
El 9 de octubre de ese mismo año, según sus notas, vislumbró las montañas de El Cairo. Allí pasó el Ramadán, disfrutando de la impresionante mezquita de Saladino. Y, pese a los conflictos del momento, no dejó de visitar la pirámides: «Aunque la pirámides de Guiza estaban rodeadas de árabes rebeldes y hubiese peligro en acercarse a ellas, quise, no obstante, aventurarme a ver aquellos colosos elevados por la mano del hombre».
Terminado el Ramadán y tras enviar nuevos informes a Godoy, Alí Bey se puso de nuevo en marcha, esta vez en busca de la ciudad más santa del Islam. El audaz viajero se unió a una caravana de peregrinos árabes: «el 15 de diciembre de 1806 salí de El Cairo, acompañado de muchos jeques».
Siendo objetivos, dos europeos habían pisado la Meca antes que Badía: el romano Ludovico Bartema, en 1503, y el cautivo inglés Joseph Pitts, en 1680. Pero teniendo en cuenta que, en su relato, Bartema explica su encuentro con dos unicornios, la primera crónica veraz y rigurosa de la Meca se debe al español Domingo Badía. También le debemos la más antigua estimación geográfica de la ciudad, así como mapas, planos y croquis que tardaron mucho tiempo en ser igualados. De hecho, sir Richard Burton, que se coló en la ciudad medio siglo después, alude constantemente a los logros de su predecesor. Igualmente valiosas son sus notas sobre la sagrada piedra negra de la Kaaba y el templo de Abraham, sobre la tumba del profeta Mahoma, la ciudad de Medina y, en particular, sobre los wahabíes, secta de la rama suní hoy dominante en Arabia Saudí y cuyo nacimiento se produjo en aquel entonces.
Después de sufrir nuevas tormentas y penalidades, nuestro protagonista regresó a Egipto y, de allí, dirigió sus pasos a Palestina. Esta última travesía no fue por elección propia sino porque, finalmente, el pachá de Egipto, Muhammad Alí, había descubierto gracias a sus agentes secretos que Alí Bey era un impostor. Como apunta el historiador Salvador Barberá: «Por primera vez en su largo periplo, se encontraba huyendo». Aquel cristiano disfrazado de musulmán había profanado los secretos de la ciudad santa y de la tumba del Profeta y, según algunos historiadores, ese sacrilegio le costaría la vida años después,en un último viaje (ver recuadro).
Un meteoro en Palestina
El trayecto a Siria y Palestina poco tiene que envidiar, en calidad de datos, a toda la información recopilada por Alí Bey hasta el momento. Durante este nuevo viaje volvió a verse en un desierto y sin apenas agua de reserva. Recordando el terrible episodio que vivió en Marruecos, donde estuvo a punto de morir de sed como sus acompañantes, desenfundó su espada en una crisis histérica y se hirió accidentalmente. Perdió mucha sangre, y el ya de por sí duro viaje se complicó aún más. Antes de llegar a Jerusalén, murieron varios hombres y algunos camellos.
Como en los destinos anteriores, sus apuntes científicos, y su recopilación de tradiciones, tanto islámicas como judías y cristianas resultan fascinantes. Al igual que sus experiencias personales, como la visión de una especie de «estrella de Belén» que avistó a las afueras de dicha ciudad palestina: «Vi aparecer (…) un meteoro que desplegó por el lado del Este una cola, cuya longitud me pareció de dos grados (…) Avanzaba hacia el Occidente haciendo ondular la cola, a una altura de unos 30 grados. La cola, que no tardó en dividirse en varios rayos, presentaba todos los colores del arco iris; medio minuto después, habiendo recorrido en su marcha lenta casi seis grados hacia el oeste, desapareció sin explosión, trueno, ni otra circunstancia espantosa. Arrojéme al suelo y me postré ante el Creador».
Terminada su particular odisea, Badía inició el regreso a Europa a través de Turquía. La última etapa de su libro Viajes está dedicada a Bucarest, capital de Rumanía, a donde llegó a finales de 1806, casi tres años después de iniciar su singular aventura. Viajeros, exploradores y aventureros posteriores, como E. G. Jackson, Caraman, Drummond-Hay o Charles de Foucauld mencionaron repetidamente las crónicas de Alí Bey. Sin embargo, en España continúa siendo un desconocido. Pese a existir una calle de Alí Bey en su Barcelona natal, Domingo Badía no ha recibido todavía el reconocimiento que como viajero, científico y explorador, merece su fascinante aventura.
Juventud de un aventurero
Domingo Badía nació en Barcelona el 1 de abril de 1767. A la edad de 11 años se trasladó a la ciudad de Vera (Almería), donde hay una calle que lleva su nombre. Don Pedro Badía, padre del joven Domingo, había obtenido la «contaduría de guerra y tenencia de Tesorero del partido de Vera en Granada con ejercicio y distintivo de comisario de guerra», y en dicha ciudad se educó y vivió el futuro Alí Bey hasta los veintiséis años. En 1791 se casó con María Luisa Berruezo y Campoy, quién tres años más tarde le dio una hija, María de la Asunción Catalina. El mismo año del nacimiento de su hija, Badía fue trasladado a Córdoba como Administrador de la Real Renta de Tabacos mientras dedicaba su tiempo libre, como autodidacta (no consta que tuviese estudios universitarios) a su formación en diferentes ciencias. Prueba de ello son sus primeros escritos, como Ensayo sobre el gas y máquinas o globos aerostáticos, que firmó con el pseudónimo de Polindo Remigio en 1792. Este texto está dedicado a Godoy, e inspiró su primer y ambicioso gran proyecto científico: la construcción de un globo aerostático, que se inició en 1795, con una licencia para dicho proyecto concedida por el Consejo Supremo de Castilla, el 18 de enero de ese año. La construcción de la máquina voladora se inició el 19 de mayo en el Campo de la Merced, pero Badía sufrió diferentes percances hasta que terminó por agotar todos sus recursos, arruinándose sin llegar a materializar su «proyecto volador». A pesar de este fracaso, su pericia en la delineación y el dibujo, así como los conocimientos meteorológicos que adquirió durante esos años, serían fundamentales para su alter ego durante su infiltración en el mundo árabe.
Una muerte misteriosa
A finales de 1812, Badía inició la redacción de los tres volúmenes de su libro de viajes. Cinco años después, empujado por la necesidad, Badía decidió «resucitar» a Alí Bey para un nuevo viaje, esta vez al servicio de Francia. Desde Constantinopla pretendía llegar a la Meca, donde se uniría a alguna caravana para cruzar el Mar Rojo, y de allí hacia el corazón de África. Puesto que en Marruecos se había descubierto su falsa identidad, en su segunda aventura Badía usó el nombre de Hayy Alí Abu Utman («el peregrino Alí»).
En enero de 1818 salió de París en el que sería su último viaje. Llegó a Constantinopla el 19 de marzo y después cruzó el Bósforo, llegando a Alepo dos meses después. Desde su llegada a Damasco el 4 de julio, su salud empeoró rápidamente. La disentería le obligó a guardar cama varios días. Pero tenaz en su propósito continuó hacia Zarqa, en la actual Jordania. Esa fue la última ciudad que vieron sus ojos. El 31 de agosto, a medianoche, sintiendo su fin cercano, se quitó el anillo que le servia de sello y lo entregó a sus criados. Por la mañana sus sirvientes lo encontraron muerto.
En su última carta, escrita una semana antes al cónsul francés en Trípoli escribió: «…el Sr. Chaboceau me trajo un paquete de sobres de ruibardo torrefacto. Tomé uno que me causó un efecto terrible. Seguí por honradez hasta el cuarto, pero ello bastó para colocarme a dos dedos de la muerte».
Los sobres que Badía creía envenenados fueron analizados por dos farmaceúticos, quienes dictaminaron que no había veneno. Para los defensores de la teoría del asesinato se trató de una maniobra para proteger a los autores de una conspiración contra Badía, quien se había ganado muchos enemigos entre los musulmanes, y también entre sus paisanos, pues abandonó su país natal para aliarse con el invasor francés. Dos siglos después, su muerte continúa siendo un misterio.