Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
Al contrario de lo que sucede en otros países, donde la masonería es una asociación muy respetada, en España sigue envuelta en el misterio, y su mención aún despierta recelos, odio y temor. Y, de hecho, en pocos lugares ha sido tan perseguida y reprimida como en el territorio español.
por : Javier García Blanco
El 17 de abril de 1728, en la Gran Logia de Inglaterra se recibía una carta procedente de España, en la que un grupo de ciudadanos británicos afincados en la península solicitaban la constitución oficial de una logia en Madrid. Aquella misiva, redactada apenas once años después del nacimiento de la masonería «moderna» en 1717, convertía a España en el primer país del continente que solicitaba la creación de una logia regular. Aquella logia, que no recibió la legitimización hasta un año después, fue bautizada con el nombre de French Arms –también es mencionada como Las tres flores de Lys nº 50, nombre del hotel en el que se reunían sus miembros, en la madrileña calle de San Bernardo–, aunque es más conocida como «logia matritense».
Su fundador fue el inglés Duque de Wharton, coronel británico al servicio de la corona española. Wharton, que había sido Gran Maestre entre 1722 y 1724, y formó parte del primer Club del Fuego del Infierno, murió el 31 de mayo de 1731, siendo enterrado en el monasterio de Poblet.
El mismo año que se «legalizaba» la logia de Wharton, la Saint John of Jerusalem solicitaba su constitución en Gibraltar. Algunos años más tarde, en 1750, 1755 y 1772, varios grupos de ciudadanos extranjeros intentaron crear logias o celebraron reuniones masónicas en Madrid, Barcelona y Cádiz.
Sin embargo, y a pesar del papel «pionero» de algunas de estas logias radicadas en España, lo cierto es que la presencia de la Fraternidad fue prácticamente anecdótica –o casi nula– a lo largo del siglo XVIII, al contrario que en otras naciones europeas. ¿La causa? Muy sencilla: la prohibición y persecución dirigida por la Corona y la Inquisición…
Una fraternidad proscrita
En 1738, el papa Clemente XII condena de forma rotunda a los franc-maçons o Liberi muratori en su bula In eminenti, con castigo de excomunión. Poco después, Andrés de Orbe y Larreategui, Inquisidor general en España, emite el edicto de prohibición sobre la Orden del Gran Arquitecto. Comienza así un periodo de persecución que se prolongará –aunque con algunas interrupciones– hasta 1833.
Tras la condena eclesiástica, llegó la de la Corona. Primero con Fernando VI y su hermano Carlos III, cuyo Real Decreto de 2 de julio de 1751 convertía a los posibles masones del territorio español en criminales proscritos. Más tarde, Fernando VII mostró una obsesión enfermiza, llegando a promulgar catorce decretos contra la Orden. Con la derogación de la liberal Constitución de Cádiz, el primer Real Decreto (mayo de 1814) prohibía cualquier tipo de asociación clandestina, y ese mismo año se restablecía el tribunal de la Inquisición, para luchar contra «las sectas anticatólicas introducidas durante la guerra de la Independencia». Según el historiador Ferrer Benimelli, fue el periodo antimasónico más duro y prolongado de la historia de España. En este tiempo hubo dos periodos de «calma», con los paréntesis de la invasión napoleónica –cuando aparecen las logias de militares bonapartistas y de españoles afrancesados– y el Trienio Constitucional (1820-23).
Tras la muerte de Fernando VII, acaecida en 1833, la persecución contra la masonería se suaviza un poco y, de hecho, la regente María Cristina de Borbón amnistió mediante decreto a los masones. Sin embargo, continúa vigente la condena para todos aquellos que, a partir de esa fecha, sigan formando parte de una sociedad secreta. La «tregua», sin embargo, duró poco, pues la persecución volvió a endurecerse, manteniéndose hasta 1868. Uno de los sucesos más destacados de esta época se produjo en 1853, cuando los miembros de la logia San Juan de España (Barcelona) fueron detenidos, juzgados y condenados a penas de cárcel de hasta 7 años, aunque más tarde fueron indultados por la reina Isabel II.
La revolución de septiembre de 1868 trajo consigo un nuevo panorama para la masonería española. Las recién adquiridas libertades acabaron también con las persecuciones para la Orden del Gran Arquitecto, y las logias aumentaron en número en muy poco tiempo. Este aumento del número de logias supuso también la «alineación» de cada una de ellas en distintas obediencias, provocando cierto caos e incluso enfrentamientos entre algunas de ellas. En concreto, había cinco obediencias principales: el Gran Oriente Nacional de España, con Ramón Mª Calatrava como Gran Maestre; aquellas logias adscritas al Gran Oriente Lusitano; el Gran Oriente de España, con Carlos Magnan y Clark como Gran Maestre; la Gran Logia Independiente Española y, finalmente el Gran Capítulo Catalán.
Ya en la época de la Restauración (1875-1896), y hasta la pérdida de las últimas colonias –desastre del que se culpó, cómo no, a la masonería española–, las obediencias se multiplicaron aún más, aunque el catedrático Miguel Morayta logra reunir a buena parte de ellas dentro del Gran Oriente Español.
También florecieron entonces algunas «logias de adopción», como Las Hijas de los Pobres (Madrid) o Las Hijas de la Regeneración (Cádiz), con las que nace la masonería femenina en España. Además, algunas logias masculinas –siempre de masonería irregular– comienzan también a aceptar la presencia de algunas mujeres en los trabajos de las logias.
Masonería y Segunda República
Después de la crisis que supuso la pérdida de Cuba y Filipinas para la masonería española –las acusaciones sobre su participación en ambas independencias hicieron que el número de masones y logias se redujera drásticamente–, a principios de siglo XX sólo quedaban dos obediencias: el Grande Oriente Español (GOE) y la Gran Logia Regional Catalano-Balear. Ésta pasó a denominarse, a partir de 1920, Gran Logia Española, aunque el GOE tuvo más importancia.
Especialmente importante fue la presencia de miembros de la masonería entre los órganos directivos de la Segunda República (1931-39), tal y como recoge Benimelli en su libro La Masonería (Alianza Editorial): «(…) en el Parlamento encontramos un importante número de diputados masones. No menos de 120 en la legislatura de 1931 (es decir, algo más de la cuarta parte de los integrantes de la cámara), 55 en la legislatura de 1933, y más o menos los mismos en la de 1936». Y, entre los partidos políticos, la presencia masónica fue igualmente notable en varios de ellos: «Acción Republicana, Partido Republicano Radical, Partido Republicano Radical Socialista, Partido Socialista Obrero Español y, en menor medida, la Izquierda Republicana de Cataluña y Federación Republicana Gallega».
Según este especialista, «existieron entre el republicanismo y la masonería conexiones importantes y una colaboración que podrían apuntar hacia una posible, aunque no directa, utilización de la masonería por el republicanismo con fines propagandísticos o incluso electoralistas, aunque es éste un extremo que habrán de confirmar investigaciones futuras».
De la Guerra Civil a la transición
El comienzo de la Guerra Civil dio inicio a una de las etapas más oscuras en la historia de la masonería española.
Antes del conflicto armado, Franco ya había manifestado tendencias antimasónicas cuando, en 1935, tras su nombramiento como jefe del Estado Mayor, destituyó a seis generales por su condición de masones, tal y recoge el periodista Pepe Rodríguez en su libro Masonería al descubierto (Ed. Temas de hoy). Se sabe que dos hermanos de Franco, Ramón y Nicolás, habían pertenecido a la Fraternidad y, según algunas versiones no confirmadas de forma alguna, la fobia del futuro dictador por la masonería habría nacido después de que le fuera denegada su admisión en la logia Lukus de Larache, en Marruecos.
Iniciada ya la contienda, la persecución de los masones por parte de los sublevados fue brutal. Según el historiador Francisco Moreno Gómez, «el fusilamiento de masones no esperó a ninguna legislación al respecto. De la logia Helmantia de Salamanca fueron fusilados 30 masones. De la Constancia de Zaragoza, otros 30. Del «triángulo» Zurbano de Logroño, 15…», y así hasta completar una larga y siniestra lista. Algunos estudios recientes cifran en unos 2.500-3.000 los masones españoles fusilados o asesinados.
Tras la guerra llegó la ley, en 1940, «para la represión de la masonería y el comunismo», reflejo de la obsesión que Franco manifestó durante toda su vida por el célebre contubernio judeo-masónico-comunista. En función de dicha ley se iniciaron más de 18.000 procesos y expedientes contra supuestos masones, cuando se estima que antes de la guerra apenas había unos 6.000 masones. Muchos de estos procesados murieron también fusilados.
La prohibición de la masonería durante el franquismo tuvo una llamativa excepción: con el establecimiento de las bases norteamericanas en territorio español, Franco se vio obligado a aceptar, muy a su pesar, la presencia de logias de militares en dichas instalaciones. En Torrejón de Ardoz, «levantó columnas» la logia Arthur T. Weed nº 59, la Liberty en Morón, Pyrenees nº 77 en Zaragoza, etc…
Ya en plena transición, la masonería tuvo que esperar hasta el 3 de julio de 1979 para ser legalizada, cuando el Tribunal Supremo ordenó al Ministerio del Interior la inscripción del Grande Oriente Español en el registro de asociaciones. Hoy, en el siglo XXI, la masonería española está «repartida» en dos corrientes principales: por un lado, una tendencia de corte anglosajón, más conservadora, dogmática y «regular», representada por la Gran Logia de España; por otro, la tendencia liberal y adogmática, encabezada por la Gran Logia Simbólica Española.
Presidentes masones
A lo largo de la historia de España, cinco masones han ocupado el cargo de jefe de gobierno: Juan Prim, Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla, Manuel Azaña y Diego Martínez Barrio. Todos ellos jugaron papeles importantes en momentos de gran relevancia para el país: Prim, Sagasta y Zorrilla en la Revolución de 1868, y Martínez Barrio y Azaña durante la Segunda República. Pero además, Zorrilla y Sagasta fueron Grandes Maestres del Grande Oriente de España, y Martínez Barrio del Gran Oriente de España, tal y como explica Benimelli en uno de sus trabajos.
Recientemente, ciertos medios de comunicación y algunos autores antimasónicos han sugerido la pertenencia del presidente Rodríguez Zapatero a una logia masónica. El historiador Ricardo de la Cierva, por ejemplo, aseguró en una entrevista a la revista Alba: «Zapatero es masón, y también algunos de sus ministros». Una afirmación semejante habría hecho también el masón norteamericano Ortiz Burbano de Lara, Venerable Maestro de la Logia Simbólica La Fraternidad 387 de Nueva York. Además, en el coloquio La masonería ayer y hoy, organizado por editorial Edaf, un relevante personaje de la cultura comentó a los masones Ilia Galán, Carlos Mendoza y Gustavo Vidal (en la foto) que Zapatero alcanzó el grado de compañero en una logia de Toulouse.