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Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
Durante siglos, los haitianos han creído que sus bokor –brujos vudú– podían revivir los cadáveres de las tumbas para convertirlos en zombis. El interés de algunos científicos por el asunto y la aplicación de las últimas tecnologías arrojan nuevas pistas sobre un misterio en el que se entrelazan leyendas, engaños y una fascinante realidad.

por : Manuel Carballal
Pocos aspectos del mundo del misterio se pueden estudiar desde un punto de vista criminalístico como el de la existencia de «muertos vivientes» en Haití. Esta creencia se encuentra tan presente en la sociedad de este empobrecido país caribeño que su propio Código Penal castiga la «zombificación». Concretamente, en el artículo 149 podemos leer: «Se califica también de atentado por envenenamiento de una persona, el empleo que se haga contra ella de sustancias que, sin causar la muerte, hubieran producido un estado letárgico más o menos prolongado, de cualquier manera que esas sustancias hubieran sido empleadas y sean cuales fueren las consecuencias. Si como resultado de este estado letárgico, hubiera sido inhumada la persona, el atentado será calificado de asesinato».

En el rural haitiano, el temor a que un familiar fallecido pueda ser convertido por algún desaprensivo bokor en muerto viviente, hace que las gentes entierren a sus seres queridos cerca de las viviendas. Quienes hemos viajado en repetidas ocasiones a este fascinante y a la vez peligroso país hemos comprobado cómo esta práctica es moneda común. Incluso algunos haitianos, todavía más desconfiados, colocan los cadáveres de sus familiares boca a bajo dentro del ataúd para que, en caso de que «vuelvan a la vida», no puedan escarbar y salir de la tumba. Los más radicales llegan a decapitar el cadáver antes del enterramiento. De este modo, el cuerpo jamás saldrá de su lugar de descanso eterno.

Quien esto escribe ha tenido la oportunidad de visitar cementerios haitianos, descubriendo ataúdes recién arrancados de la tumba, y cuyo cadáver había desaparecido en plena noche, supuestamente convertido en zombi. Es más, obtuve el testimonio de brujos haitianos como Monsieur Elie o Toni Guelin, propietarios y «fabricantes» de zombis, quienes me confirmaron que el secreto para convertir a un hombre en «no muerto» tenía más que ver con la química que con la magia. Con estas informaciones me presenté en diversas comisarías de la capital, Puerto Príncipe, cuyos agentes habían llevado a cabo en su momento varias investigaciones policiales sobre casos de zombificación.

CSI contra los zombis
El vudú es la religión más extendida en Haití y los zombis son una parte fundamental de la misma. Por eso cuando el etnobiólogo de la Universidad de Harvard Wade Davis decidió viajar al país caribeño para estudiar científicamente el mito de la zombificación, se vió obligado a sumergirse en un entramado de creencias mágicas y religiosas que, entre un mar de supersticiones, ocultaban importantes conocimientos químicos. Emulando al ficticio miembro del CSI Gill Grissom, Davis aplicó los principios de la criminalística para averiguar si los zombis eran en realidad «muertos vivientes». Sin embargo, descubrió que los bokor no robaban el alma de los fallecidos, sino que la clave del misterio estaba en el empleo de determinados venenos.

Tras una larga investigación, el experto etnobiólogo descubrió que los cánticos, letanías e invocaciones que realizaban los hechiceros, siempre al ritmo de los poderosos tambores vudú, eran sólo una puesta en escena para ocultar un secreto mucho más importante: el poudre o polvo zombi. Según los estudios de Davis, se trata de una compleja formula química que los bokor transmiten de padres a hijos, o de maestro a discípulo, y que se compone de más de un centenar de ingredientes diferentes. El más importante de todos ellos sería la tetradotoxina, sustancia que se extrae del «pez globo», y que es considerado uno de los venenos naturales más potentes. Con una pericia digna de los mejores químicos, los bokor manipulan los ingredientes de su fórmula secreta para conseguir un poderoso anestésico que entra en el riego sanguíneo a través de la piel, o ingerido con los alimentos, produciendo un estado de catalepsia y ralentizando el ritmo cardiorrespiratorio, hasta que se vuelve casi imperceptible. La víctima del polvo zombi presenta las características externas de un muerto, por lo que sus familiares lo entierran. Lo más terrible es que el «no muerto» es consciente de todo lo que ocurre a su alrededor, pero no puede pedir ayuda ni realizar ningún tipo de movimiento. Enterrado vivo, el zombi vive unas horas de pánico indescriptible hasta que el bokor y sus cómplices acuden al cementerio en plena noche para desenterrarlo y, la mayoría de las veces, venderlo como mano de obra barata en las plantaciones de caña al otro lado de la frontera dominicana.

Los muertos vivientes que regresaron
Durante las últimas décadas, los investigadores estudiaron una serie de casos en los que algunos «zombis» fueron identificados por sus familiares años después de ser enterrados. Podemos referirnos, por ejemplo, a Clervius Narcise, quien vagó durante meses por los montes de Haití tras la muerte del propietario de la plantación donde había sido vendido como «esclavo zombi». Finalmente, consiguió regresar a Gonaives, su pueblo, donde familiares y amigos lo reconocieron de inmediato y avisaron a las autoridades. En uno de mis viajes a Haití conseguí una copia del acta de defunción de Clervius Narcise, firmada en el Hospital Albert Schweitzer de Gonaives el 3 de mayo de 1963. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio local. Pero también me hice con una copia de la sentencia judicial, emitida el 26 de enero de 1980, que identifica como Clarvius Narcise al individuo que había llegado a su pueblo natal el 18 de enero de ese mismo año, semidesnudo y en estado de shock. Es decir, 18 años después de su presunto fallecimiento y tras haber sido enterrado, apareció de nuevo ante su gente, causando sorpresa y temor.

Por supuesto, la picaresca también es algo habitual en este oscuro mundo, y en más de una ocasión han sido condenadas personas inocentes por tan particular delito. Un caso paradigmático es el protagonizado por Wilfrid Doricent, sobre cuya pista nos puso Juan Blázquez, historiador y ex canciller de la Embajada de España en Haití. Esta historia comenzó el 19 de marzo de 1991, cuando el diario haitiano Le Matin publicaba en primera plana el descubrimiento de un nuevo zombi. La víctima habría sido enterrada el 24 de febrero de 1988 en la localidad de Los Cayos. Tiempo después, el 11 de septiembre, sus padres se toparon con Wilfrid, que vagaba sin rumbo a las afueras de Roche-á-Beateau. Según denunció el padre del supuesto «muerto viviente», éste había sido zombificado por su hermano Belaroix Doricent, en venganza por una disputa relativa a una herencia. El reaparecido Wilfrid no consiguió explicar qué le había ocurrido y Belaroix fue detenido y conducido a los calabozos. Allí sufrió un «enérgico» interrogatorio policial, pues según explicó el juez encargado del caso, los policías agredieron al acusado hasta que confesó. «Cuando se declaró culpable, ordené a la policía que dejase de pegarle», admitió el magistrado, que al final lo condenó a cadena perpetua.

En 1997, una expedición científica dirigida por el psiquiatra y antropólogo Roland Litelgood, junto con el etnobiólogo Conrad Gorinski y la experta en vudú Chantal Reano, se desplazó a Haití para investigar varios casos de supuestos zombis. Los investigadores dedujeron que si Wilfrid Doricent había sido zombificado y enterrado aún con vida, su actual deficiencia mental podía deberse a una anoxia causada por la falta de oxígeno en el ataúd. En Haití este habitáculo suele construirse con tablas de pino unidas groseramente, por lo que siempre se filtra cierta cantidad de oxígeno a través de los maderos. De este modo, un individuo con el metabolismo ralentizado por efecto del veneno zombi podría sobrevivir unas cuantas horas.

La ciencia descubre el engaño
A fin de comprobar si Wilfrid había sido zombificado, los científicos lo trasladaron a un hospital de Puerto Príncipe para someterlo al único escáner cerebral que se ha realizado hasta el momento a un supuesto «muerto viviente». Las pruebas, en contra de lo que pensaron en un primer momento los expertos, no mostraron indicios evidentes de anoxia en el cerebro. El siguiente pasó en la investigación consistió en analizar muestras de sangre de Wilfrid y de sus padres, Miguel y Eliot Doricent, las cuales fueron remitidas a Inglaterra. El estudio de ADN reveló una nueva sorpresa: Wilfrid no era hijo de Miguel y Eliot. Llegados a este punto cabe preguntarse cuál es la solución del entuerto: ¿Era Wilfrid un deficiente mental abandonado a su suerte, cuyo parecido físico con el hijo de los Doricent hizo creer a Miguel y Eliot que era realmente su hijo? ¿Acaso se trató una maniobra orquestada por Wilfrid Doricent para imputar a su hermano en un crimen que no había cometido y, de este modo, quedarse con la tan ansiada herencia familiar? Hoy, Wilfrid, el supuesto zombi, vive con los Doricent. Lo mantienen atado con un cepo porque afirman que carece de espíritu, por lo que no se le puede considerar un ser humano.

En definitiva, las nuevas tecnologías y la aplicación de la ciencia al estudio de misterios ancestrales, como los zombis, nos ayudarán cada vez más a diferenciar los hechos reales de los engaños y, por tanto, nos acercarán cada día mas a la verdad.

La policía vudú
El temido dictador haitiano François Duvalier, más conocido como «Papa Doc», consiguió derrotar al presidente Paul Eugène Magloire gracias al apoyo que le prestaron las más poderosas sociedades secretas del vudú. Conocedor y practicante de este credo, una vez que conquistó el poder lo convirtió en la religión oficial de Haití. Además, otorgó puestos importantes en su gobierno a relevantes brujos. De hecho, creó una milicia que extendió el terror a lo largo y ancho del país: los Tonton Macoute, una especie de policía mágica apoyada por las creencias del vudú. El comandante en jefe de esta violenta milicia era un temido bokor, Zacharie Delva. Contra todo pronóstico, Papa Doc consiguió mantenerse años en el poder gracias a su ejército brujeril, al apoyo de los Estados Unidos y a una leyenda que hizo circular el propio interesado por todo el país, según la cual sería la reencarnación del temible Baron Samedí, un poderoso dios del vudú.
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