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Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
Nuestra inseparable compañera siempre despertó la imaginación de pensadores, visionarios, científicos, novelistas y poetas de todos los tiempos. Sorprende que se hayan escrito tantas historias, a cuál más fantástica, sobre este cercano cuerpo celeste que, con su plateado reflejo, ilumina nuestras sempiternas noches. Misteriosa, mágica, seductora, siniestra, maléfica… Con ustedes, la Luna.
Se han empleado muchísimos adjetivos para definirla. Y se han formulado también multitud de preguntas sobre su origen y su enigmática cara oculta. Incluso ha sido motivo de apasionantes debates sobre si realmente estaba o no habitada. Hoy día puede parecernos ridícula tal discusión, pero en la antigüedad se pensó en la existencia de los selenitas, y algunos astrónomos llegaron incluso a describir con precisión cuáles serían los rasgos de los habitantes de la Luna…
Pero tampoco hay que viajar tan lejos en el tiempo. La propia exploración lunar, iniciada en los años sesenta del pasado siglo, ha desencadenado toda una riada de sospechas, afirmaciones y teorías conspirativas, debido fundamentalmente a dos rumores muy propagados en el mundillo ufológico: que los astronautas del Apolo XI se encontraron tras alunizar con supuestos OVNIs, y que en algunas fotografías tomadas por distintas misiones se observan, diseminados sobre la superficie lunar, lo que podrían ser restos de antiguas construcciones artificiales. Se habla también de la existencia de un secretismo oficial de la NASA para ocultar tales pruebas… Sin embargo, algunas han sido filtradas a determinados periodistas. ¿Verdad? ¿Mentira? ¿Una mezcla de ambas cosas…? Sin duda, contamos con extraordinarias y delirantes historias que se han ido tejiendo desde siempre en torno a la diosa Selene, fiel centinela de tantos enamorados. Repasemos algunas…

Nuestros vecinos lunares

Luciano de Samosata es, según los historiadores, el primer escritor que narra un encuentro con los selenitas. Este ilustre griego de origen sirio, nacido en el año 125 de nuestra era, fue un prolífico autor satírico. Y entre sus obras, hay dos que tratan sobre imaginarios viajes a la Luna: Historias Verdaderas e Icaromenipo, aunque en ésta última nuestro satélite aparece habitado por espíritus. En la primera, asegura que los selenitas “no nacen de mujeres, sino de hombres. Se casan con hombres y ni siquieran conocen la palabra mujer. Hasta los 25 años actúan como esposas y, a partir de esa edad, como maridos. Y no quedan embarazados de vientre, sino de la pantorrilla. A partir de la concepción comienza a engordar la pierna; transcurrido el tiempo, dan un corte y extraen el feto muerto, pero lo exponen al aire con la boca abierta y le hacen vivir (…). Cuando un hombre llega a viejo, no muere; se evapora”. Señala además que los selenitas –que no comen, carecen de ano y se pueden quitar y poner los ojos cuando lo desean–, mantienen un conflicto bélico con los seres oriundos del Sol, porque éstos no les permitieron establecer una colonia en Venus. Alucinante. De todas formas, Luciano, con toda la ironía de la que hacía gala en sus escritos, dejó una clara advertencia al comienzo de su obra: “Una sola verdad diré: que digo mentiras”.

El célebre astrónomo francés Camille Flammarion (1842-1925) en su Viaje Pintoresco por el Cielo, menciona a Plutarco, filósofo del siglo I, por sus peculiares ideas sobre los habitantes del astro, a los que describe de constitución muy delgada y fáciles de nutrir con simples alimentos. Pero además también es destino final de las almas humanas: “Los buenos ocupan la parte de la Luna que mira al cielo y que se llama Elíseo; los malos residen en la que mira a la Tierra, llamada el campo de Proserpina”. Flammarion creía que la Luna había estado habitada en el pasado, pero no daba demasiada credibilidad a las palabras de Plutarco sobre el tema.

Johannes Kepler (1571-1630), en su obra Astronomía Lunaris, imagina la Luna habitada por dos clases de seres: los subvolvos, que vivirían en la cara visible, y los privolvos, en la cara oculta.

Galileo (1564-1642) fue más prudente que Kepler a la hora de referirse a la habitabilidad de nuestro satélite, pero aún así llegó a escribir: “¿Hay en la Luna, generaciones, yerbas, plantas o animales parecidos a los nuestros? (…). No podemos nosotros deducir nada sobre la naturaleza de los habitantes de la Luna, aún cuando verosímilmente haya ciertas manifestaciones vitales en este planeta, que separa de nosotros una gran distancia”.

En Estados e Imperios de la Luna, ensayo cómico de Cyrano de Bergerac (1619-1655), los selenitas son gigantes que andan a cuatro patas, mientras que los animales lo hacen sobre dos. Al viajero terrestre le explican que allí se alimentan de humo y los mayores son los que obedecen a los jóvenes. Marie-Anne Roumier (1705-1771), en su Viajes de Milord Ceton a los Siete Planetas, nos describe a los habitantes lunares sin cabeza, con la boca en medio del pecho y con pies de asno. El genial Herbert George Wells (1866-1946), en Los Primeros Hombres en la Luna, idealiza al selenita como un insecto visto por un microscopio, “con unos tentáculos que parecían látigos (…) No tenía nariz ni expresión, con ojos abofellados, puestos a un lado y otro (…) Los muslos eran muy cortos, las tibias muy largas y los pies muy pequeños”.

En todas estas obras vemos que la imaginación se desborda a la hora de describir la vida en la Luna. Sueños y fantasías que serían más tarde llevados al cine.

Selenitas del celuloide

Una de las primeras películas de ficción fue Viaje a la Luna, de Georges Méliès, fechada en 1902. Con mucha imaginación, en los escasos veinte minutos que dura la cinta el genial director francés logró cautivar al público que asistía entusiasmado. Como afirma J. P. Telotte en su libro El Cine de Ciencia-Ficción, “en el transcurso de esta película, Méliès estableció una serie de cuestiones que continuarían siendo centrales para las películas de este género –cohetes, viajes espaciales, seres extraterrestres y violentos conflictos entre especies– al tiempo que desplegaba muchos de los trucos del primer cine”. Ni en la literatura ni en el cine ha sido costumbre que los selenitas visiten la Tierra. Más bien han sido los marcianos. Pero en la película When the Man in the Moon Seeks a Wife, dirigida en 1908 por Percy Stow, sí tenemos a uno de estos seres que llega hasta Londres para buscar una terrícola con la que casarse. ¡Eso es poner empeño! Once años después, Jack Leight lleva al cine la adaptación de la novela de H. G. Wells bajo el mismo título, First Men in the Moon, en la que no faltan los selenitas insectiformes viviendo en cuevas. Fritz Lang, otro gran pionero de la industria cinematográfica, realiza en 1928 La mujer en la Luna, película que sorprendería por su verosimilitud y ciertos detalles que luego veríamos reflejados en los primeros vuelos espaciales –como la cuenta atrás para los lanzamientos y el empleo de retrocohetes para alunizar–. En Con destino a la Luna, de George Pal, se nos muestra las aventuras de unos astronautas durante una expedición lunar. Faltaban 19 años para que el hombre pisara el satélite, pero ya observamos elementos más que proféticos, si bien se contó con el asesoramiento científico de Hermann Oberth, uno de los padres de la astronáutica.

Por esas fechas dan comienzo las misiones a la Luna y se obtienen las primeras fotografías de su desolada superficie. Es cuando los selenitas fueron desterrados del cine, pero en el imaginario colectivo continuó la idea de que la Luna escondía algo más que polvo y cráteres…

Misión: la Luna

Nuestro satélite era un desierto. Allí no había ningún signo de vida. Las imágenes enviadas por las sondas soviéticas Lunik y las americanas Ranger así lo evidenciaban. Pero pronto se tejió una leyenda sobre la mítica misión Apolo XI… El 20 de julio de 1969, el hombre descendía sobre la superficie lunar. La gesta, llevada a cabo por los astronautas norteamericanos Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, se convirtió en el mayor hito de la historia. El futuro había llegado… y también el rumor de que los astronautas del Apolo XI se habían topado con OVNIs y extrañas figuras durante su paseo lunar.

La ufología estaba en plena efervescencia. Nació casi a la vez que la carrera espacial. En los años sesenta, el convencimiento de que estábamos siendo vigilados por inteligencias extraterrestres era alto entre la población norteamericana. Sin embargo, Armstrong confesó no haberse encontrado con nada extraño durante su misión espacial. Aún así, pronto comenzó a propagarse la idea de que existían bases extraterrestres en la Luna y de que se había levantado una férrea ocultación oficial. Los partidarios de estas teorías recordaban lo que el astrónomo alemán Franz Von Gruithuisen había revelado en su obra Descubrimientos de muchos indicios de los habitantes de la Luna, escrita en 1824, donde confesaba sin tapujos haber hallado durante sus observaciones una ciudad selenita con nada menos que calles, carreteras y murallas.

Lo cierto es que circularon muchas fotos y filmaciones tomadas por distintas misiones, tanto americanas como soviéticas, en las que se apreciaban extraños objetos y luces sobrevolando la Luna, la Tierra o cerca de las cápsulas espaciales. ¿Reflejos en las lentes, chatarra espacial, naves alienígenas? Pruebas de lo último no existen, pero los creyentes en dicha hipótesis no se rindieron y comenzaron a examinar con lupa las fotos de la superficie lunar para hallar evidencias de presuntas bases extraterrestres o restos de ciudades. Y descubrieron supuestas estructuras, torres y alineaciones que consideraron de origen artificial. El investigador Alan Landsburg aseguró lo siguiente: “En 1966 el Orbiter-2 americano y el Luna-9 ruso tomaron fotografías de algunos monolitos en lugares bastante separados en la superficie lunar. Los objetos lunares parecían estar ‘construidos’ según una relación geométrica definida, y su aspecto era artificial. Cuarenta y siete kilómetros por encima del Mar de la Tranquilidad, el Orbiter-2 fotografió un monumento que parecía constar de ocho agujas puntiagudas, obeliscos, si lo prefieren”. Los comentarios efectuados por el astronauta Gordon Cooper al diario Los Angeles Herald Examiner, avivaron más las sospechas: “Seres inteligentes de otros planetas están visitando nuestro mundo con la intención de entablar contacto con nosotros. En el curso de mis vuelos me he topado con diversas naves. Tanto la NASA como el gobierno estadounidense lo saben y están en posesión de gran número de pruebas. A pesar de ello mantienen silencio con el fin de no alarmar al pueblo”.

Los contactados no desaprovecharon la ocasión y en sus declaraciones ya incluyeron información “canalizada” refiriéndose a las bases artificiales en la Luna.

El desaparecido astrónomo y escéptico Carl Sagan se hacía eco en su imprescindible obra El mundo y sus demonios de una delirante información referente a una “ciudad gigante encontrada en la Luna, cubierta por una inmensa cúpula de vidrio, abandonada hace millones de años y hecha añicos por meteoros, con una torre gigante de más de cinco kilómetros de altura”.

Al final del capítulo, Sagan nos recordaba que el espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas…

Moisés Garrido Vázquez
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  • Historias fantásticas de la Luna

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    255 | miracle cuellar - 28/08/2007 @ 04:52:35 (GMT+1)
    Muy buena
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